Escrito por Mons. Christophe Pierre    Jueves, 31 de Diciembre de 2009 16:01    PDF Imprimir E-mail
Homilía de Mons. Christophe Pierre, Nuncio Apostólico en México con motivo del 25º Aniversario de la Diócesis de Atlacomulco

(Atlacomulco, Méx., 27  de Diciembre de 2009) 
 

Queridos sacerdotes, religiosos, religiosas, diáconos y seminaristas.

Queridos agentes de la pastoral, grupos apostólicos y familias de esta amada diócesis de Atlacomulco. Queridos hermanos y hermanas todos. 

Como la Sagrada Escritura testifica, era tradición de los israelitas ir periódicamente en peregrinación a visitar los templos o santuarios, por ejemplo, aquel en el que se conservaba el Arca de la Alianza, o también el santuario de Betel (Cfr. Jdt 20, 18), entre otros. 

 

     Siguiendo la ley y la vida de su pueblo, la Familia de Nazaret: María y José, junto con Jesús adolescente, - como nos narra hoy el Evangelio -, fueron peregrinando a la ciudad santa de Jerusalén para participar en las fiestas de Pascua (Cfr. Lc 2, 41). Desde entonces y hasta el presente, la historia de la Iglesia se ha configurado como una permanente y estupenda peregrinación hacia la gozosa, progresiva y eterna comunión con Dios. 

     De suyo, también nosotros hemos llegado y nos hemos reunido hoy aquí  como peregrinos con el propósito de celebrar solemnemente el XXV Aniversario de esta diócesis de Atlacomulco. Veinticinco años durante los cuales, sostenidos por la gracia y los dones del Señor, sus antepasados y ahora ustedes recorren confiados el sendero de la esperanza, viviendo con intensidad este momento de la historia de salvación en el que particularmente desean dar gracias al Señor por los incontables beneficios recibidos, disponiéndose a acoger las fuerzas nuevas que el Espíritu Santo quiere comunicarles para que vivan con mayor fidelidad y entusiasmo el mensaje de vida del Evangelio que invita a abrir siempre los corazones a la acción poderosa del Espíritu de Jesús. 

     Fue precisamente el 3 de noviembre de 1984, cuando el amado Siervo de Dios Juan Pablo II creó la diócesis de Atlacomulco, cuya ejecución se llevó a cabo hace veinticinco años: el 27 de Diciembre de 1984. En aquella ocasión, el Santo Padre nombró a S.E. Mons. Ricardo Guízar Díaz como primer obispo, quien permaneció al frente de ella hasta 1996, sucediéndole, luego, S.E. Mons. Constancio Miranda Weckmann, ahora Arzobispo de Chihuahua. 

     Han trascurrido, así, 25 años desde cuando comenzó a desarrollarse una historia rica en acontecimientos, realizaciones y sobre todo, rica de personas: laicos, sacerdotes, religiosas y religiosos que movidos por el Espíritu Santo y por el amor al hombre y a la Iglesia, han entregado su vida, sus esfuerzos e ideales, a la edificación de esta Iglesia Particular. 

     La fe, en efecto, nos dice y atestigua que en este cuarto de siglo de vida mucho se ha sembrado y mucho se ha cosechado; y por ello, apoyados en esta certeza, proclamamos con humildad las maravillas del Señor, confesando al mismo tiempo con satisfacción y gratitud nuestra común pertenencia a la Iglesia Universal, de la cual esta Diócesis es “porción” (Cfr. ChD, 11). 

     No toca a mí hacer, ahora y aquí, una narración de tan fecunda historia. Pero, lo que sí podemos, es permitir que nuestro corazón haga muy suyas las palabras del Salmo Responsorial para con nuestros labios proclamar: "Todo mi ser de gozo se estremece y el Dios vivo es la causa" (Sal 83). ¡Sí!, nuestro gozo está en el Señor que nos ha manifestado su amor eligiéndonos, y llamándonos, y haciendo realidad su alianza, permane-ciendo siempre entre nosotros. 

