loader image

ATRAS

Evangelio de Lucas

(16 capítulos)

BUENA NOTICIA ACERCA DE JESÚS SEGÚN LUCAS


Introducción


I- «Yo estoy entre ustedes como el que sirve» (22,27): la comunidad de Lucas


El tercer evangelio es atribuido tradicionalmente a un discípulo llamado “Lucas”. Algunos han tratado de identificarlo con una persona que lleva ese mismo nombre y es mencionado en algunas cartas de Pablo (2 Tim 4,11; Flm 24). En uno de estos textos se dice que este Lucas, conocido en los círculos paulinos, era médico (Col 4,14). De allí ha surgido la tradición de que el autor del tercer evangelio era el médico Lucas. Es posible que se trate de la misma persona, pero en los textos mencionados no se descubren indicios que permitan afirmarlo con seguridad. Aun así, como en los textos de Pablo no se aportan otros datos sobre aquel discípulo, se debe reconocer que del autor de este evangelio no se tienen noticias.

El libro está dedicado a un ilustre personaje llamado «Teófilo» (Lc 1,3; ver Hch 1,1), del que no se da ninguna información y que no es mencionado por otras fuentes. Podría ser una figura literaria que representa a todos los cristianos, ya que su nombre significa amado por Dios.

Lucas escribió en una época en la que la Iglesia corría el serio peligro de dividirse entre tendencias opuestas: algunos cristianos de origen judío de la comunidad de Jerusalén entendían que era necesario ser judío para poder ser cristiano. Por eso, se mostraban reticentes ante la predicación a los paganos, y decían que los paganos convertidos a Cristo, como condición para alcanzar la salvación, debían circuncidarse y aceptar todas las leyes y tradiciones judías (Hch 15,1-5). Pero algunos cristianos venidos del paganismo decían que para alcanzar la salvación sólo era necesaria la fe en Jesucristo, y en consecuencia había que romper definitivamente con el Antiguo Testamento y con el judaísmo.

Lucas advirtió este peligro de división que había en la Iglesia y se preocupó por mostrar la continuidad entre el judaísmo y el cristianismo. Hizo entonces un admirable trabajo conciliador: enseñó que se debía recoger la herencia del judaísmo, al mismo tiempo que se abría el Evangelio a las naciones y se predicaba la novedad de Jesucristo.


II- «Desde entonces se anuncia la Buena Noticia del Reino de Dios» (16,16): la teología de Lucas


1- Lucas, el Evangelio para todos los hombres y las mujeres


El texto que sintetiza el pensamiento de Lucas se encuentra en el centro de toda su obra: al finalizar el libro del evangelio, antes de comenzar los Hechos de los Apóstoles, escrito también por Lucas, Jesús dice a sus discípulos: «Se debía cumplir todo lo que está escrito acerca de mí en la Ley de Moisés, en los libros de los Profetas y en los Salmos… Está escrito que el Mesías iba a padecer y resucitar al tercer día de entre los muertos y, comenzando por Jerusalén, se iba a predicar en su nombre la conversión y el perdón de los pecados a todas las naciones» (Lc 24,44.46-47). Lo novedoso aquí es que la predicación a todas las naciones pertenece también a «lo que está escrito acerca de mí en la Ley de Moisés, en los libros de los Profetas y en los Salmos» (24,44). Al mismo tiempo que manifiesta el valor que el Antiguo Testamento sigue teniendo para los discípulos de Jesús, Lucas afirma que para que se cumpla todo lo que está escrito en él es necesario que el Evangelio se predique a todas las naciones.

El tercer evangelio (junto con los Hechos de los Apóstoles) muestra que la apertura de la Buena Noticia acerca de Jesucristo a las naciones es una obra que el Espíritu Santo viene realizando en continuidad con la acción salvadora de Dios revelada en el Antiguo Testamento y de acuerdo con los anuncios de los Profetas.


2- Lucas, el Evangelio del Espíritu Santo


Lucas da especial importancia a la presencia y acción del Espíritu Santo. El Espíritu desciende sobre María para que ella conciba a Jesús (Lc 1,35). Isabel y Zacarías quedan llenos del Espíritu Santo (1,41.67) y hablan movidos por él, así como Simeón (2,26-27). El Espíritu Santo desciende sobre Jesús (3,21-22), lo lleva al desierto, donde será tentado (4,1), y luego a Galilea para que comience su misión (4,14). La primera predicación de Jesús comienza con una cita de Isaías, profeta del Antiguo Testamento: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres…» (4,18). Jesús enviará al Espíritu Santo sobre los apóstoles después de su ascensión (24,49) y, con la fuerza de este Espíritu, ellos se convertirán en testigos para anunciar el Evangelio a todo el mundo (Hch 1,8).


3- Lucas, el Evangelio de la misericordia, del perdón y la oración


Lucas multiplica las escenas en las que aparece de relieve la misericordia de Dios, debido a que quiere mostrar que el amor de Dios no tiene límites y se extiende a los pecadores y a los paganos. Se puede citar como ejemplo Lucas 15, donde se reúnen tres parábolas sobre este mismo tema: la de la oveja perdida, la de la moneda perdida y la del hijo perdido (o parábola del hijo pródigo, como generalmente se la llama). Esta relevancia que le da a la misericordia de Dios está orientada a mostrar la actitud que se debe tener para con los paganos: ellos son los desheredados, excluidos de la historia de la salvación, a quienes Dios, compadecido, quiere salvar. Íntimamente ligado con este tema, está el de los grandes perdones, como el de la pecadora arrepentida (Lc 7,36-50), Zaqueo (19,1-10), la oración de Jesús por quienes lo crucifican (23,34), las palabras al malhechor que está en la cruz junto a él (23,43)… Lucas no presenta una multitud agresiva en torno a la cruz, sino a un pueblo que vuelve a su casa golpeándose el pecho en señal de arrepentimiento (23,48).

Lucas tiene en vista a los paganos y muestra con simpatía a personas que no pertenecen al pueblo judío. El leproso agradecido, curado por el Señor, era samaritano (Lc 17,16). Samaritano era también el hombre misericordioso de la parábola (10,30-35). La actitud de la reina de Saba y de los habitantes de Nínive (11,29-32) es elogiada por Jesús. Se habla bien del oficial romano (7,5) y Jesús mismo alaba su fe (7,9).

En el Evangelio según Lucas aparecen destacados los textos sobre la oración: es necesario orar siempre, sin interrupción (Lc 11,1-13; 18,1-8; 21,36). En distintos momentos muestra a Jesús orando: en su bautismo (3,21), en la elección de los apóstoles (6,12), durante su predicación (5,16; 9,18; 11,1), en la transfiguración (9,28-29), en el huerto de los Olivos (22,41-42.45) y en la cruz (23,34).

También oran otros personajes: María, la Madre de Jesús (Lc 1,46-55), Zacarías (1,67-79), los ángeles (2,14), Simeón (2,29-32), Ana, la profetisa (2,36-38).


4- Lucas, el Evangelio de los pobres


Los ricos son mencionados con frecuencia en la obra de Lucas y generalmente con rasgos negativos. Aparecen por primera vez en labios de la Virgen María, en el canto del Magnificat: «Derribó a los poderosos de sus tronos y elevó a los humildes, a los hambrientos los llenó de bienes y a los ricos los despidió con las manos vacías» (Lc 1,52-53). Reaparecen después, en boca de Jesús, en el sermón de las bienaventuranzas (6,20.24), en la parábola del rico necio (12,16-21) y en el famoso refrán del camello que pasará por el ojo de una aguja antes que un rico entre en el Reino de Dios (18,24-25).

Los pobres, en cambio, son mirados con predilección, y en las bienaventuranzas (Lc 6,20-21) y en la parábola del hombre rico y Lázaro (16,19-31) reciben el anuncio de que su situación cambiará. Lucas no alaba la pobreza como algo que debe permanecer. Por el contrario, dice que Dios «elevó a los humildes, a los hambrientos los llenó de bienes» (1,52-53). Los pobres son felicitados e invitados a vivir con esperanza su situación, porque saldrán de ella por la intervención poderosa de Dios misericordioso.


5- Lucas, el Evangelio del discípulo y de la alegría


Para poder seguir a Jesús se debe renunciar a todo (Lc 14,33); sus discípulos, por tanto, deben abandonarlo todo (5,11; 5,28; 18,28). Es necesario cargar la cruz «cada día» (9,23) y renunciar a todo lo que se ama y a todo lo que se tiene (14,25-33). Pero los que renuncien a todo, recibirán ya en este mundo mucho más (18,30). En el libro de los Hechos de los Apóstoles, Lucas dirá que los miembros de la comunidad cristiana de los primeros tiempos renunciaban a todos sus bienes y no padecían necesidad, porque compartían todo lo que tenían (Hch 2,45; 4,32-35.37). Los ricos, tan mal vistos por Lucas, son entonces los que acaparan todo para sí, sin compartirlo con los demás.

Lucas quiere crear en sus oyentes la conciencia de que para ser cristiano hay que compartir, necesidad interior a la que no se puede renunciar ni se debe descuidar. Pero se debe compartir en todos los niveles, comenzando por lo más importante: la primera de estas riquezas es la salvación, a fin de que ésta llegue a aquellos que todavía no la tienen, y terminando por compartir los bienes materiales.

Como un anticipo de la Iglesia, Jesús aparece siempre rodeado de grandes multitudes que se alegran y alaban a Dios (Lc 5,1.15; 7,11.16). Después de la ascensión del Señor, los discípulos vuelven a Jerusalén con alegría y permanecen siempre en el Templo alabando a Dios (24,52-53). 


6- La predicación del Evangelio


Lucas da una respuesta serena a una comunidad enfrentada y dividida. Toma como punto de partida las profecías del Antiguo Testamento y muestra que la voluntad de Dios es que el Evangelio sea anunciado a todas las naciones, sin distinción. La actitud de Jesús con los pobres, con los pecadores y los más desheredados es la pauta para indicar cuál es el criterio que se debe observar en la predicación con respecto a los paganos. Ellos son los más pobres y los más necesitados con los que se debe compartir esta riqueza que Dios dio a Israel y que es la salvación.

El mundo en el cual se predicó por primera vez el Evangelio según Lucas no era muy diferente al de la actualidad. El Imperio romano presentaba el triste espectáculo de los que vivían esclavizados, de los que padecían la más absoluta miseria, y de los ricos que hacían alarde de su opulencia. También hoy el evangelista mueve a los cristianos para que comprendan que el Reino de Dios iniciado por Jesucristo exige que todos compartan sus bienes para que se superen las diferencias sociales escandalosas.

Muchos cristianos, tal vez influidos por algunos predicadores, viven atemorizados ante un Dios amenazador e implacable con los pecadores, o se rebelan contra una divinidad que exige al ser humano mucho más que lo que a éste le permite su debilidad. Lucas ofrece la imagen del Dios Padre misericordioso, que se compadece de todos y ama a todos, aunque sean pecadores, y tiene predilección por los más pequeños.

Hoy también la Iglesia sufre por las divisiones provocadas por los que absolutizan la parte de verdad que conocen y se niegan a aceptar a los que tienen otros valores cristianos. Lucas proclama que hay un solo Espíritu Santo que conduce a toda la Iglesia y la va renovando cada día, dejando atrás los elementos que provienen de la cultura de un tiempo o de un lugar, y conduciéndola hacia la perfección a la que Dios la ha destinado en su plan.

El mensaje de los evangelios es siempre actual, porque la Palabra de Dios ha sido dada a la Iglesia para los fieles de todos los tiempos. Pero en este momento de la historia, cuando toda la comunidad cristiana es llamada a una nueva evangelización, es necesario nutrirse de una manera especial del Evangelio según Lucas, porque es una obra que fue escrita para los que debían ser desde el comienzo «testigos oculares y después llegaron a ser servidores de la Palabra» (Lc 1,2).


III- «Me pareció bien escribirte este relato ordenado» (1,3): la obra literaria de Lucas


1- La obra de Lucas: Evangelio y Hechos de los Apóstoles


Del estudio del evangelio se concluye que su autor es un narrador culto. Es el que demuestra una cultura más cuidada de los evangelistas y que cuando quiere, utiliza con mucha corrección la lengua griega. Sin duda que es el mejor que escribe entre todos los evangelistas. Esto ya fue advertido por san Jerónimo: «Entre todos los evangelistas, Lucas fue el que más conocía la lengua griega…» (Carta 20, al Papa Dámaso). Con todo, no se puede afirmar que el griego de Lucas sea el propio de los escritores clásicos.

La obra de Lucas tiene la particularidad de que se compone de dos libros: el Evangelio y los Hechos de los Apóstoles. Estas dos obras forman una unidad y se capta plenamente su sentido cuando son leídas en conjunto. El evangelio, según los criterios que el mismo Lucas nos propone en el Prólogo (recopilar información, ordenarla y reformularla: Lc 1,1-4), fue compuesto después del de Marcos, de quien se sirvió para su redacción, hacia el año 80 d.C. El evangelio se completó con la redacción, poco después, de los Hechos de los Apóstoles, por lo que al final de la década de los ochenta ya estaba editada la obra lucana. 

Además del Evangelio según Marcos, su fuente principal, Lucas tiene en cuenta otras fuentes, entre ellas una conocida también por Mateo, llamada Fuente Q (Quelle: “fuente” en alemán), a las Lucas recurre en especial en los dos momentos en que se aparta de Marcos (6,20-7,50 y 9,51-18,14).


2- Organización literaria


En la organización del material, Lucas ha ordenado el evangelio dándole gran centralidad al viaje de Jesús desde Galilea a Jerusalén, que en los Hechos de los Apóstoles forma una figura simétrica con la expansión de la Iglesia desde Jerusalén a los confines de la tierra. La ciudad de Jerusalén está en el centro de la obra de Lucas y aparece tanto al final de su Evangelio (Lc 24,49-53) como al comienzo de los Hechos (Hch 1,3-8).

Una posible organización literaria del Evangelio según Lucas que permita leerlo con provecho, puede ser la siguiente: 


Prólogo

1,1-4

I

Infancia y actividad de Juan, el precursor, y de Jesús, el Mesías

1- Anuncio del nacimiento de Juan y de Jesús

2- Nacimiento de Juan y de Jesús

3- Comienzo del ministerio de Juan y de Jesús


1,5-4,13

1,5-56

1,57-2,52

3,1-4,13

II

La Palabra del Mesías en Galilea

1- El primer anuncio de Jesús en Nazaret

2- El poder de la Palabra que sana y llama

3- El poder de la Palabra cuestionado


4,14-6,11

4,14-30

4,31-5,11

5,12-6,11

III

Enseñanzas, milagros y revelación del Mesías

1- Enseñanzas y milagros de Jesús, el Mesías

2- Revelación de Jesús a sus discípulos


6,12-9,50

6,12-8,56

9,1-50

IV

Camino hacia la Pascua: el viaje del Mesías a Jerusalén

1- Inicio del camino: rechazo al Mesías

2- Primera etapa del viaje: condiciones para seguir a Jesús

3- Segunda etapa del viaje: rasgos del discípulo y de la comunidad

4- Tercera etapa del viaje: el Reino de Dios está llegando


9,51-19,28

9,51-56

9,57-13,21

13,22-17,10

17,11-19,28

V

Jesús en Jerusalén: acciones del Mesías y oposición 

1- Entrada en Jerusalén y enseñanza en el Templo

2- Controversias con los jefes de Israel

3- El final de los tiempos


19,29-21,38

19,29-46

19,47-21,4

21,5-38

VI

Jesús en Jerusalén: la Pascua del Mesías

1- Pasión y muerte del Mesías

2- Resurrección y apariciones del Mesías


22,1-24,49

22,1-23,56

24,1-49

Conclusión

24,50-53


Entre el Prólogo y la Conclusión se desarrollan seis secciones. En la Primera Sección, Lucas presenta un sugestivo paralelismo entre Jesús, el Mesías, y Juan Bautista, su precursor. Busca mostrar que desde pequeño, Juan cumple la misión de prepararle el camino al Mesías, y que éste es Jesús de Nazaret. Así Juan, el último profeta de la antigua alianza, da paso a la nueva alianza que Jesús hará realidad (Lc 16,16). 

La Segunda Sección se inicia con una predicación programática del Mesías en Nazaret, su tierra (Lc 4,14-21). En adelante, sus palabras y milagros servirán para revelar que el Reino se ha hecho presente, lo que se evidencia porque el ser humano es liberado de enfermedades, maldades y pecados. Mientras la revelación de Jesús no es aceptada por los dirigentes de Israel, sí lo es por el pueblo sencillo. Con los que elige de entre la multitud, Jesús se constituye un grupo de seguidores a los que instruye y envía a evangelizar. 

En la Tercera Sección, no fácil de organizar, las parábolas y milagros de Jesús revelan las notas distintivas del Reino en íntima relación con la identidad del Mesías y las exigencias a sus discípulos, varias de las cuales se hallan en el Sermón de la montaña de Mateo. 

La Cuarta Sección se dedica a la instrucción de los discípulos. Apartándose del esquema de Marcos, Lucas convierte el viaje del Mesías a Jerusalén en escuela de discipulado. Queda claro, por un lado, que Jesús camina a Jerusalén para vivir su misterio pascual, acontecimiento de redención del hombre y de misericordia de Dios, y –por otro– que se dirige allí porque es el Hijo amado que responde a la voluntad de su Padre. Al seguir de cerca al Mesías, el discípulo se prepara para continuar su obra, lo que no será fácil; por esto las exigencias radicales (Lc 9,57-62). 

En la Quinta Sección, Lucas, que retoma el relato de Marcos, le da a su material una impronta particular: Jesús, el Mesías pacífico que purifica el Templo y vendrá al fin de los tiempos, es el único Maestro que en el Templo y en largas jornada enseña con la autoridad del que lo envió, pues es su Hijo amado. 

En la Sexta Sección, Lucas relata los acontecimientos pascuales sucedidos en Jerusalén: la pasión de Jesús y su muerte, seguida de su resurrección y apariciones. El autor invita al lector a discernir con qué personajes se identifica y a convertirse en un seguidor que testimonie que de verdad él ha resucitado, porque lo ha visto y escuchado (Lc 24,34).


Prólogo


Me pareció bien escribirte este relato ordenado


11 Muchos emprendieron la tarea de relatar ordenadamente los acontecimientos que ya tuvieron su plena realización entre nosotros, 2 tal como nos lo transmitieron los que desde el comienzo fueron testigos oculares y después llegaron a ser servidores de la Palabra. 3 También yo, ilustre Teófilo, investigué todo con cuidado desde sus orígenes y me pareció bien escribirte este relato ordenado, 4 para que conozcas la solidez de las enseñanzas en que fuiste instruido.


1,1-4: El autor del evangelio encabeza su obra con un breve prólogo en el que imita el estilo de los autores clásicos griegos de su tiempo. Lucas reconoce que fue precedido por los que fueron testigos oculares y por los que intentaron poner en orden las tradiciones recibidas. Él se coloca a continuación de este segundo grupo. Su intención, al escribir su evangelio, es mostrar a los cristianos que la tradición que reciben tiene su origen en Jesucristo y que fue recogida por auténticos testigos que después se pusieron al servicio de la transmisión de esa Palabra. Cuando la Iglesia anuncia el Evangelio, se sitúa en esta tradición de testigos que se remite al mismo Jesucristo, mediante testigos de primera mano como Lucas. 


1,1-4: Hch 1,1-2


I

Infancia y actividad de Juan, el precursor, y de Jesús, el Mesías


1,5-4,13. Lucas elabora esta parte de su evangelio en base a paralelismos sistemáticos entre el Mesías y su Precursor, Juan Bautista. Con esquemas comparativos va presentando a ambos personajes y lo que acontece con ellos. Comienza con tres comparaciones respecto a la infancia de ambos: los anuncios de los nacimientos (1,5-25 y 1,26-38); los nacimientos propiamente dichos (1,57-79 y 2,1-21) y los datos de que ambos crecen y se fortalecen (1,80 y 2,40). Lucas sigue con un nuevo paralelismo en que indica los inicios de las actividades de cada uno (3,1-20 y 4,1-13). La finalidad de este recurso literario es evidenciar la superioridad del Mesías respecto a su precursor, Juan Bautista. A éste le toca sólo preparar los escenarios en que aparecerá Jesús, el Hijo amado del Padre y personaje principal (3,22), quien dará cumplimiento a la salvación prometida desde antiguo (2,22-39.41-51; 3,23-38). Él, pues, es el que “hoy” cumple las profecías, es decir, la voluntad de Dios anunciada en el Antiguo Testamento (4,14-30). Esta presentación de Lucas nos permite vislumbrar quién es Jesús, particularmente su superioridad debido a su condición de Hijo enviado por su Padre celestial, lo que aparece ya en el encuentro entre las madres de Jesús y del Bautista (1,39-56) y, sobre todo, en el testimonio de Juan (3,1-20). Lucas así invita al lector a que descubra en Jesús de Nazaret al Mesías y al Salvador y se deje fascinar por él, por su persona, enseñanza y obra.


1- Anuncio del nacimiento de Juan y de Jesús


1,5-56. Lucas narra el anuncio del nacimiento de Juan Bautista y de Jesús y toma por base tanto el modelo de la predicación judía como vocabulario e imágenes del Antiguo Testamento, en el que no son raros los anuncios de nacimiento de personajes famosos como Isaac, Samuel y otros, varios de ellos nacidos por intervención particular de Dios. Lucas procede así para presentar la continuidad con la cadena de la historia de salvación, pero también el proceso creciente que llega a su plenitud con el nacimiento del Mesías (24,44). Mientras Juan se ubica en la fase de preparación, los cristianos vivimos en el momento de la plenitud de esa historia de la salvación (16,16). A las dos escenas paralelas del nacimiento de Juan Bautista y de Jesús (1,5-25 y 1,26-38; nota a 1,5-4,30), sigue una tercera en que Lucas reúne a las dos madres, a Isabel, la madre de Juan, y María, la madre de Jesús (1,39-56). Lucas concede mayor protagonismo a María, dejando a José en un segundo plano, a diferencia del relato de la infancia de Mateo.


Le pondrás el nombre de “Juan”

 

5 En tiempos de Herodes, rey de Judea, había un sacerdote llamado Zacarías, del grupo sacerdotal de Abías, casado con una mujer descendiente de Aarón llamada Isabel. 6 Los dos eran justos a los ojos de Dios y llevaban una vida intachable, de acuerdo con todos los mandamientos y preceptos del Señor. 7 Sin embargo, no tenían hijos, porque Isabel era estéril y ambos de edad avanzada. 

8 Un día en que Zacarías cumplía su oficio sacerdotal ante Dios, porque le correspondía el turno a su grupo, 9 fue elegido para entrar a quemar el incienso en el Santuario del Señor, conforme a la costumbre litúrgica. 10 Todo el pueblo permanecía afuera, en oración, mientras se quemaba el incienso. 

11 Entonces se le apareció un ángel del Señor, de pie, a la derecha del altar. 12 Cuando Zacarías lo vio, se estremeció y se llenó de temor. 13 Pero el ángel le dijo: «¡No temas, Zacarías, porque tu oración fue escuchada! Tu mujer, Isabel, te dará un hijo al que le pondrás el nombre de “Juan”. 14 Te traerá felicidad e inmenso gozo, y muchos se regocijarán por su nacimiento, 15 porque él será grande ante el Señor, no beberá vino ni licor [Nm 6,3; Lv 10,9], y estará lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre. 16 Hará que muchos israelitas vuelvan al Señor, su Dios, 17 e irá delante de él con el espíritu y el poder de Elías, para hacer que vuelvan los corazones de los padres a los hijos, y los rebeldes a la prudencia de los justos, y así preparará para el Señor un pueblo bien dispuesto». 18 Zacarías preguntó al ángel: «¿Cómo sabré que ocurrirá esto? Yo soy un hombre anciano y mi esposa es de edad avanzada». 19 El ángel le respondió: «Yo soy Gabriel, el que está en la presencia de Dios, y fui enviado para hablarte y anunciarte esta buena noticia. 20 Mira, vas a quedar mudo y no podrás hablar hasta el día en que sucedan estas cosas, porque no creíste en mis palabras, que se cumplirán a su debido tiempo». 

21 El pueblo estaba esperando a Zacarías y se extrañaba que se demorara en el Santuario. 22 Cuando salió, no podía hablarles, y les hacía señas porque permanecía mudo. Entonces comprendieron que había tenido una visión mientras estaba en el Santuario. 23 Cuando se cumplieron los días de su servicio litúrgico, Zacarías volvió a su casa. 

24 Después de estos días, su mujer Isabel concibió un hijo y se mantuvo oculta durante cinco meses 25 diciendo: «El Señor hizo esto conmigo cuando se dignó quitarme aquello por lo que la gente me despreciaba».


