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ATRAS

(16 capítulos)

BUENA NOTICIA ACERCA DE JESÚS SEGÚN MARCOS

 

Introducción

 

I- «No tienen raíz en sí mismos» (4,17): la comunidad de Marcos

 

Esta afirmación que Marcos recuerda de Jesús (Mc 4,17), bien pudo describir la realidad de su comunidad, porque la fe y la conversión aún no lograban sustentar el seguimiento fiel en aquellos difíciles tiempos de hostilidad. 

La comunidad a la que Marcos escribe está compuesta, en su mayoría, por no judíos que viven su seguimiento del Señor fuera de Israel, posiblemente en Roma o quizás en Siria, en medio de una cultura grecorromana decadente. Los tiempos de los emperadores Claudio (41-54 d.C.) y Nerón (54-68 d.C.) son tan complejos que ahogan su fe. 

Algunos rasgos de la comunidad que se deducen del Evangelio según Marcos son:

 

a- Es una comunidad que recibe con gozo la Buena Noticia acerca de Jesús transmitida por Marcos (Mc 1,1); éste, a su vez, recibe el testimonio apostólico de Pedro, quien llama a Marcos «mi hijo» (1 Pe 5,13); Marcos también tuvo contacto con Pablo y su tradición teológico-misionera, la que quedará reflejada en el segundo evangelio (ver Mc 7,15 y Rom 14,20).

b- Tienen conciencia de ser la nueva familia de Dios, el pueblo escatológico de la nueva alianza que se congrega como parientes de Jesús en las casas donde el Mesías los reúne, no en la «sinagoga de ellos» (Mc 1,39); viven insertos en la sociedad grecorromana, pero no comparten sus paradigmas de vida; aunque acosados y perseguidos no están dispuestos a transformarse en una secta. 

c- Saben que han sido enviados a evangelizar a los «de lejos», es decir, a los que no son judíos (Mc 8,3; 13,10).

d- Viven en un contexto de asfixiante paganismo y corrupción socio–política; perseguidos por causa de Cristo (Mc 4,16-17; 13,9-13), se preguntan por los signos salvadores del Reino y por qué su Señor tarda en liberarlos de las tribulaciones de los tiempos finales; el sufrimiento por Jesús y la cruz ocupan un lugar destacado. 

e- En la comunidad experimentan conflictos por la búsqueda de poder y dominio; por la falta de fidelidad ante la persecución y el sufrimiento; por las visiones contrapuestas sobre la misión y las tensiones en la integración de judíos y paganos convertidos; por la debilidad en la que se encuentra el profetismo cristiano. 

 

En vez de desanimarse a causa de la hostilidad del ambiente y la persecución de los enemigos, esta segunda generación de discípulos (70-110 d.C.) pone sus ojos en sus orígenes: aceptan la memoria escrita de Jesús como Buena Noticia que invita a refundar la identidad y animar la fidelidad mediante la vinculación con su Señor resucitado. 

 

II- «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?» (8,29): la teología de Marcos

 

1- Jesús, su identidad y la memoria escrita de Marcos 

 

La pregunta por la identidad de Jesús, hecha de diversas manera, recorre la primera parte del evangelio (Mc 1,27; 2,7; 4,41; 6,2-3) hasta concluir en aquel solemne momento en Cesarea de Filipo en que Jesús interpela a los suyos: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?», centro literario y teológico de Marcos (8,29). La pregunta no es inofensiva, puesto que conforme sea la respuesta, así será la identidad del discípulo. Como el israelita del siglo I define su identidad en relación con la familia de la que forma parte, la pregunta por la identidad se responde a partir de la familia de Jesús: es el hijo de José, el artesano de Nazaret, y de una aldeana llamada María. Marcos, sin embargo, empleando la técnica literaria del contraste, nos muestra que hay acciones y enseñanzas de Jesús que no corresponden a lo que se espera de un miembro de esa familia (ver Lc 5,21; 7,19; Jn 8,25.53). Los hechos y palabras de Jesús reflejan una relación con Dios y con Israel tan original que sorprende a todos, y la pregunta acerca de “quién en realidad es éste” corre de boca en boca (Mc 6,2-3.6). Muchos responden relacionándolo con espíritus impuros, razón por la que lo tildan de loco o endemoniado (3,21-22). Los contrastes darán pie a la pregunta de Jesús: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?» (8,29).

En sociedades jerarquizadas y familias patriarcales como las del siglo I, Jesús debería responder a los parámetros religiosos y socio-culturales enseñados y vividos en la familia y aldea. Por esto, todos esperan que sea un hijo obediente, preocupado del honor o buena fama de José y María (Éx 20,12); un hombre casado y con hijos educados según sus valores, que imiten a su padre (Eclo 30,4); honrado y responsable en su oficio; un buen israelita, cumplidor de las prácticas de piedad y de la Ley de Moisés. Sin embargo, ocurre lo que nadie espera: en nombre propio derrota enfermedades, vence a demonios y perdona pecados, lo que jamás se ha visto, menos en familias como la de José y María. Pero no es todo, pues come con pecadores y publicanos, transgrediendo la Ley de Moisés; reinterpreta la Escritura, completando y cambiando lo que dice; testimonia a Dios como Hijo amado, y hasta los endemoniados reconocen su condición. Muchos dicen que es el Mesías, pero él insiste que es el Mesías sufriente, y nadie se imagina en su tiempo un Ungido de Dios que muera derrotado en la cruz. Y la pregunta: “¿Quién realmente es éste?”, sigue circulando de boca en boca. 

Jesús les revelará sólo a sus discípulos (Mc 4,33-34) que su identidad se explica por su pertenencia a otra familia: él es el Hijo de Dios y el Mesías de Israel (1,9-11). Sus hechos y palabras, por tanto, corresponden y revelan su relación de Hijo amado y obediente de Dios, su Padre, y de Cristo o de Mesías salvador respecto a Israel. Así, la identidad de Jesús visibiliza a su familia: al Padre celestial con su vida y misericordia, y al Espíritu Santo con su poder sanador en medio del dolor y la marginación. Quien siga a este Jesús tiene que incorporarse a esta familia de Jesús (Mc 3,31-35); quien lo siga tiene que aprender a cultivar relaciones del todo originales con el Padre y el Espíritu. 

 

2- Jesús y su Familia: el Dios del Reino y el Reino de Dios

 

Para revelar la identidad en el siglo I, necesariamente hay que hablar de la propia familia. Por esto cuando Jesús, Hijo de Dios, nos habla “del Reino” de Dios (Mc 1,15), lo que hace es manifestarnos los rasgos distintivos “del Dios” del Reino, es decir, de su Padre. En las parábolas y acciones del Reino (sanar enfermos, expulsar demonios, comer con pecadores), el Hijo nos revela a su Padre y cómo él quiere reinar; de este modo, Jesús revela su propia identidad. 

El Dios del Reino actúa por el Hijo dando vida, liberación y paz. Su reinado no se define en categorías de dominio, sino en razón de su ser: es Abbá o Padre, fuente de vida y misericordia. Por lo mismo, el Padre de Jesús reina haciéndonos sus hijos y hermanos unos de otros, invitándonos a vivir en alianza con él y a formar parte de su nueva familia escatológica (la Iglesia).

De este modo, Jesús introduce parámetros originales lo que provocará un profundo conflicto de imágenes de Dios con los dirigentes religiosos de su tiempo, razón más que suficiente para que buscaran matarlo. 

 

3- Jesús, su nueva familia y la casa

 

A los que aceptan por fe a su Hijo, Dios los convoca como germen o resto santo del nuevo Israel. Sin embargo, muchos serán los que permanezcan fuera de la casa (Mc 3,31.32; 4,11), aferrados a «la sinagoga de ellos» y a la Ley (1,39), sin aceptar al enviado de Dios. Los que ingresen a la casa donde está el Mesías y se sientan a escuchar su Palabra, formarán la nueva familia de Dios. Esta nueva comunidad no se congrega por la raza (judíos) o la sangre (parientes), sino por la aceptación del Mesías, cuya misión es hacer presente el reinado de Dios como Padre de todos. 

En la casa donde está el Mesías, el discípulo se libera del mal para servir a los demás; aprende acerca del Reino de Dios y de la misericordia del Dios del Reino, la que hay que testimoniar. Jesús, con los suyos, despliega una particular pedagogía: si las parábolas del Reino son para todos, sólo a los de “adentro” les explica el misterio del Reino que las parábolas encierran (Mc 4,10.33-34). 

 

4- Jesús, sus discípulos y la respuesta

 

En torno a Jesús se crean tres círculos concéntricos: el externo, constituido por autoridades religiosas que consideran que Jesús está endemoniado, y varios de sus parientes que piensan que está loco; el intermedio, compuesto por la muchedumbre, entre ellos, muchos campesinos de aldeas que se benefician de sus milagros y buscan satisfacer su ansias de mayor salud y libertad, por lo que siguen ocasionalmente a Jesús; y el interno, formado por aquellos que, por iniciativa de Jesús, pasan de muchedumbre a discípulo, constituyendo su nueva familia. En lo más íntimo de este círculo están los Doce que representan la promesa de Dios de hacer de las doce tribus de Israel su pueblo. 

Discípulo es quien deja la sinagoga y la muchedumbre y entra donde se encuentra el Mesías para sentarse a sus pies, es decir, para conocer la voluntad de Dios y practicarla. El éxodo de muchedumbre a discípulo es para vivir en comunión con Jesús; no basta, pues, creer en sus milagros ni menos seguirlo con el fin de beneficiarse de ellos. Tres rasgos definen al discípulo: la iniciativa es de Jesús quien, porque lo ama, lo invita a optar por él (Mc 10,21); le pide negarse a sí mismo y tomar la cruz (8,34), es decir, abandonar las relaciones antiguas sobre todo cuando hay conflictos de intereses por el seguimiento del Señor; y lo invita a vincularse a él, único modo para aprender a conocerlo, a compartir su destino y a vivir de cara a la misión y al servicio a los demás. 

 

III- «Comienzo de la Buena Noticia de Jesús» (1,1): la obra literaria de Marcos

 

1- Evangelio, encuadre temporal y geográfico

 

El Evangelio según Marcos es la Buena Noticia acerca de Jesús hecha narración, para que el lector reconozca por la fe que Dios es el Padre de Jesús y que él es su Hijo y Mesías, quien vino a darse «en rescate por todos» (Mc 10,45). Si Marcos narra lo de Jesús, es para animar el camino de su comunidad. Por esto, la obra de Marcos es una catequesis acerca de Cristo y de su invitación a seguirlo como discípulo. 

Marcos fue compuesto a partir del esquema geográfico y teológico de la predicación apostólica a los paganos, sobretodo la predicación de Pedro y sus colaboradores, (Hch 10,37-43), y a partir de tradiciones orales y de composiciones escritas que circulaban en las comunidades. Marcos seleccionó, ordenó y reelaboró este material, creando un relato de carácter biográfico, con finalidad catequética, centrado en Jesús y su ministerio. Su relato se ocupa de la actividad de Jesús en Galilea, norte de Israel, y luego de su destino trágico en Jerusalén, capital religiosa al sur del país. El evangelio no sólo tuvo una edición, y así lo prueba la llamada “conclusión canónica” (Mc 16,9-20) que procede del año 150 d.C. La composición de Marcos hay que situarla hacia los años 66/67 d.C., probablemente antes del 70, año de la destrucción de Jerusalén. Sin embargo, algunos estiman que Marcos conoció la destrucción de Jerusalén (13,2) y los sucesos relacionados con ello (13,14), por lo que lo datan hacia el año 72 d.C., inicio de la segunda generación de cristianos (70-110 d.C.). Dos son los lugares donde se piensa, por diversas razones, que fue escrito: la opinión tradicional apunta a Roma, pero también pudo haber sido en Siria.

Marcos, a partir de tradiciones orales, relata lo de Jesús con viveza psicológica, dramatismo literario y profundidad teológica. Los desplazamientos geográficos de Jesús son etapas que marcan su revelación y muestran las respuestas de la gente. En Galilea, el Mesías revela la Buena Noticia de que Dios nos ofrece un reinado de vida y misericordia. En Judea, entrega su vida al Padre para salvar a todos. Las respuestas son variadas: allá, en Galilea, un auditorio compuesto de judíos y paganos que lo siguen y admiran; aquí, en Jerusalén y el Templo (Judea), dirigentes de Israel que se oponen tenazmente a él al punto de inducir a la gente a que pida su muerte. Ya en Galilea convivía esta oposición con la aceptación de la mayoría. Si predominan los fariseos, los maestros de la Ley o algunos parientes de Jesús se espera incomprensión y hostilidad; si predomina la muchedumbre de sencillos aldeanos judíos y de paganos, lejos de la influencia de las dirigentes, se espera admiración y hospitalidad. De este modo, Marcos destaca que la salvación de Jesús es para los sencillos de corazón, sean judíos o gentiles.

 

2- Evangelio, tradición apostólica y organización literaria

 

Para narrar lo de Jesús, Marcos, que no era apóstol, se basó en la predicación y el testimonio de los apóstoles, entre ellos el de Pedro (Hch 10,34-43). El Evangelio según Marcos, producto también de algunos de la comunidad, se inicia con una introducción y concluye con la llamada conclusión canónica. Entre ambas, se distinguen dos secciones. La confesión inicial de que Jesús es el Mesías y el Hijo de Dios organiza las dos secciones (Mc 1,1). 

Por tanto, una posible organización literaria del segundo evangelio podría ser la siguiente:

 

Introducción

1,1-13

I

Revelación del Mesías, del Reino de Dios y de sus signos

1- Anuncio del Reino de Dios y respuesta de Israel

1.1- El Reino proclamado a Israel: el ministerio de Jesús de Nazaret

1.2- El Reino cuestionado por los dirigentes: discusiones con Jesús


2- Anuncio del Reino de Dios y formación de una nueva familia

2.1- Los discípulos del Mesías, nueva familia de Dios

2.2- El Reino manifestado en parábolas: don de Dios y notas distintivas

2.3- El Reino manifestado en milagros: fe del discípulo y nueva humanidad


3- Anuncio del Reino de Dios y respuesta de la nueva familia

3.1- Testimoniar el Reino a todos

3.2- El “pan” del Reino para todos


1,14-8,30

1,14-3,6

1,14-45

2,1-3,6


3,7-6,6a

3,7-35

4,1-34

4,35-6,6a



6,6b-8,30

6,6b-29

6,30-8,26

Conclusión: seguimiento y confesión de fe

8,27-30

II

Revelación del Mesías sufriente y su entrega filial al Padre

1- El camino del Mesías de Galilea a Jerusalén

1.1- El camino del Mesías: renuncia y cruz del discípulo

1.2- El camino del Mesías: adhesión y vida en comunidad

1.3- El camino del Mesías: seguimiento y servicio del discípulo


2- La entrega del Mesías en Jerusalén

2.1- Rechazo del Mesías e Hijo de Dios y juicio a Israel

2.2- Entrega del Mesías e Hijo de Dios a su Padre por todos 


8,31-16,8

8,31-10,52

8,31-9,29

9,30-10,31

10,32-52


11,1-16,8

11,1-13,37

14,1-16,8

Conclusión canónica

16,9-20

 

Marcos dedica la Primera Sección, centrada en Galilea, a revelar a sus lectores una de las relaciones fundamentales de Jesús: él es el Mesías o Ungido con el Espíritu de Dios (identidad), para liberar a Israel de la opresión de Satanás, haciendo presente el Reino de Dios y el verdadero rostro del Dios del Reino (misión). A todo el que quiera escucharlo y seguirlo, el Mesías lo invita a entrar en el Reino, es decir, a formar parte de una nueva familia (discipulado). Al final de la sección, Pedro, un judío y en nombre de los discípulos, confiesa la relación de Jesús respecto a Israel: es el Mesías enviado como salvador (Mc 8,29). La Segunda Sección, centrada en Jerusalén, el autor la dedica a revelar otra relación fundamental de Jesús: este Mesías es el Hijo amado y obediente del Padre (identidad) que entrega su vida para sellar una nueva alianza en favor de todos (misión). La obediencia del Hijo para quien lo acepta por la fe es fuente de nueva relación con Dios y con los otros (discipulado). Al final de la sección, un jefe romano y en nombre de los no judíos, confiesa la relación de Jesús respecto de Dios: es verdaderamente su Hijo (15,39). 

En la Primera Sección, Marcos destaca un aspecto sorprendente: el secreto mesiánico o silencio que Jesús impone a todos, a discípulos, gente que sana e, incluso, espíritus impuros, cuando está en juego su identidad (Mc 1,44; 3,12). ¿A qué responde? Es un recurso literario y teológico de Marcos que está al servicio de la revelación progresiva de la identidad de Jesucristo. Así, mientras Jesús no enseñe que su mesianismo, según la voluntad del Padre, se realizará mediante el sacrificio de sí mismo en la cruz (Segunda Sección), todos tienen que guardar silencio, pues fácilmente lo confundirían con un mesías nacionalista, pensando que viene a derrotar a los enemigos de Dios y de su pueblo, en ese tiempo, los romanos con su sistema de vida plagado de excesos e ídolos. 

 

Introducción

 

1,1-13. Marcos se propone comunicarnos el núcleo de la fe cristiana: Jesús de Nazaret es el Evangelio o Buena Noticia de Dios, porque a él, su Hijo querido, Dios lo constituyó Mesías o Cristo para que en la cruz nos salvara a todos. Esta Buena Noticia es el contenido de su obra, la que comienza describiéndonos por qué Jesús es la Buena Noticia de Dios: él cumple las promesas de Dios contenidas en el Antiguo Testamento, anunciadas por boca del precursor Juan Bautista (1,2-8); él es el Hijo amado y obediente, Ungido del Espíritu de su Padre para redención de todos (1,9-11); él derrota a Satanás, conduciéndolo todo a su Padre (1,12-13). ¡Por todo esto es Buena Noticia!

 

Comienzo de la Buena Noticia de Jesús

Mt 3,1-12; Lc 3,1-9.15-17; Jn 1,19-28

 

11 Comienzo de la Buena Noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios.

2 Tal como Dios afirma en el profeta Isaías:

Mira, envío a mi mensajero delante de ti,

para que te prepare el camino; 

3 una voz grita en el desierto: preparen el camino al Señor,

enderecen sus senderos [Mal 3,1; Éx 23,20; Is 40,3]

4 se presentó Juan en el desierto, bautizando y proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. 5 Toda la región de Judea y todos los de Jerusalén acudían a Juan y se hacían bautizar por él en el río Jordán, reconociendo sus pecados. 6 Juan vestía un manto de piel de camello atado a su cintura con una correa de cuero, y se alimentaba con saltamontes y miel del campo. 

7 Y proclamaba diciendo: «Detrás de mí viene uno que es más poderoso que yo, ante quien ni siquiera soy digno de agacharme para desatarle la correa de sus sandalias. 8 Yo los he bautizado con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo».

 

1,1-8: En el momento establecido, Dios envía la voz (Juan Bautista) para anunciar que realiza su promesa de enviarnos al Mesías. El vestido de Juan y su alimento lo identifican como profeta o mensajero de Dios. Su misión es exhortar al arrepentimiento de los pecados ante la inminente presencia pública del Mesías. Juan sabe que él es sólo el precursor y que ante el Ungido de Dios no es digno siquiera de desatarle la correa de sus sandalias, función reservada a los esclavos extranjeros. Por tanto, a él no pueden confundirlo con el Mesías (1,7; Jn 1,19-20). Juan enseña que mientras él bautiza o sumerge en agua, el Mesías bautizará o sumergirá en el Espíritu Santo, otorgando la vida de Dios y haciendo partícipe de su santidad. La misión del discípulo es hoy como la de Juan: anunciar con voz clara y con una vida transparente que el Padre, por su Mesías, nos otorga su vida, nos hace sus hijos y nos regala la condición de hermanos al servicio de la humanidad.

 

1,1: Is 61,1; Sal 2,2; 1 Cr 17,13-14 / 1,4: Hch 2,38 / 1,5: Hch 11,16 / 1,6: Lv 11,22; 2 Re 1,8 / 1,7: Jn 1,30 / 1,8: Jn 1,33; Hch 1,5

 

Tú eres mi Hijo amado

Mt 3,13-17; Lc 3,21-22; Jn 1,29-34

 

9 Por aquellos días, Jesús vino desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. 10 En cuanto salió del agua, Jesús vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, como una paloma, descendía sobre él. 11 Se oyó entonces una voz que venía del cielo: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco».