     Es justo, pues, que celebremos. Y lo hacemos dejándonos embargar por el sentimiento y el espíritu que hace nacer en nosotros la palabra del Señor cuando, a través del Apóstol San Juan nos dice: “miren cuánto amor nos ha tenido el Padre, pues no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos(Cfr. 1Jn 3,1). 

     Sí, queremos celebrar. Pero queremos y debemos hacerlo partiendo de la firme decisión de trabajar con creciente eficiencia para que este Aniversario se transforme en una nueva y particular experiencia del amor fiel de Dios hacia cada uno; para que sea motor que mueva a afianzar el amor y la unión de cada uno con el Señor; para que la comunión entre todos  y como Iglesia, como Pueblo de Dios que peregrina en Atlacomulco, se convierta en profunda experiencia y en claro testimonio de unidad, manteniendo el corazón y el espíritu abiertos para escuchar y llevar a cabo el mandato del Señor: "Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación" (Mc 16, 15). 

     Celebrar los momentos significativos del caminar de la Iglesia Particular es, efectivamente, oportunidad para reconocer y experimentar profundamente el amor y la misericordia de Dios en nuestra vida; es oportunidad para hilvanar una más sólida comunión eclesial; es tiempo de Dios que nos invita a ser luz y fermento en el mundo; es ocasión para vivir con creciente generosidad y solidaridad la caridad hacia los hermanos; es contemplación del horizonte nuevo que el Señor pone ante nuestra existencia llamándonos a vivir y a llevar con mayor radicalidad el anuncio sacramental del Reino de Dios a todas las gentes. 

     Por ello, del espíritu de este año jubilar nadie debe quedar excluido. Nadie debe resistirse a entrar en la casa de Dios, porque, como también hemos proclamado con el Salmista, son “dichosos los que viven en la casa del Señor… Dichosos los que encuentran en Él su fuerza y la esperanza de su corazón(Sal 83). 

     Sí, queridos hermanos y hermanas: La Iglesia en Atlacomulco debe aparecer ante el mundo con el esplendor y la santidad que le vienen de la gracia del Señor, que es quien permite, mediante su Espíritu, crecer en comunión, en esperanza, en santidad. Porque celebrar el Año Jubilar significa hacer memoria agradecida, pero es, también, un verdadero kairos, un tiempo privilegiado de renovación. Renovación en la vida espiritual, personal y comunitaria; renovación en las comunidades, parroquias, movimientos; renovación en el espíritu que anima; renovación en el trabajo pastoral. 

     Esta Iglesia Particular de Atlacomulco, con sus veinticinco años de existencia, no está privada de vida, de pujanza, de proyectos y propósitos, frutos de un intenso trabajo pastoral. Pero es el Señor quien nos pide ser perfectos y, por ello, renovación aquí y ahora significa retomar con creciente dinamismo el camino recorrido aprovechando todo lo bueno que Dios nos ha regalado, corrigiendo aquello en lo cual se pudo haber equivocado y proyectándose hacia el futuro con firmeza, dinamismo y alegría, asumiendo los nuevos retos y tareas que el mundo, el hombre, la sociedad y la misma Iglesia les plantean hoy como necesarias y hasta urgentes. 

     Conocemos nuestra realidad. Vemos los signos de la presencia de Dios y percibimos la búsqueda de Dios de nuestra gente sencilla; sentimos la necesidad de crear mayores vínculos de comunión fraterna; hay expresiones genuinas de religiosidad. Pero en nuestra sociedad aparecen también signos que no pueden no preocupar, desafíos que parecen acentuarse. La realidad urbana con su particular cultura que frecuentemente se manifiesta alienante, materialista, individualista. La ruptura de vínculos, las crisis de las familias, la injusticia social y la violencia, la pobreza y la marginación, la indiferencia y el mercado de propuestas religiosas, entre otros, son fenómenos desafiantes que reclaman de la Iglesia y de nosotros, cristianos, una respuesta eficaz y convincente.

