|
Mensaje de Navidad 2009
«Ved que la virgen concebirá y dará a luz un
hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa: Dios con
nosotros». (Mt 1, 23; Is 7, 14).
A toda la comunidad diocesana, a los hombres y mujeres de buena voluntad:
Les saludo a todos con mucho cariño, agradeciéndoles me permitan
entrar a sus hogares como mensajero de Dios, para anunciarles una
alegre noticia, “el nacimiento del niño Jesús”, el «Emmanuel», el «Dios
con nosotros».
Quiero dirigir este mensaje a cada uno de los hombres y mujeres de
buena voluntad, donde quiera que vivan, trabajen, sufran, luchen,
pequen, amen, odien o duden, donde quiera que estén y en cualquier
circunstancia en la que se encuentren. Me dirijo a cada uno de ustedes,
con toda la verdad del nacimiento del Salvador del mundo, con su
mensaje de amor.
«Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo. Y le pondrá por nombre Emmanuel,
que significa: Dios con nosotros». (Mt 1, 23;. Is 7, 14).
En esta navidad les quiero invitar a levantar la mirada al cielo y a
contemplar la estrella de David, que anuncia la presencia de Dios, y a
experimentar su cercanía y amor en la ternura del Niñito Jesús en el
pesebre junto con María y José.
Todo el cristianismo surge a partir de la realización de ésta profecía
de Isaías, 7. Dios se revela en la persona de Jesús el salvador del
mundo, el Emmanuel, el “Dios con nosotros”. El mismo nombre de Jesús,
significa “Yahveh salva”.
Nuestra mirada se centra básicamente en la importancia salvífica del
niño Jesús, y así podemos comprender la profecía de Isaías «la doncella
ha concebido y va a dar a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel».
La concepción virginal es para Mateo y Lucas un hecho firmemente
establecido, y de ambos ha pasado a ser convicción de la cristiandad.
Es el presupuesto para poder entender el nacimiento de Jesús como
suceso excepcional.
El Emmanuel es el prometido descendiente de David, como sugiere el
“árbol genealógico” de Jesús: «hijo de David, hijo de Abraham». Jesús
se inserta en la genealogía davídica a través de José, y en Mateo es
llamado «Emmanuel» “Dios con nosotros”.
El Emmanuel, refleja la inclinación de Dios a su pueblo y la renovación
de la antigua alianza, que liberará al pueblo de sus pecados, el
Emmanuel es el rey salvífico que anuncia el ángel a María.
Este es el prodigio de la Navidad. El Verbo de Dios se ha hecho carne, el «Emmanuel» es el «Dios con nosotros».
«Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel,
que significa: Dios con nosotros». (Mt 1, 23; Is 7, 14).
En el Antiguo y Nuevo Testamento, se nos anuncia que Jesús, el niño
que nace en Belén, es el único al que podemos llamar con toda verdad
«Emmanuel», que significa «Dios con nosotros».
Pero, ¿qué quiere decir que Dios está con nosotros, que Dios se ha
hecho cercano y está en medio de nosotros? ¿Cómo puedes tú saber que
Dios está contigo? ¿Qué significa aquí y ahora que Dios se haya hecho
hombre, por ti, para ti, por mí y para mí, por nosotros y para nuestra
salvación?
En medio de un mundo postmoderno, y secularizado, donde parece
reinar la violencia en todas sus expresiones: en medio de robos,
secuestros, narcotráfico, asesinatos, calumnias, mentiras, injusticias,
hipocresías, en medio de tanta falsedad, de tantas desilusiones y
tristezas, de tanta enfermedad y maltrato, en medio de tantas
interrogantes, a tantos porques… Dios se hace presente. Está cercano.
Se hace uno de nosotros.
Nuestra visión creyente del misterio de la navidad, se vincula a la
manifestación histórica de Jesús de Nazaret, que experimentó en sí
mismo las cimas más altas y la plenitud del ser humano y sufrió las
simas más profundas y bajezas del ser humano.
Nuestro Dios no es un dios lejano, aislado, fuera de nuestro mundo que
está más allá de nosotros y que se olvida de los hombres. No, nuestro
Dios que nos ama, en quien creemos y a quien amamos, es un Dios
cercano. El Credo que rezamos cada domingo, resume de manera clara el
sentido profundo del nacimiento de Jesucristo: “Por nosotros los
hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu
Santo se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre”.
La Navidad gira en torno al gran misterio de la encarnación del mismo
Dios, como al misterio de la presencia de Dios entre nosotros.
Por eso, para hacer experiencia de la presencia de Dios en nuestras
vidas en esta navidad, es necesario abrir la mente y el corazón, es
necesario hacer silencio interior, vaciarnos interiormente, tomar
conciencia de nuestra finitud, de nuestra pequeñez y de la infinitud y
grandeza de Dios. Es necesaria la fe, que impulsa y sostiene nuestra
relación personal con Dios.
El silencio interior es condición que hace posible experimentar la
presencia muchas veces ignorada de Dios en ti y en mí. Y la conciencia
como dice la tradición de la Iglesia, “es el núcleo más secreto y el
sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios cuya voz
resuena en el recinto más íntimo y en el silencio de ella”.
En el interior de tu conciencia y corazón puedes encontrar a Dios y
hablar con él, puedes sentir como Dios te habla y siempre lo hace con
comprensión, con respeto, con compasión y con amor. Y puede también en
ocasiones ser firme, y contundente, y hasta levantar la voz pero nunca
te insulta o te descalifica. De aquí que la dignidad de la persona
humana implica y exige la rectitud y la fidelidad a su propia
conciencia, como voz de la trascendencia divina, Dios se hace presente
también en tu conciencia.
«Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel,
que significa: Dios con nosotros». (Mt 1, 23; Is 7, 14).
El «Emmanuel», el «Dios con nosotros», es condición que posibilita que
vivamos en manantiales de vida plena de sentido «esta experiencia del
corazón es la única con la que se puede comprender el mensaje de fe de
la Navidad: Dios se ha hecho hombre» (K. Rahner).
En nuestro mundo Dios se ha hecho cercano y está presente en la
Iglesia, en la Palabra, en los Sacramentos, y sobre todo en la
Eucaristía, en lo cotidiano, en los acontecimientos de cada día, en
todos y en cada uno de nuestros hermanos, especialmente en los más
pobres, en los más pequeños.
Queridos hijos, el misterio hermoso de la navidad debe despertar en
cada uno de nosotros, la conciencia del doble tesoro que se nos ha
dado: el gozo de ser hijos de Dios, en el Hijo, y la certidumbre y
alegría de tener hermanos. Por eso les invito para que en ocasión de la
Navidad revisemos nuestras relaciones con Dios y con los demás. Y que
nos preguntemos ¿Cómo está nuestra relación con Dios, y qué hemos hecho
de nuestros hermanos?
Les exhorto a rechazar todo lo que hiere el amor y hace sufrir al
hermano, renunciemos a la violencia, a creernos superiores a los demás,
a los juicios temerarios y condenatorios acerca del prójimo, a las
críticas destructivas, a ver únicamente los defectos de los demás,
dejemos a un lado la competencia, la descalificación y la revancha, y
que nuestro amor hacia los demás posea esa ternura, esa sencillez, esa
discreción, y esa paz fruto del encuentro con el misterio de la
navidad, y que nos aceptemos tal y como somos, como hombres participes
de la comunión con Dios, para que juntos lleguemos a vivir la alegría
que nos trae la navidad.
«Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel,
que significa: Dios con nosotros». (Mt 1, 23; Is 7, 14).
El mensaje central de la navidad es un mensaje de paz, de
reconciliación y de amistad fraterna. De nuestra comprensión de la
encarnación del hijo de Dios, depende nuestra concepción del mundo y
nuestra vivencia en él y nuestra toma de postura frente a cuantos nos
rodean.
La visión creyente de la navidad está impregnada de optimismo sereno, y
a pesar de que en muchas ocasiones se distorsiona la comprensión y
vivencia de la navidad. Y a pesar de que todavía perdura la oscuridad
de la enfermedad, del dolor, del sufrimiento y de la muerte, así como
la irrupción repentina e inesperada de golpes adversos del destino,
donde surge la nunca acallada pregunta: «¿Por qué me pasa esto
precisamente a mí, por qué ahora, por qué de esta forma?» Cuando
miramos desde los ojos de la fe a Jesús, el hijo de Dios hecho hombre,
somos capaces de descubrir como también el sufrimiento puede tener
sentido profundamente redentor.
El ser humano es y seguirá siendo siempre el perenne interrogador, el
buscador eterno. Por medio del niño del pesebre, mediante el envío de
su Hijo bajo forma humana, Dios nos ha dado una respuesta que ilumina
la oscuridad de nuestra existencia y disipa las tinieblas del mundo,
abriendo el camino hacia el futuro.
Acerquémonos al pesebre con toda nuestra fe a contemplar el misterio de
la navidad, y adoremos juntos al Niñito nacido en Belén para que nos
transforme con el poder de su amor y de su gracia, y que podamos vernos
y reconocernos como verdaderos hermanos, hijos del verdadero Dios por
quien se vive.
En esta Navidad, mi felicitación, cargada de afecto y cariño a todos
los que se preguntan ¿por qué? a todos los que aman y buscan
sinceramente la verdad; que tienen hambre y sed de justicia; que
anhelan la bondad y la alegría.
Les abrazo con cariño a todas las familias, a las madres y padres de
familia, a los esposos, a los divorciados, a los viudos, a las personas
solteras, a los trabajadores y profesionistas, a los jóvenes,
adolescentes y niños y un abrazo especial cargado de la ternura del
niñito Jesús, a los más pobres, a los enfermos, elegidos y predilectos
de Dios, a los ancianos, a los presos, a los que se sienten solos y
abandonados, a los que se sienten tristes y lloran. A aquellos que no
pueden pasar la navidad dentro del calor de hogar en compañía de sus
familiares y seres queridos.
A ti Niñito Jesús, esplendor de la gloria del Padre, que naciendo de
una joven virgen, te has hecho uno de nosotros. «Uno con nosotros».
Nuestra alabanza pura, nuestro amor fiel y grato, y el canto amigo por
los siglos.
A todos les imparto mi bendición y desde mi corazón les deseo una ¡Feliz Navidad!
En Cristo, nuestra Paz.
+ Mons. Carlos Garfias Merlos
Obispo de Nezahualcóyotl
|