1,5-25: La escena, redactada con términos que remiten al libro de Daniel (Dn 9,20-23; 10,12) y al profeta Malaquías (Mal 3,23-24), relata el anuncio del nacimiento de Juan Bautista. El nombre de este niño no será elegido por sus padres, sino que es impuesto desde el cielo, porque indica la misión que el mismo Dios le ha asignado. El nombre “Juan” significa el Señor hace misericordia. Él será el mensajero que anunciará la llegada del Mesías enviado por Dios, de acuerdo con la palabra de los profetas. Isabel y Zacarías, los padres de Juan, son justos, porque cumplen la Ley de Dios. Sin embargo, María, más que ellos, es la favorecida de Dios (Lc 1,28.30), es decir, tiene la gracia de Dios (Flp 3,9). Zacarías pone en duda que se pueda realizar lo que se le anunció y por eso será castigado. María, en cambio, es la que ha confiado en la palabra de Dios sin ninguna sombra de duda (Lc 1,45).


1,5: 1 Cr 24,10; Mt 2,1 / 1,7: Gn 11,30; 17,15-21; 1 Sm 1,1-28 / 1,9: Éx 30,1-8; 1 Re 7,48-50 / 1,15: Jue 13,4.7-14 / 1,17: Eclo 48,4-8 / 1,19: Tob 12,15; Dn 8,16 / 1,25: Gn 30,23; 2 Sm 6,23


Le pondrás el nombre de “Jesús”

 

26 En el sexto mes, Dios envió al ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, 27 a una virgen comprometida para casarse con un hombre llamado José, de la descendencia de David. El nombre de la virgen era María. 28 El ángel entró a donde ella estaba y le dijo: «¡Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo!». 29 Ella se sorprendió al oír estas palabras y reflexionaba qué significaría aquel saludo. 30 El ángel le dijo: «¡No temas, María, porque Dios te ha mirado favorablemente! 31 Concebirás y darás a luz un hijo al que le pondrás el nombre de “Jesús”. 32 Éste será grande, será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; 33 reinará para siempre sobre la casa de Jacob y su Reino no tendrá fin». 34 María preguntó al ángel: «¿Cómo será esto, porque yo no tengo relaciones con ningún hombre?». 35 El ángel le respondió: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el consagrado que nazca de ti será llamado Hijo de Dios. 36 Mira: tu parienta Isabel, tenida por estéril, concibió un hijo y ya está en el sexto mes, 37 porque no hay nada imposible para Dios». 38 María respondió: «Aquí está la servidora del Señor. Que se haga en mí lo que tú dices». Entonces el ángel se alejó.


1,26-38: En la segunda escena, paralela a la primera (nota a 1,5-56), se anuncia con textos del Antiguo Testamento el nacimiento de Jesús como hijo de David e Hijo de Dios. María es saludada con un nuevo nombre: “favorecida”, es decir, la que ha recibido un gran favor de parte de Dios. La versión latina de la Biblia o Vulgata interpretó este gran favor, y lo tradujo por llena de gracia (gratia plena). La Iglesia, después de siglos de reflexión, lo expresó en el dogma de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María. Al igual que para Juan Bautista (1,13), el nombre del niño que va a nacer es dado desde el cielo, porque la misión que va a cumplir en este mundo proviene de Dios: se llamará “Jesús” que significa el Señor salva. María no duda, como Zacarías, pero pregunta cómo sucederá, dado que ella es virgen y, aunque está comprometida en matrimonio con José, aún no viven juntos. Y ante la revelación (1,35: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti…»), muestra su total dependencia y entrega, llamándose a sí misma «servidora del Señor» (1,38).


1,26-27: Mt 1,18 / 1,28: Sof 3,14-15 / 1,31: Is 7,14 / 1,32-33: 2 Sm 7,9.12-14.16; Is 9,7; Miq 4,6-7 / 1,34: Gn 4,1; Jue 11,39 / 1,35: Éx 24, 15-18 / 1,37: Gn 18,14; Jr 32, 27


¿Cómo es que viene a mí la madre de mi Señor?

 

39 En esos días, María partió y se fue rápidamente a la región montañosa, a una ciudad de Judá, 40 entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. 41 Cuando Isabel oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, Isabel quedó llena del Espíritu Santo 42 y exclamando con voz fuerte dijo: «¡Bendita eres tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! 43 ¿Cómo es que viene a mí la madre de mi Señor? 44 Porque apenas oí la voz de tu saludo, el niño saltó de alegría en mi vientre. 45 ¡Dichosa tú que has creído, porque ahora se cumplirá todo lo que te fue anunciado de parte del Señor!». 


1,39-45: En la tercera escena (nota a 1,5-56) se reúnen las madres de Juan Bautista y de Jesús de las que se habló en los dos primeros relatos (1,5-25 y 1,26-38). Se destaca la superioridad de Jesús sobre Juan, y de María, madre de Jesús, sobre Isabel, madre de Juan Bautista. Para redactar este relato, el autor se inspiró en el traslado del arca de la alianza a Jerusalén (2 Sm 6). El arca de la alianza era el cofre de maderas preciosas y de oro que guardaba las tablas de la antigua alianza (Éx 25,10-22). María es ahora presentada como la nueva arca que lleva a Jesús, la nueva alianza de Dios con la humanidad. De la misma manera que David y los israelitas saltaban de gozo ante el arca de Dios (2 Sm 6,5), Juan Bautista, el precursor, salta de alegría en el seno de su madre cuando María ingresa a casa de Isabel (Lc 6,41.44). Tres meses permaneció el arca en una casa y fue causa de bendición para todos sus habitantes (2 Sm 6,11); también María permaneció tres meses en casa de Isabel (Lc 6,56), y fue causa de bendición para esa familia (1,42). Cuando María saluda, se produce alegría e Isabel queda llena del Espíritu Santo (2 Sm 6,12.15). Isabel, por su parte, llama bienaventurada o dichosa a María, la Madre del Señor, porque gracias a su fe se verán cumplidas todas las promesas de Dios en el Antiguo Testamento en favor de su pueblo Israel.


1,41: Hch 2,17 / 1,42: Jue 5,24; Jdt 13,18 / 1,45: Jn 20,29


Mi alma engrandece al Señor

 

46 Y dijo María: 

47 «Mi alma engrandece al Señor,

y mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador, 

48 porque se fijó en la humildad de su servidora.

Desde ahora, todas las generaciones me llamarán dichosa,

49 porque obras grandes hizo en mí el Poderoso.

Su nombre es santo, 

50 y su misericordia llega de generación en generación a sus fieles. 

51 Desplegó la fuerza de su brazo

  y deshizo los planes de los orgullosos, 

52 derribó a los poderosos de sus tronos

  y elevó a los humildes, 

53 a los hambrientos los llenó de bienes 

  y a los ricos los despidió con las manos vacías.

54 Ayudó a su servidor Israel, 

acordándose de la misericordia 

55 que le había prometido a nuestros antepasados,

  a Abrahán y a sus descendientes para siempre». 

56 María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa. 


1,46-56: Este canto, tradicionalmente llamado Magnificat por su primera palabra en la traducción latina, es un himno de acción de gracias a Dios por la realización de su obra salvadora a favor de Israel, compuesto con frases y reminiscencias de textos del Antiguo Testamento. Tiene como modelos el cántico de Ana, una mujer estéril a quien Dios le concede un hijo (1 Sm 2,1-10), y los cantos de los pobres del Señor presente en los Salmos. María encarna el nuevo Israel que da gracias a Dios porque cumplió todo lo anunciado en las Escrituras. María es dichosa porque en ella Dios comenzó las grandes obras con las que cumplió su promesa de socorrer a los pobres y desvalidos de la humanidad.


1,46-47: Is 61,10; Hab 33,17-18 / 1,48: 1 Sm 1,11 / 1,49: Dt 10,21 / 1,50: Sal 103,13.17 / 1,51: Sal 118,15-16 / 1,52: Job 12,19; Eclo 10,14 / 1,53: Sal 107,9 / 1,54: Sal 98,3 / 1,55: Gn 17,7; Sal 105,8-9


2- Nacimiento de Juan y de Jesús


1,57-2,52. Lucas da inicio a otra nueva serie de tres escenas (nota a 1,5-56): los dos de los nacimientos de Juan y Jesús (1,57-80 y 2,1-21) y, luego, la presentación de Jesús en el Templo (2,22-52). Los relatos de los nacimientos son expresivos en sí mismos. La superioridad del Mesías aparece con mayor relieve por la detallada descripción hecha: Lucas comienza ofreciendo un solemne marco histórico (2,1-3); luego, puntualiza varios datos del nacimiento de Jesús, y termina destacando el anuncio a los pastores, de gran densidad teológica al revelar que el Niño que nace es Salvador, Mesías y Señor (2,10-14). Se destaca también, junto con el cumplimiento de las profecías, la atmósfera judía expresada en aspectos como la obediencia a prescripciones como la purificación, la presentación de Jesús en el Templo y el rescate del hijo primogénito e, incluso, no falta la celebración de la Pascua en Jerusalén donde Jesús participa con sus padres. Algunos personajes son modélicos: Simeón en cuanto hombre justo y piadoso, Ana en cuanto mujer que vive para Dios y ambos, por ser testigos de la llegada del Mesías. En todo, Lucas muestra que lo realmente esencial es Jesucristo que da cumplimiento a todo lo estipulado por Dios para salvación de la humanidad. 


Su nombre es “Juan”

 

57 A Isabel le llegó el tiempo de dar a luz, y tuvo un hijo. 58 Sus vecinos y familiares oyeron que el Señor se había mostrado misericordioso con ella y compartieron su alegría. 

59 A los ocho días fueron a circuncidar al niño y querían llamarlo Zacarías, como su padre. 60 Pero su madre tomó la palabra y dijo: «¡No! ¡Se llamará “Juan”!». 61 Le dijeron: «En tu familia no hay nadie que tenga ese nombre». 62 Entonces le preguntaron con señas al padre cómo quería que se llamara. 63 Él pidió una tabla y escribió: «Su nombre es “Juan”». Y todos se sorprendieron. 64 De inmediato se le abrió la boca, recuperó el habla y comenzó a bendecir a Dios. 65 Todos los vecinos quedaron llenos de temor, y por toda la región montañosa de Judea se comentaba lo sucedido. 66 Todos los que lo oían lo guardaban en su memoria y decían: «¿Qué llegará a ser este niño?». Porque en él se mostraba el poder del Señor. 


1,57-66: Al narrar el nacimiento de Juan Bautista, el autor presta especial atención al nombre que se le pone al niño. Isabel, su madre, elige un nombre extraño para la familia; Zacarías, su padre, que está mudo y aparentemente también sordo (deben hablarle por señas), coincide con esa elección (1,63). Esto llena de asombro a todos los presentes, ya que no fueron sus padres los que le dieron el nombre al niño, sino Dios. El ángel le había dicho a Zacarías que el niño debía llamarse “Juan” (1,13), que en hebreo significa el Señor hace misericordia, porque este nombre indica cuál es su misión: Dios lo envía a proclamar «un bautismo de conversión para perdón de los pecados» (3,3). Juan será un profeta que no vendrá a amenazar con la condenación, sino a anunciar a todo Israel que Dios es misericordioso y está dispuesto a perdonar a todos los que se arrepientan de sus pecados. Los discípulos de Jesús, como Juan, el precursor, serán enviados a llevar esa buena noticia a todas las naciones (24,48; Hch 2,38; 10,43).


1,59: Gn 17,10-12; Lv 12,3 / 1,66: 1 Cr 4,10


Bendito sea el Señor, Dios de Israel

 

67 Zacarías, su padre, quedó lleno del Espíritu Santo y profetizó:

68 «Bendito sea el Señor, Dios de Israel, 

porque ha visitado y redimido a su pueblo.

69 Él nos envió un salvador poderoso 

de la familia de David, su servidor, 

70 como había dicho

por medio de sus santos profetas de los tiempos antiguos: 

71 que nos salvaría de nuestros enemigos 

y del poder de todos los que nos odian. 

72 Ha mostrado así misericordia con nuestros antepasados

acordándose de su santa alianza. 

73 Él había jurado a nuestro padre Abrahán 

que nos concedería 

74 que liberados de nuestros enemigos, 

  le sirvamos sin temor

75 en su presencia, con santidad y justicia, 

  durante toda nuestra vida.

76 Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo,

porque irás delante del Señor para preparar sus caminos, 

77 para dar a conocer a su pueblo la salvación

por medio del perdón de sus pecados.

78 Por la misericordia entrañable de nuestro Dios,

llegará hasta nosotros una luz que viene de lo alto,

79 para iluminar a los que habitan en tinieblas y sombras de muerte, 

y dirigir nuestros pasos por un camino de paz».

80 El niño crecía y su espíritu se fortalecía. Y estuvo viviendo en lugares desiertos hasta el día de su aparición pública a Israel.


1,67-80: El cántico de Zacarías, tradicionalmente llamado Benedictus por su primera palabra en la traducción latina, recoge temas de la espiritualidad de la comunidad de los primeros cristianos judíos, que todavía veían a Dios como el “Dios de Israel” que los liberaba del peligro que representaban los pueblos enemigos. Zacarías, como representante del antiguo Israel, da gracias porque se han cumplido los anuncios de los profetas del Antiguo Testamento y los juramentos que Dios hizo a los patriarcas. Como el cántico de María (1,46-55), también éste está compuesto con frases y reminiscencias de textos del Antiguo Testamento, particularmente del libro de oración de Israel, los Salmos (Sal 72,18; 105,8-9; 106,45), y de algunos escritos proféticos (Miq 7,20; Zac 3,8).


1,68: Hch 15,14 / 1,69: Sal 132,17 / 1,72: Éx 2,24; Lv 26,42 / 1,73: Gn 17,7 / 1,74: Miq 4,10 / 1,76: Mt 3,3; Jn 1,23 / 1,77: Mc 1,4 / 1,78: Ef 5,14 / 1,79: Is 9,2; 58,8; 60,1-2


Les ha nacido un Salvador


21 En aquella época el emperador Augusto publicó un decreto ordenando que se hiciera un censo del mundo entero. 2 Este primer censo se realizó cuando Quirino era gobernador de Siria. 3 Entonces todos fueron a inscribirse, cada uno a su ciudad de origen. 4 José, que era de la familia y del linaje de David, fue de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, llamada Belén, en Judea, 5 a inscribirse, junto con María, su esposa, que estaba embarazada. 

6 Y ocurrió que mientras estaban allí, a ella le llegó el tiempo del parto 7 y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en la habitación.

8 Había en esa región unos pastores que pasaban la noche en el campo cuidando sus rebaños y vigilando por turnos. 9 Se les apareció un ángel del Señor, y la gloria del Señor los envolvió en su luz. Ellos se llenaron de temor, 10 pero el ángel les dijo: «¡No teman, porque les anuncio una buena noticia que será una gran alegría para todo el pueblo! 11 Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. 12 Y esta será la señal para ustedes: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre». 13 De pronto se unió al ángel una multitud del ejército celestial que alababa a Dios exclamando: 

14 «Gloria a Dios en las alturas 

y en la tierra paz 

a los hombres amados por él».

15 Cuando los ángeles regresaron al cielo, los pastores se decían unos a otros: «¡Vayamos a Belén a ver lo que ha sucedido, y que el Señor nos ha dado a conocer!». 16 Fueron de prisa y encontraron a María, a José, y al niño recién nacido acostado en el pesebre. 17 Cuando vieron esto, les contaron lo que les habían dicho sobre el niño. 18 Y todos los que oyeron lo que decían los pastores, quedaron asombrados. 19 María, por su parte, conservaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón. 20 Los pastores regresaron, glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían visto y oído, tal como se les había dicho.

21 Ocho días después, cuando llegó el tiempo de circuncidar al niño, le pusieron el nombre de Jesús, nombre que le había dado el ángel antes de que fuera concebido.


2,1-21: Para relatar el nacimiento de Jesús, el autor recoge elementos que recuerdan la infancia de David, según la Biblia y las tradiciones populares judías, entre otros elementos la mención del rey David (nombrado tres veces) y la ciudad de Belén, donde nació y vivió entre pastores. El cántico que acompaña el nacimiento de Jesús no es entonado por personas humanas, como sucedió en el caso de Juan (1,67), sino por una multitud de ángeles. De este modo, el mensajero celestial da un signo que garantiza que el anuncio viene de Dios. El signo no es algo sobrecogedor ni deslumbrante como en el Sinaí (Éx 19,16). Ahora Dios se manifiesta en la pobreza, la sencillez y la debilidad de un niño recién nacido. Los pastores, que no gozaban de buena reputación en tiempos de Jesús, son los primeros en recibir el Evangelio o Buena Noticia e inmediatamente se convierten en testigos y evangelizadores. María adopta la actitud contemplativa ante el misterio que se le revela, transformándose en modelo del discípulo misionero, llamado a discernir siempre la voluntad de Dios y a aceptarla en su vida.


2,4: 1 Sm 16,1-13; Mt 2,1 / 2,5: Mt 1,18-25 / 2,7: Gn 25,29-34; Rom 8,29 / 2,8: Is 61,1 / 2,9: Tob 5,4-8; Mt 1,20 / 2,11: Mt 1,21; Is 9,5 / 2,14: Ez 3,12 / 2,17: Is 1,3 / 2,20: Hch 2,47 / 2,21: Lv 12,3


Lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor

 

22 Cuando conforme a la Ley de Moisés se cumplió el tiempo de la purificación de ellos, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarlo al Señor, 23 según está escrito en la Ley del Señor: Todo primer hijo varón deberá ser consagrado al Señor [Éx 13,2.15], 24 y para ofrecer un sacrificio como lo ordena la Ley del Señor: Un par de palomas o dos pichones [Lv 12,8].

25 En Jerusalén había un hombre justo y piadoso llamado Simeón que esperaba el consuelo de Israel y el Espíritu Santo estaba sobre él. 26 El Espíritu le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor. 27 Conducido por el mismo Espíritu, Simeón fue al Templo, y cuando los padres introdujeron a Jesús para hacer por él lo que se acostumbraba según la Ley, 28 Simeón tomó al niño en sus brazos y bendijo a Dios diciendo:

29 «Señor, ahora puedes dejar partir a tu servidor en paz, según tu palabra.

30 Porque mis ojos han visto tu salvación,

31 la que dispusiste a la vista de todos los pueblos,

  y es luz que se revela a los paganos

32 y da gloria a tu pueblo Israel».

33 El padre y la madre estaban sorprendidos por lo que se decía del niño. 34 Después de bendecirlos, Simeón dijo a María, la madre: «Mira, este niño está puesto para que muchos caigan y se eleven en Israel, y como un signo que provocará enfrentamientos, 35 para que queden de manifiesto las intenciones de muchos. Y a ti una espada te traspasará el alma». 

36 Había también una profetisa que se llamaba Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer anciana, que se había casado muy joven y había vivido con su marido siete años, 37 y ya era una viuda de ochenta y cuatro años. Nunca abandonaba el Templo, día y noche rendía culto al Señor con ayunos y oraciones. 38 Se presentó en ese mismo momento y dio gracias a Dios, hablando del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. 

39 Cuando terminaron de cumplir todo lo que está mandado en la Ley del Señor, regresaron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. 

40 El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría, y el favor de Dios estaba con él.


2,22-40: Cuarenta días después del nacimiento del hijo, la madre debía someterse al rito de la purificación, según lo mandaba la Ley (Lv 12,1-8). Sin embargo, Lucas no habla de una purificación de María, sino de la purificación “de ellos”. Lucas, de esta forma, se refiere a la profecía de Malaquías: «El Señor vendrá a su Templo… y purificará a los sacerdotes…» (Mal 3,1-3). El Templo y todos los sacrificios quedan purificados con la entrada de Jesús, porque él es la verdadera morada de Dios entre los seres humanos (Jn 2,18-22), y el único sacrificio aceptable para Dios (Heb 9,11-14). Más tarde, casi al fin de su ministerio, Jesús volverá a entrar al Templo y lo purificará, expulsando a los vendedores (Lc 19,45-46). El anciano Simeón representa a los profetas de Israel que esperaban el consuelo de Israel, es decir, la redención por parte de Dios. El cántico de Simeón, llamado Nunc dimittis en latín, alude a varios textos de la segunda parte del libro de Isaías o Deutero-Isaías (Is 40-55; ver 42,6; 52,10), llamado el “Libro de la consolación de Israel” por la forma como se inicia: «Consuelen, consuelen a mi pueblo, dice el Señor» (40,1). El cántico de Simeón es, en realidad, el canto de despedida de todos los profetas de Israel que dan por cumplida su tarea y pueden retirarse a descansar en paz, porque ha llegado la salvación que ellos anunciaron. La profetisa Ana, por su parte, representa a los piadosos de Israel, que sirven al Señor con oraciones y ayunos. María, que en otros textos de Lucas asume la figura del pueblo de Israel en la etapa final de su historia, representa al pueblo que, desde la aparición de Jesús hasta hoy, permanece dividido como por una espada (Lc 2,35).


2,22: Lv 12,2.4 / 2,23: 1 Sm 1,22-24 / 2,24: Lv 5,7 / 2,25: Is 40,1-2; 49,13 / 2,26: Éx 30,22-33; Is 11,1-9 / 2,30-32: Is 40,5; 46,13; 49,6 / 2,34: Jr 15,10 / 2,35: Jn 3,19; 9,39 / 2,36: Éx 15,20; Jue 4,4 / 2,37: Jdt 8,4-5; 1 Tim 5,5 / 2,38: Is 52,9; Mt 20,28 / 2,39: Mt 2,23


El niño Jesús se quedó en Jerusalén

 

41 Los padres de Jesús acostumbraban a ir todos los años a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. 42 Cuando cumplió doce años, subieron a celebrar la fiesta, como lo hacían siempre. 43 Pasados esos días, regresaron a su casa, pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que sus padres lo supieran. 44 Pensando que estaba entre los peregrinos, hicieron un día de viaje y después comenzaron a buscarlo entre sus familiares y conocidos. 45 Como no lo encontraron, regresaron a Jerusalén a buscarlo. 46 Después de tres días lo encontraron en el Templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas. 47 Todos los que lo oían quedaban admirados por su inteligencia y sus respuestas. 48 Cuando sus padres lo vieron, quedaron sorprendidos, y su madre le dijo: «¡Hijo! ¿Por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo te hemos buscado con angustia». 49 Y él les respondió: «¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debo estar en las cosas de mi Padre?». 50 Pero ellos no entendieron lo que Jesús les decía. 51 Entonces volvió con ellos a Nazaret y les obedecía en todo. 

Su madre guardaba cuidadosamente todos estos sucesos en su corazón, 52 mientras que Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres.


2,41-52: Este relato del niño Jesús perdido en el Templo no pertenece a la serie de textos referentes al nacimiento de Jesús, sino que es como un apéndice o añadido. Un hecho de Jesús cuando tenía doce años es narrado de tal forma que anticipa el misterio de la pasión de Jesús. En el contexto de una fiesta de Pascua, Jesús desaparece durante tres días, referencia a la pascua judía en la que a Jesús lo matan y a los tres días resucita (24,46; Mc 8,31). Mientras sus padres de la tierra lo buscan con angustia, Jesús les revela que ha estado ocupándose de las cosas de su Padre celestial. Sin embargo, en la actitud de sumisión de Jesús a sus padres de la tierra (Lc 2,51), se anticipa la actitud del Hijo que «se humilló a sí mismo hasta la muerte por obediencia, ¡y una muerte en cruz!» (Fil 2,8) y que por ser Hijo, «aprendió sufriendo a obedecer» (Heb 5,8).


2,41: Éx 12,1-27 / 2,42: Dt 16,16; 1 Sm 1,3.21/ 2,46: 1 Cor 15,4 / 2,47: Jn 7,15.46 / 2,49: Jn 20,17


3- Comienzo del ministerio de Juan y de Jesús


3,1-4,13. Lucas vuelve a utilizar el recurso literario del paralelismo (nota a 1,5-4,30), ahora para presentar con algunas semejanzas y diferencias las misiones del Precursor y del Mesías: mientras la misión de Juan se introduce por referencias históricas inmediatas (3,1-2), la de Jesús por la genealogía, que se remonta a Adán y a Dios (3,23-38); mientras el lugar de la predicación del Precursor es el desierto (3,3-20), éste es el escenario de las tentaciones de Jesús (4,1-13), quien más bien predica en Nazaret, pueblo donde se había criado, cumpliendo así la profecía de Isaías (citado en 4,18-19). La predicación de Juan, el último de los profetas del Antiguo Testamento (16,16), prepara el camino al Mesías como lo profetizó Isaías (citado en 3,4-6). Mediante la genealogía, Lucas nos revela que Jesús, el Hijo de Dios, es verdadero hombre, descendiente de Adán; en el relato de las tentaciones, que Jesús, verdadero Hijo de Dios, es obediente en todo a su Padre. Así, genealogía, tentaciones en el desierto y anuncios proféticos revelan rasgos fundamentales de la identidad de Jesús y recapitulan acontecimientos de la historia de la salvación que Cristo conducirá a la plenitud.


