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ATRAS

(16 capítulos)

HEBREOS


Introducción


I- «Mantengámonos firmes en la fe que profesamos» (4,14): la comunidad cristiana 


La llamada Carta a los Hebreos, aunque difícil de entender (Heb 5,11), es una obra singular y fascinante, pues es una síntesis vigorosa de la fe cristiana centrada en la salvación que nos aportó el Sumo Sacerdote escatológico y celestial, Jesucristo, mediador de la alianza que abre definitivamente a los creyentes al encuentro y comunión con el Padre. Fuera del carácter epistolar de Hebreos 13,19.22-25 no es una “carta”, sino un sermón o «palabras de exhortación» (13,22), expresión que designa una homilía o predicación para alentar la vida en Dios en base a las Escrituras (Hch 13,15). Estamos, pues, ante un escrito que tuvo su origen en una homilía o sermón cuidadosamente preparado sobre el sacerdocio de Cristo, para una asamblea reunida en una celebración litúrgica. 

No sabemos quiénes fueron los destinatarios de esta homilía, luego escrita, ni siquiera si eran judíos o no, distinción que, a diferencia de las cartas paulinas, no se hace en Hebreos. Podrían ser cristianos que viven en Roma o en comunidades cercanas a Roma, pero también –aunque menos probable– cristianos que viven en Jerusalén. Tanto por el título A los Hebreos, aunque éste no forme parte del escrito original, como por el contenido y el recurso a la Escritura, los destinatarios podrían ser sobre todo judeocristianos de buena formación helenística.

De Hebreos y de sus diversos contextos se deducen algunas características de la comunidad a quien se dirige, para comprender mejor su contenido. Se trata de discípulos que viven tiempos difíciles y necesitan ser fortalecidos en su fe. Este diagnóstico, que es el de muchas comunidades de la segunda mitad del siglo I d.C., necesita especificarse. En concreto, se trataría de discípulos de la segunda generación (70-110 d.C.) que ya llevan un tiempo en su caminar de fe (Heb 2,3-4). No sólo están bautizados, sino también han recibido una formación básica en temas de vida cristiana (6,1-2) y han superado las pruebas de los tiempos de su conversión (10,32-34). Sin embargo, como no alcanzan aún la madurez ni la fidelidad deseables (4,14; 5,11-12; 13,7), se les pide que recuerden el inicio en su fe, que sigan creciendo en ella y la acompañen con una vida coherente (2,3-4; 10,22-25). Sólo así superarán las dificultades propias de la segunda generación de cristianos: debilidad en las convicciones de fe, cansancio y desaliento con el grave peligro de apostatar (4,1.11; 6,4-6; 12,1-3). De aquí la convicción: «Tenemos un gran Sumo Sacerdote que ha atravesado los cielos, Jesús, el Hijo de Dios», a la que sigue la exhortación: «Mantengámonos firmes en la fe que profesamos» (4,14).


II- «Cristo ha venido como Sumo Sacerdote de los bienes definitivos» (9,11): teología de Hebreos


1- Jesucristo, Sumo Sacerdote para siempre


No es adecuado comprender Hebreos a partir de la oposición entre la alianza y el culto nuevo y la alianza y el culto antiguo. No se contraponen ambas realidades de la historia de la salvación, sino que alianza y culto nuevos dan cumplimiento al sentido oculto y profundo de lo antiguo. No olvidemos que el autor de Hebreos es un teólogo y predicador que no reniega del Antiguo Testamento, sino que lo actualiza alegóricamente para mostrar que Cristo lo cumple perfectamente, pues él es quien nos reconcilia con Dios en cuanto Sumo Sacerdote y, a la vez, Sacrificio perfecto y agradable a Dios. Las prescripciones sobre sacerdotes, culto y sacrificios son sólo sombras, figuras o símbolos terrenos de las realidades celestiales (Heb 8,5; 9,9; 10,1), es decir, de las cosas perfectas y eternas. Como lo de la antigua alianza es reflejo de la nueva y de las realidades definitivas, hay que descubrir en aquella el espíritu de la letra y de los hechos, para lo que el autor se sirve de una columna vertebral: la interpretación alegórica de lo prometido por Dios mediante los profetas (1,1-4), la que se pone al servicio de una comprensión cristológica.

Sustentado en la interpretación de los Salmos 2 y 109 (LXX) y en la figura enigmática, sacerdotal y mesiánica de Melquisedec, Hebreos testimonia una original confesión de fe: Jesucristo es el Apóstol y Sumo Sacerdote de la fe que profesamos, siempre misericordioso, del todo confiable, santo e inmaculado (Heb 2,17; 3,1; 7,26). Pero nada en la genealogía y vida de Jesús hacía presagiar esta confesión, pues no era de la tribu de Leví ni realizó acciones sacerdotales, por el contrario, se enfrentó a la aristocracia sacerdotal del Templo y a su ritualismo, y su muerte afuera de la ciudad fue la de un maldito (Gál 3,13). Tampoco la teología cristiana nos preparó para esta confesión a pesar de que tradiciones judías otorgaban rasgos sacerdotales al Mesías, en Qumrán se esperaba un Mesías-sacerdote y en Juan, con lo de la túnica de Cristo hecha de una sola pieza, hay una posible alusión a vestiduras sacerdotales (Jn 19,23). Cristo es verdadero sacerdote, pero según el orden de Melquisedec.

El sumo sacerdocio de Jesucristo se pone en estrecha relación con la humanidad: él es el único y perfecto mediador de salvación entre Dios y los hombres (Heb 8,6; 9,15). Para ello, bajó del cielo y se hizo uno de nosotros para iniciarnos y perfeccionar aquella fe que hace posible la comunión plena con el Padre. De aquí que para nuestro autor, la mejor manera de ver a Cristo es en esta particular solidaridad misericordiosa, propia de un sacerdote. Pero él también fue perfeccionado al pedírsele obediencia radical a la voluntad del Padre, la que incluía el sufrimiento (5,5-10; 10,5-7), y así fuera solidario con sus hermanos, los creyentes, y guía que conduce a la salvación (2,10; 12,2). Su condición de Hijo de Dios glorificado, muy superior a los ángeles, y su condición de hermano nuestro son inseparables y constituyen las dos cualidades que permiten la mediación perfecta: porque es Hijo es digno de confianza cuando ofrece la salvación del Padre, y porque es hombre probado en todo como nosotros es capaz de asociarse con la humanidad, compadecerse de sus flaquezas y llevarla a Dios (2,17-18; 4,15). 

Este Sumo Sacerdote de la nueva alianza nos conduce a la santificación que los sacrificios antiguos pretendían, pero que por la imperfección de oferentes y de ofrendas no podían realizar. La cortina que separaba a los israelitas de la presencia de Dios en el Templo de Jerusalén no era más que un símbolo del cuerpo y de la sangre de Cristo quien, por su sacrificio, nos obtuvo la capacidad de vivir para siempre en Dios, es decir, de entrar en el santuario celeste (Heb 10,19-20). Él, pues, es el definitivo mediador, el Sumo Sacerdote de las realidades eternas y perfectas, las que en símbolo estaban contenidas en los preceptos cultuales de la antigua alianza. 


2- Culto nuevo y ética cristiana


Jesucristo como Sumo Sacerdote hace posible el culto en su máxima perfección, pues nos conduce a donde él ya entró e intercede por nosotros: al Santuario celeste o casa del Padre, a la que estamos convocados (Heb 9,12). Este Santuario convierte en efímero e ineficaz todo lo anterior, lo que se anunciaba en el Antiguo Testamento (7,18-19; 8,13). El oficio sacerdotal, la sangre y los sacrificios en el santuario de Jerusalén no podían otorgar más que una purificación ritual de los pecados: no los cancelaban ni concedían la redención de Dios, razón por lo que tenían que repetirse una y otra vez. En cambio, la sangre y el cuerpo del Sumo Sacerdote Jesucristo es la ofrenda definitiva y grata a Dios, sacrificio de perfecta reconciliación entre Dios y la humanidad. No es la sangre de los corderos inmolados en el santuario terrestre, sino la ofrenda perfecta del Hijo de Dios, glorificado en el Santuario celeste, la que purifica «nuestra conciencia de las obras que llevan a la muerte, para que demos culto al Dios vivo» (9,11-14).

El culto a Dios se une íntimamente a la ofrenda glorificada, a Jesucristo, a su entrega y obediencia radical, por lo que sólo se realiza imitando su condición de ofrenda perfecta al Padre para servicio de los hermanos. Su muerte no fue una ofrenda para calmar la ira de Dios sediento de sangre. Dios es amor y no le agrada más que el amor. Lo que Cristo entregó al donar su vida y morir como nosotros fue el amor de Dios que expió nuestros pecados, eliminando toda traba en la comunión con él. 

Convocados al Santuario definitivo, el culto a Dios requiere de las dos dimensiones de Jesucristo, Sumo Sacerdote: la comunión con Dios y la solidaridad con los hombres. Este camino que Jesús inauguró sólo se sigue con «un corazón sincero, llenos de fe, purificados interiormente de toda conciencia mala y lavado el cuerpo con agua pura» (Heb 10,22). El culto jamás se separa de la vida, pues, como Cristo, el sacerdocio es la ofrenda personal y existencial de la vida, la que se hace tal por la obediencia al Padre y con el fin de servir a todos. Desde esta perspectiva, Hebreos elabora una nueva noción de sacerdocio y ofrenda sacrificial cuya centralidad está en Cristo que, con la efusión de su vida, elimina el mal que nos separa de Dios. 

A la par con la instrucción doctrinal y como consecuencia de ésta, el autor anima a sus destinatarios a superar la crisis señalada, propia de la segunda generación de discípulos. Tienen que permanecer firmes en la vida de fe en medio de persecuciones y conflictos, pues de ella brota un renovado esfuerzo para caminar como pueblo de la nueva alianza hacia el Santuario celestial en el que nos aguarda nuestro Sumo Sacerdote. Aquella fe que garantiza las realidades definitivas que se esperan, pero que no se ven, y de la que hay una nube de modelos insignes (Heb 11; ver 6,12), tiene por fruto toda clase de obras buenas, entre las que se cuenta la obediencia, el estímulo de unos a otros, la benevolencia y la comunión de bienes e, incluso, la asiduidad a las reuniones de la comunidad (10,24-25; 13,16). Así, el creyente que en la fe camina al Santuario celestial tras las huellas del Sumo Sacerdote victorioso y glorificado hace de que su vida sea un sacrificio de alabanza a Dios (13,15). El culto agradable a Dios, según Hebreos, no se escinde del seguimiento del Sumo Sacerdote y del propósito de su vida: la obediencia al Padre, para el servicio salvífico de los hermanos. 


III- «Como les he escrito concisamente» (13,22): organización literaria de Hebreos


1- Fecha de composición y organización literaria de Hebreos


Aunque catalogado como el teólogo más elegante del Nuevo Testamento, no sabemos quién fue el autor de esta predicación sobre el sacerdocio de la nueva alianza. En las iglesias de oriente, Hebreos se consideró de Pablo desde el siglo II d.C. y se ubicó como la decimocuarta de sus cartas. En occidente, en cambio, se hizo unánime la atribución a Pablo sólo a fines del siglo IV. Hoy son muchos los que sostienen que por vocabulario, estilo literario y contenido no es de Pablo. Su autor debió pertenecer a un centro cultural, quizás Alejandría, donde nació la versión griega de Los Setenta que en Hebreos se cita con profusión; debió ser un judío culto, de cultura helénica, discípulo de Pablo y conocedor de su obra, gran orador y versado en la interpretación alegórica de la Escritura, lo que le permitió argumentar de modo magistral la superioridad del sacerdocio de Cristo y de su sacrificio sobre los de la antigua alianza; debió tener una gran sensibilidad pastoral que le permitió captar las dificultades de su comunidad y animarlos en la fidelidad. 

A pesar de Hebreos 13,24 («Los saludan los de Italia») tampoco sabemos dónde y cuándo se compuso. Varias fechas son posibles: hacia el final del emperador Claudio que reinó hasta el 54 d.C., o en tiempos de la persecución de Nerón que reinó hasta el 68 d.C., o bien durante el reinado de Domiciano entre los años 81 y 96 d.C. Para algunos, la fecha adecuada tiene que ser anterior al 70, año en que los romanos destruyeron Jerusalén y su Templo, pues algunos textos parecen suponer su existencia y culto (Heb 8,4; 9,8; 10,1; 13,11); sin embargo, otros textos parecen indicar que se está viviendo o se ha vivido su destrucción (8,13; 9,10). Por el concepto de comunidad y dirigentes (3,6; 10,21; 13,7.17), el desarrollo de la cristología y la alta probabilidad de que esté dirigida a discípulos de la segunda generación, una fecha de redacción de Hebreos anterior al comienzo de la guerra judía (67 d.C.) es problemática.

El estilo literario, entre los mejores del Nuevo Testamento, responde a una homilía bien organizada y predicada, de fina retórica, de tono elevado y solemne, un estilo muy diverso al de Pablo. Su pensamiento es lógico y, desde su compacta unidad interna, avanza en su desarrollo de modo orgánico. Sin duda que se escucha y lee sin perder el hilo de la argumentación, gozando con su profundidad. Además, como en una buena homilía, equilibra la exposición doctrinal con la exhortación práctica. 

La siguiente organización literaria corresponde al de cinco secciones desarrollada por Albert Vanhoye, sj., y es una de las que mejor puede ayudar a leer y meditar el texto: 


Introducción

1,1-4

I

Cristo, el Hijo de Dios y hermano de los hombres

1- Cristo en su relación con Dios

2- Cristo en su relación con los hombres


1,5-2,18

1,5-14

2,1-18

II

Cristo, el Sumo Sacerdote digno de fe y misericordioso

1- Cristo, sumo sacerdote fiel a Dios

2- Cristo, sumo sacerdote misericordioso con los hombres


3,1-5,10

3,1-4,14

4,15-5,10

III

Cristo y el valor incomparable de su sacerdocio y sacrificio

1- Fe y promesa de Dios

2- Cristo, perfecto sumo sacerdote por su sacrificio

3- Fe y fidelidad a Dios


5,11-10,39

5,11-6,20

7,1-10,18

10,19-39

IV

Cristo y la adhesión a él por la fe y la perseverancia

1- La fe en la historia de la salvación 

2- Exhortación a la perseverancia


11,1-12,13

11,1-40

12,1-13

V

Orientaciones para la vida cristiana


12,14-13,19

Conclusión

13,20-25


Entre un comienzo (Heb 1,1-4) y dos finales solemnes (13,20-21 y 13,22-25), la predicación sobre el sacerdocio de Cristo y los cristianos se articula en cinco Secciones, las que se disponen en simetría concéntrica de forma que la Tercera sección, sobre el valor incomparable del sacerdocio y sacrificio de Cristo, es la central. Cada Sección termina formulando el tema de la siguiente. 

En la Primera sección, de carácter doctrinal, se presenta a Cristo en su relación con Dios (Heb 1,5-14) y con los hombres (2,1-18). Respecto a Dios, Jesús es su Mesías davídico y su Hijo, lo que marca una gran diferencia con los ángeles (1,5-14). En su relación con los hombres, Cristo es el Hombre que, glorificado junto a su Padre, lleva a la humanidad a la participación de su perfección y soberanía. En la Segunda sección se habla de Jesucristo en cuanto Sumo Sacerdote digno de fe (primera parte: 3,1-4,14) y misericordioso con la humanidad (segunda parte: 4,15-5,10), ambas cualidades indispensable para ejercer una mediación sacerdotal que ofrezca la salvación de Dios (5,9-10), tema de la próxima Sección

En la Sección central, la parte doctrinal (Heb 7,1-10,18) se enmarca en dos exhortaciones (5,11-6,20 y 10,19-39). Ya cumplieron su finalidad los sacrificios y los ritos de la antigua alianza para mediar entre Dios y los hombres. La razón es que ahora Jesucristo bajó del cielo y ha sido subido a él por Dios, luego de su sacrificio de reconciliación, para interceder como perfecto Sumo Sacerdote y conceder la salvación; su sacrificio y sacerdocio, por tanto, es la única y eficaz fuente de mediación y salvación que deja ineficaz todo lo anterior (9,8). 