 

1,9-11: A causa del pecado y la maldad del ser humano, el cielo se había cerrado, ocultándonos a Dios. Pero el firmamento, que separa el cielo de la tierra, se rasga y Dios sale al encuentro de la humanidad (Is 63,15-64,4). El Padre, mediante su Hijo predilecto, constituido Mesías por la unción del Espíritu (Hch 2,36), viene a reconciliar a la humanidad consigo. Como una paloma que se dirige sin vacilar a su nido (Is 60,8), así el Espíritu desciende sobre Jesús de Nazaret. Jesús dedicará su vida a revelar y ofrecer su condición de Hijo amado de Dios, rico en vida y misericordia, quien quiere ser Padre de una humanidad reconciliada. El Hijo, que vive fiel al Espíritu y en obediencia filial al Padre, ofrece su vida de Hijo para que nosotros, por la aceptación de fe y el bautismo, obtengamos esa misma condición de hijos. ¡Ésta es nuestra vocación!

 

1,9: 1 Sm 16,13 / 1,10: Is 63,11 / 1,11: Is 42,1

 

Satanás lo puso a prueba

Mt 4,1-11; Lc 4,1-13

 

12 De inmediato el Espíritu impulsó a Jesús al desierto, 13 donde Satanás lo puso a prueba durante cuarenta días. Vivía entre las fieras y los ángeles lo servían.

 

1,12-13: La misión de Jesús -como nuevo Adán- es vencer al Adversario de Dios para hacer posible la paz original que el ser humano perdió en el paraíso (Gn 2,8-15). Su convivencia con fieras y el servicio que recibe de los ángeles son los signos proféticos que indican que Dios inaugura, por su Mesías, el tiempo de salvación definitivo (Is 11,6-9; Sal 91,10-13). Como los hombres de Dios (Éx 34,28; 1 Re 19,8) y el Siervo del Señor (Is 53,3-5), el Mesías no rehúye la prueba ni el sufrimiento; más aún, éste es el camino escogido para ofrecer impensados bienes de Dios a la humanidad (redención, filiación, santidad…). A diferencia de Israel que apenas salió de Egipto se hizo idólatra en el desierto, camino a la tierra prometida, el Mesías -por su amor y obediencia a Dios- no sucumbe en el desierto a la tentación de Satanás, haciendo así realidad la victoria de Dios sobre el mal y la opresión. Esta también es nuestra esperanza, la de sus seguidores. 

 

1,12: Heb 3,8 / 1,13: Sal 91,11-13; Job 1,6; Heb 2,18

 

I

Revelación del Mesías, del Reino de Dios y de sus signos

 

1,14-8,30. La actividad de Jesús se centra en Galilea. Sus palabras y acciones revelan quién es Jesús y cuál es su misión. En un primer momento (1,14-3,6), Jesús anuncia el Reino de Dios a Israel y a sus dirigentes, mostrando los signos que lo acreditan; la respuesta es el rechazo. En un segundo momento (3,7-6,6a), Jesús proclama el Reino no sólo a judíos, sino también a paganos y parientes; la respuesta es la confusión de muchos y la incredulidad de los parientes; con los que creen, judíos o no, Jesús constituye el pueblo de la nueva alianza. En un tercer momento (6,6b-8,30), instruye a esta nueva familia en su identidad y misión; la respuesta es sólo en apariencia adecuada, pero en realidad los discípulos lo siguen con miedo y sin comprender mucho.

 

1- Anuncio del Reino de Dios y respuesta de Israel

 

1,14-3,6. Después de proclamar el Reino a Israel y sus dirigentes, éstos cuestionan a Jesús sometiéndolo a controversias o discusiones (2,1-3,6). Jesús muestra con enseñanzas y acciones que él es el Ungido de Dios, enviado a convocar y santificar al pueblo para hacerlo entrar en el Reino de Dios. Por sus milagros y la autoridad de sus respuestas en las controversias con dirigentes y maestros de la Ley, Jesús suscita admiración y una primera adhesión de muchos, no así de las autoridades israelitas que deciden matarlo (3,6). Los milagros de Jesús y las comidas con los pecadores son imágenes vivas del “Reino” de Dios, pero sobre todo del “Dios” del Reino, que nos revelan que su Padre reina creando una humanidad liberada del pecado y la opresión, que viva en comunión con él y los demás. 

 

1.1- El Reino proclamado a Israel: el ministerio de Jesús de Nazaret

 

1,14-45. En la Galilea de Jesús, donde reina Herodes Antipas, había fuertes tensiones socio-económicas, políticas y religiosas. En este contexto, Jesús anuncia la decisión de Dios de reinar mediante su Mesías o Cristo. Jesús se establece en Cafarnaún, pueblo de la costa noroeste del lago de Tiberíades, el que sirve de marco para que el evangelista nos presente una jornada modelo del Mesías donde se suceden -en el plazo de un día- enseñanzas y acciones, lugares diversos y diferentes interlocutores. Todo es revelación del Reino y sus frutos. Algo inaudito comienza a gestarse en «la Galilea de los gentiles» (Is 8,23).

 

El Reino de Dios está llegando

Mt 4,12-17; Lc 4,14-15

 

14 Después de que apresaron a Juan, Jesús se fue a Galilea a anunciar la Buena Noticia de Dios. 15 Decía: «El tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios está llegando: conviértanse y crean en la Buena Noticia».

 

1,14-15: La vida y ministerio de Jesús es anuncio gozoso de que Dios quiere reinar como Padre. Las curaciones de enfermos, las expulsiones de demonios, las comidas con los pecadores… son signos “del Reino” y “del Dios” del Reino que ejerce su soberanía ofreciendo misericordia y vida nueva. Lejos queda la teología de la realeza de Dios del tiempo de Jesús que enseñaba que Dios sería Rey cuando, como único y poderoso Señor, ejerciera su soberanía desde el Templo en Jerusalén, haciendo cumplir la Ley y exigiendo que todos lo adoren (Zac 14). Para hacer presente el reinado del Padre, Jesús revela su ser y experiencia de Hijo amado. El Reino del Padre sólo es posible por la aceptación de su Hijo Jesús. La fe y la conversión de vida nos vinculan íntimamente al Hijo, para aceptar y vivir la relación de hijos e hijas del Padre. 

 

1,14: Mt 4,12; Rom 1,1-2 / 1,15: Is 11,1-9; Mt 3,2

 

Los haré pescadores de hombres

Mt 4,18-22; Lc 5,1-11

 

16 Mientras Jesús caminaba por la orilla del lago de Galilea vio a Simón y a su hermano Andrés que echaban las redes en el lago, porque eran pescadores. 17 Jesús les dijo: «Vengan detrás de mí y los haré pescadores de hombres». 18 De inmediato ellos dejaron las redes y lo siguieron.

19 Un poco más adelante, vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca remendando las redes, 20 y en seguida los llamó. Ellos dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los trabajadores y se fueron detrás de Jesús.

 

1,16-20: Estas dos escenas de vocación revelan lo original de la elección de Jesús: pide de modo inmediato abandonarlo todo para que se vayan con él y para hacerlos pescadores de hombres. Los maestros de la Ley, en cambio, exigían aprender la Ley y seguirla fielmente. Jesús llama exigiendo rupturas que posibiliten la adhesión fiel a su persona y la pertenencia a su comunidad. La misión del discípulo se indica con una metáfora: pescar hombres (Jr 16,16-17; Ez 47,1-12), es decir, capturarlos vivos de aquellas aguas (así el verbo griego en Lc 5,10) que causan la muerte (Sal 18,17; 144,7), para incorporarlos al Reino de vida y reunirlos como familia de Dios. Ser discípulo es seguir a Jesús y participar de su comunidad para aprender, en la convivencia con él y los demás, a ser como él, entregando la vida por su causa. De la fecundidad y gozo de esta comunión brota el anuncio misionero. 

 

1,16-18: Jn 1,35-42; Lc 18,28

 

¡Cállate y sal de ese hombre!

Lc 4,31-37

 

21 Entraron en Cafarnaún. Apenas llegó el sábado, Jesús fue a la sinagoga y se puso a enseñar. 22 La gente se admiraba de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los maestros de la Ley.

23 En la sinagoga de ellos había un hombre con un espíritu impuro que empezó a gritar: 24 «¿Qué tenemos que ver contigo, Jesús Nazareno?, ¿viniste a destruirnos? Ya sé quién eres: ¡el Santo de Dios!». 25 Jesús le ordenó, diciendo: «¡Cállate y sal de ese hombre!». 26 Y el espíritu impuro, sacudiéndolo con violencia y dando un alarido, salió de aquel hombre. 27 Todos quedaron tan asombrados que se preguntaban unos a otros: «¿Qué es esto? Una enseñanza nueva con autoridad: ¡manda a los espíritus impuros y le obedecen!». 28 La fama de Jesús se divulgó rápidamente por todas partes, por toda la región de Galilea.

 

1,21-28: En un espacio tan propio de Israel como la sinagoga, Jesús proclama el Reino revelando su autoridad divina al derrotar a un espíritu impuro, quien -además- revela su identidad: tú eres «el Santo de Dios» (1,24). En la sinagoga, aunque sea el ámbito sagrado propio del judaísmo (por eso se dice «de ellos»: 1,23), hay cabida para un hombre con un espíritu impuro. Al expulsar al demonio, Jesús invita al pueblo de Dios a pensar que la Ley, que se lee en las sinagogas, no tiene todo el poder que ellos buscan para vivir liberados de los espíritus impuros; el Mesías de Dios, que viene a perfeccionar la Ley, es ahora quien tiene autoridad y poder para liberar del mal y de los ídolos y regalar la auténtica comunión con Dios.

 

1,21: Lc 4,16-21; Hch 13,14-15 / 1,22: Mt 7,28-29 / 1,24: Jn 6,69 / 1,27: Mt 8,31-32 / 1,28: Lc 5,15

 

Jesús la tomó de la mano y la levantó

Mt 8,14-15; Lc 4,38-39

 

29 Después que ellos salieron de la sinagoga, Jesús con Santiago y Juan fueron a la casa de Simón y Andrés. 30 La suegra de Simón estaba en cama con fiebre y de inmediato le hablan de ella. 31 Jesús se acercó, la tomó de la mano y la levantó. Entonces se le quitó la fiebre y ella se puso a servirles.

 

1,29-34: De la sinagoga, Jesús pasa a la casa de Pedro. Como la suegra de éste se halla enferma, Jesús la levanta (el verbo griego también significar “resucitar”: 16,6) y la sana, aunque es día sábado (1,21). Ella de inmediato se pone a servirlos. Como las enfermedades en el siglo I se atribuyen a pecados, espíritus impuros, poderes sobrehumanos (1,34; 9,17)… que excluían del pueblo santo de Dios, la curación de una enfermedad sólo es posible cuando se destruyen esos poderes que la causan; lo que más quería un enfermo israelita es volver a integrarse al pueblo santo de Dios, lo que el espíritu impuro que lo poseía no le permitía. Al igual que los reunidos en la sinagoga (1,21-28), ahora los de la casa y de la ciudad son testigos de la autoridad del Mesías y de la irrupción de vida que procede de él, quien libera de poderes malignos y de situaciones que esclavizan. Para entrar en el Reino es necesaria la apertura al Mesías, dejándolo actuar, pues sólo él es la fuente de liberación que hace posible el servicio a Dios y a los demás. 

 

1,29: Jn 1,40-41 / 1,30-31: Sant 5,14-15

 

Jesús sanó a muchos enfermos

Mt 8,16-17; Lc 4,40-41

 

32 Al atardecer, al ponerse el sol, le llevaban todos los enfermos y endemoniados 33 y la ciudad entera se reunía junto a la puerta. 34 Jesús sanó a muchos enfermos que sufrían de diversos males y expulsó a muchos demonios, pero a éstos no los dejaba hablar, porque sabían quién era él.

 

1,32-34: Ver comentario a 1,29-34.

 

1,34: Sant 2,19

 

Vamos a otra parte… para predicar también allí

Lc 4,42-44

 

35 Muy de madrugada, cuando aún no amanecía, Jesús se levantó, salió, se fue a un lugar aparte y allí se puso a orar. 36 Simón y sus compañeros comenzaron a buscarlo. 37 Al encontrarlo le dijeron: «¡Todos andan buscándote!». 38 Pero él les contestó: «Vamos a otra parte, a los poblados vecinos, para predicar también allí, porque a esto he venido».

39 Y por toda Galilea fue predicando en las sinagogas de ellos y expulsando a los demonios.

 

1,35-39: Jesús fundamenta su misión de proclamar el Reino de Dios en la oración, a la que le dedica todo el tiempo necesario y en un lugar apropiado. Del encuentro personal con su Padre brota para Jesús el discernimiento y la fortaleza en su misión, pues las persecuciones y los poderes adversos que se oponen a Dios son muchos e intensos. El Jesús misionero es el Jesús de la intimidad con su Padre, de los frecuentes momentos a solas con él, porque su misión es salir al encuentro de la gente a dar testimonio de que él es su Hijo que experimenta y vive con gozo inmenso el amor de su Padre y su Dios. 

 

1,35: Mt 14,23 / 1,38: Lc 4,43

 

Si quieres, puedes limpiarme

Mt 8,2-4; Lc 5,12-16

 

40 Se acercó a Jesús un leproso y de rodillas le suplicaba: «Si quieres, puedes purificarme». 41 Él se compadeció, extendió su mano, lo tocó y le dijo: «¡Quiero, queda purificado!». 42 Y de inmediato desapareció la lepra y quedó purificado. 43 Luego Jesús lo despidió, advirtiéndole severamente: 44 «Mira, no digas nada a nadie, sino que anda, haz que te examine el sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés, para que les conste que quedaste sano». 

45 Sin embargo, apenas él se fue, se puso con insistencia a proclamar y a divulgar lo sucedido, de tal modo que Jesús ya no podía entrar públicamente en ninguna ciudad, sino que tenía que quedarse fuera, en lugares despoblados. Y aun así acudían a él de todas partes. 

 

1,40-45: La lepra excluye del pueblo de Dios y de la santidad de Dios, marginando en vida al leproso (Lv 13; Nm 12,10-13). Jesús se conmueve profundamente y, sin preocuparse de que infringe la Ley, toca al leproso y lo purifica de su enfermedad. De este modo revela que la vida y la misericordia del Padre derriban las fronteras legales y sociales que los hombres establecen entre puros e impuros con sus consecuencias de marginación y estigmatización. La acción de Jesús revela la capacidad humanizadora del Reino cuando irrumpe en la existencia humana. El leproso ya limpio no vuelve al orden antiguo que no ha hecho nada por él; su nueva condición lo transforma en testigo de la obra liberadora de Dios (Mc 1,45). Él anuncia lo que ha vivido. La misión es precisamente testimonio de lo que, en el encuentro con el Señor, él hizo por nosotros. 

 

1,44: Lv 14,1-32 / 1,45: Mt 9,31

 

1.2- El Reino cuestionado por los dirigentes: discusiones con Jesús

 

2,1-3,6. Mediante el relato de cinco controversias, Marcos ejemplifica el rechazo del Mesías por parte de los dirigentes de Israel. Según éstos, Dios salva al hombre por el cumplimiento de la Ley, no por su misericordia revelada por el Mesías (2,1-12); exige evitar el contacto con pecadores (2,13-17); cumplir rigurosamente los ayunos (2,18-22), y guardar el sábado (2,23-28 y 3,1-6). Según Jesús, su Padre busca al pecador y lo salva, porque él es misericordioso y lo hace partícipe de su vida. La preocupación de Jesús por pecadores y enfermos es deseo de su Padre: el Hijo ha sido enviado a recuperar para Dios a todo quien viva bajo la opresión del mal, del egoísmo del hombre, de normas y estructuras que deshumanizan. La brecha con los dirigentes por la imagen de Dios que Jesús revela se hace insalvable, porque aquellos no están dispuestos a aceptar a un Mesías que muestre a un Dios que no se ajuste con su teología, no avale sus ritos y someta a juicio su poder y autoridad. 

 

Hijo, tus pecados quedan perdonados

Mt 9,1-8; Lc 5,17-26

 

21 Después de algunos días, Jesús regresó a Cafarnaún. Se corrió la voz de que estaba en casa 2 y se reunió tanta gente que no quedaba espacio ni siquiera junto a la puerta. Y Jesús les explicaba el mensaje. 

3 Le trajeron entonces a un paralítico que llevaban entre cuatro. 4 Como era tanta la multitud y no podían acercarlo a Jesús, rompieron el techo de la casa donde él estaba y por la abertura descolgaron la camilla con el paralítico. 5 Al ver la fe de ellos, Jesús dijo al paralítico: «Hijo, tus pecados quedan perdonados». 

6 Había allí sentados algunos maestros de la Ley que pensaban en su interior: 7 «¿Cómo se atreve éste a hablar así? ¡Blasfema! ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?». 8 Jesús, dándose cuenta en seguida de lo que ellos pensaban, les preguntó: «¿Por qué piensan así en su interior? 9 ¿Qué es más fácil?: ¿decirle al paralítico: “tus pecados quedan perdonados”, o decirle: “levántate, toma tu camilla y camina”? 10 Para que sepan que el Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados -dijo entonces al paralítico-: 11 “¡Te lo ordeno: levántate, toma tu camilla y vete a tu casa!”». 12 Él se levantó al instante, tomó la camilla y salió a la vista de todos, de modo que toda la gente asombrada, glorificaba a Dios, diciendo: «Jamás habíamos visto algo igual».

 

2,1-12: Ante un paralítico, Jesús realiza lo inesperado: perdona sus pecados. De este modo demuestra que Dios reina ofreciendo perdón y haciendo partícipe de su misma vida. Los dirigentes de Israel han manipulado de tal forma a Dios (nota a 2,1-3,6) que lo han hecho esclavo de normas y concepciones que responden a tradiciones humanas (7,8) y, desde esta perspectiva, condenan la acción misericordiosa del Mesías. Sin embargo, Jesús, al sanar al paralítico, revela que es el Hijo de Dios ungido con el Santo Espíritu de su Padre y que su misión es hacer que el pueblo de Dios (Israel), purificado de maldades y pecados, viva en auténtica comunión con su Dios. Al igual que los cuatro que llevan la camilla, el discípulo está llamado a llevar ante el «Hijo del hombre» (Mc 2,10; Dn 7,13-14) a todos los postrados que buscan vida plena, convencido de que la plena realización del ser humano sólo se alcanza en Dios por la aceptación de su Hijo y su Reino (Ef 4,21-24). 

 

2,3: Mt 8,6 / 2,5: Sal 25,18; Mt 8,10-11 / 2,6: Lc 15,2 / 2,7: Lc 7,49 / 2,9: Jr 33,7-8 / 2,11: Hch 3, 6-7 / 2,12: Lc 7,16-17

 

No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores

Mt 9,9-13; Lc 5,27-32

 

13 Jesús se dirigió de nuevo a la orilla del lago. Toda la gente acudía a él y les enseñaba. 14 Al pasar vio a Leví, hijo de Alfeo, sentado en su despacho para cobrar los impuestos y le dijo: «Sígueme». Él se levantó y lo siguió.

15 Mientras comía en casa de Leví, muchos cobradores de impuestos y pecadores se sentaron a la mesa con Jesús y sus discípulos, porque eran numerosos los que lo seguían. 16 Los maestros de la Ley, del grupo de los fariseos, al ver que comía con pecadores y cobradores de impuestos preguntaron a sus discípulos: «¿Por qué come con cobradores de impuestos y pecadores?». 17 Jesús, que los había oído, les respondió: «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores».

 

2,13-17: La figura de Leví, despreciado por su oficio de cobrador de impuestos, une una escena de vocación (2,13-14) con una controversia (2,15-17). Jesús crea una comunidad de mesa abierta para todos: quien lo acepte como Mesías puede sentarse con él a la mesa del Reino, esté sano o enfermo, sea justo o pecador. Los dirigentes de Israel se esfuerzan por santificar al pueblo haciéndole cumplir la Ley y las normas de pureza que, en el caso de las comidas, reglamentan qué comer, con quién hacerlo y cuándo. Ningún judío piadoso se sienta a la mesa con un pecador, porque se haría partícipe de su condición de marginado social y religioso y, por tanto, merecedor del castigo reservado a los rebeldes a la Ley. Jesús transforma la casa donde está y, en ella, la mesa familiar en lugar de discipulado, porque allí enseña, reparte su pan y comparte con todos, signo del banquete del Reino al que todos están llamados (6,41; 8,15; 14,22-25). 

 

2,14: Mt 10, 2-4; Lc 6,12-16 / 2,15: Lc 7,34 / 2,16: Lc 15,2 / 2,17: Sal 6,2-4; Lc 15,7; Sant 5,19-20

 

¿Por qué tus discípulos no ayunan?

Mt 9,14-17; Lc 5,33-39

 

18 Un día en que los discípulos de Juan y los fariseos ayunaban fueron a preguntarle a Jesús: «¿Por qué tus discípulos no ayunan como lo hacen los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos?». 19 Jesús les contestó: «¿Acaso pueden ayunar los amigos del novio mientras él está con ellos? El tiempo en que el novio esté con ellos no pueden ayunar. 20 Ya llegará el día en que les quitarán al novio: ¡ese día ayunarán!». 