Una voz grita en el desierto

Mt 3,1-12; Mc 1,1-8

 

31 En el año quince del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato era gobernador de Judea, Herodes, tetrarca de Galilea, su hermano Filipo, tetrarca de Iturea y de la región de Traconítide, Lisanias, tetrarca de Abilene, 2 y bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, la palabra de Dios fue dirigida a Juan, el hijo de Zacarías, que estaba en el desierto. 

3 Juan recorrió toda la región del Jordán, anunciando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, 4 así como está escrito en el libro del profeta Isaías: 

Una voz grita en el desierto: 

Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos

5 Todo valle será rellenado, toda montaña y colina serán aplanadas; 

los caminos torcidos serán enderezados y los desparejos serán nivelados

6 Y todos los vivientes verán la salvación de Dios [Is 40,3-5].


3,1-6: El inicio de la actividad de Juan Bautista, precursor del Mesías, se indica en correspondencia con los gobernantes de Israel, con los de las naciones paganas (3,1: «El año quince» de Tiberio corresponde al año 28 o 29 d.C.) y con los jefes religiosos de Jerusalén. La obra salvadora de Dios se inscribe en la historia universal, porque el perdón de los pecados que anuncia Juan no se ofrecerá sólo a Israel, sino a toda la humanidad (3,6; 24,47).


3,1: Mt 2,1 / 3,2: Jn 18,13; Hch 4,6 / 3,4-6: Bar 5,7; Tit 2,11


¿Qué debemos hacer?

 

7 Juan le decía a la gente que iba a donde él para que la bautizara: «Raza de víboras, ¿quién les enseñó a huir del inminente castigo de Dios? 8 Más bien hagan obras que demuestren la conversión, y no comiencen a decir en su interior: “Tenemos por padre a Abrahán”, porque yo les aseguro que de estas piedras Dios puede sacar hijos de Abrahán. 9 El hacha ya está puesta a la raíz de los árboles. ¡Todo árbol que no produce buen fruto será cortado y arrojado al fuego!».

10 La gente le preguntaba: «¿Qué debemos hacer?». 11 Y él les respondía: «El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene, y quien posea alimentos que haga lo mismo». 12 Algunos cobradores de impuestos fueron a bautizarse y le preguntaron: «Maestro, ¿qué debemos hacer?». 13 Juan les contestó: «No sigan cobrando más de lo establecido». 14 También algunos soldados le preguntaron: «Y nosotros, ¿qué debemos hacer?». Él les respondió: «No extorsionen a nadie, no hagan falsas denuncias y conténtense con su salario».


3,7-14: Juan Bautista proclama un bautismo de conversión ante la inminencia del juicio de Dios sobre Israel. Para obtener el perdón de los pecados es necesaria la conversión, que consiste en volverse a Dios y exteriorizarlo con un cambio de conducta. A los que pensaban que para alcanzar la salvación bastaba con tener por padre a Abrahán, Juan les dice que el honor de pertenecer al pueblo de Israel no es suficiente para salvarse, sino que además deben practicar las obras que se ajustan a lo que Dios quiere. Los que se acercan a bautizarse preguntan: «¿Qué debemos hacer?» (3,10; Hch 2,37; 16,30). Juan, mediante ejemplos concretos, les muestra en qué consiste la conversión, enfatizando de manera especial la justicia que regula la relación entre los seres humanos. Hoy más que nunca esta enseñanza es válida para todos los que piden el bautismo cristiano; no es suficiente con bautizarse, también es necesario preguntar: «¿Qué debemos hacer?», para identificarnos con el Hijo amado, cuya obediencia y conducta siempre complació a su Padre (Lc 3,22).


3,7: Mt 12,34 / 3,8: Jn 8,33.39 / 3,9: Mt 7,19 / 3,11: Is 58,7 / 3,12: Mt 21,32 / 3,13: Éx 21,37


Él los bautizará con el Espíritu Santo y fuego

Mt 14,3-4; Mc 6,17-18; Jn 1,19-20


15 Como el pueblo estaba a la expectativa y todos se preguntaban si acaso Juan no sería el Mesías, 16 él les dijo a todos: «Yo los bautizo con agua, pero viene el que es más poderoso que yo, y él los bautizará con el Espíritu Santo y fuego. Yo ni siquiera soy digno de desatarle la correa de sus sandalias. 17 Ya tiene en su mano la pala para separar el trigo de la paja: el trigo lo recogerá en su granero, pero la paja la quemará con un fuego que no se apaga». 

18 Y con muchas otras exhortaciones anunciaba al pueblo la buena noticia. 

19 Pero el tetrarca Herodes, reprendido por Juan por haber tomado como mujer a Herodías, esposa de su hermano, y por todas las maldades que había cometido, 20 añadió a todas éstas la de encerrar a Juan en la cárcel.


3,15-20: Juan Bautista, al terminar su misión, se reconoce inferior a Jesús (3,16-17), y así Lucas completa la comparación entre Jesús y Juan, uno de los temas centrales de Lucas 1-2. La tarea de desatar las correas de las sandalias de los amos y señores era considerada tan humillante, que solamente la realizaban los esclavos. Juan dice que, con respecto a Jesús, es menos que un esclavo, pues incluso se reconoce indigno de desatarle sus sandalias. La tarea de Juan consistió en bautizar. Este término, en griego, significa “sumergir”. A los que venían a él, Juan los “sumergía” sólo en agua, pero Jesús los bautizará o “sumergirá” en el Espíritu Santo, dándoles vida divina a todos los que crean en él (Hch 2,38). Juan sólo anuncia el juicio contra los pecadores, pero no tiene, como Jesús, la potestad de juzgar y perdonar definitivamente los pecados. Antes de narrar el bautismo de Jesús, Lucas relata el envío de Juan a la cárcel (Lc 3,19-20), para establecer una neta distinción entre la época de Juan o la antigua alianza, tiempo de la promesa, y la de Jesús o nueva alianza, tiempo del cumplimiento de la promesa (16,16).


3,15: Hch 13,25 / 3,16: Jn 1,26-27.33; Hch 1,5 / 3,17: Mt 3,12 / 3,19-20: Mt 4,12


Tú eres mi Hijo amado

Mt 3,13-17; Mc 1,9-11

 

  21 Cuando todo el pueblo se hacía bautizar, Jesús también fue bautizado. Y mientras permanecía en oración, se abrió el cielo 22 y el Espíritu Santo bajó sobre él en forma visible, como una paloma. Se oyó entonces una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo amado; en ti me complazco».


3,21-22: Por medio de varias referencias a textos del Antiguo Testamento, Lucas describe para sus lectores lo que significó el bautismo de Jesús. No fue un bautismo para conversión y perdón de los pecados, como el que anunciaba y practicaba Juan Bautista, sino un nuevo bautismo, que será fuente y modelo del bautismo de los cristianos. Jesús estaba en oración cuando se abrió el cielo, que hasta ese momento permanecía cerrado (Is 63,19), y por él descendió el Espíritu Santo como los profetas lo habían anunciado para los tiempos finales. La voz de Dios proclama que Jesús es el Mesías, Hijo de Dios del Salmo, el que se empleaba en la coronación de los reyes israelitas (Sal 2), como lo indican algunos manuscritos que, siguiendo el Salmo 2,7, leen: «Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy» (Lc 1,22). Dios también proclama que su Hijo es el Siervo del Señor del libro de Isaías (Is 42,1-7), en quien el Padre ha puesto su Espíritu y en el que encuentra su complacencia (Lc 3,22). Cuando los cristianos son bautizados, Dios los constituye sus hijos (Gál 3,26-28) y Jesús derrama sobre ellos el Espíritu Santo (Hch 2,33.38-39).


3,21-22: Jn 1,32-34


Hijo de Adán, Hijo de Dios

Mt 1,1-17

 

23 Al comenzar su ministerio, Jesús tenía alrededor de treinta años. Según se pensaba, era hijo de José y descendiente de Helí, 24 de Matat, de Leví, de Melkí, de Janay, de José; 25 éste era hijo de Matatías, de Amós, de Naún, de Eslí, de Nagay, 26 de Maat, de Matatías, de Semeín, de Josec, de Yodá; 27 éste era hijo de Joanán, de Resá, de Zorobabel, de Salatiel, de Nerí, 28 de Meljí, de Addí, de Kosán, de Elmadán, de Er; 29 éste a su vez era hijo de Jesús, de Eliezer, de Jorín, de Matat, de Leví, 30 de Simeón, de Judá, de José, de Jonán, de Eliakín; 31 éste era hijo de Meleá, de Menná, de Matazá, de Natán, de David. 32 David era hijo de Jesé, de Obed, de Booz, de Salá, de Naasón, 33 de Aminadab, de Admin, de Amí, de Esrón, de Fares, de Judá. 34 Judá era hijo de Jacob, de Isaac, de Abrahán, de Tara, de Nacor, 35 de Seruc, de Ragaú, de Fálec, de Eber, de Salá; 36 éste era hijo de Cainán, de Arfaxad, de Sem, de Noé, de Lámec, 37 de Matusalén, de Enoc, de Járet, de Maleleel, de Cainán, 38 de Enós y de Set, quien era hijo de Adán, y Adán era hijo de Dios.


3,23-38: Lucas presenta la genealogía de Jesús como la que aparece en el Evangelio según Mateo (Mt 1,1-17). La genealogía bíblica no es un documento de carácter científico, sino una composición elaborada con antecedentes de la Escritura y algunos aportes de tradiciones populares, con la finalidad de ilustrar un dato de la fe cristiana: Jesús, según la genealogía de Lucas, no está encerrado en los límites del pueblo de Israel, sino que pertenece a la humanidad. Como todos los demás seres humanos, él también es un hijo de Adán. Pero por medio de Adán, también viene de Dios y es la culminación del plan que Dios comenzó a realizar cuando creó al primer hombre. Lucas ha puesto setenta y siete generaciones desde Adán hasta José. Son once etapas de siete generaciones. Con Jesús comienza la etapa número doce de la historia de la humanidad, que según se pensaba por entonces, era la etapa definitiva.


3,23: Mt 1,16; Rom 5,12-14 / 3,27: Esd 2,2 / 3,32: 1 Sm 16,11-13; Rut 4,21 / 3,34: Gn 11,24-28; 21,1-5; 25,24-26; 29,35; 38,27-30 / 3,35: Gn 11,14-23 / 3,36: Gn 5, 28-32; 11,10-13 /3,37-38: Gn 5,1-27


Allí fue puesto a prueba por el Diablo

Mt 4,1-11; Mc 1,12-13

 

41 Jesús, lleno de Espíritu Santo, regresó del Jordán y el Espíritu lo conducía por el desierto. 2 Allí fue puesto a prueba por el Diablo durante cuarenta días, y en todos esos días no comió nada, pero al terminar ese tiempo, sintió hambre. 3 El Diablo, entonces, le dijo: «Si tú eres Hijo de Dios, ordénale a esta piedra que se convierta en pan». 4 Jesús le respondió: «Dicen las Escrituras: El hombre no vivirá sólo de pan» [Dt 8,3].

5 Luego, llevándolo a un lugar alto, el Diablo le mostró en un instante todos los reinos de la tierra 6 y le hizo esta promesa: «Te daré todo el poder y el esplendor de estos reinos, porque me han sido entregados, y yo los doy a quien quiero. 7 ¡Todo será tuyo si te postras delante de mí!» 8 Jesús le respondió: «Dicen las Escrituras: Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él darás culto» [Dt 6,13; 10,20].

9 Después lo llevó a Jerusalén, lo puso sobre la parte más alta del Templo, y le dijo: «Si tú eres Hijo de Dios, lánzate de aquí abajo, 10 porque dicen las Escrituras: Te encomendará a sus ángeles para que te cuiden [Sal 91,11]. 11 También dicen: Te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra» [Sal 91,12]. 12 Jesús le respondió: «Está escrito: No pondrás a prueba al Señor tu Dios» [Dt 6,16].

13 Cuando el Diablo terminó de someter a Jesús a todo tipo de pruebas se apartó de él hasta el momento oportuno.


4,1-13: Lucas describe el comienzo de la actividad de Jesús siguiendo el modelo del comienzo de la historia del pueblo de Israel, según el libro del Éxodo. El Espíritu Santo conduce a Jesús al desierto. El pueblo de Israel, que es llamado hijo de Dios (Éx 4,22-23), fue conducido por Dios al desierto donde fue tentado durante cuarenta años; allí sintió hambre (Dt 8,2-3), como Jesús (Lc 4,2), pero a diferencia de él, se olvidó de Dios buscando la posesión de los bienes de la tierra (Dt 6,10-13) y se rebeló, exigiéndole milagros (Éx 17,1-7). En todas esas pruebas, el pueblo recién liberado por Dios de Egipto fue infiel. Jesús, en cambio, se muestra como el auténtico Hijo de Dios, quien, tentado por el Diablo, permanece fiel en medio de las pruebas o tentaciones a las que responde con frases tomadas del libro del Deuteronomio (Dt 6,13.16; 8,3), mostrando así su total conformidad con la voluntad de Dios contenida en las palabras de la Escritura.


4,2: Heb 2,18; / 4,6: Ap 13,2.4 / 4,7: Jr 27,5 / 4,9: Jn 7,14 / 4,13: Jn 13,2.27; Heb 4,15


II

La Palabra del Mesías en Galilea


4,14-6,11. La Palabra que el Ungido por el Espíritu de Dios comienza a predicar en Nazaret (4,14-30), en cumplimiento de lo anunciado por Isaías (citado en 4,18-19), tiene una positiva y extensiva resonancia, pero también conoce la hostilidad y el rechazo. En un primer momento (4,31-5,11), aparece la fuerza eficaz de la palabra predicada por el Mesías quien enseña con autoridad, lo que se manifiesta en la expulsión de demonios, sanación de enfermos y el llamamiento a seguirlo, dejándolo todo. La constante predicación por las sinagogas (4,44) y su enseñanza provocan una gran admiración (4,32.36; 5,26), haciendo que su fama crezca continuamente (4,37). En un segundo momento (5,12-6,11), Lucas muestra la oposición que encuentra la Palabra de Jesús, sobre todo por parte de los dirigentes de Israel. La predicación del Mesías en Nazaret y los dos momentos que siguen son programáticos, no sólo del ministerio de Jesús, sino también para el discipulado y misión de los suyos y de los evangelizadores de hoy.


1- El primer anuncio de Jesús de Nazaret


Me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres

Mt 4,12-17; 13,53-58; Mc 1,14-15; 6,1-6

 

14 Jesús volvió a Galilea llevado por la fuerza del Espíritu, y su fama se divulgó por toda esa región. 15 Enseñaba en las sinagogas de ellos y era elogiado por todos. 

16 Fue a Nazaret, donde se había criado, y, según su costumbre, entró un sábado en la sinagoga y se puso de pie para hacer la lectura. 17 Le entregaron el volumen de Isaías, el profeta, y –al desenrollarlo– encontró el texto donde estaba escrito: 

18 El Espíritu del Señor está sobre mí,

porque me ha ungido para anunciar la Buena Noticia a los pobres, 

me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos [Is 61,1-2] 

y la vista a los ciegos,

a dejar en libertad a los oprimidos [Is 58,6],

19 y a proclamar un año de gracia del Señor.

20 Cuando enrolló el volumen, lo entregó al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga lo miraban con atención. 21 Y comenzó a decirles: «Esta lectura que acaban de oír se ha cumplido hoy». 

22 Todos se mostraban de acuerdo con esto, y estaban asombrados por las palabras tan hermosas que él decía. Se preguntaban: «¿Acaso no es éste el hijo de José?». 23 Jesús les dijo: «Con seguridad ustedes me dirán este refrán: “¡Médico, cúrate a ti mismo!” Tienes que hacer aquí en tu propia tierra las mismas cosas que oímos que hiciste en Cafarnaún». 24 Y continuó: «Les aseguro que ningún profeta es aceptado en su propia tierra. 25 En tiempos de Elías había muchas viudas en Israel, cuando dejó de llover durante tres años y medio y todo el país sufrió hambre. 26 Pero el profeta Elías no fue enviado a ninguna de ellas, sino a una mujer viuda de Sarepta, en la región de Sidón. 27 Y en tiempos del profeta Eliseo había muchos leprosos en Israel, y ninguno de ellos fue purificado, sino Naamán, el sirio». 28 Cuando oyeron esto, todos los que estaban en la sinagoga se indignaron. 29 Levantándose, lo sacaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta la parte más alta de la montaña sobre la que estaba edificada su ciudad, con la intención de despeñarlo. 30 Pero Jesús, pasando en medio de ellos, se fue.


4,14-30: El Espíritu Santo conduce a Jesús para que proclame ante el pueblo cuál es la misión que Dios le ha encomendado. Ante todos los que están en la sinagoga de Nazaret, en medio de su gente, por tanto, Jesús explica que en él se cumple un pasaje de Isaías en el que se presenta al designado por Dios al que el Espíritu Santo lo unge para que cumpla la función de profeta (Is 42,1-4), llevando a los pobres la buena noticia de que Dios concede la liberación y el perdón a todos. Para presentar la misión de Jesús, Lucas omite de Isaías 61,1-2 (ver Lc 4,18-19) la parte que se refiere al «día de la venganza de nuestro Dios» (Is 61,2), porque el tiempo de Jesús es tiempo de misericordia, no de venganza. Además, a la cita de Isaías, Lucas añade dos promesas más: Dios dará la vista a los ciegos (42,7) y la libertad a los oprimidos (58,6). Isaías 42,7 (ver Lc 4,18) pertenece al primer poema del Siervo del Señor, descrito como «mi elegido» en quien Dios se complace, porque «he puesto en él mi espíritu» (Is 42,1). Esta profecía se cumple en Jesús, el Siervo fiel y obediente de Dios, que ha sido ungido con el Espíritu Santo en su bautismo y en quien Dios se complace. Jesús es también ungido como un rey, y su misión es anunciar y llevar a cabo el año de gracia, es decir, el año del jubileo en el que se perdonaban las deudas y se liberaba a los presos y esclavos (Lv 25,8-17). Con ejemplos de lo que hicieron Elías y Eliseo, los dos profetas más antiguos e importantes de Israel (Lc 4,25.27), Jesús revela que la salvación está destinada a todas las personas y no sólo a los israelitas. Estas palabras suscitan la indignación de los presentes que intentan matar a Jesús. Como sucedió con todos los profetas del pasado, Jesús no fue bien recibido en su tierra. Al redactar este relato, Lucas está pensando en acontecimientos de su propio tiempo (Hch 21,27-36). La respuesta de Jesús a su Padre invita a ser fieles y a realizar siempre la misión, aún en situaciones conflictivas y en entornos adversos. 


4,15-16: Jn 6,59 / 4,18: Is 58,6; Sof 2,3 / 4,20: Hch 6,15 / 4,21: Heb 3,7-4,13 / 4,22: Jn 6,42 / 4,24: Jn 4,44 / 4,25-26: 1 Re 17,1.8-16; Sant 5,17 / 4,27: 2 Re 5,1-14 / 4,29-30: Jn 8,59; Hch 7,57-58



2- El poder de la Palabra que sana y llama


4,31-5,11. La palabra pronunciada por el Mesías es eficaz porque, dotada de autoridad, siempre realiza lo que significa (nota a 4,14-6,11). Su palabra cura enfermos al derrotar los espíritu impuros que causan las enfermedades; su palabra produce una pesca increíble y, con autoridad incuestionable, convoca a sus primeros discípulos para hacerlos pescadores de hombres (5,10). La admiración de la gente no deja de crecer por lo que el buen nombre de Jesús en la región no deja de aumentar. Incluso los demonios reconocen que él es el enviado y «el Santo de Dios» (4,34). Esto significa que sus palabras y acciones descubren la vida nueva y la misericordia de su Padre y que, sanando los males corporales, manifiesta que Dios está entre los hombres para perdonar pecados y regalarnos la salvación. Jesús, pues, hace realidad la Buena Noticia de que Dios Padre cumple sus promesas de una vida mejor y nueva para quien cumpla su voluntad, la que se ofrece y expresa por la palabra y acciones de su Mesías. 


¡Da órdenes con autoridad y poder a los espíritus impuros!

Mc 1,21-28


31 Jesús se dirigió a Cafarnaún, ciudad de Galilea. Los sábados les enseñaba 32 y quedaban sorprendidos por su enseñanza, porque su palabra tenía autoridad. 

33 En la sinagoga había un hombre poseído por el espíritu de un demonio impuro y gritaba con fuerza: 34 «¡Eh! ¿Qué tienes que ver con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? ¡Yo sé quién eres! ¡Tú eres el Santo de Dios!». 35 Jesús le ordenó: «¡Cállate y deja a este hombre!». Entonces, en medio de todos, el demonio arrojó al hombre al suelo y salió de él sin hacerle ningún daño. 36 Todos quedaron muy atemorizados y se preguntaban unos a otros: «¿Qué palabra es ésta? ¡Da órdenes con autoridad y poder a los espíritus impuros, y éstos salen!». 37 La fama de Jesús se difundía por toda la región.


4,31-37: El anuncio de la liberación y el perdón para todos, hecho por Jesús en la sinagoga de Nazaret (nota a 4,14-30), no es una palabra vacía. Dos veces se dice en el texto que la palabra de Jesús está dotada de autoridad: porque enseña sin apoyarse en lo que dicen o dijeron otros maestros de la Ley (4,32), y porque se realiza lo que dice: da órdenes a los espíritus impuros y éstos de inmediato le obedecen (4,35-36). Los demonios reconocen que con la llegada de Jesús y mediante sus acciones y palabras, el Reino se ha hecho presente y el poder del mal está próximo a desaparecer. Pero no es conveniente que sean los demonios, reconocidos como mentirosos (Jn 8,44), los que proclamen quién es Jesús. El honor o la fama de Jesús como enviado de Dios no hace más que crecer: sus palabras y acciones ejercidas con una autoridad nunca vista antes, revelan su origen (Lc 4,34: es «el Santo de Dios») y su misión (4,35: liberar de demonios y del mal). 


4,32: Mt 7,28-29 / 4,34: Mt 2,23; 8,29 / 4,36: Jn 7,46 / 4,37: Hch 6,7


Mandó que la fiebre saliera

Mt 8,14-15; Mc 1,29-31

 

38 Jesús salió de la sinagoga y fue a la casa de Simón. La suegra de Simón estaba con mucha fiebre, y le rogaron por ella. 39 Él se inclinó sobre la enferma, mandó que la fiebre saliera y ésta desapareció. Ella se levantó de inmediato y se puso a servirles.


4,38-39: Nuevo ejemplo del poder de la palabra de Jesús (nota a 4,31-37): la fiebre, como si fuera una persona, obedece cuando Jesús le da una orden. La comunidad ruega por una mujer enferma, que está en peligro de muerte. Las enfermedades se atribuían a los pecados personales o familiares (Jn 9,2) y a la posesión de los espíritus impuros (Lc 4,41; 9,38-40). Para sanar a alguien, Jesús debe ejercer su autoridad para perdonar pecados y expulsar demonios. Apenas ordena a la fiebre que salga de la suegra de Simón, la enferma «se levantó de inmediato» (4,39), mismo verbo que se emplea para indicar la resurrección (24,7), y se puso a servir a los presentes (22,27). El milagro de la curación de la suegra de Pedro es una imagen de lo que sucede al ser humano tocado por la palabra y la acción de Jesús: se purifica la vida y se dispone para el servicio gratuito y generoso. La oración de intercesión de la comunidad tiene gran importancia, porque Dios la escucha (Sant 5,14-15).


4,38: Éx 20,5-6; Ez 18,2-20; Rom 5,12-21 / 4,39: Mt 9,18-26


Él los sanó imponiendo las manos

Mt 8,16-17; Mc 1,32-34


40 Después de ponerse el sol, todos los que tenían enfermos con diferentes males los llevaron a Jesús, y él los sanaba imponiendo las manos sobre cada uno de ellos. 41 De muchos salían demonios que gritaban y decían: «¡Tú eres el Hijo de Dios!». Pero Jesús los reprendía y no les permitía hablar, porque sabían que él era el Mesías.


4,40-41: Con la llegada del atardecer termina el descanso obligatorio del día sábado, y los que tienen enfermos en sus casas pueden trasladarlos para que Jesús los sane. La misericordia de Jesús se revela al sanar a todos mediante la imposición de las manos (que representa el poder personal) del Hijo de Dios y Mesías sobre cada uno de los enfermos. Se destaca nuevamente la autoridad de su palabra, mediante la cual sana a los enfermos y prohíbe hablar a los demonios (4,35.41).