La Cuarta sección se ocupa del seguimiento en la vida cristiana de quienes han recibido la salvación gracias a la entrega del Sumo Sacerdote Jesucristo. En una primera parte (Heb 11,1-40) se elogia la fe, destacándose lo que gracias a ella han hecho importantes personajes bíblicos; en la segunda (12,1-13) se exhorta a la perseverancia. La Quinta sección contiene recomendaciones de conductas y virtudes a practicar, deducidas del ser cristiano gracias a la ofrenda del Sumo Sacerdote. 


2- Actualidad de Hebreos


Como los destinatarios de Hebreos, nosotros también necesitamos de estímulo para vivir nuestra fe con empeño generoso. El tiempo y las dificultades van sepultando los compromisos que brotan de la fe, las convicciones van dejando paso a un pensar y quehacer por conveniencias, y la coherencia con las exigencias del Reino se va diluyendo en mediocridad. Con todo, la salvación puede parecer asegurada, pues la misericordia de Dios paliará nuestras defecciones. Y así, vamos perdiendo el amor primero (Ap 2,4). Por tanto, nada muy distinto a los destinatarios originales de Hebreos, discípulos ya de la segunda generación (70-110 a.C.).

Entonces sale al paso esta gran homilía de este magnífico orador. Lo primero a lo que nos invita es a descubrir que las realidades de este mundo no son más que sombras de lo que estamos llamados a ser y vivir. Sólo Dios es la realidad fundante, «no un Dios sólo pensado o hipotético, sino el Dios de rostro humano; es el Dios–con–nosotros, el Dios del amor hasta la cruz. Cuando el discípulo llega a la comprensión de este amor de Cristo “hasta el extremo”, no puede dejar de responder a este amor si no es con un amor semejante» (Benedicto XVI). De este encuentro, volverá a brotar nuestra convicción de fe en el Sumo Sacerdote de nuestra vida, Jesucristo, el único que guía a la realidad definitiva. Mientras tanto, porque él es solidario con nuestras flaquezas, no permite que perdamos la esperanza y que gastemos la vida en lo efímero y caduco y, porque es Sumo Sacerdote, nos ayuda a vivir como sacerdotes de la nueva alianza, ofreciendo el culto de nuestra vida derramado en servicio a los hermanos. 


HEBREOS


Introducción


Dios nos habló por su Hijo


11 Muchas veces y de muchas maneras Dios habló en la antigüedad a nuestros padres por medio de los profetas 2 y ahora, en este tiempo final, nos habló por su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas, por quien también hizo todo cuando existe. 

3 Él es el resplandor de la gloria de Dios, semejanza perfecta de su ser, quien sostiene el universo con su palabra poderosa. Él es el que, después de realizar la purificación de los pecados, se sentó a la derecha del trono de Dios en las alturas 4 y llegó a ser tan superior a los ángeles cuanto el nombre que recibió en herencia es mucho más excelente que el de ellos. 


1,1-4: Hebreos se abre con una elaborada y hermosa introducción en la que el autor traza la trayectoria completa de la intervención de Dios en la historia. Primero, deja claro que las múltiples maneras que empleó Dios para hablar a su pueblo en el Antiguo Testamento concluyen con la revelación mediante su Hijo por quien todo lo dicho se realiza, pues por el Hijo y en razón de él fue creado el mundo y él es quien lo sustenta. De este modo señala el lugar central que le corresponde a Cristo en la historia de la salvación. Luego, el autor destaca varios aspectos de la identidad y función de Cristo. Él es el Hijo de Dios, expresión perfecta de su naturaleza y gloria, destinado a ser señor del universo. Se hizo creatura como nosotros para entregar su vida y redimirnos del pecado. En virtud de su entrega y obediencia, Dios lo glorificó, sentándolo a su derecha y haciéndolo soberano de todo. Su Nombre es superior a cualquiera realidad creada, incluso los ángeles. Por tanto, Dios vino en la persona de su Hijo a compartir nuestra existencia mediante acontecimientos como la Palabra que da sentido a la existencia del hombre y la Sangre que lo purifica de pecados. 


1,2-3: Jn 1,1-3.14-18; Col 1,15-17 / 1,3: Sab 7,25-26; Jn 1,4-9; Hch 2,33 / 1,4: Hch 13,33


I

Cristo, el Hijo de Dios y hermano de los hombres


1,5-2,18. El autor se ocupa de presentar a Cristo en su relación con Dios (1,5-14) y los hombres (2,5-18). El pasaje intermedio (2,1-4) es una exhortación a aceptar y comprender el don de la salvación. La primera y tercera parte son de carácter doctrinal. Respecto a Dios, se describe la gloria divina del Hijo y, para demostrar su superioridad sobre los ángeles (tema anunciado en 1,4), se presentan tres oposiciones entre Cristo y éstos y se citan siete pasajes de la Escritura (número de perfección) que atestiguan cómo la condición de “Hijo” corresponde a Cristo y no a los ángeles. Respecto a los hombres, Cristo es el Hombre que, glorificado junto a su Padre, lleva a la humanidad a la participación de su perfección y soberanía por su radical solidaridad con la humanidad. Pero lo de Cristo no es simplemente una historia de gloria. Su mediación y acción sacerdotal contempla el sufrimiento y el dolor para hacer realidad la expiación de los pecados.  


1- Cristo en su relación con Dios


Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy


5 En efecto, ¿a quién de los ángeles Dios dijo alguna vez: Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy [Sal 2,7], y también: Yo seré padre para él, y él será hijo para mí [2 Sm 7,14]? 6 En cambio, cuando introduce en el mundo a su Hijo primogénito, dice: Que lo adoren todos los ángeles de Dios [Dt 32,43; Sal 97,7]. 

7 Y mientras dice de los ángeles: El que hace a sus ángeles como viento y a sus servidores como llamas de fuego [Sal 104,4], 8 afirma de su Hijo: Tu trono, ¡oh Dios!, permanece para siempre. El cetro de la rectitud es cetro de tu reino. 9 Amaste la justicia y odiaste la maldad. Por eso Dios, ¡tú Dios!, te ungió con aceite de alegría prefiriéndote a tus compañeros [Sal 45,7-8].

10 Y también:

Tú, al principio, Señor, pusiste los cimientos de la tierra,

y los cielos son obras de tus manos.

11 Ellos desaparecerán, pero tú permaneces.

Todos envejecerán como un vestido

12 y los enrollarás como un manto;

serán como un vestido que se cambia.

Pero tú eres el mismo y tus años no terminarán [Sal 102,26-28].

13 ¿Y a cuál de los ángeles dijo alguna vez: Siéntate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos como estrado de tus pies? [Sal 110,1].

14 ¿Acaso no son todos ellos espíritus al servicio de Dios, enviados por él para asistir a los que van a heredar la salvación?


1,5-14: La relación de Cristo con Dios queda en este pasaje ampliamente explicada: Cristo guarda una relación del todo diversa con Dios a la que tienen los ángeles, pues sólo él recibe el título de “Hijo”. Los seres angélicos deben postrarse y adorar al Señor Jesús, porque Dios, su Padre, lo ha sentado en el trono eterno, a su derecha, símbolo del poder, como dominador de sus enemigos y soberano de todo lo creado. No se puede comparar, por tanto, la relación de filiación de Jesús con su Padre celestial, con la relación de sumisión y servicio que los ángeles guardan respecto a Dios. Mientras el Hijo es la fuente de salvación eterna para los hombres, los ángeles sólo se encargan de «asistir a los que van a heredar la salvación» (1,14). 


1,5: 1 Cr 17,13 / 1,7: Tob 12,15; Mt 4,11 / 1,9: Is 61,3; Sal 23,5 / 1,13: Sal 110,1; Mt 22,44 / 1,14: Lc 1,19


2- Cristo en su relación con los hombres


2,1-18. Esta segunda parte doctrinal (nota a 1,5-2,18) se centra en la radical solidaridad de Cristo con los hombres. Jesucristo es el Hombre coronado de gloria y honor por Dios debido a su obediencia hasta la muerte, mediante la cual hizo posible la redención de la humanidad. Y si Cristo descendió y participó de nuestra naturaleza y condición, estamos ahora llamados a ascender a una condición gloriosa por los méritos de su entrega y por su mediación sacerdotal. Esta segunda parte se inicia con una exhortación a prestar atención al anuncio de la salvación (2,1-4) y termina con el enunciado del tema que vendrá en la siguiente Sección (nota a 2,5-18). 


Prestemos más atención a lo que hemos escuchado


21 Por eso, es necesario que prestemos más atención a lo que hemos escuchado, no sea que nos desviemos. 2 Porque si la palabra promulgada por medio de los ángeles fue válida, de modo que toda transgresión y desobediencia recibió un justo castigo, 3 ¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos semejante salvación? Esta salvación, anunciada al principio por el Señor, nos fue confirmada por los que la escucharon 4 y apoyada por el testimonio de Dios con signos y prodigios, con toda clase de milagros y dones del Espíritu Santo distribuidos según su voluntad.


2,1-4: La herencia prometida y la asistencia de los ángeles pueden crear la falsa ilusión de una vida cristiana fácil y cómoda que el autor de Hebreos descarta. Por esto, se exhorta de inmediato al discípulo a asumir su responsabilidad: que ponga toda su atención en el tesoro que Dios le regala y tome en serio el mensaje que le proclaman. Con sobriedad y fuerza expresiva se evocan las maravillas realizadas por Dios que se contrastan con la respuesta de indiferencia del hombre, al punto de no preocuparse por la salvación divina que se le ofrece y despreciar esta obra maravillosa del Padre y su Hijo en su favor. Por tanto, es una responsabilidad enorme cuidar semejante don, pues quién desprecia la salvación desprecia la obra del Hijo y su Padre.


2,2: Hch 7,53 / 2,3: Mc 1,14-15; / 2,4: 16,17-18.20; 1 Cor 12,4.11


Jesús viene en auxilio de los descendientes de Abrahán


5 Porque no fue a los ángeles a quienes Dios sometió el mundo futuro del que estamos hablando, 6 como lo testimonió alguien en alguna parte de la Escritura:

¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él;

el ser humano, para que te preocupes por él?

7 Lo hiciste un poco inferior a los ángeles,

lo coronaste de gloria y honor;

8 todo lo sometiste bajo sus pies [Sal 8,5-7].

Al someterle todo, no dejó nada que no le estuviera sometido. Por ahora, sin embargo, no vemos que todo le esté sometido. 9 Pero a Jesús, al que fue hecho un poco inferior a los ángeles a causa de la muerte que padeció, lo vemos coronado de gloria y honor. Así, por la gracia de Dios, experimentó la muerte en beneficio de todos.

10 En efecto, convenía que Dios, para quien y por quien existe todo, perfeccionara mediante padecimientos a quien iba a guiarlos a la salvación a fin de conducir a la gloria a muchos hijos. 11 Porque tanto el que santifica como los que son santificados tienen un mismo origen. Por eso, Jesús no se avergüenza de llamarlos hermanos, 12 cuando dice:

Anunciaré tu Nombre a mis hermanos, 

en medio de la asamblea te alabaré [Sal 22,23]. 

13 Y también:

Yo pondré en él mi confianza [Is 8,17; 12,2; 2 Sm 22,3].

Y además:

Aquí estoy, yo y los hijos que Dios me dio [Is 8,18].

14 Así pues, ya que los hijos tienen en común la sangre y la carne, también Jesús las compartió de manera semejante, para –por su muerte– reducir a la impotencia al que tenía poder para matar, es decir, al Diablo, 15 y liberar así a quienes el temor a la muerte tenía esclavizados de por vida. 16 Porque Jesús, en efecto, no viene en auxilio de los ángeles, sino de los descendientes de Abrahán. 17 Por tanto, para llegar a ser un Sumo Sacerdote misericordioso y digno de fe en lo referente a Dios, capaz de expiar los pecados del pueblo, Jesús debía asemejarse en todo a sus hermanos. 18 De este modo puede ayudar a los que son probados, porque precisamente él mismo padeció y fue puesto a prueba.


2,5-18: Luego de hablar de la relación de Cristo con Dios, el autor se ocupa ahora de su encarnación y abajamiento, condición de posibilidad para una auténtica relación con los hombres (nota a 2,1-18). Cristo está más cerca de nosotros que los ángeles, pues compartió nuestra condición humana al punto de hacerse nuestro hermano, semejante a nosotros en todo, menos en el pecado. Por su condición humana y la realidad del mal presente en el mundo, aceptó de su Padre Dios el camino del sufrimiento y ser así instrumento de salvación para cuántos crean en él. Dios, entonces, glorificó a su Hijo y lo constituyó Sumo Sacerdote capaz de mediar eficazmente entre el cielo y la tierra. Por tanto, su abajamiento nos obtiene una redención y glorificación que jamás imaginamos. Allí, junto a su Padre, Cristo continúa reconociéndonos sus hermanos y manifestándonos su solidaridad: sigue siendo el Sumo Sacerdote que agradó a Dios por su fidelidad por lo que, lleno de misericordia por nosotros, continúa mediando entre Dios y la humanidad. Al final, Hebreos 2,17-18 introduce el nuevo tema a tratar en lo que sigue: Cristo, Sumo Sacerdote misericordioso y digno de fe. 


2,5: Col 2,15 / 2,8: 1 Cor 15,27; Ef 7,22 / 2,9: Flp 2,8-9 / 2,10: Hch 3,15 / 2,11: Mc 3,35; Jn 20,17 / 2,12: Sal 22,23 / 2,14: Mt 16,17 / 2,15: Jn 12,31 / 2,16: Is 41,8-9 / 2,17: Rom 8,3.29 / 2,18: 1 Jn 2,2; 4,10


II

Cristo, el Sumo Sacerdote digno de fe y misericordioso


3,1-5,10. Se presenta a Jesucristo en cuanto Sumo Sacerdote digno de fe y misericordioso, dos importantes cualidades para el perfecto ejercicio de la mediación sacerdotal. Ellas dan lugar a una exposición en dos partes. En su relación con Dios, Jesucristo es un Sumo Sacerdote digno de fe (3,1-4,14), pues desarrolla su vida en perfecta fidelidad al Padre, nunca lo desmiente, porque siempre hace su querer; Cristo, pues, es en quien se puede confiar de forma absoluta. En su relación con los hombres (4,15-5,10) es del todo misericordioso, puesto que se hizo solidario con la humanidad para vivir radicalmente como ser humano, incluso la muerte. Su condición humana y la experiencia del sufrimiento explican su infinita compasión. Nadie ni nada supera a Cristo en cuanto mediador acreditado por el Padre y compasivo con los hombres; de aquí que nadie mejor que él puede ofrecer el don de la salvación divina (5,9-10).


1- Cristo, Sumo Sacerdote fiel a Dios


3,1-4,14. Según lo anunciado en Hebreos 2,17-18, se expone la primera de las dos cualidades que hacen a Jesucristo Sumo Sacerdote: fue acreditado por Dios como alguien digno de toda confianza. La fidelidad de Jesús le permite ejercer con plenitud su mediación sacerdotal entre Dios y los hombres, para ofrecerles la salvación. Dos momentos se destacan en lo que sigue: un pasaje de carácter doctrinal sobre la superioridad de la fidelidad y de la gloria de Jesús en relación con Moisés (3,1-6), y otros pasajes de carácter exhortativo, los que partiendo de la fidelidad de Cristo y su actual condición gloriosa, invitan a fiarse del todo de este excelso mediador (3,7-4,14). Frente al nuevo Sumo Sacerdote, Jesucristo, acreditado por Dios para siempre, la antigua institución sacerdotal queda ineficiente. 