21 «Nadie remienda un vestido viejo con un pedazo de tela nueva, porque al encogerse la tela añadida, rompe el vestido viejo y la rotura se hace mayor. 22 Y nadie echa vino nuevo en odres viejos, porque el vino nuevo reventará los odres y se pierden el vino y los odres. ¡Para vino nuevo, odres nuevos!».

 

2,18-22: Utilizando la imagen de la boda, Jesús declara que el tiempo de salvación definitiva es ya una realidad. Los discípulos de Jesús se definen como «amigos del novio» (2,19), expresión que traduce el griego “hijos de la cámara nupcial”; éstos eran los que se encargaban de preparar la fiesta y la habitación donde los recién casados pasaban su primera noche. Dios, por su Hijo Jesús, el Novio, desposa a Israel en alianza eterna, «en justicia y derecho, en amor y ternura» (Os 2,21-22). ¡Por fin la estéril doncella de Israel podrá ser fecunda! (Is 54,1-10). Los amigos del Novio (los discípulos de Jesús) colaboran en esta fecundidad y se alegran por ella. Sin embargo, se les exige discernimiento y compromiso debido a lo incompatible que es el proyecto del Señor (lo nuevo) con la permanencia en el antiguo orden religioso de Israel y sus disposiciones (lo viejo). Sin la opción por Jesús y las necesarias rupturas que hagan posible la pertenencia a él, no hay discipulado.

 

2,18: Mt 6,16 / 2,19: Ez 16,7-8; Tob 6,14-17 / 2,20: Lv 16,29 / 2,22: Rom 7,6; Heb 8,13

 

El Hijo del hombre es dueño también del sábado

Mt 12,1-8; Lc 6,1-5

 

23 Un sábado, mientras Jesús atravesaba por unos sembrados, sus discípulos caminaban arrancando espigas. 24 Los fariseos le preguntaron: «¡Oye! ¿Por qué hacen lo que no está permitido en sábado?». 25 Jesús les respondió: «¿Nunca han leído lo que hizo David cuando él y sus compañeros tuvieron necesidad y sintieron hambre? 26¿Cómo entró en el santuario de Dios en tiempos del sumo sacerdote Abiatar, comió los panes de la ofrenda que sólo pueden comer los sacerdotes y les dio a los que iban con él?». 27 Y agregó: «El sábado se hizo para el hombre, no el hombre para el sábado. 28 De manera que el Hijo del hombre es dueño también del sábado». 

 

2,23-3,6: Esta controversia y la próxima se centran en el sábado. Por un lado, algunos fariseos exigen la perfecta observancia de este día sagrado y no permiten preparar comida ni sanar a nadie, ¡aunque ellos busquen la muerte del Mesías precisamente en día sábado! (3,6). Por otro lado, Jesús y su comunidad enseñan que el ser humano no está sometido al señorío esclavizante del sábado, sino que -por designio divino- éste fue instituido para garantizar el descanso de personas y animales (Éx 23,12), reconocer al Creador por los bienes que otorga (Gn 2,1-3) y celebrar el don de la alianza (Éx 31,12-18). Desde su origen, por tanto, el sábado está al servicio del ser humano y de la alabanza a Dios. Jesús invita a poner las cosas en su lugar (Mc 2,27; 3,4). Cuando desde el plan de Dios revelado por el Hijo se denuncian los poderes que oprimen a las personas, el discípulo y la comunidad -al igual que su Maestro- deberán estar dispuestos a enfrentar la confabulación y persecución de los que busquen silenciar su voz (3,6). 

 

2,23-24: Éx 20,8-11; 34,21; Nm 15,32-36 / 2,25-26: Lv 24,9; 1 Sm 21,2-7

 

¿Qué está permitido en sábado?

Mt 12,9-14; Lc 6,6-11 

 

31 Jesús fue otra vez a la sinagoga. Había allí un hombre que tenía una mano paralizada. 2 Y, con la intención de acusarlo, lo vigilaban para ver si lo sanaba en sábado. 3 Jesús dijo al hombre de la mano paralizada: «¡Ponte en medio!». 4 Luego les pregunta a ellos: «¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer el bien o hacer el mal?, ¿salvar una vida o destruirla?». Pero ellos no le contestaron. 5 Jesús, mirando con indignación a los que lo rodeaban y entristecido por la obstinación de sus corazones, le ordenó al hombre: «¡Extiende la mano!». Él la extendió y su mano quedó sana. 

6 Apenas los fariseos salieron de la sinagoga, se reunieron con los partidarios de Herodes para ver cómo acabar con Jesús.

 

3,1-6: Ver comentario a 2,23-3,6.

 

3,1: Lc 14,1 / 3,4-5: Lc 14,3-4; Ef 4,18 / 3,6: Mt 22,16-17

 

2- Anuncio del Reino de Dios y formación de una nueva familia

 

3,7-6,6a. El rechazo de los dirigentes de Israel no asusta ni repliega a Jesús; se dedica de modo preferente a proclamar el Reino en las aldeas de Galilea y a darlo a conocer entre sus familiares y paisanos. Pero, al igual que antes, la respuesta será la falta de fe, lo que no deja de sorprender a Jesús (6,6a). Su ministerio transcurrirá en tres momentos: reúne al resto de Israel (los que crean en el Mesías), germen del nuevo pueblo de Dios (3,7-35); le enseña mediante parábolas los misterios del Reino de Dios (4,1-34), y mediante milagros escenifica o muestra el Reino como propuesta de nueva humanidad (4,35-6,6a). 

 

2.1- Los discípulos del Mesías, nueva familia de Dios

 

3,7-35. Dos respuestas negativas a la identidad y misión de Jesús (3,21.22) anteceden la formación del nuevo pueblo de Dios a partir del resto de Israel. El nuevo pueblo se constituirá con los que no se quedan en «las sinagogas de ellos», es decir, de los judíos (1,39), ni «afuera» de la casa donde el Mesías se encuentra (3,34-35), sino con aquellos que crean que Jesús es el Mesías por quien Dios cumple sus promesas, y por eso lo siguen, lo escuchan y le obedecen. Para estos discípulos, Jesús convierte su itinerancia evangelizadora en escuela de discipulado y de misión. 

 

Se le echaban encima para tocarlo

Mt 12,15-16; Lc 6,17-19; 4,41

 

7 Jesús se retiró con sus discípulos a la orilla del lago. Lo seguía mucha gente proveniente de Galilea, Judea, 8 Jerusalén, y también de Idumea, de Transjordania y de los alrededores de Tiro y Sidón. Mucha gente acudía a su encuentro al enterarse de lo que hacía.

9 Jesús pidió a sus discípulos que le prepararan una barquita para que la muchedumbre no lo aplastara, 10 porque como sanaba a muchos, todos los que padecían algún mal se le echaban encima para tocarlo. 11 Cuando los espíritus impuros lo veían, se arrojaban a sus pies, gritando: «¡Tú eres el Hijo de Dios!». 12 Jesús, por su parte, les mandaba enérgicamente que no lo descubrieran.

 

3,7-12: Marcos ofrece un breve resumen o sumario de la actividad misionera de Jesús. Destaca, por un lado, la muchedumbre venida de siete regiones, es decir, de todas partes (“siete” es número de perfección), habitada sobre todo por judíos y, por otro, los signos de vida propios del Mesías y la proclamación del Reino (3,11). Su obra milagrosa da lugar a grandes expectativas (3,8). El peligro del creyente es quedarse admirado por los milagros de Jesús, olvidándose de la vinculación con Jesús, quien hace posible la fidelidad y la conversión de vida. Sin embargo, también la admiración y atracción por él nutren el seguimiento. ¡Jesús no debe dejar de sorprendernos!

 

3,7-8: Mt 4,25 / 3,9-10: Lc 5,1-3; 8,45

 

Llamó a los que él quiso

Mt 10,1-4; Lc 6,12-16

 

13 Jesús subió a un monte, llamó a los que él quiso y ellos fueron donde él. 14 Luego designó a doce para que estuvieran con él y enviarlos a predicar 15 con poder de expulsar a los demonios. 16 Los Doce que designó son: Simón, a quien le puso el nombre de Pedro, 17 Santiago, hijo de Zebedeo, y su hermano Juan, a quienes les puso el nombre de Boanerges, es decir, “hijos del trueno”, 18 Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago, hijo de Alfeo, Tadeo, Simón el cananeo 19 y Judas Iscariote, el que lo entregó.

 

3,13-19: Es mucha la gente que, llena de admiración, busca a Jesús y se reúne en torno a él, pero no por esto son sus discípulos. El discípulo es el elegido por Jesús de entre la muchedumbre para estar y vivir con él y vincularse íntimamente a su persona, aceptando su misión como propia y corriendo su suerte. Jesús acepta y llama a los que quiere (3,13), expresión con trasfondo hebreo que significa elegir a los que tiene en su corazón. Luego, de entre los elegidos, designa a Doce destinados a anunciar el Reino y mostrar sus signos, mediante quienes Dios cumple su promesa de convocar a las doce tribus de Israel como su pueblo santo (Ap 21,14). Discípulo es quien, llamado por Jesús, vive un éxodo: pasa de muchedumbre a vivir como discípulo de Jesús, lo que requiere del empeño libre de dejarse amar por él, ponerse a su disposición y anunciarlo (Mc 5,19-20; 10,21).

 

3,14: Mt 28,16-20 / 3,16: Mt 16,18 / 3,17: Jn 1,42 / 3,18: Lc 9,54; Hch 1,23-26

 

¡Está loco!

 

20 Jesús regresó a casa y de nuevo se reunió allí tanta gente que ni siquiera los dejaban comer. 21 Cuando sus parientes se enteraron, fueron a buscarlo para llevárselo, pues decían: «¡Está loco!».

 

3,20-21: El ministerio de Jesús suscita una pregunta que ya corre de boca en boca: “¿Quién es éste?” (4,41; 8,27). Nadie que lo ve u oye queda indiferente frente a su obra, porque actúa con una autoridad nunca vista en Israel. Además, les llama la atención cómo se relaciona con los dirigentes del pueblo para corregirlos, con sus discípulos para enseñarles y, sobre todo, con Dios llamándolo su Padre. Los parientes y conocidos dicen que está loco o fuera de sí y los maestros de la Ley, que está endemoniado (3,22). La decisión familiar de llevárselo consigo se explica por la importancia que en aquel tiempo tiene para familia el honor o buen nombre (Eclo 3,1-11): hay que recluir a Jesús, pues los deshonra gravemente al corregir a los maestros de Israel, al vivir itinerante y pobre, al comer con pecadores y cobradores de impuestos, al transgredir ayunos y el sábado, y por su forma de entender a Dios y hablar de él. ¡Nada de esto se hace en Israel!

 

3,21: Jn 7,5; 10,20

 

¡Está poseído por Belzebú!

Mt 12,22-33; Lc 11,14-23; 12,10

 

22 Los maestros de la Ley, que habían bajado de Jerusalén, decían de Jesús: «¡Está poseído por Belzebú y expulsa demonios por el poder del jefe de los demonios!».

23 Jesús los convocó y discutía con ellos valiéndose de comparaciones. «¿Cómo Satanás puede expulsar a Satanás? 24 Si los de un reino se dividen entre ellos, ese reino no puede subsistir, 25 y si los de una familia se dividen entre ellos, tampoco esa familia puede subsistir. 26 Por eso, si Satanás se ha dividido y se enfrenta contra sí mismo no puede subsistir: ¡su fin está llegando! 27 Nadie puede entrar en la casa de un hombre poderoso y robarle sus bienes si primero no lo ata; sólo entonces podrá saquear su casa».

28 «Les aseguro que se les perdonarán a los hombres todos los pecados y cuantas blasfemias digan, 29 pero quien blasfeme contra el Espíritu Santo jamás tendrá perdón: ¡será culpable para siempre!». 30 Jesús dijo esto porque decían de él: «Está poseído por un espíritu impuro». 

 

3,22-30: Los maestros de la Ley enviados de Jerusalén a Galilea para ocuparse del “caso Jesús” tienen una respuesta acerca de él: “¡está endemoniado!”. Su argumento pudo ser el siguiente: quien expulsa demonios lo hace en nombre de Dios o de otro demonio más poderoso que aquel que expulsa; es evidente que Jesús no los expulsa en nombre de Dios, pues no respeta el sábado, toca leprosos, come con pecadores…; por tanto, ¡los expulsa en nombre del príncipe o jefe de los demonios! Jesús les demuestra que no es así, porque ningún reino o familia puede subsistir si se pelean unos con otros. Pero tal es la obstinación de los dirigentes y su manipulación de Dios que no ven otra posibilidad que atribuir lo de Jesús a posesión demoníaca, negando la acción en él del Santo Espíritu de Dios (1,9-13). Este pecado de difamación o blasfemia no puede perdonarse cuando se sostiene que Dios y su Espíritu no pueden actuar en Jesús para salvar a todos. 

 

3,22: 2 Re 1,2; Jn 8,44 / 3,27: Is 49,24-25 / 3,28: 1 Re 1,36; Sal 41,14 / 3,29: 2 Pe 2,2; 1 Jn 5,16.17 / 3,30: 2 Tes 1,8-9; Heb 6,4-6

 

¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?

Mt 12,46-50; Lc 8,19-21

 

31 Llegaron su madre y sus hermanos y, quedándose afuera, lo mandaron llamar. 32 La gente estaba sentada alrededor de Jesús, y le dijeron: «¡Oye! Tu madre, tus hermanos y tus hermanas están afuera y te buscan». 33 Él les respondió: «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?». 34 Y mirando a los que estaban sentados a su alrededor, dijo: «¡Aquí tienen a mi madre y a mis hermanos! 35 Porque quien cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre».

 

3,31-35: Frente al rechazo a su identidad y misión por parte de muchos (3,21-22), Jesús forma el nuevo Israel con quienes lo aceptan como Mesías. Dos grupos se destacan: los que se quedan afuera de la casa donde está Jesús (3,31-32 y 4,11) y los que ingresan en ella para estar con él (3,32.34 y 4,10). Con la expresión “estar afuera”, la comunidad designaba a los que no son cristianos (1 Cor 5,12-13), pues tenía claridad que los de Jesús son los que ingresan en su familia para sentarse en torno a él, es decir, para conocer y hacer -por obra del Espíritu- la voluntad del Padre manifestada por Jesús. Nadie se convierte en cristiano por una decisión ética, por una gran idea o razón social…, sino porque entra en la casa de Jesús y los suyos, se adhiere de corazón al Mesías y vive el don de hijos de Dios y hermanos de los demás. Nadie mejor que María cultivó esta relación familiar con su Dios y su Hijo (Lc 1,38; 11,27-28).

 

3,31: Jn 2,1 / 3,33: Sal 22,23; Mt 25,40 / 3,34: Rom 8,29 / 3,35: Heb 10,36; 1 Jn 2,17

 

2.2- El Reino manifestado en parábolas: don de Dios y notas distintivas

 

4,1-34. Una introducción (4,1-2) y una conclusión (4,33-34) sirven de marco a tres parábolas que revelan el misterio del Reino (4,3-9 y 4,26-32), dos enseñanzas de por qué Jesús habla en parábolas (4,10-12 y 4,21-25) y una explicación de la parábola del sembrador (4,13-20), la que el evangelista ha puesto al centro de la unidad literaria. Estos pasajes nos ayudan a comprender las notas distintivas del Reino de Dios y la nueva estrategia pedagógica de Jesús: mientras enseña en parábolas a todos, sólo sus discípulos tienen acceso al misterio de la soberanía de Dios, porque sólo a ellos se lo explica en privado (4,10.33-34).

 

Les enseñaba muchas cosas empleando parábolas

Mt 13,1-3; Lc 8,4

 

41 Jesús comenzó de nuevo a enseñar a orillas del lago. Se reunió tanta gente junto a él que tuvo que subir a una barca que estaba en el agua y se sentó en ella, mientras toda la multitud se quedaba en tierra junto al lago. 2 Les enseñaba muchas cosas empleando parábolas. 

 

4,1-2a: La parábola es la forma escogida por Jesús para revelar los misterios del “Reino de Dios” y a su Padre, el “Dios del Reino”. La parábola es un relato breve de un suceso imaginado, pero posible, inspirado en situaciones cotidianas, que desafía al lector a descubrir su aplicación y a tomar una decisión respecto a Jesús, a su enseñanza y a su comunidad. Para entender la parábola hay que escuchar a Jesús, entrando en su casa (nota a 3,31-35); de modo contrario, la parábola queda infecunda, porque se vuelve enigmática (4,10-12). 

 

4,1-2a: Lc 5,1-3

 

Un sembrador salió a sembrar

Mt 13,3-9; Lc 8,5-8

 

Les decía en su enseñanza: 3 «¡Escuchen! Un sembrador salió a sembrar. 4 Mientras sembraba, una parte de la semilla cayó junto al camino, pero vinieron los pájaros y se la comieron. 5 Otra parte cayó sobre un terreno pedregoso donde no había mucha tierra y, como la tierra no tenía profundidad, brotó en seguida; 6 pero apenas salió el sol, la quemó y, por no tener raíz, la secó. 7 Otra parte cayó entre espinas y, cuando éstas crecieron, ahogaron las semillas, las que no pudieron dar fruto. 8 Y otras semillas cayeron en tierra fértil, las que fueron dando fruto a medida que brotaban y crecían: unas produjeron treinta, otras sesenta y otras ciento por uno». 9 Jesús añadió: «El que tenga oídos para escuchar, que entienda».

 

4,2b-9: Jesús nos presenta a un campesino que al sembrar a voleo, como por entonces se hacía, arroja tal cantidad de semillas que muchas se pierden en el camino y otras entre espinas y piedras. Sorprende la abundancia de lo sembrado y la extraordinaria fecundidad de lo que cae en tierra fértil. Así de abundante y fecunda es la semilla del Reino. Como es abundante, todos tienen la posibilidad de recibirla; como es fecunda, da todo de sí cuando encuentra tierra apropiada. La semilla es la palabra de Jesús que nos revela el Reino (4,14). Cuando el discípulo siembra esta semilla no tiene que guiarse por criterios de éxito o fracaso, sino sólo hacerlo abundante y gratuitamente, imitando la generosidad de Jesús para con nosotros, la que no conoce límites.

 

4,4: Jn 8,37 / 4,5-6: Jn 4,48 / 4,7: Jr 4,3 / 4,8: Gn 26,12; Sal 107,37 / 4,9: 1 Cor 15,36-38

 

Le preguntaban acerca de las parábolas

Mt 13,10-13; Lc 8,9-10

 

10 Cuando Jesús se quedó a solas, los que estaban a su alrededor junto con los Doce le preguntaban acerca de las parábolas. 11 Él les contestó: «A ustedes Dios les comunica el misterio de su Reino. A los de afuera, en cambio, todo les resulta enigmático, 12 para que

por más que miren no vean,

y por más que oigan no entiendan,

no sea que se conviertan y sean perdonados [Is 6,9-10]».

 

4,10-12: Como muchos lo rechazan, Jesús adopta una nueva pedagogía: aunque cuenta la parábola para todos, la explicación del misterio del Reino que ella encierra es sólo para quien se hace su discípulo (4,33-34). Los que por opción prefieren quedarse afuera de la comunidad de Jesucristo (nota a 3,31-35), oyen las parábolas, pero no las entienden, porque llevados por su obstinación se hacen espiritualmente incapaces de asociar el Reino de Dios a la obra y enseñanza de Jesús (Rom 11,1-10). Por esto, por más que miren y oigan no comprenden, porque el vínculo personal con Jesús (ser su discípulo) es lo que hace posible la comprensión y aceptación del Reino. La parábola es presencia y don del Reino cuando el corazón es tierra fértil que se abre al Mesías y al regalo de su Palabra.

 

4,11: Rom 16,25; 1 Co 2,1/ 4,12: Hch 28,26-27

 

Lo sembrado en tierra fértil

Mt 13,18-23; Lc 8,11-15

 

13 Luego, Jesús les dijo: «¿No entienden esta parábola? Entonces, ¿cómo van a comprender las demás?». 

14 «El sembrador siembra la Palabra. 15 Los que están junto al camino son aquellos en quienes se siembra la Palabra pero, apenas la escuchan, viene Satanás y les arrebata la Palabra sembrada en ellos. 16 Otros son como lo sembrado en terreno pedregoso: escuchan la Palabra y de inmediato la reciben con alegría, 17 pero como no tienen raíz en sí mismos, porque son inconstantes, cuando llega algún sufrimiento o persecución a causa de la Palabra sucumben de inmediato. 18 Otros son como lo sembrado entre las espinas: escuchan la Palabra, 19 pero los invaden las preocupaciones de este mundo, la seducción de la riqueza y otras ambiciones que ahogan la Palabra y no la dejan dar fruto. 20 Otros son como lo sembrado en tierra fértil: escuchan la Palabra, la aceptan y dan frutos, unos treinta, otros sesenta y otros ciento por uno». 