4,41: Mc 5,7


Para eso he sido enviado

Mt 4,23-25; Mc 1,35-39


42 Cuando amaneció, Jesús salió y se fue a un lugar solitario. Pero la gente lo buscó y, cuando llegaron donde él estaba, trataban de retenerlo para que no se alejara de ellos. 43 Pero les dijo: «También debo anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios en las otras ciudades, porque para eso he sido enviado». 

44 Y predicaba en las sinagogas de Judea.


 4,42-44: El día de ministerio de Jesús en Cafarnaún concluye (4,31-43). Cuando Jesús quiere partir, los habitantes de Cafarnaún buscan que se quede con ellos. Pero Jesús ha sido enviado para anunciar la Buena Noticia en todas partes y, como Hijo y Mesías, debe obedecer la voluntad de su Padre, quien lo envió (4,43: «Debo anunciar…»). Por eso abandona Galilea, el norte del país, y se va a predicar en las sinagogas de Judea, al sur del país. Su ministerio en Cafarnaún y su disposición para la misión es una permanente invitación al cristiano a vivir el discipulado misionero con las motivaciones y el propósito de Jesús. 


4,42: Jn 4,40 / 4,43: Jn 4,34 / 4,44: Mt 9,35


Serás pescador de hombres

Mt 4,18-22; Mc 1,16-20; Jn 21,1-6

 

51 En una ocasión, Jesús estaba a orillas del lago de Genesaret y la gente se agolpaba en torno a él para escuchar la palabra de Dios. 2 Jesús vio dos barcas que estaban junto a la orilla. Los pescadores habían bajado y estaban lavando las redes. 3 Subió a una de ellas, que era la de Simón, le pidió que se apartara un poco de la orilla y, sentándose, enseñaba a la gente desde la barca. 

4 Cuando Jesús terminó de hablar, le ordenó a Simón: «Navega hacia el centro del lago, y tiren sus redes para pescar». 5 Simón le respondió: «¡Señor, no pudimos sacar nada a pesar de que nos cansamos trabajando toda la noche! Pero tiraré las redes confiando en tu palabra». 6 Así lo hicieron, y recogieron una cantidad tan grande de peces que sus redes comenzaban a romperse. 7 Entonces hicieron señas a sus compañeros que estaban en la otra barca para que fueran a ayudarles. Éstos fueron, y llenaron las dos barcas hasta el punto de que casi se hundían. 

8 Cuando Simón Pedro vio esto, se postró a los pies de Jesús y le dijo: «¡Aléjate de mí, Señor, porque soy un hombre pecador!». 9 En efecto, por la pesca tan grande que habían realizado, el temor se apoderó de Pedro y de todos los que estaban con él, 10 incluso de Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Pero Jesús le dijo a Simón: «¡No temas! A partir de ahora serás pescador de hombres». 11 Entonces ellos sacaron las barcas a la orilla, y dejándolo todo, lo siguieron.


5,1-11: Simón Pedro y sus compañeros, que eran pescadores con experiencia, no tuvieron éxito en su tarea. Pero al confiar en la palabra de Jesús y obedecerla, pudieron recoger gran cantidad de peces. Jesús comienza a formar el grupo de sus discípulos, y lo hace en el contexto de una pesca que alcanza un éxito inimaginable por la fuerza de su palabra. Esa misma palabra poderosa de Jesús convirtió a Simón Pedro en «pescador de hombres» (5,10). La respuesta de Simón Pedro y sus compañeros fue abandonar lo de antes y seguir de inmediato a Jesús, pero antes Pedro ha pasado por el reconocimiento de su condición de pecador y por el temor. Jesús, conociendo los límites de quien llama, lo invita a no temer y a participar de su misión. De este modo, al enseñar desde la barca de Pedro y al llamarlo, Jesús está anticipando la figura de Pedro como roca de la Iglesia.


5,1-3: Mt 13,1-2; Mc 3,9-10 / 5,6: Mt 8,3 / 5,8: Éx 30,20 / 5,11: Jn 21,15-17.19


3- El poder de la Palabra cuestionado


5,12-6,11. Para completar lo que viene narrando (nota a 4,31-5,11), Lucas muestra que la palabra de Jesús sana, purifica, hace posible la relación con Dios mediante el culto y genera comunidades inclusivas (5,12-26). Sin embargo, la palabra de Jesús contradice enseñanzas de fariseos y maestros de la Ley (5,27-6,11). Estas controversias, en las que Jesús marca la diferencia, manifiestan las diferencias entre los judíos que siguen a Moisés, y los discípulos de Jesús. Se tocan cuestiones centrales respecto a cómo llevar una vida en comunión con Dios: ¿por qué Jesús perdona pecados?; ¿por qué él y sus discípulos comen con pecadores?; ¿por qué sus discípulos no ayunan?; ¿por qué no observan el sábado? En el trasfondo de cada respuesta se juega la nueva imagen de Dios revelada por Jesús, imagen que maestros de la Ley y fariseos no aceptan. La relación con Dios ya no se basa en el cumplimiento de preceptos legales, sino en la capacidad de ser hijos en el Hijo amado de Dios. Esta relación tiene una manifestación substancial: la misericordia con el prójimo. La gente califica positivamente a Jesús en su enfrentamiento con los dirigentes de Israel por lo que brota la admiración por él y la glorificación a Dios por lo que escucha y ve.


¡Señor, si quieres puedes purificarme!

Mt 8,1-4; Mc 1,40-45

 

12 Una vez que Jesús estaba en una ciudad, un hombre cubierto de lepra lo vio, fue a postrarse con el rostro en tierra y le rogó: «¡Señor, si quieres puedes purificarme!». 13 Jesús extendió la mano, lo tocó y dijo: «Sí quiero: ¡queda purificado!». De inmediato la lepra desapareció. 14 Entonces Jesús le ordenó: «No digas nada a nadie. Pero debes ir a presentarte al sacerdote y llevar la ofrenda que ordenó Moisés por tu purificación, para que les conste que quedaste sano». 

15 La fama de Jesús se difundía cada vez más. Grandes multitudes venían para escucharlo y hacerse curar de sus enfermedades, 16 pero él se alejaba para orar en lugares solitarios.


5,12-16: En tiempos antiguos, los que padecían enfermedades de la piel eran llamados leprosos y considerados impuros. Debían permanecer apartados del culto y de la comunidad. El que los tocaba quedaba también impuro (Lv 13,45-46). El enfermo que se acerca a Jesús pide ser purificado (Lc 5,12) y, con ello, no sólo pide sanarse, sino sobre todo que se lo restablezca como miembro del pueblo santo de Dios para ofrecer oraciones y sacrificios en el Templo y para incorporarse a la comunidad ritualmente pura de Israel. Jesús lo toca, lo purifica o limpia y de inmediato la impureza desaparece. El encuentro y contacto con Jesús hace que los impuros comiencen a ser puros, puedan vivir en comunidad y participar del culto al Señor. Jesús es fuente de dignidad humana y de comunión con Dios y con su pueblo. 


5,12-13: Lv 5,3; 14,2-9 / 5,14: Lv 14,10-32 / 5,15-16: Mc 1,34-35


¿Quién puede perdonar los pecados?

Mt 9,1-8; Mc 2,1-12

 

17 Un día, mientras Jesús enseñaba, estaban allí sentados algunos fariseos y maestros de la Ley que habían venido de todas las poblaciones de Galilea, de Judea y de Jerusalén. La fuerza del Señor estaba en él para que pudiera curar. 18 Entonces, unas personas le trajeron en una camilla a un hombre paralítico y buscaban la manera de entrar para colocarlo delante de Jesús. 19 Pero como no pudieron por causa de la multitud, subieron a lo alto de la casa, y lo hicieron bajar en la camilla a través de las tejas, y lo colocaron en medio de la gente frente a Jesús. 20 Jesús, al ver la fe de ellos, le dijo al paralítico: «¡Hombre, tus pecados quedan perdonados!». 

21 Los maestros de la Ley y los fariseos comenzaron a pensar: «¿Qué clase de hombre es éste que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar los pecados? ¡Solamente Dios!». 22 Jesús, que conocía qué pensaban, les dijo: «¿Por qué piensan así? 23 ¿Qué es más fácil decir: “Tus pecados quedan perdonados”, o decir: “¡Levántate y camina!”? 24 Pero para que ustedes vean que el Hijo del hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados -Jesús le dijo al paralítico- a ti te ordeno: ¡Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa!». 25 Él se levantó de inmediato delante de todos, tomó la camilla en la que había estado acostado y se fue a su casa glorificando a Dios. 26 Todos quedaron asombrados y glorificaban a Dios, y llenos de temor decían: «¡Hoy hemos visto cosas maravillosas!».


5,17-26: Esta controversia tiene por tema central el perdón de los pecados (nota a 5,17-6,11). La controversia se suscita porque sólo Dios puede perdonar los pecados y, en cambio, Jesús se atribuye este poder divino y perdona los pecados del paralítico. El argumento de Jesús frente a la crítica de sus adversarios es que si el paralítico queda curado cuando él le ordene que camine, también quedarán perdonados los pecados cuando él se lo mande (5,23-25). Y así lo manda, porque ve la inmensa fe de los hombres que lo traían para que él lo sanara. Los discípulos son los encargados de anunciar este perdón a todo el mundo (Hch 2,38). Las palabras y la acción de Jesús destacan la importancia de la fe y la oración de la comunidad cuando pide el perdón para los pecadores. Esta tarea de intercesión pidiendo la misericordia de Dios para purificar al mundo del pecado y de la maldad es también parte del envío a anunciar que Jesús es el único y perfecto «mediador» entre Dios y los hombres (Heb 8,6; 9,15). 


5,17: Mt 15,1 / 5,20: Sant 5,15; Mc 16,18 / 5,21: Jn 11,47-48 / 5,24: Mt 8,20; Ap 1,13


¿Por qué se juntan a comer y beber con pecadores?

Mt 9,9-13; Mc 2,13-17

 

27 Después de esto, Jesús salió y vio a un cobrador de impuestos llamado Leví, sentado en su despacho, y le dijo: «¡Sígueme!». 28 Leví se levantó y, dejándolo todo, lo siguió. 

29 Leví le ofreció un gran banquete en su casa, y una numerosa multitud de cobradores de impuestos y de otros que los acompañaban estaban a la mesa con ellos. 30 Pero los fariseos y sus maestros de la Ley criticaban a los discípulos de Jesús y les preguntaban: «¿Por qué se juntan a comer y beber con los cobradores de impuestos y pecadores?». 31 Jesús les respondió: «Los que necesitan médico no son los sanos, sino los enfermos. 32 Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores para que hagan penitencia».


5,27-32: Dios en el Antiguo Testamento exige que Israel sea un pueblo santo (Lv 11,44). Muchos entendían que para ser santo había que despreciar a los pecadores y mantenerse alejado de ellos (Sal 139,21-22). Por esto, los judíos piadosos no comían en la misma mesa con pecadores, con cobradores de impuestos como Leví, ni con extranjeros, porque para los hombres y mujeres del siglo I, comer y beber con otras personas crea lazos de amistad y hasta de parentesco. Con hechos y palabras, Jesús muestra que su misión no es la de rechazar a los pecadores, sino la de llamarlos a la penitencia e introducirlos en su familia (Lc 15). En la Iglesia del tiempo apostólico, se presentó un grave problema cuando los primeros cristianos de origen judío debieron sentarse a la mesa para participar en la Eucaristía con discípulos de Jesús venidos del paganismo (Hch 11,1-3; Gál 2,12). Las sentencias de Jesús acerca de que su Padre lo envía a sanar a los enfermos y a llamar a los pecadores (Lc 5,31-32) es la misma respuesta que la comunidad se daba para vivir los dones del Señor en comunión y como fuente de comunión. Ésta tiene que ser también nuestra respuesta. 


5,27: Mc 2,14 / 5,30: Mt 3,7 / 5,31-32: Mt 5,43-48


Los discípulos de Juan ayunan…, tus discípulos comen y beben

Mt 9,14-17; Mc 2,18-22

 

33 Los fariseos y los maestros de la Ley le respondieron: «Los discípulos de Juan ayunan con frecuencia y hacen muchas oraciones. Lo mismo hacen los discípulos de los fariseos, en cambio, tus discípulos comen y beben». 34 Jesús les dijo: «¿Acaso ustedes pretenden que los amigos del novio ayunen mientras él está con ellos? 35 Llegará el día en que les quiten al novio. Ese día ayunarán». 

36 También les propuso esta parábola: «Nadie corta un pedazo de un vestido nuevo para remendar uno viejo. Si hace así, romperá el vestido nuevo, y el remiendo no quedará bien en el vestido viejo. 37 Y nadie echa vino nuevo en odres viejos. Si hace así, el vino nuevo reventará los odres viejos, el vino se derramará y los odres se echarán a perder. 38 ¡El vino nuevo se echa en odres nuevos! 39 Nadie que bebe vino viejo quiere después tomar vino nuevo, porque dice: “El vino viejo es mejor”».


5,33-39: El Antiguo Testamento establece un solo día de ayuno en el año (Lv 16,29; 23,26-32). Pero los judíos piadosos, por motivos personales o sociales, acostumbraban además observar otros días de ayuno (Lc 2,37; 18,12). Los discípulos de Juan Bautista y los fariseos se distinguían por sus rigurosos ayunos y sus largas oraciones, mientras que los discípulos de Jesús vivían en un clima festivo, propio de una fiesta de bodas. La pregunta, en el fondo, es por qué los cristianos no se adhieren a los ayunos de los judíos. El ayuno supone una situación de tristeza y humillación, la que no corresponde cuando se comienza a festejar la venida del Mesías, el «Novio» de Israel (5,34), acontecimiento que se asemeja a un banquete de bodas (Ap 19,9). La diferencia no es accidental, pues si la enseñanza de Jesús se entremezcla con tradiciones religiosas, afirmando que proceden de Dios, pero son más que disposiciones humanas (Mc 7,1-13), todo termina perdiéndose (Lc 5,36-38). 


5,33: Mt 6,16 / 5,35: Hch 2,23 / 5,36-37: 2 Cor 5,17 / 5,38-39: Eclo 31, 25-31; Jn 2,10


¿Por qué hacen lo que no está permitido en día sábado?

Mt 12,1-8; Mc 2,23-28


61 Un sábado Jesús atravesaba por unos sembrados. Sus discípulos arrancaban las espigas y, frotándolas entre las manos, se comían los granos. 2 Algunos fariseos les preguntaron: «¿Por qué hacen lo que no está permitido en día sábado?» 3 Jesús les respondió: «¿No han leído lo que hizo David cuando él y sus compañeros sintieron hambre, 4 cómo entró en el Santuario y, tomando los panes de la ofrenda, que sólo pueden comer los sacerdotes, comió él y dio de comer a sus compañeros?». 5 Y les dijo: «El Hijo del hombre es dueño también del sábado».


6,1-11: El Antiguo Testamento prohíbe trabajar en día sábado (Éx 20,8-10) e impone severas penas, incluso la muerte, para los que hacen alguna tarea prohibida en ese día (31,14-15). Los rabinos o maestros de la Ley enseñaban que en sábado se podía hacer solamente lo que fuera necesario para salvar a una persona que estuviera en peligro de muerte. El hambre de los discípulos (Lc 6,1-5) o la parálisis de un brazo (6,6-11) no implicaban un peligro de esta clase (13,14). Jesús enseña que en sábado se puede hacer todo lo que redunda en bien de los seres humanos y pone como ejemplo a David que hizo algo prohibido por la Ley cuando él y sus compañeros tuvieron hambre (6,3-4). Dejar de hacer el bien, aunque sea por respetar el sábado, es lo mismo que hacer el mal (13,10-17; 14,1-6). Pero lo que acaba de hacer Jesús es para los maestros de la Ley una violación de lo mandado en el Antiguo Testamento, y esa falta merece la muerte (6,11). En cambio, el Dios de Jesucristo es Dios de vida (20,38), que garantiza con su voluntad la vida y dignidad del ser humano, no su destrucción. 


6,1: Dt 23,25 / 6,3-4: Éx 25,23; Lv 24,9; 1 Sm 21,1-6


¿Está permitido en sábado hacer el bien o el mal?

Mt 12,9-14; Mc 3,1-6


6 Otro sábado Jesús entró en la sinagoga y enseñaba. Había allí un hombre que tenía la mano derecha paralizada. 7 Los maestros de la Ley y los fariseos lo observaban con atención para ver si sanaba en día sábado y tener algo de qué acusarlo. 8 Como Jesús sabía qué pensaban, le dijo al hombre de la mano paralizada: «Levántate y colócate en medio de todos». Él se levantó y se puso en medio de todos. 9 Después Jesús les dijo: «Yo les pregunto: ¿Está permitido en sábado hacer el bien o el mal, salvar una vida o perderla?». 10 Y mirando a todos los que le rodeaban, le ordenó al hombre: «¡Extiende tu mano!». Él lo hizo, y su mano quedó sana. 11 Ellos, por su parte, se pusieron furiosos y discutían qué le harían a Jesús.


6,6-11: Ver comentario a 6,1-11.


6,6: Mc 3,1-6 / 6,7: Jn 5,9-10 / 6,9: Jn 7,21-24 / 6,11: Jn 5,18


III

Enseñanzas, milagros y revelación del Mesías


6,12-9,50. Lucas, en lo que sigue, reunió material literario y teológico de distinto tipo, ya sea sobre los Doce, su constitución y envío (6,12-16; 9,1-6), ya sobre enseñanzas de Jesús como el Sermón de la llanura (6,20-49); recogió también el pasaje de la pecadora (7,36-50), de la genuina familia de Jesús (8,19-21), dos anuncios de pasión (9,22.44-45) y dos sumarios (6,17-19; 8,1-3) y otros varios relatos de milagros y parábolas. Debido a lo diverso del material, no resulta fácil definir con exactitud su secuencia lógica. Con todo, se pueden distinguir dos grandes conjuntos: el primero centrado en la enseñanza de Jesús y en sus milagros (6,12-8,56), y el segundo, en la revelación a los discípulos (9,1-50). El contenido de ambos es similar: la manifestación de algunas notas distintivas del Reino de Dios en íntima relación con la identidad de Jesús y con el tipo de mesianismo que la voluntad del Padre le pide vivir. De lo que Jesús es y quiere depende la identidad y misión de sus discípulos. El discípulo, pues, necesita convertirse a la identidad y mesianismo de Jesús que revela el Reino, y convertirse significa renunciar a sí mismo y cargar su cruz cada día (9,23).


1- Enseñanzas y milagros de Jesús, el Mesías


6,12-8,56. Lucas ofrece diversas enseñanzas de Jesús y varios milagros, materiales disímiles no fácil de organizar (nota a 6,12-9,50). Jesús elige a sus doce apóstoles después de orar, como es frecuente en este evangelio. Siguen las bienaventuranzas enseñadas por Jesús en una llanura (6,17a), mientras que según Mateo, en la montaña (Mt 5-7). Es numerosa la gente que se acerca para escucharlo y tocarlo, pues de él sale «una fuerza» que otorga vida y perdona pecados (Lc 6,17b-19). Las bienaventuranzas, a diferencia de Mateo, incluyen lamentos sobre los ricos, quienes poseídos por sus bienes materiales sin incapaces de compartir (6,24-26). El principio que Jesús inculca es hacer el bien a todos, incluso a los enemigos (6,27-30), imitando la misericordia de Dios (6,36). Mediante parábolas, enseña que nadie debe constituirse en juez de los demás, porque sólo Dios lo es; hipócrita es quien critica a los hermanos por las mismas faltas que él carga (6,37-42). Para ser discípulo no hay que ser judío (7,1-10) o estar sin pecado (7,36-50), sino creer en Cristo (8,22-25), producir buenas obras o dar frutos (6,43-49; 8,4-15) y testimoniarlo (8,16-18), convencidos de que su amor libera y sana (8,26-56). En tres pasajes se compara el ministerio de Jesús con el de Juan Bautista, para mostrar que Juan no es el Mesías y que su función es prepararle el camino al Señor (7,18-23; 7,24-30; 7,31-35). 


Eligió a Doce de ellos

Mt 10,1-4; Mc 3,13-19


12 Por aquellos días, Jesús fue al monte a orar, y pasó toda la noche en oración con Dios. 13 Cuando amaneció, reunió a sus discípulos y eligió a Doce de ellos, a los que llamó “apóstoles”: 14 Simón, al que puso el nombre de “Pedro”, y su hermano Andrés; Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, 15 Mateo, Tomás, Santiago, hijo de Alfeo, Simón, llamado el Zelota, 16 Judas, hijo de Santiago, y Judas Iscariote, que fue el traidor.


6,12-16: Jesús comienza a formar el nuevo pueblo de Dios, integrado por personas que vienen del pueblo judío, pero también de otros pueblos. Así como el pueblo de Dios se formó a partir de los doce patriarcas, que eran los doce hijos de Jacob (Gn 35,23-26), a quien Dios le pone por nombre Israel (32,29), Jesús elige a doce hombres para que sean los patriarcas del nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, y -como Dios a Jacob- a uno de ellos le cambia el nombre para significar su nueva misión de cara al nuevo pueblo (Lc 6,14). Antes de elegirlos, Jesús se prepara con una noche dedicada enteramente a la oración. Las acciones determinantes de Jesús están precedidas por tiempos intensos de oración (9,28-29). Como él lo hace, les enseña a sus discípulos a orar (11,1-4; 18,1), y les transmite su experiencia respecto a lo que consigue una oración sincera dirigida a Dios (18,9-14).


6,12: Mt 12,23 / 6,14: Mt 16,18 / 6,16: Hch 1,16


De él salía una fuerza que los sanaba a todos

Mt 4,24-25; Mc 3,7-12


17 Cuando Jesús descendió de la montaña junto con ellos, se detuvo en un lugar llano. Allí había un gran número de discípulos, y una inmensa multitud de gente proveniente de toda Judea, de Jerusalén y de la zona costera de Tiro y Sidón, 18 que habían venido a escucharlo y a que los sanara de todas sus enfermedades. Los que estaban atormentados por espíritus impuros también quedaban sanos. 19 Y toda la gente quería tocarlo, porque de él salía una fuerza que los sanaba a todos.


6,17-19: Lucas coloca en un lugar llano el discurso que en el Evangelio según Mateo es en una montaña (Mt 5,1). Antes de comenzar a exponer la enseñanza de Jesús, Lucas presenta un inmenso auditorio compuesto por personas que vienen de todas partes y algunos desde muy lejos. Todos están ansiosos por escuchar a Jesús y ser curados de sus males. Los que hoy leemos el evangelio, debemos sentirnos parte de esa muchedumbre. Necesitamos que el Señor nos alimente con su palabra y cure todos los males que afectan a nuestra sociedad y a nosotros mismos. La palabra de Jesús tiene poder para sanarnos, pero sólo quedarán sanados aquellos que lleguen a tocar al Señor gracias al encuentro personal con él (6,19).


6,17: Mt 11,21 / 6,18: Mc 9,25-26 / 6,19: Mc 5,28-30


¡Dichosos los pobres!

Mt 5,3-12


20 Jesús, fijándose en sus discípulos, dijo:

«¡Dichosos los pobres, porque a ustedes les pertenece el Reino de Dios! 

21 ¡Dichosos ustedes, los que ahora tienen hambre, porque Dios los saciará!

¡Dichosos ustedes, los que ahora están llorando, porque reirán!

22 ¡Dichosos ustedes cuando la gente los odie, los expulse, los insulte y cuando desprecie su nombre como malo por causa del Hijo del hombre!

23 Alégrense y salten de gozo cuando llegue ese día. Sepan que la recompensa de ustedes será grande en el cielo, porque los antepasados de esa gente trataban de la misma forma a los profetas.

24 ¡Pero ay de ustedes, los ricos, porque ya están recibiendo su consuelo!

25 ¡Ay de ustedes, los que ahora están satisfechos, porque pasarán hambre!

¡Ay de ustedes, los que ahora se ríen, porque estarán de duelo y llorarán!

26 ¡Ay de ustedes cuando toda la gente los alabe, porque los antepasados de esa gente trataban de la misma forma a los falsos profetas!».