Jesús es digno de confianza ante Dios


31 Por tanto, hermanos, santificados por Dios y llamados a una misma vocación divina, reflexionen en Jesús, el Apóstol y Sumo Sacerdote de la fe que profesamos. 2 Él es digno de confianza ante Dios que lo instituyó para esto, como lo fue Moisés en toda la casa de Dios. 3 Sin embargo, Jesús fue considerado digno de una gloria superior a la de Moisés, puesto que el constructor de una casa tiene mayor honra que la casa misma. 4 Y aunque toda casa tiene un constructor, el constructor de todo es Dios. 5 Si bien Moisés, como servidor, fue encontrado digno de confianza en toda su casa [Nm 12,7], para dar testimonio de lo que debía anunciarse, 6 Cristo, en cambio, fue encontrado fiel como Hijo a cargo de su propia casa. Y su casa somos nosotros, si mantenemos la confianza y la esperanza en la que nos gloriamos.


3,1-6: Comienza la exposición sobre el sacerdocio de Cristo (nota a 3,1-4,14). Se nos invita a fijar la mirada en Jesús, enviado por Dios o «Apóstol» y acreditado como intercesor nuestro o «Sumo Sacerdote» (3,1). Este Jesús es el que goza hoy de una condición gloriosa, pues fue entronizado junto a Dios y hecho soberano de todo lo creado. Él, que es digno de toda confianza por parte de Dios, tiene que ser digno de toda nuestra confianza. Para demostrar por qué es digno de confianza y de dónde procede su autoridad se compara a Jesucristo con Moisés. Cristo, el Hijo de Dios, ha construido una casa o familia para su Padre mediante la entrega de su vida. Todos los que crean en el Hijo forman parte de la familia del Padre, que es la única y verdadera casa de Dios. A diferencia de Cristo, Moisés es sólo uno de tantos servidores en la casa de Dios, aunque uno muy destacado. Y no es el mismo derecho de propiedad que uno y otro tiene sobre la casa de Dios ni tampoco su responsabilidad ante su Dueño: Cristo responde como Hijo, Moisés sólo como servidor. Se insiste en la necesidad de la fe con dos dimensiones inseparables: quien cree, entra a formar parte de la familia de Dios y vive en relación personal con Dios gracias a la mediación del Sumo Sacerdote glorioso y digno de fe. 


3,1: Jn 3,17 / 3,2: Ef 2,20-22 / 3,3: 2 Cor 3,7-8 / 3,4: Jn 8,35 / 3,6: Jn 8,35-36


Si hoy escuchan la voz de Dios


7 Por eso, como dice el Espíritu Santo:

Si hoy escuchan la voz de Dios,

8 no endurezcan sus corazones,

como en el tiempo de la rebelión, 

como el día de la prueba en el desierto,

9 cuando sus padres me tentaron,

aunque habían visto mis obras 10 durante cuarenta años.

Por eso me irrité contra esa generación y dije:

«Sus corazones andan siempre extraviados, 

y no han conocido mis caminos».

11 Entonces juré indignado:

«¡No entrarán en mi descanso!» [Sal 95,7-11].

12 Hermanos, tengan cuidado: ¡que no se encuentre en alguno de ustedes un corazón perverso e incrédulo que lo aparte del Dios vivo! 13 Al contrario, exhórtense unos a otros cada día mientras dura la proclamación de este «hoy», para que ninguno se endurezca seducido por el pecado. 14 Somos, en efecto, partícipes de Cristo con tal de mantener firme hasta el final la confianza del principio, 15 tal como se nos pide:

Si hoy escuchan la voz de Dios,

no endurezcan sus corazones, 

como en el tiempo de la rebelión [Sal 95,7-8].

16 ¿Quiénes son, en efecto, los que después de escuchar la voz de Dios, provocaron la rebelión? ¿No fueron acaso todos los que salieron de Egipto guiados por Moisés? 17 ¿Y contra quiénes Dios se irritó durante cuarenta años? ¿No fue acaso contra los que pecaron, cuyos cadáveres quedaron tendidos en el desierto? 18 ¿Y a quiénes juró que no entrarían en su descanso, sino a los que no creyeron? 19 Y, en efecto, comprobamos que no pudieron entrar debido a su incredulidad.

41 Temamos, pues, no sea que mientras permanece en pie la promesa de entrar en el descanso de Dios, alguno de ustedes se vea excluido. 2 Porque al igual que ellos, también nosotros hemos recibido la Buena Noticia; sin embargo, a ellos no les aprovechó la palabra escuchada, porque no se unieron por la fe a los que la aceptaron. 3 Nosotros, en efecto, los que hemos creído, vamos entrando en el descanso de Dios que dijo: Entonces juré indignado: ¡No entrarán en mi descanso! [Sal 95,11]. Por cierto, respecto a las obras de Dios, éstas concluyeron con la creación del mundo, 4 como está dicho en algún pasaje de la Escritura acerca del séptimo día: Y Dios descansó de todas sus obras el día séptimo [Gn 2,2]

5 Pero volvamos a nuestro texto: ¡No entrarán en mi descanso! [Sal 95,11] 6 Ya que está claro que algunos han de entrar en el descanso de Dios y, como los primeros en recibir la Buena Noticia no entraron a causa de su desobediencia, 7 Dios determina de nuevo un día, un «hoy», diciendo mucho tiempo después por medio de David las palabras ya citadas: Si hoy escuchan la voz de Dios, no endurezcan sus corazones [Sal 95,7-8]. 8 En efecto, si Josué les hubiera dado el descanso definitivo no se hablaría posteriormente de otro día. 9 Por tanto, queda reservado el descanso del séptimo día para el pueblo de Dios. 10 Pues el que entra en el descanso de Dios, también descansa de sus obras como el mismo Dios descansó de las suyas. 

11 Esforcémonos por entrar en ese descanso, para que nadie caiga imitando aquel ejemplo de desobediencia.


3,7-4,11: La respuesta a Cristo, único Sumo Sacerdote digno de fe, es la fidelidad de los cristianos. Para subrayar esta exigencia, Hebreos se apoya en la Escritura y deja hablar al Espíritu que la inspiró. Se cita el Salmo 95 para exhortar al discípulo a no ser infiel como los israelitas lo fueron en el desierto. Para ello, opone –por un lado– a los israelitas que seguían a Moisés y Josué con los discípulos de Jesús glorioso, y –por otro– el camino de esos israelitas en el desierto con el caminar de los cristianos. Así como los israelitas fueron invitados a pasar del desierto al descanso de Dios, es decir, a alcanzar la tierra prometida para vivir en su presencia (3,11.18), así también los cristianos son invitados a pasar al descanso de Dios, que es vivir para siempre con él gracias a la única mediación de Cristo glorioso (7,16). Sin embargo, también tienen que considerar que así como muchos israelitas no pudieron entrar en la tierra a causa de su incredulidad y desobediencia, así puede ocurrir con los seguidores de Jesús (3,19; 4,1). Hay, pues, que abrir los oídos y el corazón al Señor, porque, de modo contrario, quedamos fuera –como aquellos israelitas– del descanso o de la vida en eterna comunión con Dios. Éste es el «hoy» de la Buena Noticia que la Iglesia proclama y que se alcanza si nos mantenemos firmes «en la fe que profesamos» (3,13; 4,5-7.14). 


3,7-11: Nm 14,21-45 / 3,8: Éx 17,1-7; Nm 20,1-13 / 3,9: Nm 14,20-35 / 3,16-19: Dt 1,26. 41-45 / 3,18: 1 Cor 10,5 / 4,1-11: 1 Cor 10,1-13 / 4,8: Dt 31,7; Jos 22,4 / 4,10: Ap 14,13


La Palabra de Dios es viva y eficaz


12 En efecto, la Palabra de Dios es viva, eficaz y más cortante que una espada de dos filos: ella penetra hasta dividir alma y espíritu, articulaciones y médulas, y discierne las intenciones y pensamientos del corazón. 13 No hay criatura oculta a su vista, sino que todo está desnudo y patente a los ojos de quien tenemos que dar cuenta. 14 Ya que tenemos un gran Sumo Sacerdote que ha atravesado los cielos, Jesús, el Hijo de Dios, mantengámonos firmes en la fe que profesamos. 


4,12-14: Con estos tres versículos, calificados a veces como un “himno” y que se centran en la dimensión judicial de la Palabra de Dios, termina la exhortación a la fidelidad (nota a 3,1-4,14). Como la desobediencia a Dios y a su voluntad no puede quedar impune, se personifica su Palabra como investigador, juez y agente. Estas vigorosas imágenes no son del todo nuevas, pues se enraízan en la tradición del Antiguo Testamento y, sobre todo, son familiares al judaísmo contemporáneo del autor de Hebreos. La Palabra es el agente ejecutor que, como espada de dos filos, realiza la sentencia de Aquel al que «tenemos que dar cuenta» (4,13). Como juez, la Palabra no sólo considera actos, sino también discierne lo más profundo del ser humano. Ella, pues, es una experimentada investigadora que saca a la luz la relación del hombre con Dios y con los demás. Frente a esta Palabra, no existen hombres ni argumentos que pueden objetar la justa sentencia de Dios. Sin embargo, la intención de Dios no es buscar nuestra condenación, sino corregirnos y salvarnos. Si acogemos la Palabra con fe y obediencia, Dios nos concede la salvación prometida. Sólo en el caso opuesto, la Palabra es juicio de condenación. Luego de este elogio a la Palabra de Dios, Hebreos 4,14 retoma la enseñanza expuesta en 3,1-6 para insistir en el punto central: vivan la fe con constancia y autenticidad, porque Jesús, Sumo Sacerdote e Hijo de Dios, es digno de confianza.


4,12: Is 49,2; Ef 6,17; Ap 1,16 / 4,13: Jr 17,10; Job 34,21-22; Jn 12,48-49; Rom 14,12 / 4,14: Ef 4,10-14


2- Cristo, Sumo Sacerdote misericordioso con los hombres


Tú eres sacerdote para siempre a la manera de Melquisedec


15 No tenemos, en efecto, un Sumo Sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que, excepto en el pecado, fue sometido a las mismas pruebas que nosotros. 16 Acerquémonos, por tanto, con plena confianza al trono de la gracia, para que obtengamos misericordia y encontremos la gracia de una ayuda oportuna. 

51 Todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y puesto al servicio de los hombres en las cosas que se refieren a Dios, a fin de ofrecer dones y sacrificios por los pecados. 2 Él puede comprender a ignorantes y extraviados, porque también él está envuelto en la debilidad 3 y, a causa de ella, tiene que ofrecer sacrificios por los pecados, tanto por los del pueblo como también por los propios. 4 Y nadie asume por sí mismo este honor si no es llamado por Dios, como lo fue Aarón.

5 Del mismo modo, Cristo no se atribuyó por sí mismo la gloria de ser Sumo Sacerdote, sino que se la otorgó el que le dijo: Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy [Sal 2,7]. 6 O como dice otro pasaje de la Escritura: Tú eres sacerdote para siempre a la manera de Melquisedec [Sal 110,4]. 7 Cristo, que en el tiempo de su vida mortal ofreció oraciones y súplicas con clamor poderoso y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte, fue escuchado por su humilde sumisión. 8 Y precisamente por ser Hijo, aprendió sufriendo a obedecer. 9 Así alcanzó la perfección y se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que lo obedecen, 10 y Dios lo ha proclamado Sumo Sacerdote a la manera de Melquisedec.


4,15-5,10: Se desarrolla la segunda cualidad que hace posible el sacerdocio de Cristo en cuanto mediación entre Dios y los hombres: su misericordia y solidaridad (4,15; nota a 3,1-5,10). No hay razón para desconfiar de él, porque cuando Dios glorificó a nuestro Sumo Sacerdote fue para acreditarlo como único mediador de la nueva alianza. Por tanto, ¡acerquémonos confiados a él! Como el sacerdocio antiguo (5,1-4), así el de Cristo es un servicio de intercesión (5,5-10), pues todo sacerdote es tomado de entre los hombres para mediar entre éstos y Dios. A diferencia aquel sacerdocio, Cristo no ofreció sacrificios por sus pecados (Lv 9,7-8) y su sacerdocio es de categoría divina, no sólo porque fue enviado por Dios, sino por ser su Hijo. Con todo, sin haber pecado, Dios lo perfeccionó en su solidaridad con los hombres por la obediencia y el sufrimiento para que, conociendo en su carne la debilidad humana, fuera compasivo con todos. La ofrenda que posibilita la comunión con Dios no son los sacrificios de la antigua alianza (Heb 5,2-3), sino la entrega del Hijo en perfecta obediencia al Padre. Esta entrega intercesora y sacrificial en favor nuestro, querida y aceptada por Dios (5,7), lo instituye Sumo Sacerdote misericordioso según un nuevo rito, el del rey de justicia y paz, Melquisedec (2,17; 7,2). Ahora, intercede por la humanidad colmado de vida y gloria, porque compartió con nosotros las consecuencias del pecado sin él haber pecado (4,15; 7,26). Por Cristo, el trono glorioso de Dios es también trono de misericordia y gracia (4,15-16).


4,15: Jn 8, 46; Rom 8,3 / 5,3: Lv 4,3; 9,7; 16,6 / 5,4: Éx 28,1 / 5,5: Lc 3,22 / 5,6: Gn 14, 17-20 / 5,7: Mt 26,36-46; Jn 12,27-28 / 5,7-8: Flp 2,6-11; Mt 26,39.42 / 5,9: Jn 17,19


III

Cristo y el valor incomparable de su sacerdocio y sacrificio


5,11-10,39. En Hebreos 5,9-10 se anunciaron los tres temas que siguen: la perfección que alcanza Jesús, la salvación de quien le obedece, y su condición de Sumo Sacerdote según el rito de Melquisedec. Lo doctrinal (7,1-10,18) se enmarca en dos exhortaciones (5,11-6,20 y 10,19-39). Primero se habla del sacerdocio de Cristo según el de Melquisedec (7,1-28); luego, de por qué el sacerdocio de Cristo alcanzó la perfección (8,1-9,28), y al final, se proclama la eficacia salvadora de su sacrificio (10,1-18). La mediación de los sacerdotes se realizaba en tres momentos: ascender a Dios, lo que requería ritos de purificación y ofrendas perfectas para presentarse ante él; permanecer ante Dios, para interceder en favor del orante; descender de Dios, trayendo sus bienes para quien los pidió. Apoyándose en la Escritura, el autor afirma que sólo Jesús ha sido capaz de vivir a la perfección estos momentos. Fue él quien, bajando del cielo, alcanzó por su obediencia la perfección como Sumo Sacerdote; fue él quien, ascendiendo a los cielos, ha sido entronizado y glorificado por Dios; y es él quien permanece como soberano y mediador ante Dios en favor de la humanidad. Cristo, pues, es el único acredito por Dios en cuanto a su intimidad con él y a su solidaridad con nosotros. 


1- Fe y promesa de Dios


5,11-6,20: El primer grupo de exhortaciones (5,11-6,20) nos prepara a comprender la compleja exposición (¡así lo advierte el autor!: 5,11-12), sobre el sacerdocio único y sacrificial de Cristo que nos otorgó la salvación (nota a 5,11-10,39). Se alienta a varias disposiciones: a comprender adecuadamente lo que se va a exponer; a dar frutos, como tierra fecunda por el agua, mediante la aceptación y la práctica de las enseñanzas de Jesús; a anhelar el don de la salvación y trabajar con empeño y fidelidad por él; a confiar, según el ejemplo de Abrahán, en la eficacia del juramento de Dios que constituyó a Cristo Sumo Sacerdote.