 

4,13-20: En el ambiente adverso de la segunda mitad del siglo I, la comunidad cristiana, destinataria del evangelio, interpreta la parábola con términos propios de la predicación apostólica (“recibir con alegría”, “padecer persecución”….). Si antes se acentuó la abundancia y fecundidad inauditas de la semilla (nota a 4,2b-9), ahora se subraya la responsabilidad del creyente para que la Palabra sembrada inicie su proceso de crecimiento. Pero tiene que ser plantada en tierra buena para que alcance, incluso, frutos nunca esperados (4,20). Hoy como ayer, la semilla sembrada no puede dar frutos cuando se sigue el plan de Satanás, se abandona la fidelidad a causa del sufrimiento o la persecución, y cuando la ambición por los bienes de este mundo obnubila el sentido de la existencia. 

 

4,13: Jn 14,26 / 4,15: Mt 4,4 / 4,16-17: Rom 8,35 / 4,18-19: 1 Pe 5,7 / 4,20: Jn 1,12-13; 1 Pe 1,23; Sant 1,21

 

Nada hay escondido que no llegue a manifestarse

Mt 5,15; Lc 8,16-18

 

21 Jesús les dijo también: «¿Acaso se trae una lámpara para dejarla debajo del cajón o de la cama? ¿No se pone más bien sobre el candelero? 22 Porque nada hay escondido que no llegue a manifestarse y nada secreto que no se haga público. 23 ¡Si alguno tiene oídos para escuchar, que entienda!».

24 Y además les dijo: «¡Presten atención a lo que escuchan! Dios los medirá con la medida con que ustedes midan, y les dará más todavía. 25 Porque al que tiene se le dará, en cambio, al que no tiene se le quitará aún lo que tiene».

 

4,21-25: A pesar de la incredulidad de muchos, Jesús anuncia el Reino a tiempo y a destiempo. Este desafío lo traspasa a los suyos, porque el Reino no es semilla y luz para unos pocos, sino para todos (4,14.21). ¿O acaso el Mesías sembró la palabra del Reino con medida para que la anunciemos con tacañería?, ¿o nos trajo la luz del Reino para que la ocultemos debajo del cajón o celemín? Si el Reino se recibió gratis, hay que sembrarlo y sacarlo a la luz, sin sombra alguna de mezquindad. El discípulo no puede vivir paralizado por ambientes de incredulidad y persecución que arrinconan en sacristías y templos a los que están llamados a hacer visible el Reino, incluso, desde los techos de las casas (Mt 10,27). Cuanto más el Reino se comunica, más se adquiere.

 

4,21: Lc 11,33 / 4,22: Mt 10,26; Lc 12,2 / 4,24: Mt 7,2 / 4,25: Mt 25,29; Lc 19,26

 

El Reino de Dios es como un hombre que esparce semilla en la tierra

 

26 Jesús decía también: «El Reino de Dios es como un hombre que esparce semilla en la tierra, 27 y aunque duerma o esté despierto, sea de noche o de día, la semilla germina y crece sin que él sepa cómo. 28 Lo que sucede es que la tierra por sí misma va produciendo el fruto: primero un tallo, luego una espiga y, por último, el grano maduro en la espiga. 29 Y cuando el fruto está a punto, en seguida mete la hoz, porque ha llegado la cosecha».

 

4,26-32: Jesús describe con dos parábolas de siembra el silencioso y eficaz crecimiento del Reino. Según la primera (4,26-29), el Reino crece sin que el sembrador sepa cómo (Is 55,10-11) y a un ritmo que no depende de éste, sino de la calidad de la tierra y de Dios, su Dueño, quien la cosechará. Según la segunda (Mc 4,30-32), el Reino es de origen insignificante y de crecimiento imperceptible, como una semilla de mostaza, pero llegará a ser tan grande que todos los pueblos tendrán cabida en él. Porque el Reino es de Dios, aunque mínima sea la labor del sembrador, será máxima su fecundidad, y aunque sea insignificante la semilla plantada, será grandioso lo que algún día llegará a ser. Que las apariencias no nos engañen: aunque de inicio débil e insignificante, el Reino es obra del Padre y en sus manos está su abundancia y plenitud. Al sembrador le toca trabajar confiado en el Creador y Dueño de la semilla y de la tierra. 

 

4,26: Sant 5,7 / 4,29: Jl 4,13; Ap 14,15-16

 

El Reino de Dios es como un grano de mostaza

Mt 13,31-32; Lc 13,18-19

 

30 Además dijo: «¿Con qué compararemos el Reino de Dios?, ¿con qué parábola lo describiremos? 31 Es como un grano de mostaza. Cuando se siembra en la tierra es la más pequeña de todas las semillas, 32 pero una vez sembrada, crece y se convierte en la más alta de todas las hortalizas y sus ramas se hacen tan grandes que los pájaros del cielo pueden anidar a su sombra».

 

4,30-32: Ver comentario a 4,26-32.

 

4,30: Ap 1,6 / 4,31: Mt 11,11 / 4,32: Ez 17,32; 31,6; Dn 4,9.17-18

 

Les explicaba todo en privado

Mt 13,34-35

 

33 Y con muchas parábolas como éstas, Jesús explicaba el mensaje a la gente, adaptándose a su capacidad de entender. 34 Sólo les hablaba en parábolas, en cambio a sus propios discípulos les explicaba todo en privado.

 

4,33-34: En este sumario conclusivo de la enseñanza en parábolas (nota a 4,1-34), Marcos nos informa de la nueva pedagogía que ha adoptado Jesús: aunque mediante parábolas anuncie el Reino a todos, éstas sólo las explica a quien lo sigue y se hace parte de la nueva familia de Dios. Hay que escuchar al Mesías e Hijo de Dios como discípulo para creer y entrar en el Reino de Dios que las parábolas contienen. De modo contrario, uno se queda afuera (3,32). 

 

4,33-34: Lc 8,9-10

 

2.3- El Reino manifestado en milagros: fe del discípulo y nueva humanidad

 

4,35-6,6a. Los cuatro milagros que siguen presentan el Reino de Dios con toda su fuerza transformadora. Los dos primeros (4,35-41 y 5,1-20) ocurren en la orilla oriental o pagana del lago de Galilea y son exorcismos, incluyendo la tempestad calmada, pues -según se creía- ésta la causan los espíritus y animales impuros que habitan en las profundidades de las aguas. Los otros dos milagros (5,21-24.35-43 y 5,25-34) suceden en la orilla occidental o judía del mar. Estos cuatro milagros son una catequesis que enseñan cómo la irrupción de Dios y su Reino mediante Jesús, médico y salvador, vence las fuerzas del mal y crea realidades nuevas en favor de todos, israelitas y paganos. La respuesta ante tal don es la aceptación de fe, que incluye el aprecio por Jesús y la entrega a él, todo lo contrario a la respuesta de parientes y conocidos de Jesús (6,1-6a). 

 

¿Todavía no tienen fe?

Mt 8,23-27; Lc 8,22-25

 

35 Al atardecer de ese mismo día, Jesús dijo a sus discípulos: «Crucemos a la otra orilla». 36 Ellos, dejando a la gente, se llevaron a Jesús en la barca, tal como estaba, aunque había otras barcas con él. 37 Se desató una fuerte tempestad. Las olas entraban en la barca hasta casi llenarla de agua. 38 Jesús dormía sobre una almohada en la parte posterior de la embarcación. Lo despertaron y le dijeron: «¡Maestro! ¿No te importa que perezcamos?». 39 Jesús se levantó, mandó al viento y ordenó al mar: «¡Silencio! ¡Cállate!». El viento cesó y sobrevino una gran calma. 40 Luego, les dijo: «¿Por qué son tan cobardes? ¿Aún no tienen fe?». 41 Y llenos de gran temor se preguntaban unos a otros: «¿Quién es éste que hasta el viento y el mar le obedecen?».

 

4,35-41: Jesús pide a sus discípulos cruzar a la orilla oriental del lago de Galilea. Ellos se lo llevan con gran premura, sin invitar a las otras barcas que estaban con él (4,36), sin saber adónde quiere ir ni dejarlo que se despida de la gente, como acostumbra a hacerlo (6,45). ¡Se han apropiado del Maestro! Jesús delata este mal proceder durmiéndose en medio de una violenta tempestad. Si son ellos los protagonistas, ¿por qué no controlan la situación? Pero están aterrorizados en medio de esas aguas turbulentas habitadas por monstruos y espíritus malignos, expresión del caos original (Gn 1,1). Jesús los enfrenta y los vence (Mc 4,39). El poder y la autoridad de Jesús los desconcierta, pues perciben la presencia de la divinidad, porque sólo Dios es quien domina vientos y mares y vence tempestades (Is 27,1; Sal 89,10-11). El relato es una catequesis para los grupos misioneros que anuncian el Reino, apropiándose del Señor del Reino: su destino es el fracaso. Jesús pide fe para discernir sus caminos y seguir sus ritmos, porque el misionero es un enviado que responde a Jesús y a su Iglesia, no a proyectos individuales, por interesantes que sean. 

 

4,37-38: Sal 107,23-30; Jon 1,4-6; Jn 6,16-18 / 4,39-41: Sal 107,28-29

 

¡Espíritu impuro, sal de este hombre!

Mt 8,28-34; Lc 8,26-39

 

51 Llegaron a la otra orilla del mar, a la región de los gerasenos. 2 En cuanto Jesús desembarcó, un hombre poseído por un espíritu impuro vino a su encuentro de entre los sepulcros, 3 pues habitaba en el cementerio. Nadie, ni siquiera con cadenas, podía controlarlo. 4 En muchas ocasiones lo habían sujetado con grilletes y cadenas, pero él rompía las cadenas y destrozaba los grilletes. ¡Nadie era capaz de dominarlo! 5 Pasaba noche y día entre los sepulcros y en los cerros, gritando e hiriéndose con piedras. 6 Cuando vio de lejos a Jesús, corrió hacia él, se postró 7 y gritó con todas sus fuerzas: «¿Qué tienes tú que ver conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? ¡Te imploro en nombre de Dios que no me atormentes!». 8 Le dijo así, porque Jesús le había mandado: «¡Espíritu impuro, sal de este hombre!». 9 Luego, Jesús le preguntó: «¿Cuál es tu nombre?». Él le contestó: «Mi nombre es “Legión”, porque somos muchos». 10 Y le suplicaba con insistencia que no lo echara de aquella región. 

11 Como en la ladera del cerro había una gran cantidad de cerdos alimentándose, 12 los espíritus impuros le suplicaron a Jesús: «Envíanos a los cerdos para que entremos en ellos». 13 Él se lo permitió, y ellos salieron de aquel hombre y entraron en los cerdos. Éstos, que eran unos dos mil, se arrojaron al mar por un barranco y se ahogaron en él. 

14 Los que cuidaban los cerdos huyeron, contando la noticia en la ciudad y en los campos. Y la gente fue a ver lo que había pasado. 15 Al llegar adonde estaba Jesús y comprobar que el que había tenido una legión de espíritus impuros estaba sentado, vestido y en su sano juicio, se llenaron de temor. 16 Los que vieron esto relataron a los demás lo sucedido con el endemoniado y con los cerdos. 17 Y comenzaron a suplicarle que abandonara su territorio. 

18 Cuando Jesús se estaba embarcando, el que había estado endemoniado le suplicó que lo dejara ir con él. 19 Pero Jesús no se lo permitió, sino que le dijo: «Vete a tu casa con los tuyos y cuenta todo lo que el Señor, por su misericordia, ha hecho contigo». 20 Él se fue y se puso a proclamar por la Decápolis lo que Jesús hizo en su favor. Y todos se quedaban admirados.

 

5,1-20: Apenas Jesús desembarca en la orilla oriental del lago de Galilea, habitado por poblaciones no judías, sale a su encuentro un endemoniado que vive oprimido y en condición de impureza (Nm 19,11.16). Su poder destructor es asombroso, porque sus demonios son Legión; su idolatría es evidente, porque sube a la montaña, grita y se hace heridas, acciones propias de pueblos paganos para atraer la atención de sus dioses (1 Re 18,20-40). El endemoniado representa la situación de los pueblos que viven lejos de Dios y de su Mesías. Jesús recibe al endemoniado, dialoga con él y expulsa a sus demonios, redimiéndolo de lo que lo oprime (Mc 5,15: «Estaba sentado»), devolviéndole su dignidad y libertad («vestido») y haciéndolo protagonista de su historia («en su sano juicio»). El hombre recreado se transforma en testigo de la nueva humanidad que Dios quiere por Jesucristo (5,19-20), los «brazos abiertos» de Dios para los paganos (Is 65,1-4), fuente de libertad para los hijos e hijas de Dios.

 

5,2: Is 65,4 / 5,6: Mt 4,10 / 5,7: Lc 4,41 / 5,8: Hch 16,18 / 5,9: Lc 8,2; 11,26 / 5,11: Dt 14,8; Lv 11,7 / 5,12: Lc 11,24 / 5,19: Jn 5,19; 8,28 / 5,20: Mt 4,25

 

¡Mi hijita se está muriendo!

Mt 9,18-26; Lc 8,40-56

 

21 Cuando Jesús regresó de nuevo en la barca a la otra orilla, se reunió mucha gente a su alrededor, mientras él permanecía junto al mar. 22 En esto se acercó un jefe de la sinagoga llamado Jairo y, apenas lo vio, cayó a sus pies 23 suplicándole con insistencia: «¡Mi hijita se está muriendo! ¡Ven a imponerle las manos para que sane y viva!». 24 Jesús fue con él y, como lo seguía tanta gente, lo apretujaban por todos lados. 

25 Había una mujer que padecía derrames de sangre desde hacía doce años, 26 que había sufrido mucho con numerosos médicos y gastado todos sus bienes sin obtener ninguna mejoría; al contrario, empeoraba más. 27 Cuando oyó hablar de Jesús, se abrió paso entre la gente y tocó por detrás su manto, 28 porque pensaba: «Si al menos toco su manto, me sanaré». 29 De inmediato dejó de sangrar y notó que su cuerpo había sanado de su mal. 30 Jesús, al darse cuenta de la fuerza que había salido de él, se volvió a la gente preguntando: «¿Quién tocó mi manto?». 31 Sus discípulos le dijeron: «Ves que la gente te apretuja y tú preguntas, “¿quién me tocó?”». 32 Jesús, sin embargo, seguía observando a su alrededor para descubrir quién había sido. 33 Entonces la mujer, muy asustada y temblorosa, porque sabía lo que le había sucedido, se acercó a Jesús, se arrojó a sus pies y le contó toda la verdad. 34 Jesús le dijo: «Hija, tu fe te ha sanado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad».

35 Todavía Jesús estaba hablando cuando llegaron de la casa del jefe de la sinagoga a informarle: «¡Tu hija ha muerto! ¿Para qué seguir molestando al Maestro?». 36 Pero Jesús, sin hacer caso de lo que hablaban, dijo al jefe de la sinagoga: «¡No temas, tan sólo cree!». 37 Y no dejó que nadie acompañara sino Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. 38 Al llegar a la casa del jefe de la sinagoga y ver el alboroto de la gente que lloraba y gritaba sin parar, 39 Jesús entró y les dijo: «¿Por qué este alboroto y estos llantos? La niña no ha muerto, está dormida». 40 Y se burlaban de él. Jesús hizo salir a todos y, junto con el padre de la niña, la madre y los que lo acompañaban, entró donde estaba la niña. 41 Luego, la tomó de la mano y le ordenó: «Talithá kum», que significa: «Muchacha, te lo ordeno: ¡levántate!». 42 En seguida la muchacha, que tenía doce años, se levantó y se puso a caminar. Ellos quedaron muy sorprendidos. 43 Jesús les advirtió con insistencia que nadie lo supiera y les pidió que dieran de comer a la niña.

 

5,21-43: Jesús pasa del territorio pagano (5,1) al judío (5,21), y aquí realiza dos milagros estrechamente unidos: sana a dos mujeres, ambas llamadas hijas, las dos relacionadas con el número doce, edad en Oriente de la fecundidad y del matrimonio, y número de las tribus de Israel; además, la vida se extingue en ambas, una por la sangre que derrama (Lv 15,25-27) y la otra porque se muere. El destino de estas mujeres representa el destino de Israel sin el Mesías. Como ellas, a Israel se le va la vida, porque sus instituciones -representada por el jefe de la sinagoga y padre de la niña- no tienen el remedio para «la curación de la hija de mi pueblo» (Jr 8,18-23). Si Israel tocara el manto del Mesías como lo hizo la mujer con flujos de sangre (Rut 3,1-9) o se dejara tomar de la mano por Jesús como la hija de Jairo (Sal 37,23-24), se levantaría gracias a la vida que el Mesías le ofrece (Cant 2,10-12; 5,2). Pero se requiere tocar y tomar al Mesías mediante aquella fe que nos vincula en comunión personal con él.

 

5,21: Mt 9,1 / 5,23: Jn 4,47-49 / 5,26: Tob 2,10; Eclo 38,1-15 / 5,27-28: Hch 19,12 / 5,30: Lc 6,19 / 5,36: Mt 8,10 / 5,38: Jr 9,16-17 / 5,39: Sal 13,4; Jn 11,11-12 / 5,41-42: Sal 63,9; 73,23-24; Hch 9,40-41

 

Se quedó asombrado de su falta de fe

Mt 13,53-58; Lc 4,16-30

 

61 Jesús salió de allí y se dirigió a su pueblo, seguido de sus discípulos. 2 Cuando llegó el sábado, se puso a enseñar en la sinagoga. Muchos que lo oían se preguntaban sorprendidos: «¿De quién procede esa sabiduría?, ¿de dónde esos milagros realizados por su propio poder? 3 ¿Acaso no es éste el artesano, el hijo de María, el hermano de Santiago y de José, Judas y Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?». Y estaban desconcertados a causa de él. 4 Jesús, entonces, les dijo: «¡Sólo en su pueblo, entre sus parientes y su familia es deshonrado un profeta!». 5 Y no pudo hacer allí ningún milagro, fuera de sanar a unos pocos enfermos imponiéndoles las manos. 6 Y se quedó asombrado de su falta de fe. 

 

6,1-6a: Jesús, a pesar de tanta obstinación, no debió haber perdido su capacidad de asombro: si dos desconocidas mujeres judías han sido salvadas por él (nota a 5,21-43), ¿cómo es posible que no crean sus parientes y los de su pueblo? (6,6). Es cuestión de miradas: sus parientes y paisanos sólo ven en él al hijo de María, un artesano que nunca estudió con algún maestro de la Ley (6,2-3; Jn 7,15) y, por tanto, no se explican de dónde le viene su sabiduría y su poder. Jesús, al igual que los profetas de antaño, es rechazado por su propio pueblo y por los suyos (Lc 13,34). Desde ahora, dejará de enseñar en las sinagogas y a sus parientes. Como éstos, se puede mirar sólo lo que se quiere ver; el auténtico discípulo, en cambio, toca (Mc 5,30) y mira al Mesías para pedir el don de la conversión y hacer la voluntad del Padre, sea cual sea. 

 

6,2: Is 11,1-2 / 6,3: Mt 12,46-50; Jn 6,42 / 6,4: Jn 4,44 / 6,6: Heb 3,12-13

 

3- Anuncio del Reino de Dios y respuesta de la nueva familia

 

6,6b-8,26. Dos partes y una conclusión destacan el afán misionero de Jesús y completan su enseñanza acerca del Reino: Jesús anuncia el Reino a todos (6,6b-29); enseña cuál es el alimento del Reino (6,30-8,26, la llamada “sección de los panes”) y, en la conclusión, pide fe en su condición de Mesías (8,27-30). A medida que Jesús completa su enseñanza, los dirigentes de Israel se alejan de él y se intensifica la relación de Jesús con los suyos, testigos privilegiados de sus palabras y acciones. De este modo, Jesús los prepara para que lo acepten como Mesías y lo sigan por el camino de la cruz. Sin embargo, aunque se acrecienta la vinculación con él, aumenta la incomprensión de ellos.

 

3.1- Testimoniar el Reino a todos

 

6,6b-29. Jesús, testigo del Padre, no deja de anunciar el Reino en las aldeas, de suscitar la fe y pedir la conversión. Si los Doce van a ser enviados a predicar la conversión y a repetir los gestos de soberanía de Jesús sobre demonios y enfermedades, deben tener modelos. Y tienen dos fundamentales: el mismo Jesús (6,6b-13) y Juan Bautista (6,14-29). De Jesús tienen que aprender a proclamar el Reino, a ofrecer sus signos y enfrentar los conflictos por fidelidad al Padre. De Juan, la valentía y la coherencia hasta dar la vida por la verdad que creen y proclaman.

