Escrito por Mons. Víctor Sánchez Espinosa    Martes, 22 de Diciembre de 2009 19:15    PDF Imprimir E-mail
Mensaje de Navidad de la Arquidiócesis de Puebla

 

Amigas y amigos:

 

 

Es para mí una gran alegría dirigirme a ustedes en mi primera Navidad como su hermano Arzobispo, para invitarles a experimentar el infinito amor que Dios nos tiene.

En Navidad podemos sentirnos amados por aquel que ha creado todas las cosas; aquel que nos ha hecho a imagen y semejanza suya para que fuéramos felices por siempre con Él; aquel que, mirando como a consecuencia del pecado cometido por nuestros primeros padres nos alejamos de Él y abrimos la puerta del universo al mal, al sufrimiento y a la muerte, no nos abandonó, sino que decidió salvarnos enviando al mundo a su Hijo único.

 

Al contemplar en la humildad del pesebre de Belén al Niño Jesús, nacido de la Virgen María, miramos a Dios, que se hizo uno de nosotros y entró en nuestro mundo, en nuestra historia y en nuestra vida para mostrarnos su amor, rescatarnos de la soledad del pecado, darnos su Espíritu Santo, convocarnos en la unidad de su familia la Iglesia y hacernos hijos suyos, partícipes de su vida plena y eternamente dichosa.

 

¡Todo esto fue por nosotros! “Por ti Dios se hizo hombre”, exclamaba san Agustín[1]. De ahí que podamos sentir dirigidas a nosotros las maravillosas palabras del Ángel a los pastores en Belén: " Les traigo una buena noticia, que causará gran alegría: hoy les ha nacido, en la ciudad de David, un salvador" (Lc 2,10-11).

 

“Dios se ha hecho uno de nosotros para que podamos estar con Él, para que podamos llegar a ser semejantes a Él”, ha recordado el Papa Benedicto XVI[2]. ¿Qué nos toca hacer? Ir a Él, como los pastores lo hicieron en Belén. Ir a Jesús significa conocer y vivir cada vez mejor su Palabra, contenida en la Sagrada Escritura y en la Tradición de la Iglesia; significa celebrarlo, sobre todo en la Eucaristía dominical; significa platicar con Él en la oración.

 

Así podremos unirnos a aquel que nos descubre el sentido de la vida y que nos llena de esperanza al dejarnos ver la meta eternamente feliz que nos aguarda. Y quien se une a Jesús, entra en la dinámica del amor de Dios por todo hombre y por toda mujer; un amor creativo, concreto y activo, que ha de llevarnos a comprender, respetar, promover y defender la vida, la dignidad y los derechos de toda persona, desde el momento mismo de su concepción hasta su ocaso natural.

 

Comencemos a vivir este amor, primero con nuestra propia familia, y de ahí, tejamos “redes” de caridad en todos nuestros ambientes, especialmente con los más necesitados. Ya lo decía la beata Madre Teresa de Calcuta: “El amor empieza en casa... Quiero que encuentres al pobre, primero, en tu propio hogar, y empieza amando ahí. Lleva esa buena nueva a tu propia gente. Así... el amor se extenderá cada vez más... en nuestro país y en el mundo”[3].

 

Con estos deseos les extiendo mi más sincera felicitación de Navidad, rogando al Señor que, por intercesión de la Santísima Virgen María y de san José, les bendiga siempre y haga de ustedes discípulos suyos y misioneros de su amor.

 

 

+ Víctor Sánchez Espinosa

Arzobispo de Puebla



[1] Sermón 185: PL 38, 997.

[2] Homilía en la Misa de Medianoche, 24 de diciembre de 2005.

[3] Mensaje enviado al Congreso "Los jóvenes al servicio de la Vida y de la Paz", 12 de Diciembre de 1988.

Actualizado ( Miércoles, 30 de Diciembre de 2009 12:14 )
 
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