6,20-26: A partir de 6,20 y hasta 7,50, Lucas deja de seguir el relato de Marcos, que le sirve de fuente, y abre un paréntesis para introducir el material que recoge de otras fuentes, una de ellas conocida también por Mateo. Las llamadas bienaventuranzas son semejantes a las de Mateo 5,3-12. Pero mientras Mateo les da un enfoque más espiritual, Lucas encara los problemas sociales de su época, mencionando a pobres y ricos, hambrientos y opulentos, los que se divierten y los que sufren…, situaciones que caracterizaban su tiempo. Los que padecen estos males sociales son felicitados porque su situación va a cambiar y no porque están sufriendo. En la comunidad cristiana de los primeros tiempos todos deben compartir sus bienes con generosidad y alegría, de modo que no haya más pobres (Hch 2,44-45; 4,34-35). La última bienaventuranza se refiere a los cristianos perseguidos (Lc 6,22-23) y quizás tenga en cuenta el decreto del Emperador romano según el cual no se tenía por lícito ser cristiano; en ese caso no se promete un cambio de situación en este mundo, sino un premio en el cielo. A las bienaventuranzas siguen tres lamentos sobre los ricos (6,24-25), que en la obra de Lucas (Evangelio y Hechos de los Apóstoles) son aquellos que se preocupan por acumular bienes, pero no los comparten, pues sólo buscan asegurar su propia vida (16,19); los ricos reciben ese consuelo (tener bienes, vivir satisfechos, reír) en esta tierra (6,24), pero por obrar como lo hacen, quedarán privados de los bienes del Reino que instaura Jesús (18,24-25). 


6,20-26: Is 65,13-14 / 6,21: Sal 126,5-6; Ap 7,16-17 / 6,22: 1 Pe 4,14 / 6,23: 2 Cr 36,16; Hch 7,52 / 6,24: Sant 5,1-5 / 6,26: Sant 4,4


Amen a sus enemigos

Mt 5,39-42.44-48

 

27 «Pero yo les digo a los que me están escuchando: Amen a sus enemigos, hagan el bien a aquellos que los odian, 28 bendigan a los que los maldicen, oren por los que los maltratan. 29 Al que te pegue en una mejilla, preséntale también la otra, y no le niegues la túnica al que te quitó el manto. 30 Da siempre a todo el que te pida, y al que te quite lo tuyo, no se lo reclames. 31 Traten a los demás como ustedes quieren que ellos los traten. 32 Si aman a quienes los aman, ¿qué mérito tienen? Porque también los pecadores aman a quienes los aman. 33 Si hacen el bien a quienes les hacen bien, ¿qué mérito tienen? Porque también los pecadores hacen lo mismo. 34 Si prestan a aquellos de los que esperan recibir algo, ¿qué mérito tienen? Porque también los pecadores prestan a los pecadores para que después les devuelvan lo suyo. 35 Pero ustedes amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar que les devuelvan. Entonces tendrán una gran recompensa y serán hijos del Altísimo, porque él es bondadoso con los ingratos y con los malos. 36 Sean misericordiosos así como el Padre de ustedes es misericordioso».


6,27-36: En la Sagrada Escritura, amar significa hacer el bien. En el Antiguo Testamento se mandaba hacer el bien sólo a los buenos (Eclo 12,1-7), y se pedían castigos sobre los enemigos y los que obraban el mal (Jr 18,21-23; Sal 69,23-29). Sin embargo, Jesús enseña que sus discípulos deben hacer el bien a todos, incluso a los enemigos y a los que les agreden y persiguen, imitando a Dios «que es bondadoso con los ingratos y con los malos» (Lc 6,35). El discípulo está llamado a ejercer una generosidad sin límites, imitando la misericordia del Padre celestial. Pero este es un modelo que queda siempre demasiado lejos y ante él, todos seguimos siendo discípulos, es decir, siempre tenemos mucho que aprender en el camino del amor cristiano. 


6,27-30: Rom 13,8-10 / 6,31: Tob 4,15 / 6,35: Eclo 4,10 / 6,36: Éx 34,6-7


Perdonen y Dios los perdonará

Mt 7,1-5

 

37 «No juzguen y Dios no los juzgará. No condenen y Dios no los condenará. Perdonen y Dios los perdonará. 38 Den y Dios les dará. Él les dará una bolsa con provisiones generosa, apretada, sacudida y repleta, porque la misma medida que usen para los demás, Dios la usará con ustedes».


 6,37-38: Jesús emplea cuatro verbos en imperativo: «No juzguen…, no condenen…, perdonen…, den» (6,37-38), para enseñar la conducta que caracteriza a su discípulo, conducta que Dios devolverá multiplicada (6,38). Al discípulo de Jesús no le corresponde erigirse como juez de los otros, sino ofrecer el perdón con generosidad. Su modelo es Jesús que no vino a condenar, sino a salvar (Jn 3,17), y que pide perdonar de corazón para poder ser perdonados (Mt 6,12-15; 18,21-35; ver Eclo 27,30-28,7).


6,38: Mc 4,24


¿Por qué miras la astilla en el ojo del hermano?

Mt 15,14; 10,24-25

 

39 También les dijo esta parábola: «¿Puede un ciego ser guía de otro ciego? ¿No caerán los dos en un hoyo? 40 Ningún discípulo es mayor que su maestro. Cuando haya aprendido todo, será como su maestro». 

41 «¿Por qué miras la astilla en el ojo de tu hermano y no adviertes el tronco que tienes en el tuyo? 42 ¿Cómo puedes decirle: “¡Hermano, deja que saque la astilla que tienes en tu ojo!”, si no ves el tronco que tienes en el tuyo? ¡Hipócrita! ¡Saca primero el tronco de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la astilla del ojo de tu hermano!».


 6,39-42: Por medio de las parábolas acerca de un ciego que guía a otro (6,39-40) y de la astilla en el ojo del hermano (6,41-42), Jesús enseña a sus discípulos que nadie debe adoptar la función de juez ante el que peca o se equivoca, pues todos somos pecadores y necesitados del perdón de Dios y de los hermanos. Antes de corregir a los demás, cada uno debe examinarse a sí mismo. Entonces, la corrección fraterna brota de aquel que discierne su conducta y sus motivaciones, porque vive preocupado por parecerse cada vez más a su Señor; lo contrario puede ser hipocresía. Cuando algunos asumen la función de jueces rigurosos, criticando y condenando a los que no obran bien, traen al interior de la comunidad muchos y graves conflictos. Por coherencia cristiana, la corrección fraterna requiere, sobre todo en estos casos, mostrar con las propias obras que uno no tiene los defectos que critica. 


6,40: Jn 13,16; 15,20 / 6,41-42: Mt 7,3-5


Cada árbol se conoce por sus frutos

Mt 7,16-20; 12,33-35 


43 «Ningún árbol bueno da frutos malos, y ningún árbol malo da frutos buenos. 44 Cada árbol se conoce por su fruto, porque de los espinos no se recogen higos ni se cosechan uvas de la zarza. 45 La persona buena saca el bien del buen tesoro de su corazón, y la persona mala, saca la maldad de su mal corazón, porque la boca habla de lo que abunda en el corazón».


6,43-45: Las personas no son buenas o malas por la fama de la que se rodean ni por lo que cada uno puede decir de sí mismo. La bondad o la maldad se manifiesta en las obras que cada uno realiza, y éstas serán buenas si proceden de un corazón puro que busca amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo (10,25-28). Entonces, el cuerpo entero del discípulo estará iluminado (11,34-36) por lo que podrá iluminar a otros con la enseñanza de Jesús (8,16); de otro modo es imposible, pues no se recogen higos de los espinos ni uvas de las zarzas.


6,43-45: Mt 12,33-34; Sant 3,11-12


El que escucha mis palabras y las pone en práctica…

Mt 7,21.24-27


46 «¿Por qué me dicen: “¡Sí, Señor!”, pero no hacen lo que digo?».

47 «Les voy a decir a quién se parece aquel que viene a mí, escucha mis palabras y las pone en práctica: 48 se parece a un hombre que para construir una casa cavó profundamente y puso el cimiento sobre la roca. Cuando creció el río, el agua golpeó con fuerza contra la casa, pero no pudo sacudirla porque estaba bien cimentada. 49 Al contrario, el que escucha mis palabras, pero después no las pone en práctica se parece a un hombre que construyó su casa sobre la tierra, pero no cavó para poner los cimientos. El río golpeó con fuerza contra la casa, ésta se derrumbó enseguida, y el desastre fue muy grande».


6,46-49: Jesús finaliza su enseñanza (nota a 6,12-49), afirmando que no basta con conocerlas y decirle: «¡Sí, Señor!» (6,46; 11,27-28; Mt 7,21-23), cuando no existe la intención de hacer lo que él pide. Confesar que Jesús es el Señor es comprometerse a obedecerlo, es decir, a poner en práctica sus enseñanzas. El que se contenta con escuchar y no pone en práctica lo que Jesús pide a sus discípulos, arruina su vida y se expone al desastre final, como le ocurrió a aquel que construyó su casa sobre la tierra sin cimiento alguno (Lc 6,49). En la vida cristiana no basta el orden de las intenciones y sentimientos: éstos tienen que reflejarse en las acciones concretas de la vida cotidiana, pues sólo así se cumple la voluntad del Padre (Mt 21,28-32).


6,47: Jn 6,35 / 6,48-49: 1 Cor 10,31-11,1


Yo no merezco que entres a mi casa

Mt 8,5-10.13; Jn 4,46-53


71 Cuando Jesús terminó de decir todo esto en presencia del pueblo, entró en Cafarnaún. 2 El sirviente de un oficial romano estaba muy enfermo, a punto de morir. El oficial apreciaba mucho a este servidor 3 y, cuando oyó hablar de Jesús, mandó a unos ancianos de los judíos para que fueran a rogarle que curara a su sirviente. 4 Éstos se presentaron ante Jesús y le pedían insistentemente, diciéndole: «Merece que se lo concedas, 5 porque ama a nuestro pueblo y nos ha construido la sinagoga». 6 Jesús se fue con ellos y cuando ya estaba cerca de la casa, el oficial romano envió a unos amigos para que le dijeran: «¡Señor, no te molestes! Yo no merezco que entres a mi casa 7 y, por eso, no me consideré digno de ir a verte. Pero con una palabra que digas, mi sirviente sanará. 8 Porque yo, que tengo que obedecer, también tengo soldados a mis órdenes. Y cuando le digo a uno que vaya, él va, y si le digo a otro que venga, él viene. Y si le digo a mi servidor que haga algo, él lo hace». 9 Cuando Jesús oyó esto se admiró y, dirigiéndose a toda la gente que lo seguía, les dijo: «Yo les aseguro que ni siquiera en Israel he encontrado una fe tan grande». 10 Cuando los enviados volvieron a la casa, encontraron al sirviente ya sano.


7,1-10: Los paganos eran considerados impuros y, por tanto, no se debía tener trato con ellos. Jesús no duda en ir a la casa de un oficial pagano o centurión romano, para curar a uno de sus servidores que está moribundo, dando así ejemplo de lo que ha proclamado en la predicación precedente: se debe hacer el bien a todos, sin ninguna distinción, siguiendo el modelo del Padre celestial que es misericordioso con todos (6,36). El oficial pagano, por su parte, es elogiado por su generosidad y por su fe. Él, que cree en el poder de Jesús para curar a su sirviente, considera excesivo que Jesús vaya a su casa. Si él, que es un simple mortal, consigue que sus subordinados le obedezcan con sólo dar una orden, Jesús también puede curar una enfermedad con sólo decir una palabra. Y efectivamente así ocurre. El poder de la palabra del Señor y la fe generosa del pagano hacen posible la vida que procede de Dios, comunicando su salvación no sólo para uno mismo, sino también para los demás. 


7,2: Mc 15,39 / 7,4: Mt 21,23 / 7,5: Hch 10,1-2


¡Joven, a ti te digo, levántate!


11 Después de esto, Jesús fue a una ciudad llamada Naín. Junto con él, iban sus discípulos y una gran cantidad de gente. 12 Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, sacaban a enterrar al hijo único de una mujer viuda, a la que acompañaban muchas personas del pueblo. 13 Al verla, el Señor se conmovió por ella y le dijo: «¡No llores!». 14 Y acercándose, tocó el féretro y los que lo llevaban se detuvieron. Después dijo: «¡Joven, a ti te digo, levántate!». 15 El muerto se sentó y comenzó a hablar. Entonces Jesús se lo entregó a su madre. 16 Todos quedaron llenos de temor y glorificaban a Dios, diciendo: «¡Un gran profeta ha aparecido entre nosotros! ¡Dios ha visitado a su pueblo!». 17 La noticia de lo que había hecho Jesús se difundió por toda Judea y por toda la región vecina.


7,11-17: Jesús, que con una sola palabra pudo curar a un moribundo, sirviente de un oficial romano (7,1-10), ahora da una orden y devuelve la vida a un muerto. La gente, testigo del milagro, afirma que Jesús es «un gran profeta» (7,16), confundiéndolo con Elías (9,8.19), que también había resucitado al hijo de una viuda (1 Re 17,17-24). Ante su hijo único ahora muerto, la viuda de Naín llora, pero Jesús, conmovido por ella a causa de su dolor y su situación de absoluto abandono, le pide que deje de llorar (Lc 7,13). En una bienaventuranza, Jesús había prometido que los que ahora lloran, reirán (6,21). El llanto siempre acompaña al pecado (7,38; 22,61-62) y a la muerte (8,52). Pero como los pecados son perdonados y la muerte es vencida por Jesús, este llanto pertenece a la antigua situación, por lo que no tiene lugar y hay que dejar de llorar (8,52; 23,28). Con la venida de Jesucristo comienza una nueva época, caracterizada por la alegría y la esperanza. El Espíritu Santo que otorgará Jesús es fuente de alegría para la comunidad cristiana (Hch 13,52; Rom 14,17). 


7,11: Jn 7,22 / 7,13-14: Hch 9,39-40 / 7,16: Mt 16,14


¿Eres tú el que debe venir o tenemos que esperar a otro?

Mt 11,2-6

 

18 Los discípulos de Juan le informaron de todo esto. Entonces, Juan llamó a dos de ellos 19 y los envió para que fueran a preguntarle al Señor: «¿Eres tú el que debe venir o tenemos que esperar a otro?». 20 Cuando estos hombres se presentaron ante Jesús, le dijeron: «Juan Bautista nos mandó a preguntarte si eres tú el que debe venir o tenemos que esperar a otro». 21 En ese momento Jesús sanó a muchos de sus enfermedades, de sus dolencias y de los malos espíritus, y le dio la vista a muchos ciegos. 22 Entonces, le respondió a los enviados de Juan: «Vayan y díganle a Juan lo que han visto y oído: los ciegos ven, los paralíticos caminan, los leprosos son purificados, los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres reciben la Buena Noticia 23 y dichoso el que no encuentra en mí un motivo para perder la fe».


7,18-23: Se suceden tres pasajes referidos a Juan Bautista (nota a 7,1-8,3). Este primer pasaje corrige la opinión de la gente que confunde a Jesús con el gran profeta Elías. Incluso el mismo Juan Bautista manda a preguntar si Jesús es el profeta Elías, aquel «que debe venir» antes de la llegada del Mesías (7,19; Mt 17,10-11). Jesús responde mostrando las acciones salvadoras que él realiza y que son los prodigios que Dios efectuará en el tiempo final, según lo había anunciado por el profeta Isaías: los ciegos ven, los sordos oyen, los paralíticos caminan (Is 35,5-6), los muertos resucitan (26,19), y se anuncia la buena noticia a los pobres (61,1). Jesús ya se había presentado como el ungido por el Espíritu Santo para llevar a cabo esos actos de salvación (Lc 4,18-19), para recibir en su mesa a los pecadores y otorgarles el perdón. Juan Bautista había esperado que Jesús los castigara (3,9.17) y los fariseos se habían escandalizado, porque Jesús los recibía y comía con ellos (5,30; 15,1-2). Pero, a diferencia de Juan y los fariseos, Jesús proclama dichosos a todos aquellos que lo aceptan como salvador y no lo rechazan, porque han creído en él y han renunciado a las creencias que Juan y los fariseos tienen acerca de cómo hay que proceder con los pecadores. 


7,19: Jn 4,25-26 / 7,22: Is 29,18-19; 42,7 / 7,23: Jr 15,10


No hay nadie más grande que Juan

Mt 11,7-11


24 Cuando los enviados de Juan se fueron, Jesús comenzó a hablar a la gente acerca de Juan. Les decía: «¿Qué salieron a ver en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? 25 Entonces, ¿qué salieron a mirar? ¿Un hombre vestido con lujo? Los que se visten lujosamente y viven rodeados de opulencia están en los palacios de los reyes. 26 Entonces, ¿qué salieron a ver? ¿A un profeta? ¡Sí! Y les aseguro que a uno más grande que un profeta. 27 Él es aquél de quien dice la Escritura:

¡Miren! Yo envío a mi mensajero delante de ti.

Él te preparará el camino» [Mal 3,1; Ex 23,20]

28 «Les aseguro que entre todos los hombres no hay nadie más grande que Juan, pero el más pequeño en el Reino de Dios es más grande que él». 

29 «Toda la gente que escuchó a Juan, incluso los cobradores de impuestos, le dieron la razón a Dios, y se hicieron bautizar por él. 30 Pero los fariseos y los maestros de la Ley despreciaron lo que Dios había establecido a favor de ellos y no quisieron que Juan los bautizara».


7,24-30: El segundo texto referido a Juan Bautista (nota a 7,1-8,3) es un elogio del precursor del Mesías por parte del mismo Jesús. Juan es inferior a Jesús e incluso inferior a los discípulos de Jesús, porque más grande que Juan será el más pequeño de los discípulos que participen del Reino que trae el Mesías. Sin embargo, el Bautista no debe ser menospreciado, porque él es el más grande de los profetas (7,26), el que viene con la misión de preparar el camino al Señor. Dios habló por medio de Juan, y hasta los pecadores lo reconocieron y se hicieron bautizar por él. En cambio, los fariseos y los maestros de la Ley, al rechazar el bautismo de Juan, quedaron privados de la salvación que Dios, por su Mesías, les estaba ofreciendo (7,30). Dios lleva adelante su plan salvador privilegiando lo humilde y sencillo por sobre lo grande y esplendoroso. 


7,25: Mt 3,4 / 7,27: Éx 23,20 / 7,28: Jn 1,6 / 7,29-30: Mt 21,31-32


¿A qué se parece la gente de esta época?

Mt 11,16-19


31 «¿Con qué compararé a la gente de esta época? ¿A qué se parece? 32 Se parecen a unos niños que están sentados en la plaza y se gritan unos a otros aquello que dice: “Hemos tocado la flauta para que ustedes bailaran, y no han bailado. Hemos entonado cantos fúnebres para que ustedes lloraran, y no han llorado”, 33 porque vino Juan Bautista, que no come pan ni bebe vino, y ustedes dicen: “¡Está loco!”. 34 Vino el Hijo del hombre que sí come y bebe y dicen: “¡Es un comilón y un borracho, amigo de cobradores de impuestos y pecadores!”. 35 Pero los que se dejan instruir por la sabiduría, le dan la razón a la sabiduría de Dios».


7,31-35: El tercer pasaje bíblico relativo a Juan Bautista (nota a 7,1-8,3) nos muestra la reacción de la gente ante su predicación. Los contemporáneos de Juan lo rechazaron porque les pareció demasiado severo con los pecadores y demasiado austero en sus costumbres, pero también rechazan a Jesús porque, a diferencia de Juan, recibe a los pecadores y no practica el ayuno (5,29-32). Esta forma de proceder se asemeja a los caprichos de los niños. Es probable que las peticiones de los niños, citadas por Jesús (7,32), pertenezcan a algunos juegos y cantos infantiles que hoy nos resultan desconocidos. Pero el sentido es fácil de captar: cuando unos niños quieren jugar a determinada clase de juegos, otros no les hacen caso y quieren otra cosa. Así sucede con la «gente de esta época» (7,31), con la del tiempo de Jesús y con la gente de nuestro tiempo: corremos el peligro de afirmar nuestros propios proyectos y deseos por sobre el plan salvador de Dios revelado en Jesús…, y nunca nada nos parece bien. 


7,32: Job 30,31 / 7,34: Jn 6,35-36 / 7,35: Prov 8,22


Tus pecados han sido perdonados


36 Un fariseo invitó a Jesús a comer. Él entró en la casa y se sentó. 37 Una mujer pecadora, que vivía en la ciudad y que supo que Jesús estaba en la casa del fariseo, tomó un frasco de alabastro lleno de perfume 38 y, colocándose detrás, a los pies del Señor, se puso a llorar y a lavarle los pies con sus lágrimas, a secárselos con sus cabellos, a besarlos y ungirlos con perfume. 39 El fariseo que lo había invitado vio todo esto y se decía en su interior: «Si este hombre fuera un profeta, sabría quién es la que lo está tocando y qué clase de mujer es: ¡una pecadora!». 

40 Jesús tomó la palabra y le dijo: «Simón, tengo que decirte algo». Él le respondió: «Sí, Maestro, dímelo». 41 Entonces Jesús le dijo: «Dos hombres le debían dinero a una misma persona. Uno le debía quinientos denarios y el otro, solamente cincuenta. 42 Como no podían pagarle, les perdonó la deuda a los dos. ¿Cuál de ellos lo amará más?». 43 Simón le respondió: «Supongo que será aquél a quien le perdonó más». Y Jesús le dijo: «Has respondido correctamente». 44 E indicando a la mujer, Jesús le dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me ofreciste agua para lavar mis pies; ella, en cambio, lavó mis pies con sus lágrimas y los secó con sus cabellos. 45 Tú no me besaste, pero ella no ha dejado de besar mis pies desde el momento en que entré. 46 Tú no derramaste perfume sobre mi cabeza; ella, en cambio, ha perfumado mis pies. 47 Por eso te aseguro que ella ha mostrado mucho amor, porque sus muchos pecados han sido perdonados. Al que se le perdona poco, poco amor demuestra». 48 Después le dijo a la mujer: «Tus pecados ya han sido perdonados». 

49 Los que estaban sentados a la mesa comenzaron a preguntarse: «¿Quién es éste que hasta perdona pecados?». 50 Pero Jesús dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado. Puedes ir en paz».


7,36-50: Lucas concluye la exposición sobre el ministerio de Jesús que había comenzado en 7,1 (nota a 7,1-8,3), colocando este relato sobre el perdón otorgado a una mujer pecadora. Mientras el nombre del fariseo es Simón, no se da el nombre de la mujer, a quien no se la debe confundir con María Magdalena, de la que no se dice que fue pecadora. El encuentro con Jesús le otorga a la mujer el perdón de sus pecados y ella demuestra su gratitud extremando las expresiones de afecto hacia Jesús. Sin embargo, Dios no espera los gestos de amor de los pecadores, sino que se adelanta y ofrece su perdón (Rom 5,8). El pecador perdonado debe responder con amor a la bondad de Dios. La parábola narrada por Jesús (Lc 7,41-42) y las palabras finales (7,47) dejan entrever que la mujer recibió el perdón en otro momento, antes de entrar a la casa del fariseo. Por esto, aunque varios traduzcan: “Se le perdona mucho…, porque ha demostrado mucho amor”, esta traducción no se aviene con el contexto. El amor gratuito de Dios que nos amó primero y nos entregó a su Hijo para salvación de todos es la fuente del arrepentimiento y del perdón de los pecados. Dios no nos perdona porque primero lo amamos. ¡Nos perdona porque él nos amó primero! (1 Jn 4,19).


7,36-50: Mt 26,6-13; Jn 12,1-8 / 7,37: Mt 9,10 / 7,44-46: Gn 18,4; Sal 23,5 / 7,48-49: Mc 2,5-6


Jesús recorría todas las ciudades


81 Después de esto, Jesús recorría todas las ciudades y pueblos predicando y anunciando el Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce 2 y algunas mujeres que habían sido sanadas de malos espíritus y enfermedades; éstas eran María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; 3 Juana, la mujer de Cusa, el administrador de Herodes; Susana y otras muchas que lo ayudaban con sus bienes.


8,1-3: En una mirada de conjunto, Lucas presenta la actividad misionera de Jesús y se detiene en sus acompañantes. No es extraño que Jesús vaya acompañado de discípulos, como hacían los maestros de su tiempo. Lo que sorprende es que también tenga discípulas, apartándose del estilo de los demás maestros que, por lo general, no consideraban correcto que se instruyera a las mujeres (10,38-42). Lucas es el único autor de la Biblia que usa el femenino “discípula”, refiriéndose a Tabita de la ciudad de Jafa (Hch 9,36). Las mujeres que acompañaban a Jesús lo servían y «lo ayudaban con sus bienes» (Lc 8,3) y, más tarde, también se dirá de ellas que fueron las primeras en anunciar la Buena Noticia de la resurrección del Señor (24,9.22-23). Varias de estas acompañantes de Jesús habían estado poseídas por demonios, lo que significaba que padecían enfermedades. Los demonios son los ejecutores de los males que provoca el Diablo, y nunca se dice que los endemoniados fueran necesariamente pecadores. María Magdalena habría tenido una grave enfermedad de la que fue liberada por Jesús que expulsó a los demonios. Juana es mencionada otra vez en Lucas 24,10. Susana no aparece en otra parte. De estas mujeres no se tienen otras noticias. Ellas son modelo de discipulado: siguen a Jesús, habiendo antes experimentado su salvación, y ellas y sus bienes se ponen al servicio del Mesías y del anuncio del Reino de Dios. 