 

Los envió de dos en dos

Mt 9,35; 10,1.5-15; Lc 9,1-6

 

Jesús recorría las aldeas de alrededor enseñando. 

7 Llamó a los Doce y los envió de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros. 8 Y les ordenó que, aparte de un bastón para el camino, no llevaran pan ni provisiones ni dinero; 9 que usaran sandalias, pero que no llevaran dos túnicas. 10 Les dijo: «Cuando se alojen en una casa, quédense allí hasta el momento de partir. 11 Si en algún lugar no los reciben ni los escuchan, váyanse de allí y sacudan el polvo de sus pies en testimonio contra ellos». 

12 Y ellos fueron a predicar que se convirtieran, 13 expulsaban muchos demonios y sanaban a numerosos enfermos ungiéndolos con aceite. 

 

6,6b-13: Jesús instituye a los Doce cumpliendo así la promesa de Dios de reunir a las doce tribus de Israel, santificarlas y hacerlas el nuevo pueblo de Dios a partir del resto de israelitas fieles a Dios (nota a 3,13-19). Jesús envía a los Doce con autoridad para ejercer dominio sobre los espíritus malignos y las enfermedades, lo que revela que Dios comienza a reinar en Israel y las naciones. El manual del misionero (6,8-11) es un retrato de la vida de Jesús: anuncia el Reino ligero de equipaje; convencido del mensaje; confiado en la asistencia del Padre; dispuesto al rechazo; consciente de que nada se merece, por lo que nada exige. Proclamar a Jesús y el Reino requiere transformar la propia vida en testimonio creíble, despojándose de seguridades materiales, de esquemas gastados, de modos de vida cómodos… No es posible la misión sin conversión personal y pastoral. 

 

6,8-11: Lc 10,4-11 / 6,11: Hch 13,51 / 6,13: Sant 5,14-15

 

No puedes tener a la mujer de tu hermano

Mt 14,1-12; Lc 9,7-9

 

14 El rey Herodes se enteró de lo que decían de Jesús, porque su fama se divulgaba en todas partes. Unos afirmaban: «Es Juan el Bautista que ha resucitado de entre los muertos, por eso actúan en él poderes milagrosos»; 15 otros opinaban: «Es Elías»; otros, en cambio, decían: «Es un profeta como uno de tantos profetas». 16 Herodes, por su parte, enterándose de esto, afirmaba: «Ése es Juan al que yo ordené decapitar y ahora ha resucitado». 

17 Herodes, en efecto, había mandado arrestar a Juan y lo había encarcelado por instigación de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con la que se había casado 18 a pesar de la advertencia de Juan: «No puedes tener a la mujer de tu hermano». 19 Por esto Herodías odiaba a Juan y quería matarlo, pero no podía 20 porque Herodes lo respetaba y protegía, pues lo consideraba un hombre justo y santo. Aunque cada vez que escuchaba a Juan quedaba muy desorientado, sin embargo, lo oía con agrado.

21 La ocasión propicia se presentó cuando Herodes ofreció para su cumpleaños un banquete a sus nobles, a sus jefes militares y a la gente importante de Galilea. 22 La hija de Herodías entró a danzar, y agradó tanto a Herodes y a sus convidados que el rey le prometió a la muchacha: «Pídeme lo que quieras y te lo daré». 23 Y luego le juró: «¡Lo que me pidas te daré, incluso la mitad de mi reino!». 24 La muchacha salió y le preguntó a su madre: «¿Qué le pido?». Ella le contestó: «La cabeza de Juan el Bautista». 25 Fue de inmediato donde estaba el rey y le pidió: «Quiero que ahora mismo me traigas en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista». 26 El rey se puso triste, pero no quiso contrariarla a causa de su juramento y de sus convidados. 27 Y al momento envió a un guardia ordenándole que le trajera la cabeza de Juan. El guardia fue, decapitó a Juan en la cárcel, 28 trajo su cabeza en una bandeja y se la dio a la muchacha, y ella se la entregó a su madre. 29 Cuando se enteraron los discípulos de Juan fueron a recoger su cadáver y le dieron sepultura. 

 

6,14-29: Justo cuando crece el rechazo a Jesús y los suyos, Marcos narra la muerte de Juan el Bautista, narración que sitúa entre el envío de los Doce (6,6b-13) y un breve informe sobre cómo les fue en su misión (6,30). Herodes es un rey complaciente, entregado a los caprichos de Herodías, mujer de su hermano Filipo, con la que convive. Como ella busca deshacerse de Juan, profeta incómodo por denunciar su adulterio, utiliza a su hija para pedir la muerte del Bautista. Entre tanta manipulación y violencia, su martirio es premonitorio: el destino trágico de Juan es el que espera al Mesías y a los que, como él, anuncien el Reino e instauren sus valores. El discípulo no puede vivir con los ojos cerrados frente a los Herodes del mundo (8,15) que, por conservar sus corruptos modos de vida, destruyen a los que anuncian la Vida y la Verdad. El discípulo no puede temer a los que matan el cuerpo, pero no pueden acabar con la Vida (Mt 10,28-31).

 

6,15: Mt 16,14 / 6,17: Lc 3,19-20 / 6,18: Lv 18,16 / 6,21: Est 1,3; Dn 5,1 / 6,22: Cant 7,1-7 / 6,23: Est 5,3.6 / 6,29: 1 Sm 31,11-13

 

3.2- El “pan” del Reino para todos

 

6,30-8,26. Estos relatos reciben el nombre de “sección de los panes”, porque la mayoría de ellos se unen por palabras que tienen relacionadas con el pan (“comer, levadura”…). Se diferencian dos grupos de relatos, parcialmente duplicados, que pueden leerse en paralelo. El primer grupo: a)- la primera multiplicación de los panes (6,30-44); b)- el Mesías y sus milagros, señales de que Dios lo envía (6,45-56); c)- el Reino, un banquete rechazado por los fariseos (7,1-23) y aceptado por los gentiles (7,24-30), y d)- curación de un sordo y tartamudo (7,31-37). El segundo grupo: a)- la segunda multiplicación de los panes (8,1-10); b)- el Mesías y las señales que muestran que viene de Dios (8,11-13); c)- el Reino, un banquete para judíos y gentiles, no comprendido por los discípulos (8,14-21), y d)- curación de un ciego (8,22-26). Sobresale la figura de Jesús enviado por Dios para ser pastor de un nuevo pueblo a quien sana, forma y alimenta.

 

¡Denles ustedes de comer!

Mt 14,13-21; Lc 9,10-17; Jn 6,1-15

 

30 Los apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. 31 Como era tanta la gente que iba y venía que ni siquiera tenían tiempo para comer, Jesús les dijo: «Vengan ustedes solos a un lugar aparte, para descansar un poco». 32 Y se fueron ellos solos en la barca a un lugar solitario. 33 Sin embargo, muchos se dieron cuenta al verlos partir y acudieron por tierra de todos los pueblos al lugar adonde iban, llegando incluso antes que ellos. 

34 Al desembarcar, Jesús vio una gran multitud y se compadeció de ella, porque estaban como ovejas sin pastor [Nm 27,17; Jdt 11,19; 2 Cr 16,18]. Y se puso a enseñarles durante un largo tiempo. 

35 Como se había hecho tarde, los discípulos se acercaron a Jesús y le dijeron: «Ya es tarde y este lugar es apartado: 36 despídelos para que vayan a los caseríos y aldeas de alrededor y compren algo de comer». 37 Jesús, sin embargo, les ordenó: «¡Denles ustedes de comer!». Le respondieron: «¿Acaso podríamos ir a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?». 38 Jesús les preguntó: «¿Cuántos panes tienen? ¡Vayan a ver!». Y después de averiguarlo, le respondieron: «Cinco panes y dos pescados». 39 Jesús ordenó que todos se acomodaran por grupos sobre el pasto verde. 40 Y se sentaron por grupos de cien y de cincuenta. 41 Luego, tomó los cinco panes y los dos pescados, levantó la vista al cielo y pronunció la bendición, partió los panes y se los fue dando a sus discípulos para que los distribuyeran a la gente. También repartió los dos pescados entre todos. 42 Comieron todos hasta saciarse, 43 e incluso recogieron doce canastos llenos con lo que quedó de panes y pescados. 44 Quienes comieron fueron cinco mil hombres.

 

6,30-44: Resuenan varios temas propios del mundo judío: ovejas sin pastor y un pastor que se compadece de ellas (Zac 11,4-5; Sal 23); grupos de cien y cincuenta varones, que evoca la organización de Israel en el desierto (Éx 18,21); los doce canastos donde se recoge el pan, alusión al resto fiel de Israel (Is 10,20-23) y a sus doce tribus (Gn 49,28). No se puede convocar al nuevo pueblo de Dios sin ofrecerle el alimento adecuado, de otro modo ¿cómo permanecerá fiel a su vocación y misión? Jesús no ofrece de nuevo la Ley y el maná, alimento del antiguo pueblo, por su ineficacia para nutrir la comunión con Dios (Jn 6,22-50). Jesús, buen pastor, ofrece el banquete del Reino, cuyo alimento sobreabundante y gratuito es su enseñanza y el pan (Mc 6,34.41), anticipación de la Eucaristía (14,22). Los de Jesús son asociados a su misión (Nm 27,16-17): como discípulos se alimentan “del Señor”, y porque son misioneros tienen que alimentar al mundo “con el Señor”.

 

6,30: Hch 14,27-28 / 6,34: 1 Re 22,17; Mt 9,36/ 6,41: Sal 136,25-26 / 6,42-43: 2 Re 4,43-44

 

¡Calma, soy yo! ¡No teman!

Mt 14,22-33; Jn 6,15-21

 

45 En seguida, Jesús obligó a sus discípulos a embarcarse y a dirigirse antes que él a la otra orilla, en dirección a Betsaida, mientras él despedía a la gente. 46 Cuando se despidió de ellos, se fue al monte a orar. 

47 Al anochecer, la barca estaba en medio del lago, mientras Jesús permanecía en tierra. 48 Ya cerca de la madrugada, viéndolos cansados de remar, porque tenían el viento en contra, Jesús se dirigió hacia ellos caminando sobre las aguas, y quiso pasar de largo. 49 Al verlo caminar sobre las aguas creyeron que era un fantasma y se pusieron a gritar, 50 pues todos lo habían visto y se asustaron. De inmediato Jesús les habló diciendo: «¡Calma, soy yo! ¡No teman!». 51 Jesús subió a la barca con ellos y cesó el viento. Y se asombraron mucho más todavía, 52 porque aún no habían entendido lo que había pasado con los panes, pues su corazón seguía endurecido.

 

6,45-56: No existe profeta en Israel que no tenga que validar su misión mediante obras hechas en nombre de Dios, quien lo envía. Y Jesús lo hace. Pero a diferencia de los otros profetas, realiza en nombre propio y con su propia autoridad lo que sólo Dios puede hacer: calmar el viento, caminar sobre las aguas, sanar enfermos (6,53-56). Más aún, cuando les dice: «¡Soy Yo!» (6,50), evoca el nombre del Dios de Israel: Yahveh en hebreo (“Él es”; Éx 3,14), y pasa ante los suyos como Yahveh (o “Él es”) ante Moisés cuando le reveló su gloria (33,18-23). Los discípulos se asombran enormemente al percibir dicho misterio. No han entendido que si Jesús multiplica panes, vence demonios y enfermedades (6,56) es porque tiene el mismo nombre de Dios por lo que, más que un profeta, es su mismo Hijo. El discípulo puede llenar su vida de fantasmas, de ilusiones falsas en las que pone su esperanza…, pero se hundirá con ellas cuando todo se desvanezca. Tantos naufragios evitaríamos si confiáramos en la palabra del Hijo: “¡Calma, soy yo! ¿Acaso pueden seguir temiendo?”. Si Dios sale a nuestro encuentro por su propio Hijo, ¿por qué vivir angustiados? (Is 41,13-14; Jn 16,33).

 

6,48: Sal 77,20; Job 9,8 / 6,50: Dt 32,39; Is 41,4 / 6,52: Sal 28,5

 

Colocaban en la plaza a los enfermos

Mt 14,34-36

 

53 Después de atravesar el lago, tocaron tierra en Genesaret y allí amarraron la barca. 

54 Al desembarcar, algunos en seguida se dieron cuenta de que era Jesús y, 55 recorriendo toda aquella región, llevaban en camillas a los enfermos adonde oían decir que él se encontraba. 56 Dondequiera que Jesús iba, a aldeas, pueblos o caseríos, colocaban en la plaza a los enfermos, rogándole que al menos les dejase tocar el borde de su manto. Y todos los que lo tocaban quedaban sanos. 

 

6,53-56: Ver comentario a 6,45-56.

 

6,56: Mt 18,11; Lc 7,50

 

Este pueblo me honra con los labios

Mt 15,1-20

 

71 Los fariseos y algunos maestros de la Ley llegados de Jerusalén se reunieron con Jesús 2 y observaron que algunos de sus discípulos comían los alimentos con las manos impuras, es decir, sin lavárselas. 

3 Es que los fariseos, y los judíos en general, no comen sin antes lavarse cuidadosamente las manos, aferrándose a la tradición de los antepasados, 4 ni comen lo que traen del mercado sin antes purificarlo. Y también se aferran por tradición a otras muchas costumbres como la purificación de vasos, jarros y ollas.

5 Por esto, los fariseos y maestros de la Ley preguntaron a Jesús: «¿Por qué tus discípulos no siguen la tradición de los antepasados, y comen sin purificarse las manos?». 

6 Jesús les respondió: «Bien profetizó Isaías de ustedes, hipócritas, tal como afirman las Escrituras: 

Este pueblo me honra con los labios,

pero su corazón está lejos de mí.

7 En vano me dan culto,

porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos [Is 29,13]

8 Dejan de lado el mandamiento de Dios por aferrarse a la tradición de los hombres». 9 Y les dijo también: «¡Qué bien anulan el mandamiento de Dios por mantener su propia tradición! 10 Aunque Moisés dijo: Honra a tu padre y a tu madre, y además: quien maldiga a su padre o a su madre será condenado a muerte [Éx 20,12; 21,17; Lv 20,9; Dt 5,16], 11 ustedes -en cambio- afirman que si uno notifica a su padre o a su madre: “Declaro korbán, es decir, ofrenda sagrada, aquello que pudieras reclamar de mí como ayuda”, 12 uno queda liberado de socorrer a sus padres. 13 De esta forma anulan la palabra de Dios con esa tradición que ustedes mismos se trasmiten unos a otros. Y como éstas, hacen otras muchas cosas por el estilo».

14 Jesús convocó otra vez a la gente y les dijo: «¡Escúchenme todos y entiendan! 15 No hay nada afuera del hombre que, al entrar en él, pueda hacerlo impuro; lo que lo hace impuro es lo que sale de él». [16].

17 Cuando Jesús dejó a la gente y entró en casa, sus discípulos le preguntaron por el sentido de la comparación. 18 Él les respondió: «¿Ni siquiera ustedes entienden? ¿No comprenden que nada de afuera que entra en el hombre puede hacerlo impuro, 19 porque no entra en su corazón, sino en su vientre y luego va a parar a la letrina?». De este modo Jesús declaraba puros todos los alimentos. 20 Luego añadió: «Lo que sale del ser humano es lo que lo hace impuro. 21 Porque del interior, del corazón de los hombres, salen las malas intenciones, lujuria, robos, asesinatos, 22 adulterios, codicias, maldades, engaño, desenfreno, envidia, blasfemia, arrogancia, insensatez. 23 Todas esas maldades salen del interior del hombre y lo hacen impuro».

 

7,1-23: Mientras el Buen Pastor alimenta al desorientado y hambriento pueblo de Dios con su enseñanza y el pan que multiplica para todos (6,34), signo de la Eucaristía, los fariseos y maestros de la Ley, porque son malos pastores, lo alimentan con leyes y tradiciones que oprimen la vida. Jesús denuncia su hipocresía, palabra que proviene del griego y designa la máscara que en una obra teatral sirve para representar a algún personaje. La razón es que ellos, como buenos actores, fingen ser lo que no son, haciéndose incapaces de transmitir el amor de Dios. Son expertos en resquicios legales, incluso cuando se trata de no atender con sus bienes a sus propios padres (norma llamada korbán), anulando así la voluntad del Señor (Dt 5,16). Piensan que cumplen su voluntad si se purifican por fuera, cuando lo que Dios quiere es la escucha atenta de su Palabra y el amor desinteresado al prójimo (Os 6,6). El que ama a Dios Padre no es quien lo dice (Is 29,13; Mt 7,21-23), sino quien busca a Dios y le obedece, sirviendo a los hermanos, perdonándolos y amándolos de corazón. ¡Ésta es la ofrenda agradable a Dios! (Rom 12,1). Sin la escucha e imitación de Jesús es fácil autoengañarse, viviendo un discipulado a la medida de la propia conveniencia. 

 

7,2: Lc 11,38 / 7,3: Éx 40,30-32 / 7,10: Eclo 3,1-16 / 7,11: Nm 30,2 / 7,15: Lv 10,9-11; 20,25 / 7,18-19: Hch 10, 9-16 / 7,21-22: Rom 1,31 / 7,23: Heb 10,22

 

Mc 7,16: algunos manuscritos, aunque no los principales, traen: «¡Si alguno tiene oídos para escuchar, que entienda!».

 

Deja primero que se sacien los hijos

Mt 15,21-28

 

24 Jesús partió de allí y se dirigió al territorio de Tiro. Luego, entró en una casa con la intención de que nadie lo supiera. Sin embargo, no logró pasar inadvertido, 25 porque una mujer que tenía a su hijita poseída por un espíritu impuro, apenas se enteró de que estaba Jesús, fue a arrojarse a sus pies. 26 La mujer, que no era judía, sino sirofenicia de nacimiento, le suplicaba que expulsara de su hija al demonio. 27 Jesús le dijo: «Deja primero que se sacien los hijos, porque no está bien quitarle el pan a los hijos para tirárselo a los perritos». 28 Ella le respondió: «¡Señor, también los perritos, debajo de la mesa, se comen las migajas que caen de los hijos!». 29 Entonces Jesús le dijo: «Puedes irte. Por lo que has dicho, el demonio ya salió de tu hija». 30 Cuando la mujer llegó a su casa, encontró a la niña acostada en la cama, pues el demonio ya había salido de ella. 

 

7,24-30: Mientras los dirigentes de Israel rechazan el banquete del Reino (nota a 7,1-23), una mujer pagana anhela las migajas del Mesías en favor de su hija endemoniada (7,28). Llama la atención la respuesta de Jesús (7,27), pero no es otra que la habitual en aquel tiempo: el Reino es para los hijos (= Israel), no para los perritos, vocablo empleado para referirse a los paganos. La mujer, sin negar la primacía de Israel, pide lo que sobra de lo que Dios regala a su pueblo. Entonces Jesús expulsa al demonio desde lejos, manifestando la autoridad y eficacia de su palabra y revelando que el Reino es un don de liberación para todo quien se acerca a él con humildad. Nadie como el Dios de Jesús es tan generoso con sus bienes. Sin embargo, reclama la adhesión de fe que trasciende nacionalidad, sexo, condición social. Nunca nada está perdido cuando el discípulo con fe viva se confía en la Palabra de su Señor e intercede por otros (Is 55,6-11).

 

7,24-30: 1 Re 17,9-24

 

Suspiró y dijo: ¡Effatá!

 

31 Jesús dejó el territorio de Tiro, pasó por Sidón y se dirigió de nuevo al lago de Galilea, atravesando la Decápolis. 32 Le llevaron a un hombre sordo y tartamudo y le suplicaban que impusiera sobre él la mano. 33 Jesús lo apartó de la multitud y, a solas con él, le metió los dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua. 34 Luego, mirando al cielo, suspiró y dijo: «¡Effatá!», que quiere decir: «¡Ábrete!». 35 Al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de su lengua y comenzó a hablar sin ninguna dificultad. 36 Jesús les ordenó que no lo dijeran a nadie, pero cuanto más él insistía, más lo divulgaban ellos. 37 Y llenos de asombro comentaban: «Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos». 

 

7,31-37: El itinerario de Jesús es extraño: nadie escogería uno así para dirigirse de Tiro al lago de Galilea. Para Jesús no se trata tanto de un viaje por la ruta más corta cuanto de la itinerancia del misionero que organiza sus idas y venidas en razón del anuncio del Reino a todos. Muchas palabras y actos de Jesús recuerdan a los judíos de su tiempo promesas y acciones de Dios contenidas en el Antiguo Testamento. Cuando Jesús sana al sordo y tartamudo, los testigos recuerdan que Dios prometió que cuando haga oír a los sordos y hablar a los tartamudos es porque él mismo se hace presente para salvar (Is 35,4-6). Como Jesús así lo hace y, aún más, lo hace todo bien (Mc 7,37), al igual que Dios creador al concluir su obra (Gn 1,31), se nos enseña que Jesús es la salvación de Dios y que por él, Dios se hace presente como Creador y Liberador en favor de su pueblo. Discípulo es el que cultiva aquel encuentro personal de diálogo con Jesús que lo saca de la multitud, representante de la antigua creación (sordo que oye), lo hace creatura nueva (2 Cor 5,17) y lo envía a proclamar la obra de Dios (tartamudo que habla).