Elevémonos a lo que es más perfecto


11 Sobre esto tendríamos muchas cosas que decirles, pero difíciles de explicar, porque se han hecho lentos para comprender. 12 Después de tanto tiempo ya deberían ser maestros, pero tienen de nuevo necesidad de que alguien les enseñe lo más elemental del mensaje divino. ¡Vuelven así a necesitar leche en vez de alimento sólido! 13 Todo el que se alimenta de leche es incapaz de entender el mensaje que lleva a la salvación, pues es un bebé. 14 El alimento sólido, en cambio, es propio de los adultos, de los que, de tanto practicar, tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal.

61 Por eso, dando por sabido el mensaje elemental acerca de Cristo, elevémonos a lo que es más perfecto. No volveremos a tratar de nuevo verdades fundamentales como la conversión de las obras que llevan a la muerte y la fe en Dios, 2 la doctrina sobre bautismos y la imposición de manos, la resurrección de los muertos y el juicio eterno. 3 Si Dios lo permite, esto es lo que haremos.


5,11-6,3: Antes de exponer la parte doctrinal (nota a 5,11-6,20), difícil de entender (5,11-12), se exhorta a varias disposiciones. La dificultad para comprender no depende de la complejidad del tema, sino de la indolencia de oyentes y lectores. Éstos, que pertenecen a la segunda generación de cristianos (70-110 d.C.), son aún, «después de tanto tiempo» (5,12), como niños pequeños que se quedaron con lo elemental de la fe (la leche), incapaces de aceptar el mensaje de salvación en su integridad (el alimento sólido; 1 Pe 2,2). El autor así describe la situación de una comunidad cristiana que no progresa, más bien parecen retroceder, pues en vez de ser adultos en la fe no pasan de ser unos niños. Varias razones y consecuencias aporta (Heb 6,1-2). Por su condición de niños inmaduros no son más que motivo de desilusión. No han sido capaces de ser acompañantes sabios en la fe para los que se incorporan a la comunidad, esforzándose menos que éstos en seguir al Sumo Sacerdote y en cuidar el don de la salvación. Si su negligencia los hizo retroceder, que no pierdan al menos el ideal de la perfección. Por tanto, a superar la mediocridad y a tender, por el esfuerzo personal y profundizando la recta enseñanza, a lo fundamental de la vida cristiana: la madurez en la fe. Ésta es la tarea de los discípulos que quieran seguir el camino de Jesús y vivir su proyecto. ¡A elevarse, pues, «a lo que es más perfecto»! (6,1). 


5,12-13: 1 Cor 3,1-2; 1 Pe 2,2 / 5,14: Flp 1,10; Col 3,10 / 6,1: Rom 1,18; 5,12.21 / 6,2: Hch 1,5; 8,17; 19,6


No se vuelvan perezosos


4 Es imposible, en efecto, que los que una vez fueron iluminados, gustaron del don celestial, participaron del Espíritu Santo, 5 saborearon la excelencia de la Palabra de Dios y las maravillas del mundo venidero 6 y posteriormente cayeron, se renueven otra vez por la conversión, porque son ellos mismos los que vuelven de nuevo a crucificar al Hijo de Dios y a exponerlo a las injurias de todos. 7 La tierra que es regada por frecuentes lluvias y produce frutos que aprovechan a quienes la cultivan es porque recibió la bendición de Dios. 8 Por el contrario, si la tierra sólo produce espinas y malezas, no tiene valor alguno, su maldición está próxima y terminará siendo quemada.

9 Respecto a ustedes, queridos hermanos, aunque nos hayamos expresado así, estamos convencidos de que están en una situación mejor, la que lleva a la salvación. 10 En efecto, Dios no es injusto para olvidar las obras y el amor que ustedes mostraron en su Nombre al servir a los santos en el pasado y en el presente. 11 Pero deseamos que cada uno de ustedes muestre hasta el final el mismo empeño en alcanzar la plena realización de lo que esperan. 12 Por ello, no se vuelvan perezosos, sino que imiten a los que por la fe y la perseverancia heredan las promesas.


6,4-12: Aunque duras, estas palabras no son un juicio contra los responsables, sino una severa advertencia contra los que habían adquirido un elevado nivel de vida cristiana, pero comenzaban a marchitarse (6,8). Cuando alguien se acostumbra a deshonrar a Cristo ante otros con sus palabras y conductas, le es cada vez más difícil la profesión de fe y la vida íntegra (6,4-6; Lc 11,24-26), pues en éstos la gracia de Dios corre el peligro de ser una y otra vez rechazada. Con todo, su gracia es poderosa para convertirlos, por ello la bendición prevalece sobre la maldición. De los destinatarios se tiene una opinión favorable (Heb 6,9: «Respecto a ustedes…») y se busca fortalecerlos contra posibles faltas de graves consecuencias. Las exhortaciones se dirigen a cristianos de la segunda generación (70-110 d.C.) en quienes se agota la ilusión y el entusiasmo misionero. Ahora es tiempo de fidelidad hasta alcanzar la realización de lo que se espera. El peligro es la indolencia en el seguimiento de Cristo (6,11-12). En este contexto, las advertencias de Dios pueden sonar muy fuertes, pero logran beneficios para quien las acepta con fe. La conversión a los dones del Espíritu y a la escucha de la Palabra es el agua que renueva los frutos de una tierra que, por descuido, está en proceso de volverse infecunda. 


6,4: 2 Cor 4,4.6 / 6,6: 1 Jn 5,16 / 6,7: 2 Tim 2,6 / 6,8: Gn 3,17-18 / 6,10: Rom 15, 25.31; 2 Cor 8,4 / 6,12: 2 Tes 3,7


Dios intervino con un juramento


13 Cuando hizo su promesa a Abrahán, al no tener a nadie mayor por quien jurar, Dios juró por sí mismo, 14 diciendo: Sí, te llenaré de bendiciones, te multiplicaré sin medida [Gn 22,17]. 15 Y así Abrahán, esperando con paciencia, vio realizarse la promesa. 

16 En efecto, los seres humanos juran por alguien mayor, y el juramento para ellos es la garantía que pone fin a toda discusión. 17 Por eso, queriendo mostrar más plenamente a los herederos de la promesa el carácter irrevocable de su decisión, Dios intervino con un juramento. 18 De esta manera, estos dos actos irrevocables, promesa y juramento, en los que es imposible que Dios engañe, son un impulso poderoso para quienes buscamos refugio, aferrándonos a la esperanza que tenemos por delante. 19 Esta esperanza es para nosotros como ancla segura y firme de la vida que penetra más allá del velo del Templo, 20 adonde ya ha entrado Jesús como precursor, convertido en Sumo Sacerdote para siempre a la manera de Melquisedec.


6,13-20: Continúan las exhortaciones (nota a 5,11-6,20), esta vez centradas en la promesa de Dios hecha a Abrahán y sellada con un juramento. El juramento que sella una promesa es un acto de suma responsabilidad y graves consecuencias, más aún si es Dios quien jura, porque lo hace por sí mismo a diferencia de los juramentos del hombre que jura por alguien o algo superior. Al jurar por sí mismo, se subraya el carácter irrevocable de la decisión de Dios, porque él no miente ni se contradice. Por esto Jesucristo es para siempre Sumo Sacerdote de la nueva alianza, pues fue una decisión de Dios sellada con juramento. Dos propósitos se buscan: mostrar que promesas y juramentos de Dios se cumplen, y animar a la comunidad a que ponga toda su esperanza en Dios. Por tanto, nuestro seguro refugio es Cristo, nuestro Sumo Sacerdote, y en él debe estar puesta nuestra esperanza. Si él ya vive en la intimidad de Dios, pues penetró «más allá del velo del Templo», también nosotros tenemos la esperanza de vivir en comunión con Dios gracias a la mediación de nuestro Sumo Sacerdote (6,18-20).


6,13-14: Gn 22,16-17 / 6,18: Nm 23,19; 1 Sm 15,29 / 6,19: Lv 16,2; Mt 27,51 / 6,20: Sal 110,4


2- Cristo, perfecto Sumo Sacerdote por su sacrificio


7,1-10,18. Comienza una compleja exposición doctrinal (nota a 5,11-10,39). Como el autor se propuso (5,9-10), trata primero el sacerdocio de Cristo según el rito de Melquisedec (7,1-28), insistiendo en las diferencias y en la superioridad del sacerdocio de Cristo respecto al judío, la que demuestra con argumentos de la Escritura. Luego, reflexiona de cómo Cristo alcanzó la perfección de su sacerdocio mediante su sacrificio personal (8,1-9,28); nos encontramos en la parte central de Hebreos. El culto de la antigua alianza no pudo sobrepasar el ámbito humano y terrenal (8,1-6) por lo que fue incapaz de generar la perfecta relación con Dios; ese culto no pasó de ser figura de lo que vendría. Cristo, en cambio, con su sacrificio y condición de Hijo de Dios, accede plenamente al ámbito divino y celeste (9,24-28) por lo que es instituido como único y perfecto mediador. Finalmente, según Hebreo 5,9-10, el autor se ocupa del don divino de la salvación gracias a la mediación de Cristo, Sumo Sacerdote (10,1-18). 


Consideren la grandeza de Melquisedec


71 Este Melquisedec, rey de Salén, sacerdote del Dios altísimo, salió al encuentro de Abrahán cuando éste volvía de vencer a los reyes y lo bendijo. 2 Y Abrahán, por su parte, le dio el diezmo de todo. Melquisedec significa, en primer lugar, “rey de justicia”, y también “rey de Salén”, es decir, “rey de paz” [Gn 14,17-20]. 3 Él, que no tiene padre ni madre, ni genealogía, ni comienzo ni fin de su vida, a semejanza del Hijo de Dios, es sacerdote por siempre. 

4 Consideren, pues, la grandeza de este personaje a quien el patriarca Abrahán dio como diezmo [Gn 14,20] lo mejor del botín. 5 A los descendientes de Leví que asumen el sacerdocio, la Ley les da el derecho de recibir el diezmo del pueblo, esto es, de sus hermanos, aunque éstos sean también descendencia de Abrahán. 6 En cambio, Melquisedec, que no descendía de ellos, recibió el diezmo de Abrahán, y también él fue quien bendijo al que Dios hizo depositario de las promesas. 7 Pero, sin ninguna duda, es el inferior quien recibe la bendición del superior. 8 Además aquí, con los descendientes de Leví, quienes reciben el diezmo son hombres mortales, pero allá, con Melquisedec, uno de quien se atestigua que vive. 9 Finalmente se puede decir que el mismo Leví, a quien corresponde recibir diezmos, fue él quien los pagó a Melquisedec en la persona de Abrahán, 10 pues estaba ya en germen en las entrañas de su padre Abrahán cuando Melquisedec salió al encuentro de éste.


7,1-10: Ya se destacaron los rasgos comunes del sacerdocio de los descendientes de Aarón y Leví y del sacerdocio de Cristo (nota a 4,15-5,10). Ahora se destacan rasgos específicos, puesto que Cristo no ejerce un ministerio al estilo de Aarón, sino al estilo de Melquisedec (5,10). Para esto, se explica Génesis 14,17-20 como los maestros de la Ley interpretaban la Escritura. Pero, en este caso, importa más lo que el texto citado omite que lo que dice (7,2.4). Del sacerdote Melquisedec, cuyo nombre significa rey de justicia y de paz, se desconoce su origen familiar y su destino, pues no se relata su muerte; se presenta, por tanto, sin límite de tiempo para ejercer su sacerdocio. Más significativo aún es que, en nombre de Dios, bendiga a Abrahán y de él reciba el diezmo de sus bienes en reconocimiento; se presenta, pues, como una figura más importante que el patriarca. De este modo se afirma la superioridad del sacerdocio de Melquisedec sobre el sacerdocio judío o de Leví, el que se acaba con la muerte. El sacerdocio a la manera de Melquisedec y su superioridad respecto al sacerdocio según el estilo de Aarón y Leví prefigura el sacerdocio de Cristo que, glorioso, vive para siempre (7,17). 


7,3: Jn 7,27 / 7,4: Nm 18,25-32 / 7,5: Dt 14,22-27; Nm 18,21 / 7,8: Nm 18,32 / 7,10: Gn 14,17


Jesús posee un sacerdocio que no pasará


11 Si la perfección se alcanzara por el sacerdocio levítico, sobre el que se funda la legislación dada al pueblo, ¿qué necesidad había de que surgiera otro sacerdote a la manera de Melquisedec, teniendo ya uno a la manera de Aarón? 12 Porque un cambio de sacerdocio lleva consigo necesariamente un cambio de ley. 13 Y Jesús, de quien se dice esto, formaba parte de una tribu de la cual ningún miembro ha estado al servicio del altar, 14 pues, como se sabe, nuestro Señor salió de la tribu de Judá, y esta tribu no fue mencionada por Moisés cuando habló del sacerdocio. 15 Esto es aún más evidente si surge otro sacerdote que, a semejanza de Melquisedec, 16 no lo es en virtud de leyes de sucesión humana, sino por el poder de una vida indestructible. 17 En efecto, de él se atestiguó:

Tú eres sacerdote para siempre

a la manera de Melquisedec [Sal 110,4].

18 Así, por una parte, queda derogado el precepto anterior por deficiente e inútil, 19 puesto que la Ley ha sido incapaz de conducir a la perfección, y -por otra- se introduce una esperanza mejor que nos permite acercamos a Dios.

20 Además, esto fue confirmado con un juramento. Y así, mientras los descendientes de Leví llegaron a ser sacerdotes sin juramento alguno, 21 Jesús lo fue con el juramento de quien le dijo:

El Señor lo ha jurado y no se arrepentirá:

Tú eres sacerdote para siempre [Sal 110,4].

22 Por esto Jesús es el garante de una alianza mejor. 

23 Aquellos sacerdotes fueron muchos, porque la muerte les impedía permanecer; 24 éste, en cambio, como permanece para siempre, posee un sacerdocio que no pasará. 25 Por eso puede salvar plenamente a los que por medio de él se acercan a Dios, ya que vive eternamente para interceder por ellos. 

26 En efecto, tal es el Sumo Sacerdote que nos convenía: santo, inocente, inmaculado, separado de los pecadores, elevado por encima de los cielos. 27 Él no tiene necesidad como los otros sumos sacerdotes de ofrecer sacrificios cada día, primero por sus propios pecados, después por los del pueblo, porque esto lo hizo de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo. 28 La Ley establece sumos sacerdotes a hombres débiles; en cambio, la palabra del juramento, que es posterior a la Ley, establece al Hijo, a quien Dios hizo perfecto para siempre.


7,11-28: La argumentación sobre la superioridad del sacerdocio de Cristo (nota a 7,1-10) se continúa con la interpretación del Salmo 110 (7,17.21). Si el sacerdocio de Cristo es al estilo del de Melquisedec, personaje sin origen ni final, y no según el «sacerdocio levítico» (7,11), con origen y final, significa que es anterior a éste, más perfecto que éste y eterno, concepto tomado del Salmo 110 para indicar la plenitud final a la que ha sido elevado el Hijo. El sacerdocio levítico se adquiere por descender de la tribu de Leví, y sus ministros son hombres débiles. Jesús es de la tribu de Judá y no es sacerdote por sucesión humana, sino por el poder de Dios que cumplió la promesa de que su Hijo sería «sacerdote para siempre» (Sal 110,4). Las consecuencias son enormes. Como la resurrección le confirió a la humanidad de Cristo una vida indestructible su sacerdocio es para siempre. A diferencia del sacerdote a la manera de Leví, Cristo es santo, por lo que no tiene necesidad de purificarse por sus pecados mediante el sacrifico de animales. Más aún, el mismo se hizo ofrenda santa, inmolándose para la salvación de todos. Por su obediencia y entrega de Hijo, Dios lo perfeccionó como único mediador entre él y los hombres. Esto significa, por un lado, que este Sumo Sacerdote glorioso y eterno garantiza una alianza mucho mejor que el sacerdocio judío y, por otro, que sólo por él se recibe la salvación, lo que nunca pudo conseguirse con el sacerdocio judío. 