8,2-3: Mt 27,55-56; Mc 15,40-41; Jn 19,25


El sembrador salió a sembrar

Mt 13,1-9; Mc 4,1-9


4 Como se había reunido una gran multitud y llegaba gente de todas las ciudades para ver a Jesús, él les dijo por medio de parábolas: 5 «El sembrador salió a sembrar su semilla. Al sembrarla, una parte cayó junto al camino, donde fue pisoteada y los pájaros del cielo se la comieron. 6 Otra cayó sobre piedra y, cuando brotó, se secó porque no tenía humedad. 7 Otra parte cayó en medio de las espinas y, cuando éstas crecieron, ahogaron la semilla. 8 Otra cayó en tierra buena y, cuando brotó, produjo fruto al ciento por uno». Después de decir esto, Jesús exclamó: «¡Quien tenga oídos para escuchar, que entienda!». 


8,4-15: En forma de parábola (nota a 8,4-21), Jesús muestra cómo su palabra acerca del Reino es descuidada y rechazada por algunos (8,12-14), a la vez que es recibida con un corazón bien dispuesto por otros (8,15). La palabra produce un fruto incalculable cuando encuentra un buen terreno que la recibe y la conserva (8,8). Por eso es necesario publicar y difundir esta palabra, como una luz puesta en un lugar alto, para que todos la vean y se sientan atraídos por Dios (8,16-17). Al que está bien dispuesto, la palabra lo enriquece. Pero en los oyentes que no escuchan ni practican la palabra de Jesús se cumple lo que Isaías dijo de los israelitas de su tiempo: por más que miren y oigan, no entienden ni contemplan el misterio del Reino de Dios que se les ofrece (Lc 8,10 que cita Is 6,9). Jesús y su palabra es quien abre al misterio del Reino de Dios, pero se requiere abrir los oídos para escuchar y obedecer su voluntad. 


8,6: Ez 24,7 / 8,7: Jr 4,3-4


La semilla es la palabra de Dios

Mt 13,10-13.18-23; Mc 4,10-20


9 Sus discípulos le preguntaban acerca del significado de esta parábola. 10 Él les contestó: «A ustedes, Dios les ha concedido conocer los misterios de su Reino. A los otros, en cambio, se les da en forma de enigma, para que por más que miren, no vean, y por más que oigan, no entiendan».

11 «Este es el significado de la parábola: la semilla es la palabra de Dios. 12 Aquellos, en los que las semillas cayeron junto al camino, son los que han escuchado, pero enseguida viene el Diablo y les arrebata la palabra de su corazón, para que no crean y se salven. 13 Aquellos, en los que las semillas cayeron sobre piedra, son los que reciben esa palabra con alegría cuando la escuchan, pero no tienen raíz. De modo que creen por un tiempo, pero en cuanto llega el momento de la prueba se alejan. 14 La semilla que cayó entre las espinas son los que han escuchado, pero se ahogan con las preocupaciones, la riqueza y los placeres de la vida y no dan fruto. 15 La semilla que cayó en tierra fértil son aquellos que escuchan la palabra con un corazón bien dispuesto y bueno, la conservan y dan fruto con constancia». 


8,9-15: Ver comentario a 8,4-15


8,10: Is 6,9; Ez 12,2 / 8,15: Gál 6,7


Que los que entran vean la luz

Mt 13,12; Mc 4,21-25


16 «Nadie prende una lámpara para esconderla dentro de un recipiente o ponerla debajo de la cama, sino que la coloca sobre un candelero, para que los que entren vean la luz. 17 Porque nada hay escondido que no quede de manifiesto ni nada secreto que no llegue a conocerse y hacerse público. 18 Presten atención a la forma en que escuchan, porque al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará lo que cree tener».


 8,16-18: La Palabra de Dios no puede ocultarse, sino que tiene que ser anunciada de tal manera y con tal ímpetu que llegue a todos, tal como una lámpara encendida que, colocada en un lugar alto, alumbra a todos los que circulan por la casa (11,33). La enseñanza de Jesús tiene que ser proclamada a todo el mundo por sus discípulos, porque las enseñanzas del Mesías no están destinadas a permanecer escondidas ni son sólo patrimonio de un pequeño grupo. Cuanto más proclama el discípulo la Palabra a otros, más se nutre de ella. Aquellos bien dispuestos para escuchar y poner en práctica lo que Jesucristo enseña, recibirán cada día mayores dones, pero los que están mal dispuestos, perderán lo que tienen e incluso perderán lo que creen tener. 


8,16: Mt 5,15; Jn 8,12 / 8,17: Mt 10,26 / 8,18: Mt 25,29


Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios

Mt 12,46-50; Mc 3,31-35


19 La madre y los hermanos de Jesús fueron a verlo, pero por causa de la multitud no pudieron llegar hasta donde él estaba. 20 Le avisaron, entonces, a Jesús: «Tu madre y tus hermanos están afuera y quieren verte». 21 Él les respondió: «Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica».


8,19-21: La enseñanza sobre la Palabra de Dios (nota a 8,4-21) termina con esta proclamación de Jesús: los que reciben la Palabra y la ponen en práctica entran a formar parte de la familia del Hijo de Dios. La escucha y práctica de la Palabra de Dios genera una nueva relación familiar, la que no se centra ni en la raza ni en la sangre, a diferencia de Israel, sino en la fe en Dios y la obediencia a su voluntad. Esta nueva relación es la que caracteriza al discípulo del Hijo de Dios. María, la madre de Jesús, es modelo del discípulo, pues nadie como ella guarda en su corazón todas las palabras que se refieren a Jesús (2,19.51).


8,21: Rom 8,29


Y dio órdenes al viento y a las olas

Mt 8,18.23-27; Mc 4,35-41

 

22 Uno de esos días, Jesús subió a la barca. Sus discípulos estaban con él y les dijo a los que lo acompañaban: «Crucemos a la otra orilla del lago». Partieron 23 y, mientras navegaban, Jesús se quedó dormido. Se desató entonces una tempestad sobre el lago. La barca se llenaba de agua y estaban en peligro de hundirse. 24 Los discípulos se acercaron a Jesús y lo despertaron diciéndole: «¡Maestro! ¡Maestro! ¡Nos ahogamos!». Él se levantó y dio órdenes al viento y a las olas, y todo se tranquilizó y sobrevino la calma. 25 Entonces Jesús les preguntó: «¿Dónde está la fe de ustedes?». Llenos de temor, quedaron asombrados y se preguntaban unos a otros: «¿Quién es éste que da órdenes a los vientos y a las olas y ellos le obedecen?».


 8,22-25: Mientras Jesús con sus discípulos cruzan el lago, se desata una fuerte tempestad, la que pone en peligro sus vidas. Jesús, a diferencia de sus discípulos, duerme despreocupado. Los discípulos no ven en él más que un maestro, y así lo llaman para despertarlo. Pero cuando Jesús se levanta, calma la tempestad con el poder de su palabra, como sólo Dios lo puede hacer (Sal 65,8; 107,23-30), por lo que de inmediato surge la duda acerca de quién es realmente, porque de ningún hombre o maestro se ha oído decir que realice tales cosas. «¿Quién es éste?» (Lc 8,25) es la pregunta que a partir de ese acontecimiento corre de boca en boca, pregunta que llega a nosotros y espera nuestra respuesta de fe. Para darla, necesitamos que el mismo Señor fortalezca nuestra fe.


8,24-25: Sal 107,28-30


¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo?

Mt 8,28-34; Mc 5,1-20


26 Desembarcaron en la región de los gerasenos, situada en la otra orilla del lago de Galilea. 27 Cuando Jesús bajó a tierra, le salió al encuentro un hombre de la ciudad que estaba endemoniado. Hacía mucho tiempo que andaba desnudo y que no vivía en una casa, sino en los sepulcros. 28 Cuando vio a Jesús se postró ante él y gritó con gran fuerza: «¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? ¡Te ruego que no me atormentes!». 29 Esto lo decía porque Jesús le había ordenado al espíritu impuro que saliera de ese hombre. El demonio se había apoderado muchas veces de él y, aunque lo ataban con cadenas y lo sujetaban poniéndole grilletes, él rompía las cadenas y el demonio se lo llevaba a lugares desiertos. 30 Jesús le preguntó: «¿Cuál es tu nombre?». Él le respondió: «Legión». Dijo esto porque en él habían entrado muchos demonios. 31 Y le rogaban que no los mandara al abismo. 32 Había allí una gran cantidad de cerdos alimentándose en el campo, y los espíritus le rogaron a Jesús que les permitiera entrar en ellos. Entonces Jesús se lo permitió. 33 Los demonios salieron de aquel hombre y entraron en los cerdos, y éstos se arrojaron al lago por un barranco y se ahogaron. 

34 Los que cuidaban los cerdos y habían visto lo sucedido, huyeron y difundieron la noticia en la ciudad y en los campos. 35 La gente salió a ver lo que había ocurrido y, al llegar a donde estaba Jesús, encontraron que el hombre del que habían salido los demonios estaba a los pies de Jesús, vestido y en su sano juicio. Al verlo, se llenaron de temor. 36 Los que habían visto lo sucedido, les contaron cómo el endemoniado había sido liberado. 37 Entonces toda la gente de la región de los gerasenos le pidió a Jesús que se alejara de ellos, porque estaban muy atemorizados. Jesús subió a la barca y regresó. 38 El hombre del que habían salido los demonios le rogaba que le permitiera quedarse con él. Pero Jesús lo despidió diciéndole: 39 «Regresa a tu casa, y cuenta lo que Dios ha hecho por ti». Y él se fue por toda la ciudad proclamando lo que Jesús hizo en su favor.


8,26-39: Después de cruzar el lago de Galilea, Jesús llega a Gerasa, región de paganos. Allí se encuentra con un hombre que es imagen viva de los paganos, según los judíos: estaba dominado por los demonios, andaba desnudo, señal de humillación y vergüenza (Ez 16,39), era sumamente agresivo e impuro, pues vivía en los sepulcros (Nm 19,11-22), rodeado de cerdos, animales que el Antiguo Testamento considera impuros (Dt 14,8; Is 65,4). El demonio tiene por nombre «Legión» (Lc 8,30), una unidad militar romana de unos cinco o seis mil soldados, muy conocida en tiempos de Jesús por su fuerza y violencia. A pesar de este poder que reside en el endemoniado, bastó una sola palabra de Jesús para que el hombre se calmara, volviera a la normalidad y el territorio quedara libre de los demonios y animales impuros que lo poblaban. Sin embargo, la presencia de Jesús causa gran temor, porque ha demostrado poseer un poder desconocido y, además, ha hecho que se perdiera una gran cantidad de animales valiosos para los habitantes de Gerasa, razón por la que le piden que se vaya de su territorio. Así, mientras unos lo echan, el hombre sanado lo único que quiere es quedarse con Jesús (8,38). De este modo, por el anhelo de seguirlo y por la obediencia de ir a proclamar «lo que Jesús hizo en su favor» (8,39), el hombre sanado por Jesús se convierte en viva imagen de un discípulo misionero. 


8,28: Mt 4,3 / 8,31: Ap 9, 1-2.11 / 8,32: Lv 11,7 / 8,35: Hch 22,3


Una fuerza salió de mí

Mt 9,18-26; Mc 5,21-43


40 Cuando Jesús regresó, lo recibió una multitud, porque todos lo estaban esperando. 41 Entonces se presentó un hombre llamado Jairo, que era jefe de la sinagoga, y se arrojó a los pies de Jesús para suplicarle que fuera a su casa, 42 porque su única hija, que tenía doce años, estaba por morir. Mientras Jesús iba, la muchedumbre lo oprimía. 

43 Una mujer que padecía derrames de sangre desde hacía doce años, y que había gastado todos sus bienes en médicos, sin que nadie hubiera podido curarla, 44 se acercó por detrás a Jesús y tocó el borde de su manto. Su hemorragia cesó de inmediato. 45 Jesús preguntó: «¿Quién me ha tocado?». Como todos lo negaban, Pedro le dijo: «¡Maestro, la gente te oprime y empuja por todos lados!». 46 Jesús le replicó: «Alguien me ha tocado, porque me di cuenta de que una fuerza salió de mí». 47 Cuando la mujer comprendió que no podía permanecer oculta fue temblando donde Jesús, se arrojó a sus pies y, en presencia de todo el pueblo, le explicó la causa por la que lo había tocado y cómo se había sanado en el acto. 48 Entonces Jesús le dijo: «¡Hija, tu fe te ha salvado! Puedes ir en paz».

49 Jesús todavía estaba hablando, cuando alguien de la casa del jefe de la sinagoga llegó diciendo: «¡Tu hija ha muerto! ¡No molestes al maestro!». 50 Jesús lo oyó y le respondió: «¡No temas! ¡Solamente debes tener fe y se sanará!». 51 Al llegar a la casa, entró junto con el padre y la madre de la niña, y no permitió que nadie entrara con él, sino sólo Pedro, Juan y Santiago. 52 Todos lloraban y se lamentaban por ella. Pero Jesús les dijo: «¡Dejen de llorar! ¡La niña no ha muerto, sino que duerme!». 53 Pero todos se burlaban de él porque sabían que la niña había muerto. 54 Jesús la tomó de la mano y le dijo en voz alta: «¡Niña, levántate!». 55 Ella recuperó el aliento y de inmediato se levantó. Jesús, entonces, ordenó que le dieran de comer a la niña. 56 Sus padres quedaron desconcertados, pero él les advirtió que no le contaran a nadie lo que había sucedido.


8,40-56: Lucas nos narra dos milagros de Jesús realizados en favor de mujeres. En ambos milagros se hace referencia a los doce años (8,41.43), a lo enferma que están las mujeres (8,42.43) y a la fe que salva (8,48.50). Ambos casos se refieren a mujeres que no se deben tocar, porque están en situación de impureza debido a la sangre que derrama una y a la muerte de la otra (Lv 15,19-28; Nm 19,11-16). Dada su situación, las dos mujeres estaban marginadas de la vida en comunidad y del culto. Sin embargo, basta el contacto con Jesús (Lc 8,44.54) para que una recupere la salud y la otra la vida y ambas, ya purificadas, se les restituya la relación con Dios y con la comunidad. Aunque todos tocaban a Jesús, su poder salvador obró solamente sobre la mujer que lo tocó con fe, pero la fuerza salvadora de Jesús es para todos (6,19). Cuando la niña resucita, los padres no ven un espíritu o una aparición, sino que a ella misma ahora resucitada; por eso la insistencia en darle de comer (8,55; 24,41-43). A la luz de este pasaje bíblico, la fe se puede concebir como aquel modo de tocar a Jesús que nos vincula de tal manera a él que terminamos viviendo por su vida, sintiendo con sus sentimientos y obrando con sus motivaciones. 


8,43: Tob 2,10 / 8,47: Lv 15,25-27 / 8,51: Jn 13,23-26; Hch 1,13 / 8,52: Sal 126,3-6 / 8,56: Mc 1,34


2- Revelación de Jesús a sus discípulos


9,1-50. Ante el poder que demuestra Jesús, la gente se pregunta por su identidad: ¿quién realmente será? Las respuestas no siempre son correctas (9,7-8.19). Jesús a sus discípulos les revela que él es el Mesías, revelación que el Padre celestial completa en la transfiguración de Jesús cuando indica que ese Mesías es su Hijo a quien hay que escuchar (9,35). Los discípulos tienen que aprender que el mesianismo de Jesús asume el camino ignominioso de la cruz; que escuchar al Mesías, porque es su Hijo, es escuchar al Padre y conocer su voluntad; que las consecuencias de seguir a este Mesías son confiar sólo en él que los llama y envía (9,1-6) y ayudar a las personas en sus necesidades (9,10-17). Lo más importante es que todos, no sólo Pedro, aprendan a reconocerlo como el «Mesías de Dios» (9,20), aceptando el escándalo de su sufrimiento (9,22.44). Las enseñanzas de Jesús sacan a la luz las deficiencias del grupo que lo sigue: carecen de fe (9,40), no entienden el destino del Mesías ni el lenguaje de la pasión (9,45), discuten acerca de quién es el más importante (9,46) y prohíben a otros que hagan milagros en nombre de Jesús (9,49). El llamado a ser discípulo es un don que conlleva la aceptación de los designios de Dios, aunque no siempre se entiendan.


No lleven nada para el camino

Mt 9,35; 10,1.5-15; Mc 6,6-13


91 Jesús convocó a los Doce, les dio poder y autoridad sobre todos los demonios y para curar enfermedades, 2 y los envió a anunciar el Reino de Dios y a sanar a los enfermos. 3 Les dijo: «No lleven nada para el camino, ni bastón, ni provisiones, ni pan, ni dinero, ni tengan dos túnicas. 4 Cuando entren en una casa, quédense allí hasta que se vayan de ese lugar. 5 Y donde no los reciban, dejen la ciudad y sacúdanse hasta el polvo que se les haya pegado a los pies, en advertencia contra ellos». 6 Los discípulos salieron y fueron por los pueblos, anunciando la buena noticia por todas partes y curando a los enfermos.


9,1-6: Jesús envía a sus discípulos, y ellos deben continuar la misión de quien los envía: salir a anunciar la buena noticia del Reino de Dios, con el estilo de Jesús y realizando sus mismos signos, como expulsar demonios y sanar enfermos. Deben ir desprovistos de todo y no llevar nada más que el poder que Jesús les otorga para luchar contra la fuerza del mal y vencerlo. Cuando los judíos piadosos viajaban por territorios extranjeros, para no contagiarse con ninguna costumbre de los paganos, evitaban llevar hasta el polvo que se adhería a sus sandalias (9,5; Hch 13,51); de la misma manera, los discípulos de Jesús no deben imitar nada ni adquirir nada (actitudes, sentimientos, acciones…) de los que rechazan al Mesías.


9,1-2: Mc 3,14-15 / 9,4: Hch 9,43


¿Quién es éste del que oigo decir todo esto?

Mt 14,1-2; Mc 6,14-16

 

7 Cuando el tetrarca Herodes se enteró de todo lo que sucedía, quedó muy confundido, porque algunos decían que Juan Bautista había resucitado de entre los muertos, 8 otros que se había aparecido Elías, y otros afirmaban que había resucitado alguno de los antiguos profetas. 9 Herodes decía: «A Juan lo decapité yo. Entonces, ¿quién es éste del que oigo decir todo esto?». Y trataba de ver a Jesús.


9,7-9: Entre la gente había muchas opiniones erróneas acerca de Jesús. Ellos habían sido testigos de las obras y la predicación de Jesús. Pero cada uno lo interpretó de manera diferente. Unos creían que Juan Bautista había resucitado; otros, que Jesús era el profeta Elías, el que debía de venir antes de la llegada del Mesías (Mt 17,10); y otros lo tomaron como un profeta más, que venía a anunciar la Palabra de Dios. Ante tantas opiniones divergentes, como sucede también hoy, Herodes Antipas estaba desconcertado. Lo importante es tratar de encontrarse con Jesús en el Evangelio transmitido y predicado por la Iglesia, para saber verdaderamente quién es él.


9,7-8: Eclo 48,4.10; Mal 4,5-6; Mt 16,14


Comieron hasta quedar todos saciados

Mt 14,13-21; Mc 6,30-44; Jn 6,1-14


10 Cuando los apóstoles regresaron, le contaron a Jesús lo que habían hecho. Entonces los reunió y se fue solo con ellos en dirección a una ciudad llamada Betsaida. 11 La muchedumbre lo supo y lo siguió. Jesús los recibió, les habló del Reino de Dios y sanó a los que tenían necesidad de ser curados. 

12 Cuando ya se hacía tarde, se acercaron los Doce y le dijeron: «¡Despide a la gente para que vayan a descansar y a buscar comida en las aldeas y caseríos cercanos, porque aquí estamos en un lugar solitario!». 13 Pero Jesús les dijo: «¡Ustedes tienen que darles de comer!». Ellos replicaron: «No tenemos más que cinco panes y dos pescados, a no ser que vayamos nosotros mismos a comprar alimentos para toda esta gente». 14 Eran como unos cinco mil hombres. Jesús, entonces, les dijo a sus discípulos: «¡Que se sienten en grupos de unas cincuenta personas!». 15 Ellos obedecieron y los hicieron sentar a todos. 16 Jesús tomó los cinco panes y los dos peces, levantó la vista al cielo y pronunció sobre ellos la oración de acción de gracias, partió los panes y los fue dando a los discípulos para que los repartieran a la gente. 17 Comieron hasta quedar todos saciados, y se recogieron doce canastos con los trozos que sobraron.


9,10-17: Lucas prepara la respuesta a la pregunta sobre la identidad de Jesús (nota a 9,7-36), mostrando que el Señor realiza acciones que superan las de los antiguos profetas (2 Re 4,42-44). Los discípulos son incapaces de alimentar a tanta gente, porque los medios con que cuentan son irrisorios: sólo cinco panes y dos pescados para una multitud de unos cinco mil hombres. Sólo Jesús puede dar alimento para que todos queden saciados, y aún queden doce canastas con comida: una para cada discípulo; de este modo, ellos pueden continuar repartiendo el pan de Jesús (Lc 9,16). El “pan” de Jesús es su enseñanza acerca del Reino de Dios (9,11) y también -como lo testimonia la tradición de la Iglesia- la Eucaristía, anunciada ya en este milagro de la multiplicación de los panes. Con el pan de la Palabra y de la Eucaristía, Jesús alimenta al nuevo pueblo de Dios, al que no sólo congrega, sino también organiza (9,14), tal como lo hizo Moisés en el desierto luego de la liberación de Egipto (Éx 18,21). En estos alimentos se nos regala el mismo Jesús, con su identidad de Hijo de Dios a quien hay que escuchar (Lc 9,35). 


9,10-17: Mt 15,32-39; Mc 8,1-10


¿Quién dice la gente que soy yo?

Mt 16,13-20.23; Mc 8,27-33

 

18 En una ocasión Jesús estaba orando a solas, mientras los discípulos estaban con él. Entonces les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?». 19 Ellos le respondieron: «Unos dicen que eres Juan Bautista, otros que eres Elías, y otros, que alguno de los antiguos profetas que ha resucitado». 20 Jesús volvió a preguntarles: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». Pedro tomó la palabra y dijo: «¡El Mesías de Dios!». 21 Pero Jesús les ordenó severamente que no dijeran esto a nadie. 22 Entonces les dijo: «El Hijo del hombre debe padecer mucho, ser rechazado por los ancianos, por los sumos sacerdotes y los maestros de la Ley, ser condenado a muerte, pero Dios lo resucitará al tercer día».


9,18-22: Las ideas que tiene la gente sobre quién es Jesús son insuficientes o erróneas. Pedro confiesa que Jesús es el Mesías o Ungido que viene de parte de Dios, pero esa respuesta es todavía insuficiente. Jesús no es el Mesías político y nacionalista que esperaba el común de sus contemporáneos, el descendiente de David que debía liberar y restaurar el reino de Israel (24,21). Por esa razón, Jesús le ordena a Pedro y a sus compañeros que no lo repitan (9,21). Jesús es el Mesías que, por su obediencia, se entrega a la muerte; Dios lo resucitará y lo proclamará Mesías y Señor cuando, victorioso sobre el mal y el pecado, ascienda a los cielos (Hch 2,36). Habrá, por tanto, que esperar la proclamación solemne de Dios Padre para saber quién es en realidad Jesucristo (Lc 9,35).


9,19: Mt 14,1-2 / 9,20: Jn 6,68-69 / 9,21: Mc 1,34 / 9,22: Mc 9,31


Si alguno quiere venir detrás de mí

Mt 16,24-28; Mc 8,34-9,1


23 Después Jesús dijo a todos: «Si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue su cruz cada día y me siga. 24 Porque el que quiera salvar su vida, la perderá, pero el que pierda su vida por mí, la salvará. 25 ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se perjudica a sí mismo? 26 Si alguno se avergüenza de mí y de mis enseñanzas, el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre y de los santos ángeles. 27 Les aseguro que algunos de los que están aquí no sufrirán la muerte hasta que vean el Reino de Dios». 