 

7,33: Éx 8,15 / 7,34: Sal 40,7 / 7,35-36: Mt 9,29-31

 

Siento compasión por esta gente

Mt 15,32-39

 

81 Como de nuevo se juntó por aquellos días una gran multitud y no tenían nada para comer, Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: 2 «Siento compasión por esta gente, porque ya llevan tres días conmigo y no tienen nada para comer. 3 Si los mando sin comida a sus casas, van a desfallecer en el camino, porque algunos de ellos han venido de lejos». 4 Sus discípulos le preguntaron: «¿Quién podría conseguir pan en este lugar desértico para darles de comer?». 5 Jesús les preguntó: «¿Cuántos panes tienen?». «Siete», le contestaron. 6 Entonces Jesús ordenó a la gente que se sentara en el suelo. Luego tomó los siete panes, dio gracias a Dios, los partió y los fue dando a sus discípulos para que los repartieran. Ellos los distribuyeron entre la gente. 7 Tenían además unos pocos pececillos. Después de bendecirlos, Jesús les mandó que también los repartieran. 8 Y la gente comió hasta saciarse, e incluso se recogieron siete cestos de lo que quedó 9 y eso que eran unos cuatro mil. 

Luego, Jesús los despidió 10 y de inmediato se embarcó con sus discípulos, dirigiéndose a la región de Dalmanuta.

 

8,1-10: Como en la primera multiplicación de los panes (nota a 6,30-8,26), Jesús se compadece de la gente y les ofrece un alimento abundante, el que distribuye mediante sus discípulos. A diferencia de aquella multiplicación, sus interlocutores son gente que viene «de lejos» (8,3), expresión bíblica que se refiere a los paganos o no judíos, también invitados a conocer a Jesús y pertenecer al pueblo de Dios (Is 60,4; Hch 2,39). Los que se alimentan con siete panes son cuatro mil, y las sobras se recogen en siete cestos, ya no en doce como antes (Mc 6,43). Las cifras quizás sean intencionales e indiquen los cuatro puntos cardinales, las siete naciones de Canaán (Hch 13,19) y los siete diáconos elegidos para servir a los griegos (6,1-7). La finalidad es enseñar que Jesús alimenta a todos los que desde lejos y de todas partes vienen a él (Is 25,6-10), sean judíos o no judíos, y lo hace enviando a los suyos a servirlos. El banquete del Reino no es sólo una fiesta abundante en bienes divinos para Israel, sino para todos, generando la reconciliación de los pueblos en virtud de la comunión con Dios. 

 

8,2: Mt 9,36 / 8,3: Ef 2,13 / 8,4: Éx 16,4 / 8,6: Mt 26,27; Lc 22,17 / 8,7: Sal 78,29 / 8,8: Is 58,11 / 8,10: Mt 15,39

 

A esta generación no se le dará ninguna señal

Mt 16,1-4

 

11 Se acercaron los fariseos y se pusieron a discutir con Jesús y, para ponerlo a prueba, le pedían un signo del cielo. 12 Jesús suspiró profundamente y dijo: «¿Qué signo pide esta generación? Les aseguro que a esta generación no se le dará ningún signo». 13 Y dejándolos, se embarcó de nuevo y partió a la otra orilla del lago.

 

8,11-13: Jesús no ha dejado de dar señales de su condición de Mesías, pero igual le piden que haga un signo que, al provenir del cielo, no les deje ninguna duda. Sin embargo, como lo hizo ya Satanás (1,13), los fariseos le exigen un signo excepcional al que condicionan su aceptación. Como esperan un mesías de obras portentosas que venza a los enemigos de Israel, Jesús –cansado de tanta obstinación (8,12)– les dice que su Padre no está dispuesto a avalar estas expectativas. Además, los mesías y profetas falsos, ¿no realizan también señales y prodigios? (13,21-22). El signo no importa, lo que importa es lo que revela. Y las señales o milagros de Jesús revelan que Dios ofrece una vida nueva en comunión con Dios y los hermanos. Por esto, Jesús no regala la fe a los suyos para conseguir signos del cielo, sino para abrir la existencia a un Dios que quiere reinar como Padre de un pueblo de hermanos. El signo definitivo definitivo de Jesús será su misterio pascual (Mt 16,4), que manifestará el amor sin límites del Padre. ¿Y quién podría exigir un signo distinto a éste?

 

8,11: Lc 11,16 / 8,12: Mt 12,39

 

¡Cuídense de la levadura de los fariseos!

Mt 16,5-12

 

14 Los discípulos se habían olvidado de llevar comida y tenían sólo un pan en la barca. 15 Jesús les advirtió: «¡Estén atentos y cuídense de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes!». 16 Ellos comentaban que les decía esto porque no tenían panes. 17 Jesús se dio cuenta y les dijo: «¿Por qué comentan que no tienen pan? ¿Todavía no comprenden ni entienden? ¿Tan endurecido tienen su corazón 18 que teniendo ojos no ven y oídos no escuchan [Jr 5,21]? ¿Acaso no recuerdan 19 cuántos canastos llenos recogieron con lo que quedó cuando repartí los cinco panes entre cinco mil?». «Doce», contestaron ellos. 20 «¿Y cuántos cestos llenos recogieron con lo que quedó cuando repartí los siete panes entre cuatro mil?». «Siete», le respondieron. 21 Entonces les dijo: «¿Todavía no entienden?».

 

8,14-21: El nuevo pueblo de Dios constituido a partir del resto fiel de Israel no puede alimentarse del pan y la levadura de los fariseos y de Herodes, símbolo de intenciones y enseñanzas que generan las malas inclinaciones del corazón (Mt 16,12; 1 Cor 5,6-8). Si los de Jesús se nutren de esta levadura, terminarán como ellos: obstinados de corazón y rechazando al Mesías y su anuncio del Reino. Y, según parece, ya está sucediendo, porque ante la multiplicación de los panes, ¿cómo aún no entienden que si Jesús dio de comer con pocos panes a mucha gente, también puede alimentar al pequeño grupo que va en la barca?, ¿cómo no comprenden aún que se trata de alimentarse del pan y de la levadura que proviene de Jesús? La levadura de Jesús es la enseñanza que da a conocer a Dios y su voluntad y forja las disposiciones del corazón para ponerla en práctica. La respuesta al don del Reino es aprender y vivir las enseñanzas de Jesús, las que se transforman en fuente de gozo y sentido pleno para la vida. 

 

8,15: Mt 14,1-11 / 8,17: Dt 29,3; Sal 135,16 / 8,18: Ez 12,2 / 8,21: Sal 95,8-9

 

¿Ves algo?

 

22 Cuando llegaron a Betsaida, le llevaron un ciego, suplicándole que lo tocara. 23 Jesús, tomando al ciego de la mano, lo sacó fuera de la aldea; luego, le echó saliva en sus ojos, le impuso las manos y le preguntó: «¿Ves algo?». 24 El ciego, que comenzaba a recobrar la vista, respondió: «Veo hombres, pero los veo como si fueran árboles que caminan». 25 Entonces, Jesús volvió a poner las manos en los ojos del ciego, quien recuperó totalmente la vista, quedando sano hasta distinguir todo perfectamente. 26 Luego, lo envió a su casa y le ordenó: «¡No vayas a entrar en la aldea!».

 

8,22-26: La ceguera simboliza en la Biblia al hombre obstinado de corazón (Is 6,9-10), sin dirección en su vida (Mt 15,14) y sin capacidad de creer (Rom 2,17-24). El ciego, que no tiene nombre, representa la situación de los discípulos incapaces de seguir a Jesús como Mesías a causa de su falta de fe y sus miedos. Al igual que el ciego pasa por etapas para ver, el discípulo necesita pasarlas para creer en Jesús: suplicarle con esperanza, dejarse tomar de la mano, ungir con su saliva y conducir fuera de la muchedumbre, la que representa la falta de aceptación del Mesías. Nada de esto es fácil. Se requieren éxodos como el de Israel al que Dios tomó de la mano para sacarlo de Egipto y llevarlo a la tierra de la libertad (Jr 31,32). Luego de un proceso guiado por el mismo Jesús, el discípulo alcanzará la luz de la fe (Ef 1,18) para adherirse a él en cuanto Mesías y dejarse conducir por él a la tierra nueva del Reino. Este éxodo es imposible sin estar dispuesto a ir detrás de Jesús, abandonando cegueras y desobediencias muchas veces arraigadas.

 

8,22: Jn 9,39-41 / 8,23: Jn 9,6 / 8,25: Jn 9,25; Hch 9,17-18

 

Conclusión: seguimiento y confesión de fe

 

¡Tú eres el Mesías!

Mt 16,13-20; Lc 9,18-21

 

27 Jesús se dirigió con sus discípulos a las aldeas de Cesarea de Filipo y por el camino les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?». 28 Ellos le contestaron: «Algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; y otros, que alguno de los profetas». 29 «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?», les preguntó Jesús. Pedro le respondió: «¡Tú eres el Mesías!». 30 Pero Jesús les ordenó que no dijeran nada a nadie.

 

8,27-30: Al final de la Primera Sección de Marcos (nota a 1,14-8,30), esta confesión de Pedro abre la siguiente cuyo tema es el camino y destino de Jesús como Mesías (nota a 8,31-16,8). El propósito de Jesús ha sido revelar, mediante acciones y enseñanzas, su identidad de Mesías, enviado a hacer presente el Reino de su Padre. Este propósito lo somete a evaluación preguntando quién es él (8,27). Las respuestas apuntan a un profeta de renombre: Juan Bautista o Elías u otro de los profetas. No satisfecho con estas respuestas, Jesús pregunta a sus discípulos, testigos privilegiados de su ministerio. Pedro responde: «¡Tú eres el Mesías!» (Mc 8,29), aunque luego lo confundirá con un liberador de la opresión romana (8,31-33). La vida y misión del discípulo se define a partir de la identidad de su Maestro: según quién sea Jesús, así será su discípulo y su comunidad. De aquí la importancia de la respuesta personal a la pregunta del Mesías. En esta respuesta nos jugamos la identidad cristiana. 

 

8,28: Mal 4,5-6; Lc 9,7-8 / 8,29: Jn 6,68-69

 

II

Revelación del Mesías sufriente y su entrega filial al Padre

 

8,31-16,8. Se inicia un contenido nuevo y lo indica la primera expresión: «Jesús, entonces, comenzó a enseñarles que…» (8,31). Lugares y tiempo permiten distinguir dos partes: Jesús, Mesías e Hijo del hombre, deja Galilea y camina a Jerusalén, seguido por sus discípulos (8,31-10,52), y Jesús, Mesías e Hijo de Dios, llega a Jerusalén y entrega su vida en la cruz (11,1-16,8). Marcos había dedicado la Primera Sección (nota a 1,14-8,30) a revelarnos la identidad y misión de Jesús; en esta segunda, completa dicha perspectiva revelando el sentido de su misión: la entrega hasta la muerte en cruz por obediencia al Padre y para salvación de todos. Ha quedado atrás la actividad de Jesús en aldeas, casas y campos, junto al mar, entre barcas y travesías; ahora enseña camino a Jerusalén, adonde sube con la finalidad de dar su vida de Mesías e Hijo. Jesús recibe los títulos de Hijo del hombre e Hijo de Dios, el primero para indicar su entrega a la muerte y su victoria final, y el segundo para señalar cuál es su origen y explicar el por qué de su obediencia radical al Padre.

 

1- El camino del Mesías de Galilea a Jerusalén

 

8,31-10,52. Se inicia la instrucción a los discípulos sobre el «camino» de la cruz (8,27 y 10,52) que asumirá el Mesías. Los tres anuncios de la pasión dan lugar a tres grupos de relatos. Mientras Jesús camina a Jerusalén pide: renuncia a sí mismo y seguimiento, cargando con la cruz (8,31-9,29); adhesión íntima a su persona y a su nueva comunidad (9,30-10,31), y -a las puertas de la ciudad- servicio y fidelidad hasta dar la vida por él (10,32-52). Estos tres grupos de relatos tienen un esquema similar: anuncio de la pasión y muerte; incomprensión y miedo de los discípulos; instrucciones de Jesús que los ilumina y anima, y milagros (9,14-29; 10,46-52) o enseñanzas (10,1-31). Los discípulos que esperan en Jerusalén un destino de gloria tienen que cambiar de mentalidad: si el Mesías va a inmolar la vida en obediencia filial al Padre para rescate de todos, ellos, sus discípulos, deben seguirlo haciendo suyo el sentido de la vida y la entrega del Maestro. 

 

1.1- El camino del Mesías: renuncia y cruz del discípulo

 

8,31-9,29. La oposición decidida de Pedro (8,32) es el primer escollo que enfrenta Jesús cuando decide ir a Jerusalén para consumar su misión. Jesús le enseña a Pedro y a sus compañeros que su decisión responde a la voluntad del Padre. Este camino requiere una fe que suscite un seguimiento confiado (aunque no se comprenda) y valeroso (aunque existan temores) que supere la tentación de la cobardía y la huida. El camino de la cruz es el camino del Mesías y, por lo mismo, debe ser el de su discípulo. Estímulo para éstos en el caminar tras Jesús es la transfiguración (9,2-13): el Padre conduce a su Hijo amado a la resurrección y a la gloria a la que también el discípulo fiel está llamado.

 

¡Ponte detrás de mí, Satanás!

Mt 16,21-23; Lc 9,22

 

31 Jesús, entonces, comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía padecer mucho, que sería rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los maestros de la Ley, que lo matarían, pero que resucitaría a los tres días. 32 Y con absoluta claridad les hablaba de estas cosas. Pedro llevó aparte a Jesús y comenzó a reprenderlo. 33 Pero Jesús se volvió y, en presencia de sus discípulos, reprendió a Pedro diciéndole: «¡Ponte detrás de mí, Satanás, tú no piensas como Dios, sino como los hombres!». 

 

8,31-9,1: Jesús anuncia su muerte y resurrección como acontecimientos queridos por Dios (8,31: «Debía padecer mucho»). Pedro lo reprende por su decisión de ir a Jerusalén, donde ocurrirá todo esto. Al oponer su proyecto al querer de Dios, Pedro se comporta como el Adversario de Dios, que es lo que significa Satanás. Jesús vuelve a llamar a Pedro, pidiéndole que -aunque no comprenda- se ponga detrás de él, porque es discípulo y no maestro. Luego señala para todos las condiciones del seguimiento: la renuncia a sí mismo y cargar la cruz (8,34). La renuncia a sí mismo es romper con lo más propio, con aquello de lo que uno depende (familia, honor, oficio…) cuando dificulta la adhesión al Mesías, la integración a su nueva familia y la misión de pescar hombres para el Reino (1,17). Cargar con la cruz es soportar la persecución y el desprecio que se sufre cuando se opta por el Mesías y no por los parientes y dirigentes que lo tildan de loco y endemoniado (3,21-22; 13,9.13). Sin la experiencia de que Jesús me ama (10,21), las renuncias se convierten en una carga muy difícil de llevar. 

 

8,31: Mt 21,42; 1 Pe 2,21 / 8,33: Lc 14,33

 

Si alguno quiere venir detrás de mí…

Mt 16,24-28; Lc 9,23-27

 

34 Luego Jesús convocó a la gente y a sus discípulos y les dijo: «Si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz y me siga. 35 Porque el que quiera salvar su vida, la perderá, pero el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará. 36 Porque, ¿de qué le sirve a uno ganar el mundo entero si pierde su vida? 37 ¿Qué precio podría pagar a cambio de su vida? 38 Si alguno se avergüenza de mí y de mis enseñanzas ante esta generación infiel y pecadora, el Hijo del hombre también se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles». 

91 Jesús también les decía: «Les aseguro que algunos de los que están aquí no morirán hasta que vean que el Reino de Dios ha venido con poder».

 

8,34-9,1: Ver comentario a 8,31-9,1.

 

8,34: Lc 5,11 / 8,35: Jn 8,12 / 8,37: Jn 15,13 / 8,38: Mt 10,33; 12,39 / 9,1: Rom 1,2-4

 

Se transfiguró delante de ellos

Mt 17,1-13; Lc 9,28-36

 

2 Seis días después, Jesús tomó aparte a Pedro, a Santiago y a Juan y subió con ellos a un monte alto. Se transfiguró delante de ellos 3 y su ropa se volvió reluciente, tan blanca como nadie en el mundo sería capaz de blanquearla. 4 Y se les aparecieron Elías y Moisés, que conversaban con Jesús. 5 Pedro, dirigiéndose a Jesús, le dijo: «Maestro, qué bien estamos aquí. Hagamos tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». 6 Pero no sabía lo que decía, ya que estaban atemorizados. 7 En esto, una nube los cubrió con su sombra y una voz salió de ella: «Éste es mi Hijo amado: ¡escúchenlo!». 8 De pronto, cuando miraron a su alrededor, no vieron más que a Jesús solo con ellos. 

9 Mientras bajaban del monte, él les encargó que no relataran a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. 10 Ellos guardaron el secreto, aunque discutían qué significaba eso de “resucitar de entre los muertos”. 

11 Le preguntaron a Jesús: «¿Por qué dicen los maestros de la Ley que primero tiene que venir Elías?». 12 Él les contestó: «¿Así que dicen que tiene que venir primero Elías a restaurarlo todo? Entonces, ¿por qué afirman las Escrituras que el Hijo del hombre sufrirá mucho y será despreciado? 13 Les aseguro que de todas formas Elías ya vino e hicieron con él lo que quisieron, tal como afirman las Escrituras acerca de él». 

 

9,2-13: El grupo de Jesús vive dos experiencias contrapuestas: mientras tres de ellos -en lo alto del monte- contemplan al Señor transfigurado, los demás -al pie del monte- luchan contra el poder de un espíritu impuro que domina a un niño y lo tiene mudo (9,14-29); ambas experiencias terminan en preguntas (9,11.28). En lo alto del monte, Jesús, el Hijo amado, recibe el aval de Moisés (la Ley) y Elías (los Profetas), quien debía venir antes del Mesías para restaurarlo todo (Mal 3,23-24). Jesús, sin embargo, corrige esa falsa espera. Porque si Elías lo restaura todo, ¿para qué Dios envía al Mesías?, ¿qué sentido tendría su muerte? Elías (= Juan Bautista) ya vino a cumplir su misión de precursor del Mesías y, como no lo reconocieron, hicieron con él lo que quisieron (nota a 8,27-30). Jesús y no Elías es quien viene a dar su vida para restaurarlo todo. La comunidad del Mesías continúa la función de Elías cuando da testimonio de que es Jesús quien restaura todo por su obediencia y misterio pascual. Esta misión trae consigo sufrimientos y conflictos que hay que vivir teniendo siempre presente que la cruz no es el destino definitivo del discípulo, sino su transfiguración con el Señor. 

 

9,2-13: 2 Pe 1,16-18 / 9,2: Éx 34,29; 2 Cor 3,7; 4,6 / 9,4: Jos 1,5; Rom 11,2 / 9,7: Éx 40,38; Dt 18,15; Sal 2,7 / 9,9: Hch 7,56 / 9,11: Mal 3,23-24; Eclo 48,1-11 / 9,12: Heb 5,7-10 / 9,13: 1 Re 19,1-2.10; Mt 14,6-12

 

¡Creo, pero ayúdame a tener más fe!

Mt 17,14-20; Lc 9,37-43a

 

14 Cuando volvieron adonde estaban los otros discípulos, los encontraron en medio de mucha gente discutiendo con unos maestros de la Ley. 15 Apenas la gente vio que era Jesús se llenó de admiración y corrió a saludarlo. 16 Él les preguntó: «¿Qué están discutiendo con ellos?». 17 Uno de la multitud le respondió: «Maestro, te he traído a mi hijo, poseído por un espíritu que lo tiene mudo. 18 Cada vez que se apodera de él, lo arroja al suelo, echa espuma por la boca, le rechinan los dientes y se queda rígido. Les pedí a tus discípulos que lo expulsaran, pero no han podido». 19 Jesús les dijo: «¡Generación incrédula! ¿Hasta cuándo tendré que estar con ustedes? ¿Hasta cuándo tendré que soportarlos? ¡Tráiganmelo!». 20 Ellos se lo trajeron. Apenas el espíritu vio a Jesús, sacudió con violencia al muchacho que, cayendo a tierra, se revolcaba echando espuma por la boca. 21 Jesús preguntó a su padre: «¿Desde cuándo le pasa esto?». «Desde pequeño, le respondió, 22 y muchas veces el espíritu lo arroja al fuego y al agua para matarlo. Si tú puedes hacer algo, compadécete de nosotros y ayúdanos». 23 Jesús le dijo: «¡Cómo que “si puedes”! Todo es posible para quien cree». 24 De inmediato el padre del niño exclamó: «¡Creo, pero ayúdame a tener más fe!». 