7,11: Sal 110,4 / 7,14: Gn 49,10; Ap 5,5 / 7,16: Éx 28,1; Lv 21; Dt 10,8-11 / 7,17: Sal 110,4; Heb 5,6; 6,20; 7,17 / 7,18: Rom 7,7 / 7,21: Sal 110,4 / 7,24: Lv 8,35 / 7,25: Rom 8,34; 1 Jn 2,1 / 7,27: Lv 9,7; 16,6; Mc 10,45; 14,24 / 7,28: Sal 110,4


Éste es el punto más importante


81 Éste es el punto más importante de lo que venimos diciendo: nosotros tenemos un Sumo Sacerdote tal que se sentó a la derecha del trono de la Majestad en los cielos 2 como ministro del santuario y de la tienda verdadera, erigida por el mismo Dios, no por el ser humano.

3 Todo sumo sacerdote es constituido para ofrecer dones y sacrificios. De aquí también la necesidad de que Jesús tenga algo que ofrecer. 4 Si él estuviera en la tierra, no sería sacerdote, porque ya existen aquí los que ofrecen dones según la Ley. 5 Pero el culto que estos celebran es imagen y sombra de las realidades celestiales, según la advertencia que Dios hizo a Moisés cuando iba a construir la Tienda:

Mira, le dijo, hazlo todo conforme al modelo

que se te mostró en la montaña [Éx 25,39.40].

6 En realidad, ahora Jesús ha recibido un ministerio muy superior, porque es mediador de una alianza mejor, fundada en promesas mejores.


8,1-6: Todo lo que precede conduce a este punto culminante de la homilía sacerdotal (8,1): Jesucristo, quien subió al cielo y fue hecho partícipe del poder de su Padre, es nuestro único y definitivo Sumo Sacerdote. Los sumos sacerdotes según el orden de Leví, por su condición humana, viven tentados por su debilidad, son imperfectos y mueren por lo que no pueden con sus actos ni su culto agradar del todo a Dios y realizar la perfecta mediación entre el pueblo y él (nota a 7,11-28). Se requiere, por tanto, un sumo sacerdote conforme a un orden nuevo. Y este Sumo Sacerdote es Jesucristo, que proviene del orden de Melquisedec, afirmación llena de gozo y admiración que expresa la situación privilegiada del pueblo de la nueva alianza por contar con un mediador así. Nuestro Sumo Sacerdote es perfecto, pues sólo él ha sido entronizado junto a Dios y vive por siempre en su presencia para interceder con poder por nosotros. Él, pues, no tiene necesidad de entrar cada año al santuario de Dios en el Templo como lo hacía el sumo sacerdote según el orden de Leví (9,7) antes de que fuera destruido (año 70 d.C.; 8,2; 9,2-5). Lo que entonces ocurría no era más que representación de «las realidades celestiales» (8,5), pues sólo presagiaban lo que sería el ingreso definitivo a la Casa o Tienda perfecta de Dios, para vivir en comunión eterna con él. 


8,1-2: Sal 110,1 / 8,2: Éx 26 / 8,3-5: Hch 7,44; Ap 11,19 / 8,6: Rom 5,15; 1 Tim 2,5


Pondré mis leyes en su mente


7 Si aquella primera alianza hubiera sido irreprochable, no se buscaría sustituirla por una segunda. 8 Y, en efecto, es un reproche el que Dios le hace al pueblo cuando dice:

Vienen días, dice el Señor,

en que haré con la casa de Israel

y la casa de Judá una alianza nueva,

9 no como la alianza que hice con sus antepasados

el día en que los tomé de la mano,

para sacarlos de la tierra de Egipto.

Como ellos no permanecieron en mi alianza, dice el Señor,

yo también me desentendí de ellos.

10 Ésta es la alianza que haré con la casa de Israel

después de aquellos días, dice el Señor:

pondré mis leyes en su mente

y las grabaré en su corazón;

yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo.

11 Entonces nadie tendrá que enseñar a su compatriota

ni a su hermano, diciendo: «¡Conoce al Señor!»,

porque todos me conocerán,

desde el más pequeño hasta el más grande.

12 Porque seré indulgente con sus faltas,

y nunca más me acordaré de sus pecados [Jr 31,31-34].

13 Al decir «alianza nueva», Dios ha declarado vieja la primera. Ahora bien, lo que se vuelve viejo y anticuado está a punto de desaparecer.


8,7-13: La cita de Jeremías 31,31-34 domina este pasaje. En la primera parte (Heb 8,8-9), se anuncia una alianza nueva que reemplazará a la del Sinaí; en la segunda (8,10-12), se explica la novedad de esta alianza. Porque Dios pone su Ley en el interior del ser humano hará que sus planes sean del todo comprendidos, amados y vividos por el pueblo de la nueva alianza. La unión íntima y personal con Dios no se producirá por normas externas, como las de la Ley de Moisés escrita en manuscritos, sino que brotará gracias a la acción directa de Dios (8,10: «Pondré mis leyes…, las grabaré…») y del interior del hombre («…en su mente…, en su corazón»), donde radica la inteligencia, los afectos y la voluntad. Dios realizará en los suyos una conversión interior, profunda y definitiva, para que acojan la nueva alianza y todos puedan tener un conocimiento inmediato de Dios (8,11). “Conocer” en la Biblia designa ante todo una relación personal y existencial. Se trata, pues, del conocimiento que sustenta la íntima unión con Dios, lo que requiere el arrepentimiento de los pecados y el perdón divino anunciado por el profeta Jeremías. Por lo dicho, esta «alianza nueva» deja anticuada a «la primera» (8,13), la pactada con Moisés mediante la sangre de animales (Éx 24,1-11).


8,7: Éx 19-20 / 8,8: Jr 32,40; Mc 14,24 / 8,10: Éx 24,12; Dt 4,13; 2 Cor 3,3 / 8,11: Gn 2,9; Jr 1,5 / 8,12: Is 43,25; Ez 36,29; Zac 13,1 / 8,13: 2 Cor 5,17; Ap 21,4-5


El acceso al santuario no estaba abierto


91 La primera alianza tenía, pues, un ritual para el culto y un santuario en la tierra. 2 Se instaló, en efecto, una primera parte de la Tienda llamada “el Santo”, donde estaban el candelabro, la mesa y los panes de la ofrenda. 3 Luego, detrás del segundo velo, se encontraba la otra parte de la Tienda llamada “el Santo de los Santos”. 4 Allí estaba el incensario de oro y el arca de la alianza toda recubierta de oro y, dentro del arca, un vaso de oro que contenía el maná, la vara de Aarón que había florecido y las tablas de la alianza. 5 Encima del arca estaban los querubines de la Gloria, cubriendo con su sombra el propiciatorio. Pero no es este el momento de hablar en detalle de esto.

6 Dispuestas así las cosas, en la primera parte de la Tienda entran continuamente los sacerdotes para desempeñar las funciones del culto; 7 en cambio, en la segunda parte, entra sólo una vez al año el Sumo Sacerdote llevando sangre, la que debe ofrecer por sí mismo y por los pecados involuntarios del pueblo. 8 El Espíritu Santo mostraba así que el acceso al santuario no estaba abierto mientras permaneciera la primera Tienda. 9 Todo esto es un símbolo para el tiempo presente, pues los dones y sacrificios que allí se ofrecen son incapaces de hacer interiormente perfecto al que rinde culto, 10 porque consisten sólo en alimentos, bebidas y purificaciones diversas, prescripciones humanas válidas hasta el momento en que Dios lo renovaría todo. 


9,1-10: A la luz de la nueva alianza (nota a 8,7-13) se describe la imperfección del Santuario o Templo de Jerusalén (9,2-5) y la ineficacia de sus ritos cultuales (9,6-7). El Santuario estaba dispuesto de tal modo que impedía la comunicación del israelita con Dios. No sólo un velo se interponía entre Dios y su santidad y el pueblo, sino que la impureza de oferentes y ministros y la imperfección de las ofrendas exigía purificaciones y ofrendas de sacrificios una y otra vez, puestos que el sistema cultual era incapaz de cambiar el corazón del israelita y hacerlo apto para la comunión con Dios. No era aún el tiempo del camino expedito al Santuario definitivo donde es posible el encuentro personal y pleno con Dios. El Santuario de la tierra debía durar hasta que ocurriera la perfecta mediación sacerdotal del sacrificio de Cristo, el Hijo de Dios, que rasgó el velo del Templo (Mc 15,38), signo de que quedó abierto el camino al encuentro con el Padre. Estamos en la nueva alianza, tiempo de la ofrenda personal, espiritual y perfecta de la propia vida redimida por Cristo (Rom 12,1).


9,2: Éx 25,23-40; 26,1-37 / 9,3: Éx 26,31-33 / 9,4: Éx 16,33; 25,10-16; 30,1-6; 40,26-27; Nm 17,8-10 / 9,5: Gn 3,24; 1 Re 6,23-29, Rom 3,25 / 9,6: Nm 18,2-6 / 9,7: Lv 16,2-29 / 9,9: 1 Cor 10,6-7 / 9,10: Lv 11; 15; Nm 19; Col 2,16-17


Cristo entró de una vez por todas en el santuario


11 Cristo, en cambio, ha venido como Sumo Sacerdote de los bienes definitivos. Por medio de una morada más grande y más perfecta, no hecha por manos humanas, es decir, no de este mundo creado, 12 Cristo entró de una vez por todas en el santuario en virtud de su propia sangre y no por la sangre de chivos y novillos, consiguiendo así la redención para siempre. 13 Porque si la sangre de chivos y toros y la ceniza de ternera santifican con su aspersión a los que están manchados, purificándolos por fuera, 14 ¡cuánto más la sangre de Cristo, quien se ofreció a sí mismo a Dios como víctima inmaculada por obra del Espíritu eterno, purificará nuestra conciencia de las obras que llevan a la muerte, para que demos culto al Dios vivo!


9,11-14: El pasaje es una magnífica síntesis sobre el sacerdocio de Cristo del que se viene reflexionando. Él, ofreciéndose en sacrificio redentor de una vez para siempre, nos obtuvo de su Padre los bienes definitivos, lo que no pudieron hacer los sacerdotes según el orden de Leví. Cristo ingresó como hombre en el cielo, el santuario donde Dios habita (4,14; 9,24), gracias a su cuerpo resucitado, «morada más grande y más perfecta» (9,11), haciendo posible que todos los creen ingresen en él y con él a la intimidad del mismo Dios (1 Cor 12,27). Por esto, ya no se alcanza la presencia de Dios por la sangre de animales ofrecidos en sacrificio, sino por la sangre de Jesucristo, el Cordero, derramada en la cruz hasta la ofrenda total de sí mismo, la que el Espíritu transformó en sacrificio liberador (9,14). Y porque Cristo es santo no ofreció su vida en sacrificio por sus propios pecados, como lo hacían los sacerdotes de la antigua alianza (9,7), sino sólo por los nuestros, para purificar «nuestra conciencia de las obras que llevan a la muerte» y hacer posible el culto o servicio a Dios propio de hijos (9,14). Queda comprobada, pues, la condición de Sumo Sacerdote perfecto de Cristo y la eficacia definitiva y universal de su mediación, gracias a la cual Dios nos otorga la salvación.


9,11: Rom 3,24-26 / 9,12: Mt 26,28 / 9,13: Lv 16,15-16; Nm 19,9.17-19 / 9,14: Nm 28,3; 1 Pe 1,18-19; Ap 1,5


Cristo es el mediador de una nueva alianza


15 Por eso, Cristo es el mediador de una nueva alianza a fin de que, habiendo muerto para redimir las transgresiones cometidas bajo la primera alianza, los elegidos reciban la herencia eterna prometida. 

16 En efecto, para que se cumpla un testamento es necesario que conste la muerte de quien lo hizo, 17 porque el testamento entra en vigor después de su muerte, ya que antes, mientras él vive, no tiene ningún valor. 18 Por lo mismo, tampoco la primera alianza se inauguró sin sangre. 19 En efecto, después de proclamar cada uno de los mandamientos de la Ley a todo el pueblo, Moisés tomó la sangre de los novillos y de los chivos y la mezcló con agua y, con la lana escarlata y el hisopo, roció el Libro de la Ley y a todo el pueblo, 20 mientras decía:

Ésta es la sangre de la alianza

que Dios estableció para ustedes [Éx 24,8]. 

21 Después roció con sangre la Tienda y todos los utensilios del culto. 22 Y es que conforme a la Ley, casi todo se purifica con sangre y sin derramar sangre no hay perdón. 

23 Por tanto, si fue necesario que las cosas que no son más que figuras de realidades celestiales debieran ser así purificadas, cuanto más las realidades celestiales mismas requieren de sacrificios más valiosos que aquellos. 


9,15-23: Del mediador de una alianza entre Dios y los hombres se espera la observancia de varias normas. Una de ellas es la purificación del ministro y su aceptación por parte de Dios que, según lo que pide la Ley, se realiza mediante la sangre de animales sin defectos. La sangre de un animal puro simboliza la entrega de la vida del oferente, pues –según se pensaba– la sangre contiene la vida. Y así procedió Moisés, el mediador de la antigua alianza, la del Sinaí (9,20). Pero esa sangre de los sacrificios era sólo un rito que anticipaba la necesidad de derramar una sangre realmente santa que fundara la alianza que hiciera posible la perfecta docilidad a Dios. Por eso, aunque de Cristo se esperaba que purificara al pueblo con la sangre de animales puros, no fue así, puesto que él escoge derramar su propia sangre, pura y santa, para purificarnos de las transgresiones cometidas y llevarnos a la comunión con Dios. Al morir entra de inmediato en vigor la nueva alianza o disposiciones de Dios que, al igual que un testamento, adquirió carácter definitivo al fallecer su testador (9,16-17). La efusión de la sangre del Hijo, es decir, de su propia vida, es el sacrificio que, por la acción del Espíritu, purifica y funda la alianza definitiva. De ese modo se cumplen las profecías de la Escritura (9,14.15; Jr 31,31-34).


9,15-18: Gál 4,1-7 / 9,19-20: Éx 12,22; Jn 19,29 / 9,20: Éx 24,6-8 / 9,21: Éx 29,12 / 9,22: Lv 5,10.16.18


Cristo entró en el cielo mismo


24 Cristo, en efecto, no entró en un santuario construido por manos humanas, simple copia del verdadero, sino en el cielo mismo, para presentarse ahora delante de Dios en favor nuestro. 25 Y no entró para ofrecerse muchas veces a sí mismo, al igual que el Sumo Sacerdote que entra en el santuario cada año con sangre ajena. 26 Porque en tal caso debiera haber padecido muchas veces desde la creación del mundo cuando, en realidad, le bastó manifestarse una sola vez en este tiempo final, para abolir el pecado mediante su sacrificio. 27 Y así como el destino de los seres humanos es morir una sola vez y después de lo cual viene el juicio, 28 así también Cristo se ofreció una sola vez para quitar los pecados de muchos y luego aparecerá una segunda vez, pero no ya en relación con el pecado, sino para salvar a los que lo esperan. 


9,24-28: Se evidencia el valor decisivo del sacrificio de Cristo, de lo que se había hablado de modo implícito (nota a 8,1-6). El culto celebrado por los sacerdotes, descendientes de Leví, se quedaba en el plano humano, siendo sólo figura de lo que tenía que venir. El sacrificio de Cristo, en cambio, trasciende la dimensión humana y llega al cielo, a la presencia de Dios, haciendo realidad la promesa de alianza: «Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo» (8,10). Por eso, Cristo no requiere de otros sacrificios (9,26) como los sacerdotes levíticos que una y otra vez tenían que ofrecer libaciones y holocaustos por ellos y el pueblo (10,1). Aunque el ser humano enfrente el juicio divino después de su muerte, no debe temer, porque gracias a la sangre de Cristo derramada en la cruz en favor nuestro, la misericordia de Dios se antepone al juicio y da lugar a la salvación, lo que no diluye la responsabilidad de la respuesta fiel de cada uno. El misterio pascual de Cristo transforma toda muerte humana, pues el Señor, como Mediador único y eficaz, conduce a la persona al encuentro definitivo con Dios (9,27-28).


9,24: Jn 17,20-26; Rom 8,34 / 9,25: Is 1,11-13; Jr 6,20 / 9,26: Gál 4,4 / 9,28: Is 53,12; 1 Tim 6,14; 1 Pe 1,19-20; 2,24


¡Aquí vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad!


101 Ya que la Ley es sólo una sombra de los bienes futuros y no la realidad misma, no puede perfeccionar a los que se acercan a Dios mediante los mismos sacrificios que continuamente se ofrecen año tras año. 2 De lo contrario, ¿no se habrían ya dejado de ofrecer? Porque quienes rinden culto, al quedar purificados de una vez para siempre, no tendrían ya conciencia de pecado alguno. 3 En cambio, estos sacrificios no hacen más que renovar cada año el recuerdo de las culpas, 4 porque es imposible que la sangre de toros y chivos quite los pecados. 

5 Por eso, al entrar en el mundo, Cristo dice:

No has querido sacrificio ni ofrenda,

pero me has formado un cuerpo. 

6 No te agradaron los holocaustos 

ni los sacrificios por el pecado.

7 Entonces dije como está escrito en el Libro acerca de mí:

«¡Aquí vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad!» [Sal 40,7-9].

8 En primer lugar dice: «No has querido ni te agradaron sacrificios, ofrendas, holocaustos, ni sacrificios por el pecado», los que –sin embargo– se ofrecen según la Ley. 9 Luego añade: «Aquí vengo, para hacer tu voluntad». De esta forma, suprime el primer régimen, para establecer el segundo. 10 Por tanto, por el cumplimiento de esta voluntad y la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha de una vez por todas quedamos santificados. 


10,1-10: ¿De dónde procede el valor salvador, eficaz y definitivo del sacrificio de Cristo? De su libre entrega al Padre (10,7). Por la entrega de su cuerpo sin pecado y consagrado al Padre al sufrimiento y a la muerte, Cristo realiza lo que no logró toda la sangre de los sacrificios de la antigua alianza. Esos ritos sólo purificaban exteriormente al pueblo, haciéndolo apto según la Ley para ofrecer el culto a Dios, pero no lo hacían santo, puesto que no podían por sí mismos. De modo contrario, si los sacrificios de la antigua alianza santificaban al israelita, ¿por qué había que repetirlos una y otra vez? Cristo cumple el querer de Dios de no aceptar ofrendas, sacrificios y holocaustos –diversas formas de consagrar la víctima a Dios– que no transformen el corazón. Ahora la queja divina de que «este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí» dejará de existir (Is 29,13; Mc 7,6-7). La entrega libre del Hijo al Padre en favor de la humanidad inaugura un nuevo régimen que deja caduco el primero, el que procede de Moisés (Heb 10,9). Ahora, el único sacrifico que procura de modo definitivo el perdón de Dios es el de Jesucristo. 


10,1: Col 2,7 / 10,5: Is 50,5 / 10,6: Sal 51,18-19 / 10,7: 1 Sm 15,22 / 10,8: Sal 50,7-15 / 10,9: Mt 26,39.42; Jn 4,34 / 10,10: Ef 5,2


Cristo llevó a la perfección a los que santifica


11 Cualquier otro sacerdote se presenta diariamente para celebrar el culto y ofrecer reiteradamente los mismos sacrificios, del todo ineficaces para quitar los pecados. 12 Jesucristo, en cambio, después de haber ofrecido por los pecados un único sacrificio, se sentó para siempre a la derecha de Dios, 13 donde espera que sus enemigos sean puestos como estrado de sus pies. 14 En efecto, con esta única ofrenda llevó a la perfección de una vez para siempre a los que santifica. 15 También el Espíritu Santo nos lo atestigua con lo que ha dicho: 

16 Ésta es la alianza que haré con ellos

después de aquellos días, dice el Señor:

Pondré mis leyes en sus corazones

y en sus mentes las escribiré [Jr 31,33]

17 Y no me acordaré más de sus pecados 

ni de sus iniquidades [Jr 31,34].

18 Ahora bien, cuando los pecados están perdonados, ya no hace falta una ofrenda por el pecado.


10,11-18: Mediante comparaciones entre la situación antigua y la nueva y el empleo de un texto de la Escritura (Jr 31 en Heb 10,16-17), el autor demuestra la superioridad de la nueva alianza. En ésta, a diferencia de la anterior, la voluntad de Dios se inscribe en los corazones y los pecados se perdonan por los méritos del sacrificio del Hijo cuya sangre realmente los purifica. Esto no fue posible en la antigua alianza, pues la Ley sólo indicaba el pecado, y los sacrificios y el culto sólo lo purificaban ritualmente, pero no lograban perdonarlo ni transformar el corazón del hombre. Por ello, a pesar de múltiples leyes y la continua repetición de los sacrificios, el pueblo seguía rebelde a Dios y obstinado en su maldad. El sacrificio voluntario de Cristo, único por ser perfecto (Heb 7,28; 10,7), comunica al hombre la santidad de Dios, redimiéndolo de pecado y otorgándole docilidad a la voluntad del Padre, pues lo ha convertido en su hijo. 


10,11: Éx 29,38 / 10,12-13: Sal 110,1.4 / 10,14: Jn 17,19 / 10,16-17: Jr 24,7; 32,39-40; Ez 36,25-29 / 10,18: 2 Cor 3,6


3- Fe y fidelidad a Dios


10,19-39: La parte doctrinal (nota a 5,11-10,39) sobre la perfección del sacerdocio de Cristo (7,1-10,18) se inició con una exhortación y termina con esta otra, la más importante, dirigida una vez más a quienes el autor llama «hermanos» (10,19-39). Éste exhorta a la asamblea litúrgica a varias disposiciones que le permitan vivir el dinamismo redentor que el Sumo Sacerdote les mereció con su sacrificio. Les pide fe, esperanza y caridad, la que se debe expresar en obras buenas; pureza de vida; no olvidar la fidelidad pasada y recuperarla, para sustentar la actual; aliento mutuo y responsable participación en las asambleas. 


Acerquémonos con un corazón sincero


19 Hermanos, si tenemos la plena seguridad de entrar en el santuario, gracias a la sangre de Jesús, 20 por el camino reciente y vivo que él inauguró a través del velo, es decir, de su cuerpo, 21 y si tenemos un gran Sacerdote al frente de la casa de Dios, 22 acerquémonos entonces con un corazón sincero, llenos de fe, purificados interiormente de toda conciencia mala y lavado el cuerpo con agua pura. 23 Mantengamos firmes la confesión de nuestra esperanza, pues quien hizo la promesa es fiel. 24 Ayudémonos los unos a los otros, para alentarnos en el amor y las buenas obras. 25 No faltemos a nuestras reuniones, como algunos tienen por costumbre; al contrario, animémonos mutuamente, tanto más cuanto ven que ya se acerca el día del Señor.

26 Porque si después de haber recibido el pleno conocimiento de la verdad pecamos deliberadamente, ya no queda ningún sacrificio por los pecados, 27 sino sólo la terrible espera del juicio y del fuego ardiente que devorará a los rebeldes. 28 Si el que viola la Ley de Moisés es condenado a muerte, sin compasión alguna, por la declaración de dos o tres testigos, 29 ¿no merecerá un castigo mucho mayor el que pisotee al Hijo de Dios, profane la sangre de la alianza con la que fue santificado y ultraje al Espíritu de la gracia? 

30 Conocemos, en efecto, al que dijo:

Mía es la venganza, 

y yo daré a cada uno lo merecido [Dt 32,35].

Y también:

El Señor juzgará a su pueblo [Dt 32,36; Sal 135,14].

31 ¡Es terrible caer en las manos del Dios vivo!


10,19-31: Luego de una motivación (10,19-21) se exhorta a varias disposiciones (19,22-25) y se termina con una advertencia acerca del pecado y su gravedad (10,26-31). La certeza de estar llamada a vivir en comunión plena con Dios debe motivar a la asamblea. La causa es Jesucristo, Sumo Sacerdote, que medió ante Dios derramando su sangre en cruz para que el Padre purificara al hombre de pecado y lo hiciera partícipe de su santidad. Porque se entregó en sacrificio redentor y fue ensalzado por el Padre, el Cuerpo glorioso del Hijo es el único camino que nos conduce a la morada celestial de Dios (10,18-19). Para adherirnos a él se pide una fe madura y una conciencia limpia, una esperanza firme que confiese la fidelidad de Dios, y una caridad sin vacilaciones que se exprese en buenas obras. Al final, se advierte sobre el peligro de una respuesta que conviva con el pecado: si ya no sirve la sangre de los sacrificios de la antigua alianza y el camino nuevo a Dios se debilita por la maldad culpable, es fácil acostumbrarse de tal modo a ello que se termine confundiendo lo bueno con lo malo, la luz con la tiniebla (Is 5,20-21). Este, por su opción de vida, se está preparando para la condena en el día del Señor. Llama la atención la invitación participar en las reuniones, para lo cual unos y otros deben animarse (Heb 10,25).


10,19: Ef 3,12 / 10,20: Jn 14,6; Rom 5,2; Ef 2,18 / 10,22: Éx 29,4; Nm 8,6-7; Ez 36,25-26 / 10,25: Ez 30,3; Hch 2,20 / 10,28: Dt 17,2-6 / 10,30: Dt 32,35-36; Rom 12,19


Es necesario que perseveren


32 Recuerden aquellos primeros tiempos en los que, recién iluminados, soportaron una lucha grande y dolorosa, 33 pues unas veces fueron expuestos públicamente a injurias y tribulaciones y, otras, se hicieron solidarios con los que se encontraban en esa situación. 34 En efecto, sabiendo que obtendrían bienes mejores y permanentes, compartieron los sufrimientos de los encarcelados y aceptaron con alegría que los despojaran de sus bienes. 35 No pierdan, pues, esta firme convicción que les reportará una gran recompensa. 36 Sin embargo, es necesario que perseveren para que, cumpliendo la voluntad de Dios, obtengan lo prometido.

37 Porque dentro de muy poco tiempo [Is 26,20], 

el que tiene que venir llegará sin tardanza.

38 Y mi justo vivirá por la fe, 

pero si, vacilante se echa atrás, ya no me agradará [Hab 2,3.4].

39 Nosotros, en cambio, no somos de los que vacilantes se echan atrás para su perdición, sino de los que buscan salvar su vida por medio de la fe.


10,32-39: El autor continúa la exhortación (nota a 10,19-39) animando a la asamblea a la fidelidad en medio de los conflictos y las persecuciones. Como se trata de cristianos de la segunda generación (70-110 d.C.) van dejando atrás la pasión de la primera entrega, cuando con valentía y generosidad hacían frente a las dificultades por su fe en Cristo y, a la vez, compartían los peligros de otros (10,32-34: «Recuerden aquellos primeros tiempos…»). Es conveniente, pues, que renueven la fe de aquellos tiempos para que perseveren en el cumplimiento de «la voluntad de Dios» (10,36). La motivación de antes y de ahora es la misma: la certeza de los bienes futuros, de calidad muy superior a los de esta tierra. Esta convicción se completa con la certeza de la intervención del Señor que en aquel día mantendrá su favor con todos aquellos que no se han acobardado porque pusieron su confianza en él (10,37-38). La perspectiva escatológica domina el final de la exhortación. 


10,32: Ef 5,14 / 10,33: 1 Cor 4,9 / 10,34: Mt 5,40; 6,20 / 10,37-38: Rom 1,17; Gál 3,11 / 10,39: 1 Pe 1,19


IV

Cristo y la adhesión a él por la fe y la perseverancia


11,1-12,13. Como es costumbre, los versículos finales del pasaje anterior (10,36-39) anuncian los dos temas que siguen: la fe en Cristo Jesús y la perseverancia, virtudes que individualizan las dos partes de esta Sección. En la primera parte (Heb 11), el autor elogia lo que han podido hacer por su fe en Dios varios personajes bíblicos. En la segunda parte pasa del elogio al género literario de exhortación (12,1-13), para animar a la perseverancia en el don de la salvación, recibido por la fidelidad a Dios de Jesucristo, Sumo Sacerdote, y por su misericordia por la humanidad.


1- La fe en la historia de la salvación


11,1-40: Para ilustrar que el justo vive por la fe (10,38) se proponen como modelos una serie de personajes bíblicos para que la asamblea los imite. Los tiempos no son fáciles. Por tanto, que renueven su vocación recordando cómo vivían con pasión su fe en Jesucristo (nota a 10,32-39) y contemplen cómo estos hombres, en situaciones más trágicas que la comunidad, respondieron confiando plenamente en Dios. Con todo, ellos no obtuvieron la promesa divina, porque Dios tenía reservado para nosotros algo mejor: ¡que no llegaran a la perfección sin nosotros! (11,40). Los modelos de fe abarcan tres momentos de la historia de la salvación: de la creación del mundo a Noé (11,4-7); de Abrahán a José (11,8-22), y de Moisés a la entrada del pueblo en Canaán (11,23-31). Se finaliza con una visión de conjunto y la conclusión (11,32-40). 


La fe es fundamento de lo que se espera


111 La fe es fundamento de lo que se espera y garantía de lo que no se ve. 2 Por ella nuestros antepasados recibieron la aprobación de Dios. 3 Por la fe comprendemos que el mundo fue formado por la Palabra de Dios, de modo que lo visible proviene de lo invisible. 

4 Por la fe, Abel ofreció a Dios un sacrificio mejor que el de Caín. Por ella, recibió el testimonio de que era justo, como Dios mismo lo atestiguó al aceptar sus dones. Por la fe, Abel habla todavía aún después de muerto. 5 Por la fe, Enoc fue llevado al cielo sin pasar por la muerte y, porque Dios se lo había llevado, no lo encontraron. Pero antes de ser llevado, recibió el testimonio de que había agradado a Dios. 6 Ahora bien, sin la fe es imposible agradar a Dios, porque para acercarse a Dios hay que creer que él existe y que recompensa a los que lo buscan. 7 Por la fe, Noé fue advertido por Dios acerca de lo que aún no se veía venir y, con religioso respeto, construyó un arca para salvar a su familia. Así, por esta fe condenó al mundo, y llegó a ser heredero de la justicia que da la fe.