9,23-27: El camino de Jesús a la gloria no pasa por el dominio político ni por estrategias humanas, sino por la humildad y la obediencia al Padre hasta la muerte en cruz. Los que quieran seguirlo y ser sus discípulos deberán transitar este mismo camino (9,23). Para ser discípulo es necesario no centrarse en sí mismo, sino tener a Jesús como punto de referencia en todas las decisiones y acciones. Además, habrá que aceptar las renuncias que se deben hacer cada día para liberarse del individualismo y abrirse al Evangelio o Buena Noticia del Reino de Dios. Al término de este camino nada fácil, está la vida eterna y la gloria junto a Dios. Los que quieran gozar de este mundo (9,25), sin transitar por el camino de la humildad y la obediencia hasta la cruz, ganarán la vida de este mundo, pero perderán el don de Dios: la vida eterna. El Reino de Dios no es una realidad lejana, porque ya está actuando en el mundo desde el momento en que Jesús está presente (17,20-21). Las palabras de Jesús constituyen el programa de un auténtico discipulado, vivido en la perspectiva del Reino de Dios ya en esta tierra y, luego, junto a Dios en el mundo futuro. 


9,23-24: Mt 10, 38-39; Jn 12,24-25 / 9,26: Mt 10,33; 2 Tim 2,12


¡Este es mi Hijo, el elegido!

Mt 17,1-8; Mc 9,2-8


28 Unos ocho días después de que Jesús enseñó esto, tomó aparte a Pedro, Santiago y Juan, y subió a una montaña para orar. 29 Mientras estaba orando, cambió la apariencia de su rostro y su ropa se volvió blanca y resplandeciente. 30 En esto, dos hombres se pusieron a conversar con él: eran Moisés y Elías 31 que, resplandecientes de gloria, hablaban con Jesús sobre su partida de este mundo que se iba a cumplir en Jerusalén. 32 Pedro y sus compañeros tenían mucho sueño, pero permanecieron despiertos y vieron la gloria de Jesús y la de los dos hombres que estaban con él. 33 Cuando éstos ya se alejaban, Pedro le dijo a Jesús: «¡Maestro, qué bien estamos aquí! ¡Hagamos tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías!». Pero no sabía lo que decía. 34 Mientras decía esto, una nube los cubrió y al entrar en la nube tuvieron mucho temor. 35 Y desde la nube salió una voz que dijo: ¡Este es mi Hijo, el elegido! ¡Escúchenlo! 36 Cuando se oyó la voz, Jesús se encontraba solo. Los discípulos guardaron silencio, y durante ese tiempo no dijeron a nadie lo que habían visto.


9,28-36: En este relato de la transfiguración de Jesús, la pregunta sobre su identidad (nota a 9,7-36) recibe por parte de Dios la respuesta definitiva: es el Hijo elegido a quien hay que escuchar (9,35). Todo lo del relato confirma la respuesta. Jesús se presenta con una figura resplandeciente, como los personajes celestiales (Ez 1,24-28; Dn 10,4-6), y de un modo que recuerda las manifestaciones de Dios en el monte Sinaí, cuando en lo alto de la montaña hablaba con Moisés y Elías, mientras una nube los envolvía (Éx 19,20; 24,15). Moisés (o la Ley) y Elías (o los Profetas), que anunciaron a Jesús, ahora vienen a dialogar con el Señor sobre la pasión y la gloria que tendrá que cumplirse en Jerusalén. Moisés y Elías se retiran (Lc 9,36), porque ha terminado el tiempo de los anuncios, y dejan paso a la voz celestial que procede de la nube y que proclama que Jesús es el Hijo de Dios, por tanto, el único al que ahora hay que escuchar. Moisés y Elías cumplieron ya su misión. Pero Jesús no viene a reemplazarlos porque mientras ellos fueron mediadores de Dios, Jesús es su mismo Hijo. Estamos en el tiempo de la Nueva Alianza (16,16), en el que sólo se conoce y se vive en comunión con el Padre cuando uno se vincula al Hijo elegido y amado de Dios para seguirlo y escucharlo. 


9,28-36: 2 Pe 1,16-18 / 9,28: Mt 14,23 / 9,29: Éx 34,29-35 / 9,30: Mal 4,5-6 / 9,32: Jn 1,14-15 / 9,34: Éx 40,34-38; 1 Re 8,10-11 / 9,35: Gn 22,1-2; Dt 18,15; Is 42,1; Sal 2,7 / 9,36: Jn 1,34


¡Maestro, te suplico que me ayudes con mi hijo!

Mt 17,14-21; Mc 9,14-29

 

37 Al día siguiente, cuando bajaron de la montaña, una gran multitud salió al encuentro de Jesús. 38 Un hombre que estaba entre la gente le gritó con fuerza: «¡Maestro, te suplico que me ayudes con mi hijo, porque es el único que tengo! 39 Un espíritu se apodera de él y de repente lo hace gritar y lo retuerce, haciendo que eche espuma por la boca y, después de maltratarlo, con dificultad lo deja tranquilo. 40 He suplicado a tus discípulos que lo expulsen, pero no han podido». 41 Jesús le respondió: «¡Gente incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con ustedes y tendré que soportarlos? ¡Tráeme a tu hijo!». 42 Cuando el niño se acercaba, el demonio lo arrojó al suelo y lo sacudió con violencia. Pero Jesús dio órdenes al espíritu impuro y el niño quedó sano. Entonces se lo entregó a su padre. 43 Todos quedaron maravillados por la grandeza de Dios.


9,37-43a: El poder de expulsar los demonios y curar a los enfermos, dado por Jesús a los discípulos (9,1), no es un poder mágico. Solamente se puede ejercer cuando se tiene fe. Los discípulos carecen de ella, y por esa razón no pueden curar al niño enfermo.


9,41: Dt 32,5; Hch 2,40


Los discípulos no entendían

Mt 17,22-23; Mc 9,30-32


Como todos estaban sorprendidos por las cosas que Jesús hacía, les dijo a sus discípulos: 44 «Escuchen bien esto que les digo: el Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres». 45 Sin embargo, no entendían lo que Jesús les decía, ya que era para ellos como algo envuelto en el misterio, por lo que no podían comprenderlo, y les daba miedo preguntarle sobre esto.


9,43b-45: Los discípulos y la gente en general se admiran por los milagros que Jesús realiza (9,43a). Pero cuando comienza a hablarles de la pasión, es decir, de la entrega de la vida hasta la muerte, les resulta imposible entender su lenguaje y les da miedo preguntarle. Sus pensamientos están muy lejos de los de Jesús: mientras el Hijo del hombre busca servir, ellos buscan poder (9,46). Cuando los discípulos accedan a la identidad de Jesús a partir de la apariciones del Resucitado, dejarán atrás el temor reverencial y se relacionarán con él como con un amigo y un hermano (Jn 15,14-15; 20,17). La obra del Espíritu Santo es precisamente llevarlos a la verdad completa acerca de su Maestro, desvelando el misterio que no entienden y sobre el cual no quieren preguntar. 


9,45: Mc 4,13


El más pequeño de ustedes, ese es el más importante

Mt 18,1-5; Mc 9,33-37


46 Se produjo una discusión entre los discípulos sobre cuál de ellos era el más importante. 47 Pero Jesús, que conocía lo que estaban pensando, tomó a un niño, lo puso a su lado 48 y les dijo: «El que recibe a este niño en mi nombre, me recibe a mí, y el que me recibe a mí recibe al que me envió. El más pequeño de ustedes, ese es el más importante».


9,46-48: Los discípulos aspiran a ocupar lugares de privilegio, los puestos con más poder (9,46), porque se imaginan que el Reino que Jesús proclama es de carácter socio-político. Jesús, poniendo por modelo a un niño, les enseña que busquen con humildad ser los más pequeños entre todos, no los más poderosos. Por “pequeño” se entiende el que no trata de ser más que los otros ni busca acumular más méritos que los demás ni pretende dominarlos (Sal 131); más aún, “pequeño” es el menos valorado en la sociedad, el que cuenta con menos estima y fácilmente se lo margina. Por esto el modelo de lo pequeño es el niño que, además de ser pequeño en su cuerpo, ocupaba el último lugar en la jerarquización social de la sociedad judía por ser el menos instruido en la Ley. Precisamente por eso, Jesús lo coloca a su lado, dándole el lugar de privilegio. Y no sólo eso, sino que también Jesús se solidariza con los pequeños, porque él, que es uno con el Padre que lo envió, se hace uno con los más pequeños (Lc 9,48). La enseñanza es clara: el pequeño es el que estará más cerca de Jesús y, en el sistema de valores del Reino de Dios, él es el más importante. 


9,48: Mt 10,40; Jn 13,20


No es discípulo tuyo, así como lo somos nosotros

Mc 9,38-41


49 Juan tomó la palabra y le dijo: «Maestro, vimos a una persona que expulsaba demonios en tu nombre y se lo prohibimos, porque no es discípulo tuyo, así como lo somos nosotros». 50 Jesús le respondió: «No se lo prohíban, porque quien no es adversario de ustedes, está a favor de ustedes».


9,49-50: Ya en los primeros tiempos del cristianismo existieron grupos que se decían cristianos, porque conservaban algunas enseñanzas de Jesús o invocaban su nombre. También existen testimonios de que había exorcistas judíos y de otras religiones que invocaban el nombre de Jesús para practicar sus exorcismos (Hch 19,13). Lucas parece tener en cuenta a estos grupos y presenta al discípulo Juan como ejemplo de una mentalidad cerrada que no reconoce el bien que Jesús puede realizar en otras comunidades que no se oponen a los cristianos (Lc 9,50; 11,23). El discípulo, como Jesús, está llamado a ser abierto e inclusivo, como Dios y su forma de amar a todos que su Hijo revela. 


9,49: Hch 3,16 / 9,50: Mt 12,30


IV

Camino hacia la Pascua: el viaje del Mesías a Jerusalén


9,51-19,28. Lucas dedica diez capítulos para presentar a Jesús camino a Jerusalén para cumplir su misión mesiánica. Construye estos capítulos reuniendo entre 9,51 y 18,14 material que no encontró en Marcos y que obtuvo de otras fuentes como, por ejemplo, una colección conocida también por Mateo, material que éste distribuyó en el sermón de la montaña y otros discursos de Jesús. La opción de Lucas de abandonar el esquema de Marcos evidencia la importancia que le da a la figura de Jesús camino a Jerusalén. Su propósito es convertir el viaje o “éxodo” del Mesías (9,31) en escuela de discipulado misionero, pues al ritmo de su itinerario a Jerusalén revela disposiciones, exigencias y misión que el Mesías pide a quien quiera seguirlo. Además, esta opción de Lucas muestra la relevancia que le da a la ciudad de Jerusalén, pues el relato evangélico se inicia en el Templo de Jerusalén y culmina en ésta (1,5-25 y 24,52-53), de donde arrancará la segunda parte de su obra, los Hechos de los Apóstoles (Hch 1,4). Lucas, que insiste una y otra vez en la importancia de esta subida del Mesías a Jerusalén, ya nos había dado a entender que, como emprendió el viaje por propia decisión (Lc 9,51), no es víctima de los acontecimientos, sino que los asume libremente para cumplir la voluntad del Padre expresada en las Escrituras (18,31). Iniciado el camino (9,51-56), en esta primera etapa del viaje sobresalen las condiciones para seguir a Jesús (9,57-13,21); en la segunda, los rasgos propios del discípulo y la comunidad (13,22-17,10), y en la última, la presencia del Reino de Dios entre los hombres (17,11-19,28).


1- Inicio del camino: rechazo al Mesías


No quisieron recibirlo


51 Cuando se acercaba el día en que debía salir de este mundo, Jesús se encaminó con decisión a Jerusalén 52 y envió mensajeros para que se adelantaran y le prepararan alojamiento en un pueblo de samaritanos. 53 Pero allí no quisieron recibirlo, porque se encaminaba a Jerusalén. 54 Cuando sus discípulos Santiago y Juan vieron esto, dijeron: «¿Quieres que mandemos que caiga fuego del cielo y los destruya?». 55 Pero Jesús se volvió hacia ellos y los reprendió. 56 Y se fueron a otro pueblo.


9,51-56: El viaje del Mesías a Jerusalén (nota a 9,51-19,28) se inicia mostrando de inmediato el rechazo que recibe él y sus discípulos, presagio de la muerte en cruz en la que terminará la vida del Mesías. Por ser judíos, Jesús y los suyos no fueron alojados por los samaritanos, menos aún si se encaminan a Jerusalén (9,53; Jn 4,9; 8,48). Dos de sus discípulos, Santiago y Juan, piden un castigo del cielo como el que hizo caer el profeta Elías sobre los enviados del rey de Israel (2 Re 1,10.12). Pero Jesús no aprueba esta manera de obrar, y su actitud de rechazo a una respuesta violenta es un ejemplo que sus seguidores deben imitar (Lc 9,55). Los discípulos de Jesús deben hacer el bien a aquellos que los odian, orar por los que los maltratan (6,27-28) y estar siempre dispuestos a perdonar las injurias (6,37), teniendo como modelo al Padre celestial que es benevolente con buenos y malos (6,35-36).


9,51: Mt 19,1; Mc 10,1 / 9,54: 2 Re 1,9-16


Lc 9,55: algunos manuscritos, aunque no los principales, añaden al final del versículo: «Y Jesús les dijo: “Ustedes no saben a qué espíritu pertenecen. Porque el Hijo del hombre no vino a perder la vida de los hombres, sino a salvarla”».


2- Primera etapa del viaje: condiciones para seguir a Jesús


9,57-13,21. En la primera etapa del viaje del Mesías a Jerusalén (nota a 9,51-19,28), Lucas destaca las condiciones para seguir a Jesús: renunciar a lo que impide anunciar el Reino de Dios que Jesús, itinerante y pobre, proclama (9,57-62); optar por él que llama y envía, y entregarse a la evangelización con gozo y sencillez, sin importar el rechazo (10,1-24). Además, otras disposiciones son propias del discípulo: el amor al prójimo sin distinciones (10,25-37); sentarse a los pies del Maestro para escuchar su Palabra y ponerla en práctica (10,38-42; 11,27-28); aprender a orar con insistencia (11,1-13); aceptar que Jesús actúa con el poder de Dios, reconociendo su condición y dignidad (11,14-26.29-32). Los discípulos están llamados a ser una luz puesta en alto ya que con su ejemplo han de iluminar tanto a los no creyentes como a la propia comunidad (11,33-36). Al observar la justicia y el amor sin preocuparse por apariencias (11,37-54), rechazan «la levadura» de los fariseos que es la hipocresía (12,1-3; 13,10-17). Esta sinceridad es necesaria, porque los vicios ocultos saldrán a la luz (12,2-3). Si se manifiestan ante el mundo como genuinos discípulos sufrirán persecuciones (12,4), pero no deben temer porque Dios cuida de ellos (12,6.22-34). Tienen que estar preparados y actuar con prontitud y fidelidad (12,35-48), a pesar de las divisiones, incluso en la propia familia (12,49-53). La reconciliación y la conversión (12,58-59; 13,1-9) son actitudes básicas del discípulo que está dispuesto a vivir la dinámica del crecimiento y expansión del Reino (13,18-21).


Te seguiré adondequiera que vayas

Mt 8,19-22


57 Mientras iban por el camino, alguien le dijo: «Te seguiré adondequiera que vayas». 58 Jesús le respondió: «Los zorros tienen madrigueras y los pájaros del cielo tienen nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde recostar la cabeza». 

59 A otro le dijo: «¡Sígueme!». Éste le respondió: «Señor, permíteme ir antes a sepultar a mi padre». 60 Entonces Jesús le dijo: «¡Deja que los muertos sepulten a sus muertos! ¡Tú debes ir a anunciar el Reino de Dios!». 

61 Otro le dijo: «Te seguiré, Señor, pero permíteme que vaya antes a despedirme de los de mi casa». 62 Y Jesús le dijo: «Los que ponen la mano en el arado y miran hacia atrás no sirven para el Reino de Dios».


9,57-62: La segunda enseñanza de Jesús sobre el seguimiento (nota a 9,51-56) se refiere a las condiciones que les propone a quienes desean ser sus discípulos. Lucas ha recogido tres diálogos. En el primer diálogo con alguien de la multitud (9,57-58), identificado con un maestro de la Ley según Mateo (Mt 8,19), Jesús enseña que el seguimiento exige renunciar a todas las seguridades de este mundo. En el segundo diálogo con otro de la multitud (Lc 9,59-60), Jesús afirma que su llamada o invitación a seguirlo no admite postergaciones: cuando él llama a alguien para que sea su discípulo, debe responder de inmediato, dejando de lado cosas y valores que tenía hasta entonces, incluso las relaciones familiares. En el tercer diálogo (9,61-62), Jesús dice que el discípulo que verdaderamente renuncia a todo para seguirlo (14,25-27) no puede vivir añorando lo que deja atrás, porque su tesoro es Dios y su Reino. Según estas exigencias, Pablo es uno de los modelos que mejor se acerca a lo exigido por el Señor (Gál 1,15-17; Flp 3,7-11).


9,60: Mt 10,37 / 9,61: 1 Re 19,19-21 / 9,62: Flp 3,13; Heb 12,1-2


Los envío como corderos en medio de lobos

Mt 9,37-38; 10,7-16


101 Después de esto, el Señor designó a otros setenta y dos y los envió para que, antes que él, fueran de a dos a todas las ciudades y lugares a donde iba a ir. 2 Y les decía: «La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Por eso, rueguen al dueño que envíe trabajadores para su cosecha. 3 ¡Vayan! Yo los envío como corderos en medio de lobos. 4 No lleven dinero ni bolsa con provisiones. No vayan calzados con sandalias ni se detengan a saludar a nadie por el camino. 5 Cuando entren a una casa, primero digan: “¡Paz para esta casa!”. 6 Si hay alguien allí digno de la paz, la paz descenderá sobre él; de lo contrario volverá a ustedes. 7 Permanezcan en la misma casa comiendo y bebiendo lo que les den, porque quien trabaja merece su salario. No anden de casa en casa. 8 En la ciudad a la que vayan y los reciban, coman lo que les ofrezcan, 9 curen a sus enfermos y díganles: “El Reino de Dios está llegando a ustedes”».


10,1-9: Jesús había enviado a los Doce para que fueran a las doce tribus de Israel (9,1-2). Ahora envía a otros setenta y dos para que vayan a todo el mundo, porque en ese tiempo se pensaba que las naciones de la tierra eran setenta y dos. Las consignas que les da Jesús son semejantes a las que en su momento dio a los Doce (9,3-5). El envío de Jesús es urgente y no permite dilaciones. Por eso no pueden detenerse a saludar a nadie en el camino (10,4), porque según las costumbres de aquella época, saludar a alguien significaba quedarse algún tiempo como huésped en su casa (Hch 21,7-8). El anuncio del Reino de la paz apremia.


10,1: Gn 10,1-32 / 10,2: Mt 9, 37-38; Jn 4,35 / 10,3: Mt 10,16 / 10,4: 2 Re 4,29 / 10,6: Jn 14,27 / 10,7: 1 Cor 9,14; 1 Tim 5,18


Quien los escucha a ustedes, me escucha a mí

Mt 11,20-24

 

10 «Cuando vayan a una ciudad y no los reciban, salgan a las plazas y digan: 11 “Nos sacudimos hasta el polvo de esta ciudad que se ha pegado a nuestros pies, pero sepan que el Reino de Dios está llegando”. 12 Yo les aseguro que el día del juicio será más soportable para Sodoma que para esa ciudad». 

13 «¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros realizados entre ustedes, ya hace tiempo que se habrían convertido, sentándose sobre ceniza y vistiéndose de penitencia. 14 Por eso en el día del juicio Tiro y Sidón serán tratadas con más consideración que ustedes. 15 ¿Y tú, Cafarnaún? ¿Acaso te levantarás hasta el cielo? ¡Te hundirás hasta el abismo!».

16 «Quien los escucha a ustedes, me escucha a mí, y quien los rechaza a ustedes, me rechaza a mí. Y el que me rechaza a mí, rechaza al que me envió».


10,10-16: Con frecuencia los enviados por Jesús serán rechazados por aquellos a quienes les llevan la Buena Noticia (10,10). Con la imagen de sacudirse «hasta el polvo de esta ciudad que se ha pegado a nuestros pies» (10,11), Jesús les pide a sus mensajeros que no adquieran las mismas actitudes de los que se oponen al Evangelio (nota 9,1-6). Los que fueron testigos de las obras realizadas por Jesús (como los habitantes de Corozaín y Betsaida: 10,13) y, sin embargo, rechazaron su mensaje, son más culpables que muchos considerados pecadores (como los habitantes de Tiro y Sidón: 10,14), pero que no han tenido noticias de Jesús. Frente a los mensajeros de Jesús hay una responsabilidad personal en su aceptación o rechazo de la que se tendrá que dar cuenta, porque la aceptación o rechazo de sus enviados es aceptación o rechazo del mismo Jesús (10,16). 


10,11: Hch 13,51 / 10,12: Gn 19,24-28 / 10,13: Am 1,9-10 / 10,15: Is 14,13-15 / 10,16: Mt 10,40


¡Como un rayo veía a Satanás caer del cielo!


17 Los setenta y dos enviados volvieron con gran alegría y le decían: «¡Señor, hasta los demonios nos obedecían en tu nombre!». 18 Jesús les respondió: «¡Como un rayo veía a Satanás caer del cielo! 19 Les he dado el poder de pisotear serpientes y escorpiones y vencer todas las fuerzas del enemigo. No hay nada que pueda hacerles daño. 20 Pero no se alegren de que los espíritus malignos les obedezcan, sino de que sus nombres ya están escritos en el cielo».


10,17-20: En un clima de gran alegría, los discípulos informan a Jesús sobre el éxito que obtuvieron en la tarea misionera que él les encomendó (10,1). Mientras Jesús les había dado poder para curar a los enfermos (10,9), ellos experimentaron que hasta los demonios se doblegaban ante la palabra proclamada en nombre de Jesús. Por su parte, a propósito de la tarea cumplida por sus discípulos, Jesús les relata una visión de carácter apocalíptico (10,18): el anuncio del Reino de Dios hecho por sus discípulos, junto con las manifestaciones de poder que indican su presencia, significan el comienzo de la derrota de Satanás y de su poder sobre el mal. El príncipe del mal ya es echado fuera (Jn 12,31; Ap 12,9), porque ahora se ha comenzado a expandir el reinado de Dios. Sin embargo, los discípulos no deben alegrarse tanto por el poder que poseen, sino más bien porque desde ahora participan del reinado de Dios (Lc 10,20). Los discípulos de hoy son los llamados a continuar la misión de aquellos setenta y dos, y a continuarla en nombre de Jesús, con su mismo poder y la misma consecuencia: la derrota del mal. 


10,18: Rom 16,20; Ap 20,1-3 / 10,19: Sal 91,13; Hch 28,3-6 / 10,20: Flp 4,3


Has revelado estas cosas a los pequeños

Mt 11,25-27; 13,16-17

 

21 En ese momento, Jesús se llenó de alegría en el Espíritu Santo y exclamó: «Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque habiendo ocultado estas cosas a los sabios y prudentes, las revelaste a los pequeños. ¡Sí, Padre, porque así lo has querido! 22 Todo me ha sido dado por el Padre y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, como nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar». 

23 Después, volviéndose hacia los discípulos, les dijo en privado: «¡Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven! 24 Yo les digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven y no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron».


 10,21-24: El triunfo sobre el mal y el comienzo del reinado de Dios (nota a 10,17-20) es ocasión para que Jesús se llene de la alegría que produce el Espíritu Santo (Rom 14,17; Gál 5,22). Por esto, lleno de gozo porque Dios comienza su reinado o soberanía sobre el mal (Lc 10,17-18), Jesús da gracias al Padre porque los pequeños han recibido esta revelación que no pudieron alcanzar ni los inteligentes ni los prudentes (nota a 9,46-48). Sólo los pobres, los sencillos, los marginados de la sociedad llegan a conocer a Dios como Padre, y experimentan su vida y su misericordia mediante su Hijo, el único que conoce al Padre y lo hace presente entre nosotros. El discípulo que sabe contemplar a Jesús y lo acepta en su corazón es dichoso, porque se le está regalando a Alguien que ni profetas ni reyes conocieron (10,23-24). 


10,21: 1 Cor 1,26-28 / 10,22: Jn 3,35 / 10,23-24: Heb 11,12; 1 Pe 1,10-12


¿Quién es mi prójimo?

Mt 22,34-40; Mc 12,28-31


25 Un maestro de la Ley se levantó y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?». 26 Jesús le preguntó a su vez: «¿Qué está escrito en la Ley?, ¿qué lees en ella?». 27 Él le respondió:

«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón,

con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente [Dt 6,5],

y al prójimo como a ti mismo» [Lv 19,18]. 

28 Entonces Jesús le dijo: «Has respondido bien, pero ahora practícalo y vivirás». 29 El maestro de la Ley, queriendo justificarse, le volvió a preguntar: «¿Quién es mi prójimo?». 