25 Al ver que aumentaba la gente, Jesús ordenó al espíritu impuro diciéndole: «Espíritu mudo y sordo, yo te lo ordeno: ¡sal del muchacho y no vuelvas a entrar en él!». 26 El espíritu salió de él gritando y sacudiéndolo con violencia. El muchacho quedó como un cadáver, por lo que muchos decían: «¡Está muerto!». 27 Pero Jesús, tomándolo de la mano, lo levantó y el muchacho se puso en pie. 

28 Cuando Jesús volvió a casa, sus discípulos le preguntaron en privado: «¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo?». 29 Les contestó: «Esta clase de espíritus se expulsa sólo con la oración». 

 

9,14-29: Algunos discípulos han contemplado la gloria del Transfigurado en lo alto del monte (9,2-13). Ahora, apenas bajan, se encuentran con un demonio y la presencia lacerante de un niño que sufre por su causa. Allá arriba, discípulos embelesados buscando la gloria sin tener en cuenta el dolor (9,5); aquí abajo, el resto de los discípulos buscando derrotar el mal sin la presencia del Transfigurado. Jesús invita al padre del niño a creer, y la súplica del padre es tal que se transforma en modelo de confianza y escucha (9,24). El milagro es una catequesis para los discípulos sobre el poder que tiene la fe y la oración para abrir la vida, sin condición alguna, a aquel que es el Hijo amado de Dios (9,7), para que él venza las opresiones que deshumanizan al hombre y lo dominan. El que cree y ora confiando en su Señor, se hace fuerte en él, y él hace posible aquello que humanamente es imposible.

 

9,17: Mt 8,29-30 / 9,19: Tit 1,15 / 9,23: Mt 21,21 / 9,24: Sant 1,5-8 / 9,27: Mt 8,15 / 9,29: Mt 21,22

 

1.2- El camino del Mesías: adhesión y vida comunitaria

 

9,30-10,31. Mientras camina a Jerusalén para dar su vida (nota a 8,31-10,52), Jesús enseña a los suyos a vivir vinculados a su persona, asumir sus motivaciones, formar parte de su comunidad y realizar la misión. Varios aspectos de la formación discipular se destacan: la renuncia al dominio y al poder, y el servicio sin recompensa alguna; la fuerza de la tentación y el sumo cuidado de no escandalizar a otros; el discernimiento del plan de Dios que exige una vida en consecuencia. Jesús les pide a los suyos que se dejen abrazar como un niño por él y su Reino, y que opten por servir a los débiles (10,13-16). No deben ser como el hombre rico quien, abrazado por sus bienes, no quiso seguir a Jesús ni servir a los pobres (10,17-31). Estas enseñanzas en el camino a Jerusalén tienen por trasfondo el misterio pascual de Jesús, acontecimiento de salvación que hace posible la vivencia de dichas enseñanzas. Como en otras ocasiones, los discípulos no comprenden a su Maestro. 

 

El Hijo del hombre va a ser entregado

Mt 17,22-23; Lc 9,43b-45

 

30 Se fueron de allí y atravesaron Galilea. Jesús no quería que nadie lo supiera, 31 porque iba enseñando a sus discípulos. Les decía: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, lo matarán y a los tres días de haber muerto, resucitará». 32 Y aunque ellos no entendían lo que Jesús decía, les daba miedo preguntarle. 

 

9,30-32: Camino a Jerusalén, Jesús les habla por segunda vez a sus discípulos de su muerte y resurrección. Mientras la obra de los hombres es la muerte del Mesías, la obra de Dios será resucitar a su Ungido al tercer día (ver Os 6,2), constituyéndolo fuente de vida nueva. Como antes (Mc 9,10), los discípulos no entienden y temen preguntarle. Ellos siguen pensando como los hombres y no según el plan de Dios (8,33); aún les falta fe y oración.

 

9,30: Jn 7,1 / 9,31: Rom 8,32 / 9,32: Mt 14,31

 

Si alguno quiere ser el primero

Mt 18,1-5; Lc 9,46-48

 

33 Llegaron a Cafarnaún. Cuando ya Jesús estaba en casa, les preguntó: «¿De qué discutían por el camino?». 34 Se quedaron callados, porque en el camino habían discutido entre ellos quién era el más importante. 35 Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: «Si alguno quiere ser el primero, que se haga el último de todos y el servidor de todos». 

36 Luego tomó a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: 37 «Quien reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe; y quien me recibe a mí, no me recibe sólo a mí, sino también al que me envió».

 

9,33-37: Ya en casa, el Maestro reúne a los suyos y se sienta para enseñarles. La casa donde está Jesús, no la sinagoga de Israel, es el lugar de formación de sus discípulos. La discusión sobre quién de ellos es el más importante da pie a la enseñanza sobre la humildad y el servicio. El único puesto al que debe aspirar el discípulo de Jesús es el de servir a todos. La única forma de ganar la vida es perdiéndola por los otros sirviéndolos con gratuidad (8,35). Y para que la enseñanza entre también por los ojos, Jesús abraza a un niño, gesto que tuvo que sorprender porque al niño se lo tenía por caprichoso y flojo, razones por las que había que tratarlo y educarlo en forma estricta (Eclo 30,1-13; Prov 23,13-14). El servicio para Jesús tiene un interlocutor preferente: el débil y marginado. Si el discípulo del Siervo del Señor no gana su vida entregándose a ellos, ¿no la estará perdiendo?

 

9,34-35: Lc 22,24-26; Rom 9,12 / 9,36: Mt 11,25 / 9,37: Mt 10,40; Jn 13,20

 

Quien no está contra nosotros, está con nosotros

Lc 9,49-50

 

38 Juan dijo a Jesús: «Maestro, vimos a uno que expulsaba demonios en tu nombre y se lo prohibimos, porque no es de los que vienen con nosotros». 39 Jesús les dijo: «No se lo prohíban, porque ninguno que haga un milagro en mi nombre, puede luego hablar mal de mí. 40 Quien no está contra nosotros, está con nosotros». 

 

9,38-40: Los discípulos, que han discutido acerca de quién de ellos tiene más autoridad (9,33-35), cuestionan ahora a algunos de fuera de la comunidad que tienen poder de expulsar demonios. La petición de Juan revela la preocupación de la comunidad por mantener el control exclusivo del poder entregado a ellos (6,13). Las expulsiones de demonios y los milagros realizados en nombre de Jesús (9,39) son signos de la vida de Dios regalada a pecadores y oprimidos. ¿Por qué, entonces, prohibirlos? La misión de la comunidad es que todos reciban el Reino de Dios, sin monopolizar su vida y, por tanto, sus signos. La fe en Jesús hace actual la salvación (Lc 19,9), y quien obra en su nombre no puede estar contra él ni contra el don de su salvación. 

 

9,38: Nm 11,26-30 / 9,39: Hch 3,16; 1 Cor 12,3 / 9,40: Mt 12,30; Rom 8,31

 

Si tu mano te incita a pecar, ¡córtatela!

Mt 18,6-9; Lc 17,1-2

 

41 «Si alguno les da de beber un vaso de agua en mi nombre, porque son del Mesías, les aseguro que no quedará sin recompensa». 

42 «Si alguno incita a pecar a uno de estos pequeños que creen en mí, sería mejor que le ataran una gran piedra de molino a su cuello y lo arrojaran al mar. 43 Si tu mano te incita a pecar, ¡córtatela!; sería mejor para ti entrar manco en la vida, que con las dos manos ir a parar a la Gehena, al fuego inextinguible. [44]. 45 Si tu pie te incita a pecar, ¡córtatelo!; sería mejor para ti entrar lisiado en la vida, que con los dos pies ser arrojado a la Gehena. [46]. 47 Si tu ojo te incita a pecar, ¡sácatelo!; sería mejor para ti entrar tuerto en el Reino de Dios, que con los dos ojos ser arrojado a la Gehena 48 donde el gusano no muere y el fuego no se apaga [Is 66,24]».

 

9,41-48: La incitación al pecado o al escándalo preocupa a Jesús (9,42), porque debilita la fe del hermano al llevarlo a contradecir la voluntad de Dios. El castigo es severo para quien separa al hermano de Cristo: tendrá que cortar o separar de sí aquel órgano que origina el escándalo. Sin embargo, “cortar” no hay que entenderlo al pie de la letra. En aquel tiempo, el par boca-oídos representaba la capacidad de comunicación del ser humano; manos-pies, su capacidad de actuar y hacer cosas, y corazón-ojos, la de pensar, sentir y decidir. Por esto, cortar la mano o el pie es cercenar de raíz las acciones que llevan al pecado, y sacar el ojo, arrancar de sí los pensamientos, sentimientos y decisiones que contradicen la voluntad de Dios. La comunidad tiene la responsabilidad de velar por la fe de los sencillos y fortalecerla, cuidando que no sean inducidos al pecado y creando un ambiente propicio para el encuentro y aceptación del Mesías. ¡En la comunidad de Jesús no hay lugar para quien escandaliza!

 

9,41: Mt 10,42 / 9,43: 2 Re 23,10; Mt 5,29-30 / 9,47: Lc 11,34 / 9,48: Jdt 16,17

 

Mc 9,44.46: algunos manuscritos, aunque no los principales, traen: «Donde el gusano no muere y el fuego no se apaga».

 

Si la sal se vuelve insípida…

Mt 5,13; Lc 14,34-35

 

49 «Todos serán salados para el fuego. 50 Necesaria es la sal, pero si se vuelve insípida, ¿con qué le devolverán el sabor? ¡Tengan sal en ustedes mismos y vivan en paz unos con otros!».

 

9,49-50: Es posible que la primera expresión (9,49) aluda a la sal que se echa al incienso y a los sacrificios para simbolizar la lealtad de Dios a la alianza con su pueblo (Nm 18,19); de esta forma, Jesús pide a los suyos hacerse ofrendas gratas a Dios por la entrega fiel de sus vidas en medio de persecuciones y sufrimientos. Luego los invita a cumplir su misión aportando la sabiduría del Evangelio, lo que es tan propio del discípulo como propio de la sal es dar sabor a las comidas, de modo contrario deja de ser sal (Mc 9,50; Mt 5,13). Y al final, aludiendo a la costumbre de ofrecer sal al huésped en señal de hospitalidad, Jesús exige “sal” en las relaciones comunitarias, esto es, un lenguaje fraterno y amable, de buen sabor (1 Tes 5,13; Col 4,6). La sal es símbolo de seguimiento fiel, de la misión del discípulo que brota de su identidad y de la concordia fraterna.

 

9,49: Lv 2,13 / 9,50: Col 4,6

 

¡Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre!

Mt 5,32; 19,1-12; Lc 16,18

 

101 Después de que salió de allí, Jesús se fue al territorio de Judea, al otro lado del Jordán. Otra vez la gente se reunió en torno a él y, como era su costumbre, se puso una vez más a enseñarles. 

2 Se acercaron unos fariseos y le preguntaron, para ponerlo a prueba, si le estaba permitido al marido divorciarse de su esposa. 3 Jesús les contestó: «¿Qué les mandó Moisés?». 4 Ellos le respondieron: «Moisés permitió escribir un certificado de repudio y divorciarse». 5 Jesús les dijo: «Moisés les dio ese mandato por la dureza de sus corazones. 6 Pero desde el inicio de la creación,

Dios los hizo varón y mujer [Gn 1,27; 5,2]

7 por esto el hombre dejará a su padre y a su madre 

8 y los dos serán una sola carne [Gn 2,24].

De manera que ya no son dos, sino una sola carne. 9 Por tanto, ¡lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre!».

10 Al volver a casa, los discípulos le preguntaron de nuevo acerca de esto. 11 Jesús les dijo: «Quien se divorcia de su esposa y se casa con otra mujer, comete adulterio contra la primera. 12 Y si la mujer se divorcia de su esposo y se casa con otro, también comete adulterio».

 

10,1-12: En lo que sigue, Marcos trata cuatro relaciones de una familia patriarcal de entonces: la relación conyugal (10,1-12), la paterno–filial (10,13-16), la relación con el dinero (10,17-31) y con el poder (10,35-45). Estas relaciones practicadas conforme al modelo patriarcal no son propias de discípulos de Jesús. Respecto a la relación conyugal, los fariseos ponen a prueba a Jesús recordando una norma de Moisés relativa al divorcio que ellos interpretan según su concepción patriarcal de la sociedad y la inferioridad de la mujer, la que se tenía por propiedad del esposo. Jesús cuestiona las relaciones de tipo patriarcal y los remite a la voluntad original de Dios, puesto que el «certificado de repudio» que ellos invocan no es más que una concesión temporal a causa de la dureza de sus corazones (10,4-5). ¿Qué quiere Dios para el matrimonio? Quiere que varón y mujer, creados a su imagen y semejanza, se complementen y amen, respetando su dignidad; quiere que se amen de tal manera que formen un solo ser, suscitando un nuevo núcleo de vida (10,7-8; Gn 1,27). El matrimonio es una alianza en comunión fiel y creciente por la que un varón y una mujer participan del amor creador y liberador de Dios. Por lo mismo, es fuente de vida y no de servilismo, de comunión y no de sumisión.

 

10,1: Jn 7,14 / 10,2: Mt 16,1 / 10,4: Dt 24,1.3 / 10,5: Sal 81,12-13 / 10,6: Gn 5,2 / 10,11-12: Rom 7,1-3; 1 Cor 7,10-11; Ef 5,21-33

 

Mc 10,7: algunos manuscritos, aunque no los principales, agregan: «Para unirse a su mujer».

 

Dejen que los niños vengan a mí

Mt 19,13-15; Lc 18,15-17

 

13 Le traían niños para que Jesús los tocara, pero los discípulos los reprendían. 14 Al darse cuenta, Jesús se indignó y les dijo: «Dejen que los niños vengan a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos. 15 Les aseguro que quien no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él». 16 Y abrazándolos, los bendecía poniendo las manos sobre ellos. 

 

10,13-16: Jesús cuestiona ahora la forma cómo en aquel tiempo y en la familia patriarcal se considera y trata a los niños (nota a 10,1-12). La contraposición entre los niños y un hombre rico (10,17-22) indica lo que Jesús espera del discípulo que supera paradigmas de vida inadecuados. Acciones y resultados son opuestos: mientras los niños que nada tienen y les prohíben acercarse a Jesús terminan abrazados por él, el rico que lo tiene todo y corre libremente al encuentro de Jesús termina alejado de él (10,17.22). Los discípulos hacen lo que en aquel tiempo se hacía: alejar a los niños, a causa de su inmadurez y caprichos (Eclo 30,1-13), de los mayores, especialmente del Maestro. Como los niños eran considerados los últimos en aquella sociedad por no tener derechos religiosos ni sociales, Jesús causa una gran sorpresa cuando los abraza en señal de que Dios los acepta y los quiere. De igual modo pide a los suyos que, como niños, se dejen abrazar y bendecir por el Mesías y su Reino. Menospreciado por los maestros de la Ley, el niño es modelo de cómo hay que dejarse abrazar por el Mesías y su Reino, pues son los preferidos de Dios por su condición de marginalidad. 

 

10,15: Mt 18,3 / 10,16: Is 44,3

 

Se fue triste, porque tenía muchos bienes

Mt 19,16-30; Lc 18,18-30

 

17 Mientras Jesús iba de camino, un hombre corrió hacia él, se arrodilló y le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?». 18 Jesús le respondió: «¿Por qué me llamas “bueno”? ¡Sólo Dios es bueno! 19 Ya conoces los mandamientos:

No mates, no cometas adulterio, no robes,

no des falso testimonio, no estafes,

honra a tu padre y a tu madre [Éx 20,12-16; Dt 5,16-20]». 

20 «Maestro -le contestó él- todo esto lo cumplo desde mi juventud». 21 Jesús lo miró con amor y le dijo: «Una cosa te falta: anda, vende cuanto tienes y dáselo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme». 22 Pero afligido por estas palabras aquel hombre se fue triste, porque tenía muchos bienes. 

23 Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil será para los que tienen riquezas entrar en el Reino de Dios!». 

24 Los discípulos se asombraron por lo que decía, pero Jesús les insistió: «¡Hijos, qué difícil es entrar en el Reino de Dios! 25 Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios». 26 Los discípulos se asombraron aún más y comentaban entre ellos: «Entonces, ¿quién podrá salvarse?». 27 Jesús, mirándolos con atención, les dijo: «Para los hombres es imposible, no así para Dios, porque para él todo es posible». 

28 Pedro comenzó a decirle: «¡Ya ves que nosotros lo dejamos todo y te seguimos!». 29 Jesús le contestó: «Les aseguro que todo el que deje casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o tierras por mí y por la Buena Noticia 30 recibirá en este tiempo presente cien veces más en casas, hermanos y hermanas, madres, hijos y tierras, aunque con persecuciones, y luego recibirá la vida eterna en el mundo venidero. 31 Porque muchos primeros serán últimos y muchos últimos, primeros».

 

10,17-31: ¿Cuál es la relación del discípulo con los bienes materiales? ¿Qué consecuencias tiene al respecto la aceptación del Reino? (10,23-27; nota a 10,1-12). Cuatro momentos se distinguen en el encuentro de Jesús con el hombre rico: el hombre corre a dialogar con el Maestro bueno, porque busca con sinceridad a Dios y la vida eterna; Jesús le recuerda los mandamientos relativos al prójimo y lo que buscan salvaguardar: vida, fecundidad, bienes, honra, cuidado de los padres; pero de inmediato va más allá de esta ética mínima y -mirándolo con amor- le pide que se libere de sus bienes materiales en provecho de pobres y marginados; a diferencia de los niños a quienes Jesús abraza (nota a 10,13-16), la respuesta del hombre rico consiste en alejarse triste, porque en vez de dejarse abrazar por el Mesías opta por seguir abrazado a sus riquezas. Sólo del amor de Jesús brota la comunión y el servicio a los pobres. Pedro y sus compañeros, que lo han dejado todo para seguir a Jesús (10,28-31), son un vivo ejemplo de lo que consigue el amor del Resucitado cuando el discípulo se deja amar. 

 

10,17: Lc 10,25; Jn 13,13 / 10,21: Hch 2,45 / 10,22: Prov 13,7 / 10,23: Prov 11,28; Eclo 5,1 / 10,25: Mt 6,24 / 10,27: Gn 18,14; Zac 8,6; Lc 1,37 / 10,29-30: Lc 5,11; Jn 8,12; 12,26

 

1.3- El camino del Mesías: seguimiento y servicio del discípulo

 

10,32-52. El tercer anuncio de la pasión (10,32-34) encabeza este tercer grupo de pasajes con características literarias similares a los dos anteriores (nota a 8,31-10,52). Al anuncio sigue la incomprensión de los discípulos, preocupados por puestos de autoridad; Jesús les pide servicio y ofrenda de la vida, para que por su entrega otros tengan vida (10,35-45). Luego, con el milagro al ciego Bartimeo, cargado de simbolismo (10,46-52), catequiza a los suyos sobre qué tipo de fe espera de ellos para que puedan seguirlo camino a Jerusalén, donde entregará la vida por todos. 

 

El Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes

Mt 20,17-19; Lc 18,31-34

 

32 Mientras subían camino de Jerusalén, Jesús iba delante de sus discípulos. Ellos estaban asombrados y, aunque lo seguían, tenían miedo. Otra vez reunió Jesús a los Doce y comenzó a decirles lo que le iba a suceder: 33 «Ya ven que subimos a Jerusalén. Allí el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los maestros de la Ley, lo condenarán a muerte, lo entregarán a los paganos 34 y se burlarán de él, le escupirán, azotarán y matarán, pero después de tres días resucitará».

 

10,32-34: Dos sentimientos caracterizan el seguimiento de los discípulos: el asombro y el temor. Jesús no se dirige a cualquier parte, sino a Jerusalén, donde le espera un destino trágico y, sin embargo, camina a la cabeza del grupo. Como antes (8,31; 9,31), les habla con claridad de la muerte que le espera; a diferencia de antes, aporta varios detalles de su pasión: burlas, salivazos y azotes. El asombro por no entender lo que ocurre y el temor por no aceptar los acontecimientos se vencen al aceptar, gracias a la fe propia del discípulo, la decisión del Maestro y Mesías quien, como el Siervo del Señor (Is 52,13-53,12), vive hasta el final el camino de la entrega señalado por su Padre para salvación de todos.

 

10,33-34: Rom 4,25; Ef 5,2

 

¿Pueden beber la copa que yo voy a beber?