11,1-7: Se inicia una relectura de la historia de la salvación que revela modelos bíblicos de hombres y mujeres justos que se destacaron por su confianza en Dios. El propósito es animar a la asamblea litúrgica, destinataria de Hebreos y discípulos de la segunda generación (70-110 d.C.), a recuperar una fe tan intensa y probada como la de aquellos personajes y que, por lo demás, ellos mismos tuvieron cuando se iniciaron en la vida cristiana (10,32-33). En este pasaje se abarca el período de la creación del mundo hasta Noé (nota a 11,1-40). Se inicia la relectura definiendo de modo general los componentes de la fe (11,1-2): aceptación convencida de que lo revelado por Dios es cierto (creerle a Dios), aceptación que fundamenta la esperanza de alcanzar en plenitud sus promesas (creer lo de Dios) si se lleva una conducta que él apruebe (hacer su voluntad). La fe, pues, no sólo es la base de nuestra esperanza, sino que por ella también se posee y se vive, aunque no en plenitud, lo que esperamos, dándole a la existencia y a la conducta un horizonte del todo nuevo. Los personajes bíblicos se recuerdan porque de tal modo vivieron la fe y confiaron en Dios que en toda circunstancia lo agradaron (10,38). 


11,1: Rom 8, 24-25 / 11,3: Gn 1,1; Sal 33,6.9 / 11,4: Gn 4,3-7 / 11,5: Gn 5,21-24; Eclo 44,16; Sab 4,10 / 11,7: Gn 6,13-22; 7,1; Eclo 44,17-18


Por la fe, Abrahán salió a la tierra que iba a recibir en herencia


8 Por la fe, Abrahán, obediente a la llamada divina, salió a la tierra que iba a recibir en herencia, y salió sin saber a dónde iba. 9 Por la fe, vivió como forastero en la tierra prometida, habitando en tiendas. Y lo mismo hicieron Isaac y Jacob, herederos como él de la misma promesa. 10 Vivió así, porque esperaba la ciudad de sólidos cimientos, cuyo diseñador y constructor es Dios. 11 También por la fe, Sara, a pesar de su avanzada edad, recibió el poder de concebir, porque confió en quien se lo había prometido. 12 Por eso, de un solo hombre, y ya cercano a la muerte, nació una descendencia numerosa como las estrellas del cielo e incontable como las arenas de la orilla del mar. 

13 Todos ellos murieron sin alcanzar el cumplimiento de las promesas, aunque en virtud de la fe, las vieron y saludaron de lejos, confesando que eran extranjeros y peregrinos en la tierra. 14 Los que hablan así demuestran claramente que están buscando una nueva patria, 15 porque si hubieran añorado aquella patria de la que habían salido, oportunidad tuvieron para regresar a ella. 16 Pero aspiraban a una patria mejor, a la del cielo. Por eso, Dios no se avergüenza que ellos lo llamen «su Dios», porque él les tiene preparada una ciudad. 

17 Por la fe, Abrahán, al ser probado por Dios, tomó a Isaac para ofrecerlo en sacrificio, y ofrecía a su único hijo, al heredero de las promesas 18 respecto del cual Dios le había dicho: De Isaac te nacerá una descendencia [Gn 21,12]. 19 En efecto, Abrahán pensaba que Dios tiene poder para resucitar a los muertos. Y, como prefiguración, Abrahán recobró a Isaac.

20 También por la fe, Isaac bendijo a Jacob y a Esaú en vista de lo que les esperaba. 21 Por la fe, Jacob, ya a punto de morir, bendijo a cada uno de los hijos de José, y adoró a Dios apoyado en el extremo de su bastón [Gn 47,31]. 22 Por la fe, José, al fin de sus días, recordó el éxodo de los hijos de Israel y dio órdenes respecto a sus restos mortales.


11,8-22: En el segundo momento de la historia de la salvación (nota a 11,1-40), el primer testimonio de fe es el de los patriarcas, que se inicia con Abraham. La adhesión incondicional a Dios y a su proyecto (Gn 12,1-4), aún cuando las probabilidades de éxito parecían escasas, fue lo que le valió el reconocimiento de padre de los creyentes (Rom 4,11). Su vida como peregrino y extranjero anticipa el camino de Israel por el desierto y es imagen de lo que tendrán que experimentar y vivir los seguidores de Jesús (1 Pe 1,1). Pero Abraham no fue el único en su testimonio de fe, sino que encontró eco y continuidad en Sara, su esposa, y en sus descendientes, Isaac y Jacob, incluso en el pueblo que nació de él. Aunque tuvieron que pasar innumerable pruebas y nunca vieron el cumplimiento de todas las promesas, ellos no perdieron su confianza en el Señor. Esa actitud fundamental de adhesión absoluta y fidelidad a Dios en medio de las dificultades, que involucraba su persona como sus bienes y su familia, caracteriza a un verdadero creyente. 


11,8: Gn 12,1-5 / 11,9: Gn 23,4; 26,3; 35,12.27 / 11,11: Gn 15,6; 17,19; 18,11-14; 21,2; Rom 4,17-22 / 11,12: Gn 15,5; 22,17; 32,12; Eclo 44,21 / 11,13: Gn 23,4; 1 Cr 29,15 / 11,16: Éx 3,6.15; Flp 3,20 / 11,17: Gn 22,1-14 / 11,18: Gn 21,12 / 11,19: Gn 22,5.13 / 11,20: Gn 27, 27-29.39-40 / 11,21: Gn 47,31-48,20 / 11,22: Gn 50,24-25; Éx 13,19; Jos 24,32


Por la fe, Moisés abandonó Egipto


23 Por la fe, cuando nació Moisés, sus padres, sin ningún temor por el decreto del rey, lo escondieron durante tres meses al ver que el niño era hermoso. 24 Por la fe, Moisés, cuando se hizo mayor, renunció a ser llamado hijo de la hija del Faraón, 25 y prefirió compartir los sufrimientos del pueblo de Dios, antes que gozar de los placeres efímeros del pecado, 26 pues consideró que la humillación del ungido representaba una riqueza mayor que los tesoros de Egipto, pues tenía los ojos puestos en la recompensa. 

27 Por la fe, Moisés abandonó Egipto sin temer la furia del rey y se mantuvo firme, como si estuviera viendo al Invisible. 28 Por la fe, celebró la Pascua y roció sangre para que el Exterminador no tocara a los primogénitos de Israel. 29 Por la fe, pasaron el Mar Rojo como por tierra seca, mientras que los egipcios se ahogaron al intentarlo. 

30 Por la fe, las murallas de Jericó se derrumbaron, luego de ser rodeadas durante siete días. 31 Por la fe, la prostituta Rajab no pereció con los rebeldes ya que recibió pacíficamente en su casa a los que exploraban la tierra.


11,23-31: Para animar a la asamblea, se elogia la fe de personajes bíblicos que corresponden al tercer momento de la historia de la salvación (nota a 11,1-40) que va de Moisés a Rajab, la mujer que salvó a los israelitas enviados a explorar la tierra prometida (Jos 2). Dios manifestó por Moisés de modo patente su gran poder salvador, lo que hizo a partir de su mismo nacimiento y, luego, en la superación de los obstáculos que tuvo que enfrentar para cumplir la voluntad divina. Al igual que los patriarcas y por su confianza en Dios a toda prueba, Moisés respondió a la misión encomendada y se mantuvo fiel a pesar de la incredulidad y rebeldía de varios de su pueblo. Esta respuesta tuvo eco y continuidad en aquellos que, por su fe en Dios, vieron derrumbarse las murallas de Jericó y entraron en la tierra prometida. Incluso un personaje discutible, como Rajab, extranjera y prostituta, es presentada como modelo de fe por colaborar con el proyecto de Dios al salvar de la muerte a los israelitas enviados a explorar la nueva tierra. Para Hebreos, lo más relevante es la fidelidad a Dios de estos personajes, virtud que exhorta a tener a los destinatarios de hoy, tal como exhortaba a los de antes.


11,23: Éx 1,22-2,2 / 11,24: Éx 2,10-12 / 11,26: Sal 69,9 / 11,27: Éx 2,11-15; 13,17-14,30 / 11,28: Éx 12,21-30 / 11,29: Éx 14,21-15,21 / 11,30: Jos 6,12-21 / 11,31: Jos 2,1-21; 6,22-25


Ninguno de ellos obtuvo la realización de la promesa


32 ¿Y qué más diré? Me faltaría tiempo para hablar en detalle de Gedeón, Barac, Sansón, Jefté, David, Samuel y los profetas. 33 Ellos, por la fe, conquistaron reinos, administraron justicia, alcanzaron el cumplimiento de las promesas, cerraron las fauces de los leones, 34 extinguieron el calor del fuego, escaparon del filo de la espada, sanaron de sus enfermedades, fueron valientes en la guerra e hicieron huir a ejércitos enemigos, 35 y –por la fe– algunas mujeres recobraron resucitados a sus muertos. Unos fueron torturados, rehusando ser liberados para así obtener una resurrección mejor. 36 Otros soportaron burlas y azotes, cadenas y prisión; 37 fueron apedreados, destrozados, muertos a espada. Anduvieron errantes, cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, desprovistos de todo, oprimidos, maltratados. 38 Como el mundo no era digno para ellos, vagaban por desiertos y montañas, viviendo en cuevas y cavernas. 

39 Y sin embargo, ninguno de ellos, aunque fueron aprobados por Dios a causa de su fe, obtuvo la realización de la promesa, 40 porque Dios preveía para nosotros algo mejor: ¡que ellos no llegaran a la perfección sin nosotros!


11,32-40: Se termina el recorrido por la historia de la salvación con el fin de elogiar la fe en Dios de varios personajes bíblicos. Se buscaba con ello que la asamblea cristiana, discípulos de la segunda generación (70-110 d.C.), reanime su fe en el Señor y su seguimiento a él (nota a 11,1-40). Ante la imposibilidad de nombrar a todos, se opta por una elocuente generalización de aquellos héroes de la fe que en las situaciones más adversas se distinguieron por su absoluta confianza en Dios. Se mencionan también personajes y situaciones que testimonia la tradición judía, pero que no están en las Escrituras. La gran conclusión es que ninguno de aquellos hombres y mujeres, dignos de elogio por su fe, obtuvieron la realización de la promesa, porque estaba reservada para los que creyeran en Jesucristo. Más aún, todos aquellos personajes sólo llegarán a la perfección junto con los discípulos del Señor; ahora bien, éstos sólo alcanzarán el cumplimiento de la promesa divina a condición de que no sean indolentes (6,11-12; 11,39-40).


11,32: Jue 4-8.11-16; 1 Sm 1,1-25,1; 1 Re 2,11 / 11,33: Jue 14,5-6; 1 Sm 17,34-37; Dn 6 / 11,34: Dn 3 / 11,35: 1 Re 17,17-24; 2 Re 4,25-37; 2 Mac 6,18-7,42 / 11,36: Jr 20,2; 37,15 / 11,37: 2 Cr 24,20-21; Jr 26,23; 2 Mac 5,24-27 / 11,38: 1 Re 18,4; 2 Mac 6,11; 10,6


2- Exhortación a la perseverancia


12,1-13. Luego de elogiar la confianza en Dios de muchos personajes bíblicos con el fin animar a la asamblea a renovar su fe y esperanza en Dios en medio de los conflictos, el autor trata el tema de la perseverancia en la salvación (nota a 11,1-12,13). Antes de ello, presenta a Jesucristo como aquel que abre el camino de la fe y la lleva a su perfección (12,2). Para invitar a la perseverancia pasa del género literario del “elogio” (Heb 11) a la “exhortación”, y pone como modelo a Jesús que soportó la cruz y la ignominia (12,1-3). Luego, dándole un sentido al sufrimiento, sostiene que Dios –al igual que un padre a su hijo– educa al creyente mediante las dificultades que soporta con perseverancia (12,4-13). Al final, como el autor lo viene haciendo, los últimos versículos de esta parte enuncian los temas que seguirán (12,12-13).


Con la mirada siempre fija en Jesús


121 Por tanto, también nosotros, rodeados por tal nube de testigos, despojémonos de todo estorbo y del pecado que nos asedia y, llenos de fortaleza, salgamos al encuentro del combate que se nos presenta 2 con la mirada siempre fija en Jesús, el que inicia y perfecciona nuestra fe. Él, renunciando a la alegría que se le proponía, soportó la cruz sin miedo a la deshonra, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. 3 Piensen, pues, en aquel que soportó tal hostilidad de parte de los pecadores, para que no se dejen abatir por el desaliento.


12,1-3: Esta bella exhortación a la perseverancia se hace a partir del sentido cristiano del sufrimiento. En otro tiempo, cuando iniciaban su vida cristiana, los destinatarios de Hebreos sufrieron toda clase de tribulaciones y malos tratos (10,32-34). Pero todo ha empeorado, pues la persecución se agravó y son duramente probados. Es ahora, pues, cuando deben reanimar su fe y perseverar en ella, imitando la conducta de «tal nube de testigos» que los precedieron, imagen clásica para indicar una muchedumbre de personas (12,1; ver Heb 11). Pero sobre todo deben imitar a Jesucristo quien mantuvo su confianza en Dios en medio del rechazo y sus sufrimientos y quien jamás perdió de vista la promesa divina de su desenlace glorioso precisamente por su obediencia y fidelidad. Si él no se dejó abatir por el desánimo y venció la desesperación y la muerte, su discípulo también lo podrá hacer. 


12,1: Hch 20,24; 1 Cor 9,24-27; 2 Tim 4,7 / 12,2-3: Sal 110,1; Ef 1,20; Flp 2,6-11


Dios nos corrige para nuestro bien


4 Aún no han resistido hasta derramar su sangre en la lucha contra el pecado 5 y, además, se han olvidado de aquella exhortación que se les dirige como a hijos:

Hijo mío, no desprecies la corrección del Señor,

y no te desalientes cuando él te reprenda,

6 porque el Señor corrige al que ama,

y castiga a todo a quien recibe por hijo [Prov 3,11-12].

7 Si ustedes sufren es para su corrección y porque Dios los está tratando como a hijos. Porque, en efecto, ¿hay algún hijo a quien su padre no corrija? 8 Si Dios no los corrige, como ha sucedido con todos, es porque entonces no son hijos legítimos. 9 Si después de todo tuvimos a nuestros padres corporales que nos corregían y los respetábamos, ¿no nos someteremos con mayor razón al Padre de nuestros espíritus para alcanzar la vida? 10 Nuestros padres nos corrigen por un breve tiempo y según sus criterios; Dios, en cambio, nos corrige para nuestro bien y para hacernos partícipes de su santidad. 11 Es cierto que toda corrección en el momento de recibirla es motivo de tristeza y no de alegría; pero después produce frutos de paz y de justicia en quienes han sido corregidos.

12 Por eso, fortalezcan los brazos débiles y las rodillas que flaquean, 13 y allanen los caminos, para que el pie lesionado sane y no vuelva a dislocarse.


12,4-13: Dos partes se distinguen en el pasaje. En la primera (12,4-8) se comenta Proverbios 3,11-12, texto sapiencial en el que un maestro invita a su discípulo a aceptar las correcciones provenientes de Dios. La razón es que ellas son pruebas de que Dios se preocupa por él y lo ama como a hijo. Como la función propia de los padres es amonestar a sus hijos para educarlos y lograr lo mejor de ellos, lejos de provocar desánimo por el defecto o la debilidad que sale a la luz, la corrección debe estimular al hijo a confiar y obedecer a su padre. Si Dios no corrige a sus hijos, quiere decir que son hijos ilegítimos (12,8). En la segunda parte (12,9-13), lo que se ha dicho del padre de la tierra se aplica, con la debida distinción, al Padre celestial. Se enfatiza que él siempre corrige para nuestro bien de forma que nos capacitemos para participar cada vez más de su santidad. Se nos advierte que ante la corrección no hay que dejarse llevar por la ira y que tengamos en cuenta los frutos de ella, siempre mejores que el disgusto de ser reprendido y castigado. 