30 Jesús tomó la palabra y dijo: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, quienes después de despojarlo de todo y herirlo se fueron, dejándolo por muerto. 31 Por casualidad un sacerdote bajaba por el mismo camino, lo vio, dio un rodeo y pasó de largo. 32 Igual hizo un levita, que llegó al mismo lugar, dio un rodeo y pasó de largo. 33 En cambio, un samaritano, que iba de viaje, llegó a donde estaba el hombre herido y, al verlo, se conmovió profundamente, 34 se acercó y le vendó sus heridas, curándolas con aceite y vino. Después lo cargó sobre su propia cabalgadura, lo llevó a un albergue y se quedó cuidándolo. 35 A la mañana siguiente, le dio al dueño del albergue dos monedas de plata y le dijo: “Cuídalo, y si gastas de más, te lo pagaré a mi regreso”. 36 ¿Cuál de estos tres te parece que se comportó como prójimo del hombre que cayó en manos de los ladrones?». 37 El maestro de la Ley respondió: «El que lo trató con misericordia». Entonces Jesús le dijo: «Tienes que ir y hacer lo mismo».


10,25-37: El maestro de la Ley que interroga a Jesús sabe que en los dos mandamientos del amor a Dios y al prójimo se resume toda la Ley o Torah, y que el cumplimiento de ambos mandamientos otorga la vida eterna. Pero tiene una inquietud con el significado del término prójimo. El Antiguo Testamento enseña que el prójimo es el israelita, diferente del extranjero, que vive en otras naciones, y también es el forastero o extranjero que ha ido a vivir al territorio de Israel. Jesús le responde al maestro con una hermosa parábola en la que da un nuevo sentido al término prójimo: ante cualquier persona de cualquier origen que se encuentra en necesidad, prójimo es quien se acerca a él para ofrecerle ayuda. Es decir, comportarse como prójimo (Lc 10,36) es todo lo contrario a lo que hacen el sacerdote y el levita que, por venir del Templo de Jerusalén y para no hacerse impuros (Nm 19,11), se alejan del hombre herido que estaba medio muerto. El prójimo no es el que se acerca a mí a pedirme algún servicio, sino aquel al cual yo descubro necesitado y a quien acompaño para cuidar su vida y devolverle su dignidad, aunque pierda tiempo, bienes, honor, estima… 


10,27: Dt 11,1 / 10,29: Lv 19,18.33-34 / 10,33: 2 Cr 28,15


María eligió la mejor parte


38 Cuando iban de camino, Jesús entró en un pueblo, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. 39 Marta tenía una hermana llamada María que, sentada junto a los pies de Jesús, escuchaba su palabra. 40 Marta, que estaba muy ocupada sirviendo, se acercó a Jesús y le dijo: «Señor, ¿no te preocupa que mi hermana me deje servir sola? ¡Tienes que decirle que me ayude!». 41 Jesús le respondió: «¡Marta! ¡Marta!, tú te preocupas y te inquietas por muchas cosas, 42 pero una sola es necesaria. María eligió la mejor parte, la que nunca le será quitada».


10,38-42: Los maestros judíos no aceptaban discípulas, porque ni a mujeres ni a niños se les instruía en la Ley. Sin embargo, entre los seguidores de Jesús, también había niños y mujeres que se sentaban a sus pies (posición propia del discípulo) a escuchar su enseñanza (Mc 3,31-35; Hch 22,3). María de Betania es una de ellas, entre otras varias que siguen al Señor (Lc 8,2-3). Sin embargo, Marta considera que el lugar de María no es estar sentada a los pies de Jesús, sino el servicio a los demás, tal como lo está haciendo ella misma (ver Jn 12,2) y como Jesús da ejemplo al definirse como aquel que «estoy entre ustedes como el que sirve» (Lc 22,27). Jesús le responde a Marta que hay un valor mayor que el de servir a los demás, que es el hacerse discípulo por la escucha de su palabra. María ha elegido esto, «la mejor parte» (10,42), que nadie tiene derecho a quitarle. Sólo esa «mejor parte» hace que el servicio del discípulo adquiera una nueva motivación (por Dios), una nueva fuente (la Palabra de Jesús) y una nueva finalidad (hacer presente el Reino). Éste es el servicio propio de un discípulo del Reino de Dios.


10,38-39: Jn 11,1; 12,2-3 / 10,40: 1 Cor 7,35


Cuando ustedes oren, digan: “Padre”

Mt 6,9-13


11,1 Un día Jesús estaba orando en cierto lugar y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar así como Juan enseñó a sus discípulos». 2 Jesús les respondió: «Cuando ustedes oren, digan:

“Padre, santificado sea tu Nombre,

venga tu Reino,

3 danos cada día el pan que necesitamos,

4 perdona nuestros pecados, 

porque también nosotros perdonamos a todos los que nos ofenden,

y no nos pongas a prueba”».


11,1-4: En lo que sigue (11,1-13), Lucas nos ofrece una catequesis de Jesús sobre la oración. Tres momentos contempla esta catequesis: ante la petición de los discípulos, Jesús les enseña a orar invocando a Dios como Padre (11,1-4); luego, insiste en la necesidad de orar continuamente, sin interrupción (11,5-8), como también lo enseña Pablo (1 Tes 5,17), y finaliza afirmando que la oración perseverante será siempre escuchada por Dios (Lc 11,9-13). La oración y Jesús como modelo de oración son temas muy queridos para Lucas (6,12; 22,41-42). Después de ser testigos de cómo Jesús ora, sus discípulos quieren saber cómo deben dirigirse a Dios. Respondiendo a esta inquietud, Lucas nos transmite una versión del Padre Nuestro más breve que la que se encuentra en Mateo (Mt 6,9-13). La versión de Lucas parece más cercana a las palabras del mismo Jesús, mientras que la de Mateo representaría una adaptación a las formas de oración de los grupos religiosos judíos. Otras tradiciones religiosas miran a Dios como distante y temible, pero los discípulos de Jesús tienen que dirigirse a Dios llamándolo Padre o Abbá. El ambiente propio para la oración es la relación filial con Dios, por esto el discípulo de Jesús se pone ante Dios en actitud de amor, confianza y cercanía. Luego, se pide al Padre que santifique su Nombre (Ez 36,23-28) santificando a sus hijos, para que vivan de tal forma que todos comprendan que el Dios de los seguidores de Jesús es un Padre santo. A continuación, se le pide que reine como Padre e implante la justicia y la paz en la tierra (Sal 67,5; 96,7-10; 99,4). El discípulo continúa pidiendo el alimento necesario para cada día y, confiado en la providencia de Dios, no se preocupa por el día de mañana (Lc 12,22-34). Además, cuando pide el perdón de sus pecados, recuerda que él también debe perdonar a quienes le ofenden y liberar de sus deudas a los pobres que no le pueden pagar (6,34-35; 11,4). Finalmente, en un acto de reconocimiento de su propia debilidad, el discípulo pide a Dios que no lo ponga a prueba, porque de frente a la tentación, los cristianos saben que pueden fracasar.


11,1: Mt 9,14 / 11,2: Rom 8,15 / 11,3: Prov 30,8-9


Lc 11,2: algunos manuscritos, aunque no los principales, en lugar de: «Venga tu Reino» de 11,2, traen: «Venga sobre nosotros tu Espíritu Santo y nos purifique», armonizando el pasaje con 11,13.


Pidan y Dios les dará; busquen y encontrarán

Mt 7,7-11


5 Después Jesús agregó: «Supongamos que alguno de ustedes tiene un amigo y va a verlo a medianoche para decirle: “¡Amigo!, préstame tres panes, 6 porque uno de mis amigos llegó de viaje, está en mi casa y no tengo nada que ofrecerle”. 7 Si el otro, desde adentro, le contesta: “¡No me molestes!, la puerta ya está cerrada y mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos”, 8 yo les aseguro que si no se levanta para dárselos por ser su amigo, se levantará por su insistencia, dándole todo lo que necesita».

9 «Yo les digo: pidan y Dios les dará; busquen y encontrarán; llamen y Dios les abrirá. 10 Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, Dios le abrirá». 

11 «¿Hay entre ustedes algún padre que le da una serpiente a su hijo si le pide un pescado? 12 ¿O le da un escorpión si el hijo le pide un huevo? 13 Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!».


11,5-13: Continuando con la catequesis sobre la oración (nota a 11,1-4), Lucas nos recuerda la parábola de Jesús sobre el amigo inoportuno cuyo tema es la eficacia de una oración perseverante, tema que completará más adelante con la parábola del juez y la viuda (18,1-8). Si entre seres humanos, el que pide insistentemente consigue lo que quiere, con mayor razón lo conseguirá el hijo de Dios cuando le pide a su Padre celestial lo que le conviene (11,2). Tres imperativos caracterizan la oración perseverante: «Pidan…, busquen…, llamen» (11,9); el que hace oración de esta manera debe tener la seguridad de que será escuchado por Dios. Luego, con dos ejemplos tomados de la vida cotidiana que van de lo menor a lo mayor (11,11-12), Jesús enseña las «cosas buenas» (11,13; Mt 7,11) que el Padre concede a los que oran con insistencia: si los padres de esta tierra, que son malos, dan cosas buenas a sus hijos, Dios, que es Padre y la bondad misma, sin duda que dará lo mejor que él puede dar a sus hijos que acuden a él: su Espíritu Santo.


11,9-13: Jn 14,13-14 / 11,9: Mt 5,4 / 11,10: Dt 4,29; Jr 29,13


El Reino de Dios ha llegado a ustedes

Mt 12,22-30.38.43-45; Mc 3,20-27


14 Jesús estaba expulsando el demonio de un hombre que había quedado mudo. En cuanto el demonio salió, el mudo comenzó a hablar y la gente quedó admirada. 15 Pero algunos de ellos dijeron: «Él expulsa los demonios, porque tiene el poder de Belzebú, el príncipe de los demonios». 16 Otros, para ponerlo a prueba, le pedían que les mostrara algún signo del cielo. 17 Jesús, que conocía sus pensamientos, les dijo: «Si los habitantes de un reino están enfrentados unos con otros, ese reino va a la ruina, y las familias se pelean unas contra otras. 18 Si ustedes dicen que yo expulso los demonios con el poder de Belzebú, eso significaría que Satanás está dividido contra sí mismo; pero entonces, ¿cómo permanecerá su reino? 19 Y si yo expulso los demonios con el poder de Belzebú, ¿con el poder de quién los expulsan los discípulos de ustedes? Por eso, ellos mismos serán sus jueces. 20 Pero si yo expulso los demonios con el poder de Dios, quiere decir que el Reino de Dios ha llegado a ustedes. 21 Cuando un hombre bien armado cuida su casa, todas sus cosas están seguras. 22 Pero si viene alguien más fuerte que él y lo vence, le arrebata las armas en las que confiaba y dispone de sus bienes. 23 El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama». 

  24 «Cuando el espíritu impuro sale de un hombre, anda por el desierto buscando reposo. Y si no lo encuentra, dice: “Volveré a mi casa, de donde salí”. 25 Y cuando vuelve, la encuentra limpia y ordenada. 26 Entonces va, toma otros siete espíritus peores que él y entran para habitar allí, con lo que ese hombre queda al final peor que al principio».


11,14-26: Si se acepta que Jesús obra con el poder de Dios (11,20), hay que comprometerse con él, porque de modo contrario, «el que no está conmigo, está contra mí» (11,23; ver 9,50). Los que no se declaran a favor de Jesús y, más bien, se oponen a él, se justifican diciendo que él expulsa demonios en virtud de un poder diabólico más fuerte que los espíritus impuros que expulsa de los hombres. A éstos, Jesús les responde que Satanás no puede haberle dado poder para que luche contra el mismo Satanás y su dominio en la tierra. Las acciones de Jesús que vencen el mal y su señorío en el corazón de los hombres y en la historia es una prueba de que ha comenzado el reinado de Dios (17,21). Satanás tenía todo bajo su dominio (1 Jn 5,19-20), pero ha llegado alguien que es «más fuerte que él» (Lc 11,21-22). Ahora bien, a quien Jesús ha sido liberado del poder del mal debe cuidar de no volver a caer, porque su situación última sería peor que la primera (11,24-26). La fidelidad a Jesús se convierte, para su discípulo, en fidelidad al Reino de paz, justicia y bondad. 


11,14-15: Mt 9,32-34 / 11,16: Jn 6,30 / 11,20: Éx 6,19 / 11,21-22: Is 49,24-26 / 11,23: Mc 9,40 / 11,26: 2 Pe 2,20


Dichosos son los que escuchan la palabra de Dios


  27 Mientras Jesús decía estas cosas, una mujer que estaba entre la multitud levantó la voz y le dijo: «¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron!». 28 Pero él le contestó: «Mucho más dichosos son los que escuchan la palabra de Dios y la guardan».


11,27-28: Una mujer sencilla, al oír la predicación de Jesús, piensa en la dicha que sentiría la madre del Señor por tener un hijo así, y se lo hace saber a Jesús (11,27). Jesús le responde que la dicha de ser su discípulo es mayor que la de ser su madre. Reflexionando sobre este pasaje, san Agustín afirmó que «para María es más importante ser discípula de Cristo que ser Madre de Cristo». María, la madre de Jesús, fue presentada por Lucas como la primera que guardaba en su corazón las palabras y las cosas que se referían a Jesús (2,19.51). Todos los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica (11,28) pertenecen a la familia de Jesús (8,20-21). Esta condición de discípulo es la más valiosa de todas, y no hay que dejar que Satanás la arrebate (11,24-26).


10,28: Dt 30,14; Sant 1,25


Y aquí hay alguien que es más que Jonás

Mt 12,38-42; Mc 8,12


29 Como crecía la muchedumbre, Jesús comenzó a decir: «La gente de esta época es malvada. Ellos piden un signo, pero no se les dará otro signo que el de Jonás. 30 Así como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, así será el Hijo del hombre para esta gente. 31 La reina del sur se presentará en el día del juicio para condenar a la gente de esta época, porque ella vino desde los confines de la tierra para oír la sabiduría de Salomón. Y aquí hay alguien que es más que Salomón. 32 Los hombres de Nínive se presentarán en el día del juicio para condenar a la gente de esta época, porque ellos hicieron penitencia cuando oyeron la predicación de Jonás. Y aquí hay alguien que es más que Jonás».


11,29-32: Los adversarios de Jesús le piden «un signo» del cielo que lo acredite como verdadero enviado de Dios (11,16.29; Jn 6,30), petición -como afirma Pablo- muy propia de los judíos (1 Cor 1,22). Jesús responde diciéndoles que «no se les dará otro signo que el de Jonás» (Lc 11,29). Según el Antiguo Testamento, Dios envió al profeta Jonás a predicar a los paganos y éstos se convirtieron cuando oyeron su predicación (Jon 1,2; 3,4-5); en cambio, los profetas que Dios envió a su propio pueblo nunca fueron escuchados ni éste se convirtió (2 Re 17,13-15). Además, el Antiguo Testamento muestra cómo la reina del sur (Lc 11,31), extranjera y pagana, viene de muy lejos con la única finalidad de admirar la sabiduría del rey judío Salomón (1 Re 10,1-2). El pueblo de Dios, en cambio, teniendo entre ellos al Rey Mesías lo rechaza. Por estas razones, el gran prodigio que se les mostrará a los adversarios de Jesús es que su enseñanza será predicada entre los paganos y éstos la aceptarán y se convertirán (Hch 28,28), mientras que Israel, el pueblo de Dios, no escuchará ni aceptará al que es mucho más que el profeta Jonás y que el gran rey Salomón. Por eso, los que oyen la predicación de Jesús, el Mesías, están en mejores condiciones que aquellos paganos que acudían de lejos a ver un rey, aunque -por lo mismo- tienen mayor responsabilidad.


11,29: Mc 8,12 / 11,30: Jon 3,3-4 / 11,31: 1 Re 10,1-10 / 11,32: Jon 3,5


Nadie enciende una luz para ocultarla

Mt 5,15; 6,22-23

 

33 «Nadie enciende una luz para ocultarla o ponerla bajo un cajón, sino sobre un candelero, de modo que todos los que entren, vean con claridad». 

34 «Tu ojo es la luz de tu cuerpo. Cuando tu ojo está sano, todo tu cuerpo está iluminado. Pero si tu ojo está enfermo, también tu cuerpo estará en la oscuridad. 35 Tienes que estar atento, para que la claridad que hay en ti no se vuelva oscuridad. 36 Si tu cuerpo está enteramente iluminado y no tiene nada de oscuridad, todo estará tan iluminado como cuando una lámpara te ilumina con su resplandor».


11,33-36: Lucas reúne dos dichos de Jesús que se refieren a la lámpara o a su luz (11,33 y 11,34-36). En el primero, Jesús se refiere a la luz de la lámpara que ilumina hacia fuera. La misión de ser luz de las naciones que Dios dio a Israel (Is 49,6) es ahora la misión de los discípulos de Jesús en cuanto constituyen el nuevo pueblo de Dios. La condición de seguidor de Jesús no puede quedar oculta (ponerla bajo un cajón o celemín: Lc 8,16), sino que el discípulo, con su ejemplo, debe ser una luz que ilumine a los de afuera, a los no cristianos (1 Cor 5,12-13; Col 4,5), para que opten por Jesucristo y se acerquen a la comunidad. El segundo dicho de Jesús (Lc 11,34-36) se refiere a la luz de la lámpara que ilumina hacia el interior. Así como los ojos, cuando están sanos, permiten que la luz penetre hacia el interior, también el cristiano recibe, por la predicación, la luz de la Palabra de Jesús y se convierte en lámpara encendida que ilumina a todos los de su comunidad. El testimonio luminoso y transparente de Jesús, como una lámpara que con generosidad arroja su luz, es la misión del discípulo, tanto hacia fuera de la Iglesia como al interior de ésta. 


11,33: Mc 4,21 / 11,36: Jn 3,19-21


Ay de ustedes…

que pasan por alto la justicia y el amor a Dios

Mt 23,6-7.25-26; Mc 12,38-40

 

37 Cuando Jesús estaba hablando, un fariseo le pidió que fuera a comer a su casa. Él entró y se sentó a la mesa. 38 El fariseo se quedó sorprendido cuando vio que no se lavaba las manos antes de comer. 39 Entonces el Señor le dijo: «Ustedes, los fariseos, purifican las copas y los platos por fuera, sin embargo, por dentro están llenos de codicia y maldad. 40 ¡Insensatos! ¿Acaso Dios que hizo lo de afuera, no hizo también lo de adentro? 41 ¡Den como limosna lo que tienen dentro y así todo quedará limpio!».

42 «Pero ay de ustedes, fariseos, que ofrecen a Dios el diezmo de la menta, de la ruda y de todas las legumbres, y pasan por alto la justicia y el amor a Dios. Hay que practicar esto sin descuidar aquello». 

43 «Ay de ustedes, fariseos, que quieren los primeros asientos en las sinagogas y que los saluden en las plazas». 

44 «Ay de ustedes que son como esos sepulcros sin indicación alguna que la gente pisa sin saberlo».


11,37-44: Jesús denuncia a los que se preocupan por la apariencia exterior y descuidan la rectitud interior, como les sucedía a algunos fariseos de su tiempo, que observaban con rigurosidad las purificaciones para no contraer ninguna impureza, pero no guardaban la pureza del corazón (Sal 24,4; Mt 5,8). De esta forma, por preocuparse por cosas menos importantes, descuidaban gravemente cosas fundamentales como la justicia y el amor (Lc 11,42). Sin la pureza interior, la exterior es falsa, porque la verdadera impureza, la que realmente mancha al ser humano, es la rapiña y la avaricia, el descuido de la justicia y del amor a Dios, el orgullo y la vanagloria. Jesús compara a los fariseos sin pureza interior, pero que buscan ser tratados con consideración y respeto (11,43), con aquellos sepulcros que no han sido pintados de blanco (11,44) y que, al no tener indicación alguna, la gente toca sin querer, quedando impuros por el muerto que contienen (Nm 19,16). Es siempre imprescindible discernir qué llevamos de hipócrita en nuestra vida. La búsqueda y práctica con rectitud de conciencia de la justicia y del amor a Dios nos permiten caminar en lo esencial de la vida cristiana, sin perdernos en preocupaciones inútiles, en planes que no tienen ningún futuro en el Reino de Dios, porque son sólo nuestros y no de Dios. 


11,38: Mt 15,1-2 / 11,42: Lv 27,30; Am 5,21-24 / 11,44: Nm 19,16


Ay de ustedes…

que se han apoderado de la llave del conocimiento

Mt 23,4.13.29-31

 

45 Uno de los maestros de la Ley tomó la palabra y le dijo: «Maestro, al hablar así también nos ofendes a nosotros». 

46 Jesús le respondió: «Ay de ustedes, maestros de la Ley, que ponen sobre los hombres cargas difíciles de llevar, pero ustedes no las tocan ni siquiera con un dedo». 

47 «Ay de ustedes, que construyen los sepulcros de los profetas, a quienes sus propios padres asesinaron. 48 Así se convierten en testigos y aprueban lo que hicieron sus padres, porque ellos los asesinaron y ustedes construyen los sepulcros. 49 Por eso dijo la sabiduría de Dios: “Yo les enviaré profetas y apóstoles. Pero matarán a unos y perseguirán a otros”. 50 De modo que Dios pedirá cuenta a la gente de esta época de toda la sangre de los profetas que fue derramada desde la creación del mundo, 51 desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, al que ejecutaron entre el altar y el Santuario. ¡Sí, les aseguro que se le pedirá cuenta a la gente de esta época!».

52 «Ay de ustedes, maestros de la Ley, porque se han apoderado de la llave del conocimiento. ¡Ustedes no entran y les impiden entrar a los que vienen!». 

53 Cuando Jesús salió de allí, los maestros de la Ley y los fariseos se indignaron muchísimo contra él y comenzaron a atacarlo con preguntas acerca de muchos temas, 54 tratando de atraparlo en sus propias palabras.


11,45-54: Jesús denuncia a los maestros de la Ley por hacer intolerable la religión como encuentro y comunión con Dios, debido a la forma rigurosa como interpretan y enseñan la Ley, mandamientos que ellos mismos no se preocupan de observar (11,46). Por preocuparse de la Ley de Dios se han olvidado del Dios que por la Ley expresa su voluntad de una vida en comunión con él y de una vida digna para todos. Edifican monumentos y sepulcros en honor a los profetas que fueron asesinados, pero ellos -sin embargo- son cómplices de los asesinos y, como éstos, siguen sin escuchar ni a los profetas ni a Jesús, enviado por Dios. Además, al igual que sus antepasados, persiguen y matan a los mensajeros de la Buena Noticia del Reino, enviados por Jesús (11,49). Por eso tendrán que dar cuenta de toda la sangre derramada en la historia, «desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías» (11,51), es decir, desde el primer asesinado de la historia, Abel (Gn 4,8), hasta el último asesinato narrado en la Biblia hebrea, el de Zacarías, que es alguien diferente al profeta del mismo nombre (2 Cr 24,21-22). La denuncia de Jesús a los fariseos nos acecha de forma permanente: la hipocresía de vida y la importancia que le damos a lo superficial y externo. Y así, es fácil que empleemos toda nuestra energía en no tragarnos el mosquito sin darnos casi cuenta de que nos tragamos el camello al descuidar lo más importante de la Ley: la voluntad de Dios, la misericordia y la fe (Mt 23,23-24). 


11,46: Mt 11,28 / 11,47-51: Mt 23,34-36 / 11,50-51: Gn 4,10; 9,5; Ez 33,6-8


No teman a los que matan el cuerpo

Mt 10,26-32

 

121 Se habían reunido millares de personas hasta el punto de atropellarse unos a otros. Entonces comenzó a decir a sus discípulos: «¡Cuídense de la levadura de los fariseos que es su hipocresía! 2 No hay nada oculto que no vaya a ser revelado ni nada escondido que no llegue a saberse. 3 Todo lo que digan en la oscuridad se oirá a plena luz, y todo lo que digan en secreto, en las habitaciones interiores, se proclamará desde lo alto de las casas». 

4 «Por eso a ustedes, amigos míos, les digo: no teman a los que matan el cuerpo y después no pueden hacer nada más. 5 Les indicaré a quién deben temer: teman al que después de matarlos tiene autoridad para arrojarlos a la Gehena. ¡Sí, yo les digo, a ése deben temer! 6 ¿Acaso no se venden cinco pájaros por dos monedas de poco valor? Sin embargo, Dios no se olvida de ninguno de ellos. 7 A ustedes Dios les tiene contados todos los cabellos de la cabeza. ¡No tengan miedo: ustedes valen mucho más que los pájaros!». 

8 «Les aseguro que todo aquel que se declare a mi favor delante de los hombres, el Hijo del hombre se declarará a favor de él en presencia de los ángeles de Dios. 9 Pero aquél que delante de los hombres niegue conocerme, no será reconocido en presencia de los ángeles de Dios».


12,1-9: