Escrito por Mons. Pedro Pablo Elizondo Cárdenas L.C.    Jueves, 24 de Diciembre de 2009 11:28    PDF Imprimir E-mail
Mensaje de Mons. Pedro Pablo Elizondo Cárdenas L.C. con motivo de la Navidad 2009

 

“ La grandeza del que ha de nacer llenará toda la tierra y el mismo será su paz” (Miqueas 5,4)

1.- La primera vez que se anunció el nacimiento de un mesías se le soñó como príncipe de la paz. Setecientos años antes de que naciera Jesús en Belén de Judá, ya había sino anunciado como Rey pacífico por el profeta Miqueas. “De ti, Belén Efrata, pequeña entre las aldeas de Judá, de ti saldrá el jefe de Israel. El se levantará para pastorear a su pueblo con la fuerza y la majestad del Señor, su Dios.  Ellos vivirán tranquilos, porque la grandeza del que ha de nacer llenará toda la tierra y él mismo será su paz.” El mismo día en que nació Jesús, los ángeles entonaron su himno frente a los pastores diciendo: “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad.” Y el mismo Jesús comenzó su predicación proclamando: “Dichosos lo promotores de la paz porque ellos serán llamados hijos de Dios”.  En cada misa que celebramos, pedimos cinco veces la misma súplica: la paz;  concluimos la Plegaria Eucarística dándonos y compartiendo el saludo de la paz  y la última palabra que nos dice el sacerdote para despedirnos es “vayan en paz”.

2.- Nuestro país se encuentra inmerso en una espiral de violencia que parece imparable. Día con día, crecen las estadísticas de personas que han sufrido algún tipo de ataque, desde maltrato intrafamiliar hasta los asesinatos vinculados con el narcotráfico. El ciudadano que se siente agredido busca protegerse, defenderse y si ha sufrido ya algún tipo de agresión busca incluso la venganza. En nuestra ciudad de Cancún, el pecado que más nos afecta como familia es esa violencia y maltrato que se da dentro de la misma familia. En el mundo en el que vivimos pareciera que los progresos de la ciencia y de la técnica, al mismo tiempo que nos proporcionan bienestar, nos quitan la paz y la tranquilidad.  Vivimos siempre acelerados corriendo de un lado para otro, estresados por un montón de cosas que  no alcanzamos a hacer, aturdidos por los ruidos incesantes de la radio, la televisión, el celular y la pantalla del internet. ¿Tendremos que renunciar a un valor tan precioso a los ojos de Dios como la paz de nuestras almas?

3. ¿Cómo podemos encontrar y lograr la paz interior en medio de tanto ruido, acelere y estrés? En primer lugar recordar que Cristo vino a traernos la paz: para eso nació, para eso predicó, para eso derramó toda su sangre. Quiso sanar nuestras inquietudes, angustias y remordimientos perdonando todos nuestros pecados. Él ya sufrió y derramó toda su sangre para que nosotros, con una buena confesión, recuperemos la paz del corazón. En segundo lugar debemos encontrarnos con nosotros mismos, dándonos tiempo amplio y suficiente para meditar y reflexionar; para descubrir lo que nos lleva a la paz, para descubrir lo que nos quita la paz, para analizar las consecuencias de nuestros actos que nos pueden turbar y destruir la paz interior. Y en tercer lugar tomar la decisión de mandar a volar todas las voces menos la voz de nuestra conciencia que es la voz de Dios; mandar a volar la voz de la ambición, la voz de la ira, la voz de la envidia que tanto nos inquietan y turban el corazón. Mandar a volar todas las voces que pretenden engañarnos prometiendo una felicidad que no producen paz sino turbación y escuchar sólo la voz de Dios que nos lleva a una paz que sólo Él nos puede dar. En cuarto lugar confiar en que Jesucristo nos puede ayudar a vencer el mal con el bien; su fuerza, su gracia, su amor es lo único que puede asegurarnos la victoria. Dentro de nuestro corazón está la guerra: el bien contra el mal han entablado encarnizada batalla; pero Cristo, que venció el mundo, el demonio, el pecado y la muerte, nos alcanzará la victoria que establece la paz interior del corazón.

4. “La grandeza del que ha de nacer llenará toda la tierra y el mismo será su paz”. Si Cristo reina en nuestro corazón reinará la paz, si Cristo llena toda la tierra de nuestro corazón:  sus sentimientos, sus anhelos, sus actitudes y sus obras entonces, reinará la paz. En la medida que Cristo reine en esa medida reinará la paz.

5. Si queremos que haya paz y seguridad en nuestra patria, en nuestra comunidad y en nuestra familia comencemos construyendo la paz en nuestro corazón y continuemos la obra de la paz  promoviéndola en nuestros seres queridos y en nuestra familia. Dichosos nosotros si somos capaces de tener un corazón pacífico que logre irradiar y contagiar nuestra paz a todos los que nos rodean.

6. Mi oración especial en esta Navidad será con esta intención: que el Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal, nos llene de su paz y haga de cada uno de nuestros corazones, promotores de la paz entre nuestros hermanos.

¡Feliz Navidad a todos! Con mi bendición,



+ Pedro Pablo Elizondo Cárdenas L.C.
Obispo Prelado de Cancún-Chetumal

 

Actualizado ( Jueves, 31 de Diciembre de 2009 14:56 )
 
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