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| Mensaje de Año Nuevo 2010 de la Diócesis de Mazatlán |
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A TODOS LOS HOMBRES Y MUJERES DE BUENA VOLUNTAD. Me dirijo a todos ustedes, muy amados hermanos y hermanas en el Señor, con las palabras del Ángel a los pastorcillos: «No teman. Miren, les doy una Buena Noticia, una gran alegría para todo el pueblo» (Lc 2, 10).
Ante las situaciones que actualmente estamos viviendo y enfrentando, especialmente la inseguridad y la violencia en todas sus manifestaciones, muchos de nosotros nos encontramos temerosos, porque se pone en peligro lo más sagrado y rico que tenemos, nuestra dignidad humana en sus diversas manifestaciones sobre todo en su valor irrenunciable e inalienable de la vida. Pareciera que, no hay motivos para desear un «Nuevo Año», debido a la incertidumbre que han generado estos males; sin embargo, hoy más que nunca tiene que resonar en nuestro corazón la palabra de Dios que por medio del Ángel dirige a los pastorcillos. Ante grandioso anuncio destacan dos acciones fundamentales que pueden motivar el año nuevo que comenzamos y que además se nos presentan para renovar nuestro plan de vida, pero sobre todo la vida en Dios. Una de esas acciones es la PAZ y la otra la ALEGRÍA. La Paz es, ante todo, un atributo esencial de Dios: «Yahveh – Paz» (Jc 6, 24). La paz representa la plenitud de la vida (cf. Ml 2, 5); más que una construcción humana, es un sumo don divino ofrecido a todos los hombres, que comporta la obediencia al plan de Dios. La paz es el efecto de la bendición de Dios sobre su pueblo: «Yahveh te muestre su rostro y te conceda la paz» (Nm 6, 26). Esta paz genera fecundidad (cf. Is 48, 19), bienestar (cf. Is 48, 18), prosperidad (cf. Is 54, 13), ausencia de temor (cf. Lv 26, 6) y alegría profunda (cf. Pr 12, 20). La Paz se funda en la relación primaria entre todo ser creado y Dios mismo, una relación marcada por la rectitud (cf. Gn 17, 1). Por lo tanto, la paz indica, el conjunto de los bienes mesiánicos esperados: el perdón de los pecados y el don del Espíritu de Dios. La paz está muy cercana a la gracia. Entonces la paz no es sólo la ausencia o la eliminación de guerras y de contrastes humanos; por lo contrario quiere indicar la serena y filial relación con Dios que ha sido restablecida en Jesucristo «nuestra paz» (Ef 2, 14), «Príncipe de Paz» (Is 9, 5). La paz es la meta de la convivencia social. Allí donde reina su paz, allí donde es anticipada, la paz será entonces duradera, cuando se obra según la justicia de Dios, la rectitud brota y la paz abunda. La paz peligra porque al hombre de hoy se le ha infundido miedo, especialmente no se le reconoce aquello que le es debido en cuanto hombre, cuando no se respeta su dignidad y cuando la convivencia no está orientada hacia el bien común. No basta con quitar los impedimentos de la paz: la ofensa y el daño; sino sobre todo reconocer que la paz misma es un acto propio y específico de caridad. La paz también es fruto del amor. La otra acción fundamental es la alegría, cuya fuente es el Dios Trinitario, sin embargo, nosotros vivimos en el tiempo y Dios en la eternidad, pero Dios obra en la historia. ¡El Dios que actúa! Esta alegría llega a nosotros a través de la memoria, para que veamos las grandes obras que Dios ha hecho por nosotros en el pasado; y nos alcanza también por medio de la presencia, para que constatemos su actuar en el presente, es decir, para reencontrar esta alegría en medio de las tribulaciones y angustias que nos afligen, debemos abrir bien los ojos sobre lo que hoy mismo está realizando Dios en ella. Descubrir historias llenas de santidad, es decir, basta esperar como Dios espera. La alegría que se desprende de corazón de María se fundamenta en este motivo: ¡Dios ha socorrido a Israel! ¡El Señor ha actuado! ¡Ha hecho grandes maravillas! En María como imagen de la Iglesia recuerda las maravillas que Dios ha hecho: «el poderoso ha hecho obras grandes por mí», la Iglesia está invitada a hacer suyas estas palabras, por eso los esfuerzos que se hagan en la Iglesia de hoy es como el sembrador que «vuelve entre gritos de júbilo trayendo sus gavillas». Por lo tanto, somos invitados a estar «alegres en la esperanza» (Rm 12, 12) aquí en la tierra y tener un horizonte trascendente ya que Dios ha preparado para los que lo aman, «lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó» (1 Cor 2, 9). Por lo tanto, la alegría, nace del obrar misterioso y actual de Dios en el corazón del hombre tocado por la gracia. Pido al Dios de la Paz, que en su Hijo muy amado nos da la alegría de ser profundamente amados por él, que hace que de este amor se manifiesta el don del Espíritu brotando de nuestro corazón la esperanza, que nos anime a través de la memoria: recordando sus maravillas y a través de su presencia podamos constatar en medio de estas situaciones de tribulación y angustia por inseguridad y la violencia sobre todo a la dignidad y vida de la persona, su actuar en el presente. Que seamos constructores de la paz y que vivamos alegres con el gozo que nos viene de Dios. Que él nos ayude a construir con estos pilares la esperanza de un mejor Año Nuevo en la alegría que brota del cántico de María: Magnificat. A todos les deseamos un ¡Feliz Año Nuevo! lleno de paz, de alegría pero sobre todo de esperanza, colmado de muchos deseos, anhelos y proyectos. ¡Feliz Año Nuevo!
+ Mario Espinosa Contreras
Obispo de Mazatlán
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| Actualizado ( Viernes, 01 de Enero de 2010 11:53 ) |