12,5-7: Dt 8,5; Job 5,17; Sal 94,12; Ap 3,19 / 12,9: Nm 16,22; 27,16 / 12,10: Lv 17 / 12,11: Jn 16,20; 1 Pe 1,6-7 12,12-13: Is 35,3; Prov 4,26


V

Orientaciones para la vida cristiana


12,14-13,19. Como sucede al terminar cada Sección de Hebreos, el autor nos indica con el pasaje de 12,12-13: «Allanen los caminos», que siguen orientaciones para una vida recta que favorezca las relaciones fraternas con los demás y la unión con Dios. El principal de esos caminos es la santidad, es decir, la relación de comunión fiel con Dios cuyos frutos son la paz y el amor fraterno. La misión del discípulo es mantenerse a la altura de esta vocación (12,14-29). Luego, el autor da consejos concretos para una adecuada vida cristiana (13,1-6). Finaliza pidiendo la cohesión de la comunidad mediante la fidelidad a la enseñanza de Jesús y la obediencia a los dirigentes, cohesión que se basa en la consciente participación de todos en la pasión de Cristo (13,7-19).


Busquen la paz con todos


14 Busquen la paz con todos y la santificación, sin la cual ninguno verá al Señor. 15 Preocúpense que nadie se vea privado de la gracia de Dios, para que ninguna raíz venenosa brote, dañe y contamine a la comunidad. 16 Que no haya ningún impuro ni impío, como Esaú, que por un plato de comida vendió su primogenitura. 17 Ya saben que después, cuando Esaú quiso recuperar la bendición, fue rechazado y no logró cambiar la decisión de su padre, aunque se lo suplicó con lágrimas.


12,14-17: La primera de las orientaciones (nota a 12,14-13,19) es conducirse por el camino recto en lo que respecta a las relaciones con Dios y con el prójimo. Lo que define el camino recto es procurar la paz con todos y la vida en creciente santificación (12,14). Se abarcan así las dos dimensiones fundamentales de las relaciones de un discípulo de Jesús en cuanto tal: la dimensión horizontal o relación con los seres humanos (paz), y la vertical o relación con Dios (santidad). Ambas dimensiones, presentadas al inicio de la serie de orientaciones sobre la vida cristiana, regirán lo que sigue. Esaú, hijo primogénito de Isaac y hermano de Jacob, se invoca como ejemplo de lo que le puede pasar al creyente que por intereses materiales deja de lado el camino de la paz y la santificación: será excluido de la bendición de Dios por más que la suplique (Gn 27,34-38), y no podrá ver al Señor (Heb 12,14.17). En este camino nadie está sólo: cuenta con la gracia de Dios que ayuda a estar alerta para que no se contamine con la impiedad y la idolatría (12,15). 


12,14: Lv 11,45; Rom 12,18; 1 Pe 1,15-16 / 12,15: Dt 29,18 / 12,16: Gn 25,29-34 / 12,17: Gn 27,30-40


Se acercaron a Jesús, mediador de la nueva alianza


18 Ustedes no se han acercado a palpar algo sensible como un fuego ardiente, oscuridad, tinieblas, tempestad, 19 sonido de trompetas, ni a oír una voz tal que aquellos que la escucharon pidieron que no se les hablara más, 20 porque no podían tolerar aquella orden divina: El que toque la montaña, aunque sea un animal, será apedreado. 21 Y tan terrible era el espectáculo que el mismo Moisés dijo: ¡Estoy aterrorizado y temblando! [Dt 9,19]

22 Ustedes, por el contrario, se acercaron a la montaña de Sión, a la Ciudad del Dios vivo, que es la Jerusalén celestial, a una multitud de ángeles, a la celebración 23 y asamblea de los primogénitos que están inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos, a los espíritus de los justos que han llegado a la perfección, 24 a Jesús, mediador de la nueva alianza, y a la aspersión de una sangre purificadora mucho más elocuente que la de Abel.


12,18-24: Se contrapone la experiencia del Sinaí, sin nombrarlo (12,18-21), con la cristiana (12,22-24). Israel y Moisés, su conductor, se han acercado al Sinaí en medio de un fuego ardiente y sonidos de trompetas. Toda la naturaleza se conmueve, expresión de la gloria y santidad de Dios (quien no se nombra), que provoca un miedo terrible e incluso la muerte a quien toque la montaña (12,20). Todo sucede para exaltar el carácter sacral de Dios, lo que no posibilita la relación personal de Moisés o del pueblo con él. En este contexto de teofanía imponente y terrorífica (12,21), se entregan los mandamientos y se sella la alianza con aquellas tribus liberadas de Egipto, alianza que fue incapaz de llevar al pueblo a la unión íntima con Dios. Se trataba, en realidad, de una etapa previa al destino definitivo del nuevo pueblo formado y conducido por Jesucristo (12,24). En perspectiva espiritual, el discípulo también se va acercando a una montaña, a la Jerusalén celestial, no para llenarse de temor y recibir más mandamientos, sino para alcanzar la plena comunión con Dios y con sus servidores, los ángeles y los justos. Este nuevo y definitivo destino es gracias a la obediencia de Cristo a su Padre y a su solidaridad con nosotros que lo llevó a ofrecer su sangre y –con ella– su misma vida de Hijo que nos purifica (9,13-14). De este modo ha cambiado radicalmente nuestras relaciones con Dios y las del hombre con el hombre.


12,18-21: Éx 19,16-22; 20,18; Dt 4,11-12; 5,22-27 / 12,20: Éx 19,12-13 / 12,22: Gál 4,26; Ap 21,2 / 12,24: Gn 4,10


¡Cuidado con rechazar al que les habla!


25 ¡Cuidado con rechazar al que les habla! Porque si aquellos israelitas no escaparon del castigo cuando rechazaron al que les hablaba desde la tierra, mucho menos escaparemos nosotros si nos apartamos del que nos habla desde el cielo. 26 El mismo que entonces sacudió la tierra con su voz, hace ahora esta promesa: 

Una vez más yo haré temblar no sólo la tierra,

sino también el cielo [Ag 2,6]

27 Aquello de «una vez más» indica que las cosas inestables serán cambiadas, porque son creaturas, a fin de que permanezca lo que es inconmovible. 28 Por tanto, ya que recibimos un reino inconmovible seamos agradecidos, rindiendo a Dios un culto agradable, con humilde sumisión y temor, 29 porque nuestro Dios es un fuego devorador.


12,25-29: A la calidad del don, sigue la calidad del compromiso. Si aquellos israelitas del monte Sinaí fueron castigados por no escuchar a Moisés que en la tierra les hablaba en nombre de Dios (2,2; 3,15-19), mucho más nosotros si endurecemos el corazón y no escuchamos a Jesucristo glorioso que nos habla desde el cielo. Y si antes temblaba la tierra por la presencia de Dios y su santidad, ahora tierra y cielo temblarán porque Dios castiga a los rebeldes (12,26). Si entonces el fuego devoró a los incrédulos e idólatras, ahora sucederá lo mismo, «porque nuestro Dios es un fuego devorador» (12,29). Por tanto, estar destinados al «reino inconmovible» de la Jerusalén celestial es un gran privilegio (12,28; nota a 12,18-24), pero implica total sumisión y respeto. Más que miedo paralizante por la responsabilidad, la actitud apropiada es el agradecimiento a Dios, lo que se hace sirviéndole con toda la vida y en toda la vida (12,28). 


12,25: Éx 20,22 / 12,26: Éx 19,18; Is 13,13 / 12,27: Ap 21,1 / 12,28: Dn 7,18 / 12,29: Dt 4,24; 9,3


Perseveren en el amor fraterno


131 Perseveren en el amor fraterno. 2 No olviden la hospitalidad, porque gracias a ella algunos sin saberlo hospedaron a ángeles. 3 Acuérdense de los presos, como si estuvieran presos con ellos, y de los maltratados, como si estuvieran en sus cuerpos. 4 Que el matrimonio sea respetado por todos y que la vida conyugal sea limpia, porque Dios juzgará a los impuros y adúlteros. 5 Que el amor al dinero no inspire la conducta de ustedes, y conténtense con lo que tienen, porque el mismo Dios ha dicho: Nunca te dejaré ni te abandonaré [Dt 31,6.8; 1 Cr 28,20], 6 de modo que podemos decir con toda confianza: 

El Señor es mi ayuda, no temeré; 

¿qué podrá hacerme el hombre? [Sal 118,6].


13,1-6: Con frases breves y directas se dan orientaciones concretas para la vida cristiana (nota a 12,14-13,19). Estas abarcan el amor fraterno, la hospitalidad, la preocupación por los que están presos y por los que son maltratados, el respeto de los cónyuges a su alianza matrimonial, y la búsqueda activa de la paz con todos. Un precioso criterio para vivir el amor fraterno es identificarse con pobres y necesitados: amarlos «como si estuvieran presos con ellos… como si estuvieran en sus cuerpos» (13,3). Se insiste también en el desprendimiento y la confianza en Dios, convencidos de su promesa de que «nunca te dejaré ni te abandonaré» (Dt 31,6.8 citado en Heb 13,5).


13,2: Gn 18,1-8; 19,1-3; Tob 5,4; Rom 12,13 / 13,3: Mt 25,35-46 / 13,4: Gál 5,19-21 / 13,5: Gn 28,15; Dt 31,6-8; Jos 1,5; Flp 4,11-13 / 13,6: Sal 56,3-4


No se olviden de hacer el bien


7 Acuérdense de sus dirigentes, pues ellos les anunciaron la Palabra de Dios; tengan en cuenta cómo terminaron su vida e imiten su fe. 8 Jesucristo es el mismo ayer, hoy y para siempre. 

9 No se dejen extraviar por doctrinas diversas y extrañas. Lo mejor es fortalecer el corazón con la gracia y no con normas sobre alimentos que en nada aprovechan a los que las cumplen. 10 Nosotros tenemos un altar del cual no tienen derecho a comer los que están al servicio de la antigua Tienda. 11 Los cuerpos de los animales sacrificados, cuya sangre lleva el Sumo Sacerdote al santuario para la expiación del pecado, son quemados fuera del campamento. 

12 Por eso Jesús, para santificar al pueblo con su propia sangre, padeció fuera de las puertas de la ciudad. 13 Salgamos, pues, del campamento y vayamos a su encuentro, cargando con su humillación, 14 porque no tenemos aquí una ciudad permanente, sino que buscamos la ciudad futura. 15 Por tanto, por medio de él, ofrezcamos sin cesar a Dios un sacrificio de alabanza, es decir, el fruto de unos labios que confiesen su nombre. 16 Y no se olviden de hacer el bien y de poner en común sus bienes, porque estos sacrificios son los que agradan a Dios.

17 Obedezcan y sean dóciles a sus dirigentes, quienes deben cuidar de ustedes y rendir cuenta a Dios por eso. Así ellos realizarán su tarea con alegría y sin queja alguna; de lo contrario, sería perjudicial para ustedes. 

18 Oren por nosotros, pues estamos convencidos de que tenemos una conciencia limpia y deseos de comportarnos bien en todo. 19 Les pido que oren con insistencia, para que muy pronto pueda volver a estar con ustedes.


13,7-19: La cohesión comunitaria es el contenido de esta exhortación (nota a 12,14-13,19). Para fortalecerla, el autor invita tanto a la unidad en la enseñanza como a la obediencia a los dirigentes de la comunidad y a orar por ellos. La unidad de la enseñanza exige el rechazo de las «doctrinas diversas y extrañas» (13,9), puesto que causan divisiones como –por ejemplo– la cuestión sobre los alimentos considerados puros e impuros en las comunidades paulinas mixtas (de judíos y paganos). El papel de los dirigentes se recuerda con gratitud, porque transmitieron la Palabra de Dios dando testimonio de Cristo, «el mismo ayer, hoy y para siempre» (13,7-8). Todo lo hicieron por él en quien creyeron, el mismo en quien la comunidad debe confiar. El final, el autor exhorta al verdadero culto mostrando, una vez más, que el de la antigua alianza prefiguraba el del nuevo pueblo de Dios. Con gran sagacidad, recuerda que la inmolación de Jesucristo tuvo lugar fuera de las murallas de Jerusalén con el fin de afirmar que el altar que nos consiguió la redención no es el que está dentro del Templo, el que pertenece a la antigua alianza y al judaísmo, sino el que está fuera de él, porque es el altar de la nueva alianza, propio de los cristianos (13,10-12). Por eso el culto consiste en ofrecer mediante Cristo la propia existencia en alabanza a Dios y servicio a los hermanos. La ofrenda agradable es la que hace en Cristo, con él y por él.


13,9: Rm14,13-18; Col 2,16.20-23; Ef 4,14 / 13,10: Lv 7,6; Nm 18,9 / 13,11-13: Lv 16 / 13,15: Lv 7,12 / 13,16: Flp 4,18 / 13,17: 1 Tes 5,12 / 13,18: Ef 6,19 / 13,19: Flp 2,24


Conclusión


13,20-25. El primer pasaje (13,20-21) concluye la homilía sobre del sacerdocio de Cristo, Sumo Sacerdote, la que la asamblea reunida finaliza con el «¡Amén!» de confesión de fe. El segundo pasaje (13,22-25), propio del género epistolar, no ya de una “homilía”, tal vez un añadido para poner Hebreos bajo la autoridad de Pablo, invita a comprender y aceptar su contenido (5,11; 13,22); este pasaje claramente paulino contiene los saludos finales. 


El Dios de la paz les procure toda clase de bienes


20 El Dios de paz, que resucitó por la sangre de la alianza eterna al gran pastor de las ovejas, nuestro Señor Jesús, 21 les procure toda clase de bienes para que cumplan su voluntad. Que Dios en nosotros realice lo que le agrada por medio de Jesucristo, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. ¡Amén!


13,20-21: La solemnidad del pasaje y la bendición nos indican que finaliza la homilía sobre el sacerdocio de Cristo. El núcleo de la doctrina es que Jesucristo, Sumo Sacerdote que murió y resucitó por nosotros, nos abrió el camino hacia Dios, pues Dios lo constituyó por su entrega en mediador de la humanidad y en pastor definitivo del pueblo de la nueva alianza (13,20). El núcleo de la exhortación es la invitación a que recibamos con gratitud y generosidad los bienes que proceden de Dios, necesarios para caminar en su voluntad (13,21). Todo es obra de Dios realizada por su perfecto mediador, el Sumo Sacerdote Jesucristo. Si Dios todo lo realiza mediante él, significa que a Dios sólo se va mediante él. 


13,20: Is 40,11; Ez 34; Lc 15,4-7; Jn 10,11/ 13,21: Flp 2,13; Rom 16,27


Acepten estas palabras de exhortación


22 Hermanos, les ruego que, como les he escrito concisamente, acepten estas palabras de exhortación. 23 Sepan que nuestro hermano Timoteo ha sido puesto en libertad. Si viene pronto, iré con él a verlos. 

24 Saluden a todos sus dirigentes y a todos los santos. Los saludan los de Italia. 

25 ¡La gracia esté con todos ustedes!


13,22-25: Este pasaje quizás sea un añadido posterior cuando el texto se envió a una comunidad lejana (nota a 13,20-25). La mención de Timoteo une Hebreos a Pablo, pero Timoteo nunca aquí es mencionado. Como en las cartas grecorromanas y, particularmente las paulinas, los saludos cierran el escrito. Éstos se dirigen a los dirigentes y a la comunidad de «hermanos», llamada también de «los santos», porque quienes la componen están consagrados a Dios por el bautismo y participan de la misma vida divina (13,22.24). La gracia es el don conseguido por el Sumo Sacerdote Jesucristo en beneficio de estos creyentes. Esta gracia garantiza la cohesión comunitaria (12,15).


13,23: Hch 16,1 / 13,24: 2 Cor 1,1 /13,25: Col 1,1

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