     Debemos, por ello, ponernos en camino acogiendo en nuestras vidas y trabajos el designio salvífico de Dios. Es necesario asumir con todas sus consecuencias una verdadera eclesiología de comunión, encarnada en una espiritualidad de comunión (Cfr. NMI 42-44). Y, esto, no sólo para fortalecer la propia vida cristiana, sino también para dar una respuesta y una oferta -creíble y posible porque la vivimos- a este mundo tan necesitado de comunión. Hay que “hacer de la Iglesia casa y escuela de comunión” (Ibid 43). 

     Al gozo, pues, de ser Iglesia diocesana, orando incansablemente unos por otros, particularmente por los sacerdotes y las vocaciones sacerdotales y caminando en comunión, asumamos la decisión y tarea de construir la iglesia día a día con mayor fervor. Como recordara el Papa Pablo VI: “La construcción de la iglesia, es una construcción que para nosotros, hijos del tiempo, está, se puede decir, siempre en los comienzos…conscientes de que el edificio hasta el último día de los tiempos, exige trabajo nuevo, exige construcción fatigosa, fresca y genial, como si la Iglesia, edificio divino, debiese comenzar hoy su afortunado desafío a las alturas del cielo(Audiencia General, 7.7.76).  

     ¡Adelante entonces!, sin miedos ni temores. El Señor está con ustedes. No tengan miedo, pues también María Santísima, nuestra Madre, Ella que los ha acompañado durante estos primeros veinticinco años de fe, seguirá intercediendo por todos ustedes para que su Hijo Jesucristo, con su vida y con sus dones, sea quien anime, dé valentía y coraje a todos los hijos de la Iglesia de Atlacomulco, llamados a ser y a trabajar como verdaderos “discípulos y misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en Él tengan vida(D. Aparecida). 

     Recordando, como narran los Hechos de los Apóstoles, que “los hermanos acudían asiduamente a escuchar las enseñanzas de los apóstoles, vivían en comunión fraterna y se congregaban para orar en común y celebrar la fracción del pan” (Hech 2,42), esfuércense por hacer de esta Iglesia Particular una comunidad congregada por la Palabra, que resuena en el anuncio y en la catequesis. Iglesia de los sacramentos, celebrados y vividos en las parroquias, movimientos e instituciones. Iglesia de la caridad. Iglesia de la evangelización, que es siempre y permanentemente reunida en Asamblea para la “fracción del pan”, para celebrar el acontecimiento Eucarístico, lugar donde podemos reconocer a Dios en Jesucristo, su Hijo; lugar donde podemos reconocernos a nosotros mismos y a los demás como seres amados por Dios; lugar en donde podemos reconocer a la Iglesia y reconocernos nosotros como parte fundamental de ella. 

     ¡Felicidades, pues, Pueblo de Dios que peregrinas en Atlacomulco! ¡Adelante con tu misión, configurándote día a día conforme a la voluntad del Señor! 

     ¡Ánimo, felicidades y adelante! La Sagrada Familia de Nazaret no cesará de interceder por todos tus hijos, para que con renovado entusiasmo se sumerjan todos y cada uno en el compromiso decidido por ofrecer al mundo el anuncio del Evangelio y un claro testimonio de unidad, de comunión y de santidad. 

     Jesús, María y José, Sagrada Familia de Nazaret, modelo para todas las familias y para cada uno de sus miembros, les acompañen con su intercesión, los sostengan en sus esfuerzos y fatigas y les alcancen permanentemente del cielo abundantes dones y bendiciones para cada uno, para sus familias, parroquias y asociaciones, para toda la Diócesis de Atlacomulco y para México entero. 

Así sea.

 

Actualizado ( Martes, 05 de Enero de 2010 09:32 )
 
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