Mt 20,20-28

 

35 Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, se acercaron a Jesús y le dijeron: «Maestro, queremos que nos concedas lo que vamos a pedirte». 36 Él les preguntó: «¿Qué quieren que haga por ustedes?». 37 Ellos le respondieron: «Cuando estés en tu gloria, concede que uno de nosotros se siente a tu derecha y el otro a tu izquierda». 38 Jesús les contestó: «¡No saben lo que piden! ¿Pueden beber la copa que yo voy a beber, o recibir el bautismo que yo voy a recibir?». 39 Ellos le dijeron: «¡Podemos!». Jesús les dijo: «La copa que yo voy a beber, también ustedes la beberán, y el bautismo que yo voy a recibir, también lo recibirán, 40 pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo: será para quienes está preparado». 

41 Al oír esto, los otros diez se indignaron contra Santiago y Juan. 42 Jesús los llamó y les dijo: «Ustedes saben que aquellos a quienes se considera gobernantes entre los pueblos paganos los dominan con tiranía y los poderosos abusan de su poder. 43 ¡Que no sea así entre ustedes! Al contrario, el que quiera ser importante que se haga servidor de los demás, 44 y el que quiera ser el primero entre ustedes que se haga esclavo de todos, 45 porque el Hijo del hombre no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por todos». 

 

10,35-45: Luego de cuestionar el modelo patriarcal respecto a la relación con la mujer (10,1-12), con los hijos y niños (10,13-16) y con el dinero (10,17-31), Jesús cuestiona la relación con el poder (nota a 10,1-12), enseñándole a sus discípulos que, al igual que el Mesías, su vocación es el servicio para que otros tengan vida (10,45). A una misma pregunta (10,36.51), dos respuestas diferentes: la de Santiago y Juan, importantes entre los Doce y de sólida situación económica (1,20), que piden poder, y la del hijo de Timeo, un marginado, sin nombre propio, ciego y mendigo, que pide ver. Las diferencias son notables: los discípulos hablan con Jesús, mientras que a Bartimeo lo hacen callar; ellos, que caminan con Jesús a Jerusalén, buscan sentarse en puestos de poder, mientras Bartimeo, un mendigo sentado junto al camino, se levanta de un salto al llamado de Jesús y lo sigue a Jerusalén (10,50.52). Los discípulos aún no comprenden que tienen que beber la copa de la ira de Dios (10,38; Sal 75,9) y sumergirse en aguas de muerte (Sal 69,2-3.15-16), dos imágenes que indican la inmolación redentora del Mesías para liberación de todos. El bautismo nos incorpora a Cristo para participar de su muerte y resurrección. Lo propio del que se ha sumergido en él no es levantarse para dominar a otros, sino para servir e irradiar la vida y la verdad de las que ha sido hecho partícipe. 

 

10,38: Lc 12,50; Jn 18,11 / 10,42-44: Mt 23,11; Eclo 3,18 / 10,45: Is 53,6; 1 Tim 2,5-6

 

¡Maestro, que vea!

Mt 20,29-34; Lc 18,35-43

 

46 Llegaron a Jericó. Cuando Jesús salía de allí acompañado de sus discípulos y de gran cantidad de gente, un mendigo ciego, el hijo de Timeo, “Bartimeo”, estaba sentado al costado del camino. 47 Al enterarse de que era Jesús, el de Nazaret, se puso a gritar: «¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!». 48 Muchos lo reprendían para que se callara; sin embargo, él gritaba aún más fuerte: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!». 49 Jesús se detuvo y dijo: «¡Llámenlo!». Llamaron al ciego diciéndole: «Ánimo, levántate, que te llama». 50 Él, arrojando su manto, se levantó de un salto y se acercó a Jesús. 51 Jesús le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?». El ciego le respondió: «¡Maestro, que vea!». 52 Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado». Y de inmediato comenzó a ver y a seguirlo por el camino.

 

10,46-52: Este relato del ciego de Jericó es una biografía espiritual de un auténtico seguidor, en contraste con el modo de actuar de Santiago y Juan (nota a 10,35-45). La falta de comprensión de los planes de Dios por ausencia o deficiencia de luz interior (Ef 1,18) se significa en la Biblia con la ceguera. Mientras el ciego Bartimeo pide ver y se abre a la condición mesiánica de Jesús (Mc 10,47-48), los discípulos caminan ciegos sin entender las decisiones y acciones del Mesías. Como están ciegos al plan de Dios, como los habitantes de Jerusalén ante el Mesías (Lc 19,41-42), confunden su misión y buscan sentarse en puestos de honor (Mc 10,37). Bartimeo, sentado junto al camino, pide luz (símbolo de la fe) y, apenas la recibe, se pone a caminar detrás del hijo de David que va a Jerusalén y de quien Israel espera la salvación (10,52; 11,9). ¿Quién es el auténtico discípulo? Aquel que pide fe para seguir a Jesús por el camino de la inmolación de la vida en el servicio a los demás. La pregunta de Jesús es también para mi: “¿Qué quieres que haga por ti?”.

 

10,46: Jos 6,1-5; Heb 11,30 / 10,47: Mt 9,27 / 10,52: Mt 9,22

 

2- La entrega del Mesías en Jerusalén

 

11,1-16,8. Guiados por el contenido de los anuncios de la pasión, podemos diferenciar tres partes en lo que sigue: rechazo del Mesías por parte de Israel y sus dirigentes (11,1-13,37); entrega a la muerte por su obediencia de Hijo al Padre y en rescate de la humanidad (14,1-16,8), y resurrección del Mesías a los tres días, según la promesa de Dios (16,9-20). Jesús casi no se enfrenta a los espíritus impuros (como en Galilea), sino al poder de los dirigentes de Israel que buscan su muerte. El ministerio del Hijo del hombre en Jerusalén se inicia con la revelación de su señorío sobre el Templo, dominado por la aristocracia sacerdotal (11,1-11), y termina con su señorío sobre la muerte, buscada por los dirigentes de Israel (16,1-8). 

 

2.1- Rechazo del Mesías e Hijo de Dios y juicio a Israel

 

11,1-13,37. Cinco episodios componen esta primera parte acerca de la entrega del Mesías en Jerusalén (nota a 11,1-16,8): a)- Jesús ingresa en el Templo y mediante dos acciones expresa que Dios reprueba el culto y a sus encargados (11,1-26); b)- denuncia la incapacidad de los dirigentes de Israel de ser buenos pastores del pueblo de Dios (11,27-12,12); c)- ellos se defienden planteando cuestiones candentes para demostrar que Jesús no es Maestro ni Mesías (12,13-34); d)- Jesús, en cambio, deja claro que los malos maestros son ellos por su ignorancia respecto a las profecías sobre el Mesías; les pide a los suyos que se alejen de esta gente hipócrita y que imiten la conducta de una viuda (12,35-44), y e)- los invita a esperar su regreso al fin de los tiempos (13,1-37: discurso escatológico). 

 

Entrada de Jesús en Jerusalén y el Templo: acciones simbólicas

 

11,1-26. Tres jornadas centradas en el Templo, previas a la muerte de Jesús, sintetizan su ministerio en Jerusalén (11,1-11; 11,12-19; 11,20-26). La historia de Jerusalén está marcada por la rebeldía, pues no ha sido la esposa fiel y la ciudad santa de Dios (Is 62,1-5). Ella no ha dejado de prostituirse, es decir, de traicionar a su Señor, siguiendo a otros dioses a los que se entrega y en los que confía (1,21-23; Jr 2); con impensable obstinación, ha rechazado las acciones divinas que buscaban purificarla. Dios, que se ha hecho presente por los profetas, envía ahora a su Ungido: a las puertas está el juicio de Dios sobre un pueblo rebelde, llamado desde el éxodo a vivir en alianza con su único Señor. 

 

¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

Mt 21,1-11; Lc 19,28-40; Jn 12,12-19

 

111 Cuando se acercaban a Jerusalén por Betfagé y Betania, al pie del monte de los Olivos, Jesús envió a dos de sus discípulos, 2 diciéndoles: «Vayan al poblado de enfrente y apenas entren encontrarán un burrito atado que nadie ha montado todavía: ¡Desátenlo y tráiganlo! 3 Pero si alguien les pregunta por qué hacen esto, respóndanle que el Señor lo necesita y que en seguida lo devolverá». 4 Ellos fueron y encontraron un burrito atado junto a una puerta, afuera en la calle, y lo desataron. 5 Algunos de los que estaban allí les preguntaron: «¿Qué hacen? ¿Por qué desatan el burrito?». 6 Los discípulos contestaron tal como les había dicho Jesús. Y los dejaron irse. 

7 Entonces, le llevaron el burrito, pusieron encima sus mantos y Jesús montó en él. 8 Muchos extendían sus mantos en el camino y otros, las ramas que cortaban de los campos. 9 Los que iban adelante y los que seguían a Jesús, gritaban:

¡Hosanna!

¡Bendito el que viene en nombre del Señor! [Sal 118,25-26]

10 ¡Bendito el reino que viene, el de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!».

11 Jesús entró en Jerusalén y se dirigió al Templo. Después de observarlo todo con atención, volvió con los Doce a Betania, a pesar de que ya se había hecho tarde. 

 

11,1-11: Jesús, el hijo de David, ingresa en Jerusalén como Mesías y Rey. Varios signos lo indican: su cabalgadura es la de reyes y de príncipes en tiempos de paz (11,7; Jue 5,10), la multitud acude a él gritándole hosanna (“¡Sálvanos!”) y, en señal de respeto y sumisión, ponen en el camino mantos y ramas (2 Re 9,13). Dios cumple su promesa de enviar como pastor y salvador de Israel a un Rey justo y humilde, «montado en un burro» (Zac 9,9), para congregar al pueblo y procurar que viva en paz. La primera acción del Mesías en Jerusalén es inspeccionar la casa de quien lo envía, el Templo de su Dios (Mc 11,11). Luego, sin decir palabra, regresa con los suyos a Betania: ¡algo en la Casa de Dios no está bien! El juicio condenatorio del Mesías se expresará con dos llamativas acciones: la maldición de una higuera y la expulsión de los vendedores (11,12-17). La aceptación de Jesús no es un acto de apropiación, sino de donación: se le ofrece el manto como símbolo de la entrega de la vida, y se lo reconoce con ramas como símbolo de obediencia a quien Dios envía y de su seguimiento como discípulo. 

 

11,1: Jn 11,1 / 11,2: Nm 22,21-23; Jue 15,16 / 11,9: Sal 66,8 / 11,10: Sal 148,1; Job 16,19 / 11,11: Esd 6,3-5

 

¡Que nunca más nadie coma de tus frutos!

Mt 21,18-19

 

12 Al día siguiente, al salir de Betania, Jesús sintió hambre. 13 De lejos vio una higuera cubierta de hojas y se acercó para ver si encontraba frutos. Al llegar, no encontró más que hojas, porque aún no era tiempo de higos. 14 Entonces le dijo: «¡Que nunca más nadie coma de tu fruto!». Sus discípulos lo estaban oyendo. 

 

11,12-14 y 11,20-26: La higuera representa a Israel en cuanto pueblo elegido por Dios (Os 9,10). A este pueblo se dirige el Mesías para cosechar los frutos de amor y conocimiento de Dios (4,1-3; 6,6), pero lo que encuentra es un Templo y un culto donde más importante que la misericordia, la fe y la voluntad de Dios (Mt 23,23) son los sacrificios de animales. Lleno de hojas y sin frutos, Israel es pura apariencia: no hay cabida para la fe convencida, la oración confiada y el perdón sincero (Mc 11,22-25). Su culto es estéril. Para Dios no hay estaciones (11,13) por lo que a todos exige los frutos adecuados; de modo contrario, como hizo con la higuera que inútilmente ocupaba terreno, cortará de raíz el árbol infecundo (Jr 8,13; Lc 13,6-9).

 

11,13: 2 Tim 3,2-5 / 11,14: Sal 107,33-34

 

Mi casa será llamada casa de oración

Mt 21,12-17; Lc 19,45-48; Jn 2,13-22

 

15 Llegaron a Jerusalén. Cuando Jesús entró en el Templo comenzó a echar a los que allí vendían y compraban, derribó las mesas de los que cambiaban dinero y los puestos de los que vendían palomas, 16 y no permitía que nadie transportara objetos por el Templo. 17 Les enseñaba: «¿Acaso no afirman las Escrituras:

Mi casa será llamada casa de oración

para todos los pueblos [Is 56,7]?

¡Ustedes, en cambio, la han convertido en una cueva de ladrones [Jr 7,11]!».

18 Cuando los sumos sacerdotes y los maestros de la Ley se enteraron, buscaban la forma de matar a Jesús. Sin embargo, le tenían miedo, porque toda la gente admiraba su enseñanza. 

19 Al anochecer, Jesús y sus discípulos se fueron de la ciudad. 

 

11,15-19: La inspección del Templo por parte de Jesús (11,11) termina en una dolorosa comprobación: han transformado la Casa de Dios en una «cueva de ladrones» (11,17). La expresión es de Jeremías, pronunciada poco antes de la destrucción del Templo, la que ocurrió en el año 587 a.C. Entonces, el profeta criticaba la incoherencia de vida del pueblo, la falta de discernimiento, la búsqueda de falsas seguridades y la práctica extendida del comercio en la casa de Dios (Jr 7,1-15). Con la expulsión de los vendedores, acción profética cargada de simbolismo, Jesús demuestra que nada ha cambiado en Israel: si desde hace tanto tiempo el pueblo adora a un Dios justo y misericordioso, ¿por qué aún no practica la justicia y la misericordia? (Is 1,21-26). Siempre es real el peligro de llenar la vida de hojas sin ningún fruto o con frutos podridos (Jr 29,17). Quien ha sido hecho templo vivo de Dios se deja habitar por el Espíritu, quien lo hace fecundo en santidad y amor al prójimo. 

 

11,17: Sal 78,56-67 / 11,18: Jn 5,18; Hch 3,15

 

¡Tengan fe en Dios!

Mt 21,20-22

 

20 A la mañana siguiente, al pasar junto a la higuera, vieron que se había secado de raíz. 21 Pedro se acordó y le dijo a Jesús: «¡Maestro, mira, la higuera que maldijiste se secó!». 22 Jesús les respondió: «¡Tengan fe en Dios! 23 Les aseguro que si alguno le dice a esta montaña: “Quítate de ahí y arrójate al mar” y no duda en su corazón, sino que cree que va a obtener lo que dice, lo obtendrá. 24 Por eso les digo: Todo cuanto rueguen y pidan a Dios, crean que ya lo han conseguido y lo obtendrán. 25 Y cuando se pongan de pie para orar, perdonen si tienen algo contra alguno, para que su Padre -que está en el cielo- les perdone a ustedes sus faltas». [26].

 

11,20-26: Ver comentario a 11,12-14

 

11,22: Col 1,4 / 11,23: Mt 17,20; 1 Cor 13,2 / 11,24: Jn 14,13-14; 15,7 / 11,25: Mt 6,14-15; Eclo 28,2-5

 

Mc 11,26: algunos manuscritos, aunque no los principales, traen: «Pero si ustedes no perdonan, tampoco su Padre del cielo perdonará las faltas de ustedes».

 

Desafío de Jesús a los dirigentes del pueblo

 

11,27-12,12. En este segundo episodio (nota a 11,1-13,37), los principales afectados por la expulsión de los vendedores del Templo son los dirigentes de Israel y la aristocracia sacerdotal que controlan el comercio. Por eso se ponen de acuerdo para matar a Jesús, pero no lo pueden hacer si antes no desprestigian su autoridad ante el pueblo que lo admira. Jesús toma la iniciativa y, mediante una pregunta acerca de dónde procede el bautismo de Juan, pone en evidencia la manipulación que hacen de Dios. Luego, con la parábola de los viñadores homicidas (12,1-12), les reprocha el haber convertido la historia de la salvación en una historia de perdición y muerte para el pueblo que se les confió. Los dirigentes, una vez más, dejan tranquilo a Jesús por miedo a la gente. 

 

¿Con qué autoridad actúas así?

Mt 21,23-27; Lc 20,1-8

 

27 Regresaron otra vez a Jerusalén. Mientras Jesús caminaba por el Templo, se acercaron los sumos sacerdotes, los maestros de la Ley y los ancianos 28 para preguntarle: «¿Con qué autoridad actúas así? ¿Quién te ha dado autoridad para hacer estas cosas?». 

29 Jesús les contestó: «Yo también les haré una pregunta y, si me responden, les diré con qué autoridad actúo así. 30 El bautismo de Juan, ¿provenía de Dios o de los hombres? ¡Respóndanme!». 

31 Ellos comentaban entre sí: «Si decimos que provenía de Dios, nos preguntará: “¿Por qué entonces no creyeron en él?”. 32 Pero, ¿cómo vamos a decir que provenía de los hombres?». Y como temían a la gente, porque todos tenían a Juan por un verdadero profeta, 33 le respondieron: «No sabemos». Entonces Jesús les contestó: «¡Tampoco yo les digo con qué autoridad actúo así!».

 

11,27-33: Indignados por su honor y autoridad pisoteados a causa de la expulsión de los vendedores del Templo, los dirigentes le preguntan a Jesús con qué autoridad procede como lo hace (nota a 11,15-19). Jesús, a su vez, cuestiona su capacidad de pastores, pidiéndoles que disciernan el actuar de Dios (11,30). Si ellos son los pastores de Israel, ¿no deberían reconocer la obra de Dios en signos tan evidentes como el bautismo de Juan? Pero, quienes han convertido la casa de Dios en «cueva de ladrones» (11,17), ¿pueden descubrir lo que realmente viene de Dios? Como se esperaba, evaden la respuesta, puesto que también tendrían que aceptar que el Mesías -que Juan anuncia- viene de Dios y que Dios avala su autoridad. El Hijo tiene la autoridad que proviene de su Padre y, a diferencia del poder de los dirigentes, está al servicio de la liberación de la humanidad y de la comunión con Dios. 

 

11,27-28: Mt 16,1 / 11,29-30: Jn 1,6.19-28 / 11,33: Lc 4,32

 

Un hombre plantó una viña

Mt 21,33-46; Lc 20,9-19

 

121 Jesús se puso a hablarles por medio de parábolas: «Un hombre plantó una viña, le puso una cerca, cavó un lagar y construyó una torre para el vigilante; luego, la arrendó a unos viñadores y se fue de viaje. 2 Cuando llegó el tiempo oportuno, envió a un sirviente para exigir a los viñadores la parte de los frutos que le correspondía. 3 Pero ellos agarraron al sirviente, lo golpearon y lo despidieron con las manos vacías. 4 Les envió de nuevo a otro sirviente, y lo maltrataron e insultaron. 5 Les envió a un tercero, y lo mataron. Y así a otros muchos: a unos los golpeaban y a otros los mataban. 6 Por último, cuando no le quedaba más que su hijo amado, lo envió pensando: «¡Respetarán a mi hijo!». 7 Pero aquellos viñadores se dijeron: «Éste es el heredero. ¡Matémoslo y la herencia será nuestra!». 8 Entonces lo agarraron, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña. 9 «¿Qué hará el dueño de la viña? ¡Vendrá, acabará con esos viñadores y entregará la viña a otros! 10 ¿No han leído acaso este pasaje de la Escritura:

La piedra que despreciaron los constructores,

Dios la convirtió en piedra angular;

11 el Señor fue quien realizó esta obra tan admirable a nuestros ojos [Sal 118,22-23]?».

12 Como se dieron cuenta de que Jesús había dicho la parábola refiriéndose a ellos, querían apresarlo, pero temieron a la gente. Y dejándolo, se fueron.

 

12,1-12: Esta parábola, síntesis de la historia de la salvación, es la respuesta de Jesús a la pregunta de los dirigentes de Israel sobre su autoridad (11,28): ésta proviene de su condición de Hijo enviado por su Padre a Israel, la viña que Dios plantó y cuida con ilusión (Is 5,1-7; Sal 80,9-20). Los dirigentes de Israel, también enviados por el Dueño de la viña, se han convertido en malos viñadores, porque -para apropiarse de los frutos de la viña- no sólo matan a los servidores de Dios (los profetas), sino también a su Hijo, rechazando el fundamento de la nueva alianza puesto por Dios mismo (1 Cor 3,11; 1 Pe 2,4-8). Destaca el inmenso amor de Dios por su viña (Israel) al punto de entregarle a su Hijo amado quien, por su obediencia filial, se convierte en el cimiento de un nuevo pueblo para Dios que brota del resto de Israel. En cuanto a los malos viñadores, Dios los rechazará por no escuchar su Palabra y discernir su plan de salvación. El don del Reino requiere de administradores responsables, que sepan discernir los signos de los tiempos, es decir, descubrir las huellas y el rostro del Mesías en las realidades cotidianas para favorecer las señales del Reino, entre otras, la vida, la comunión y la alegría. 

 

12,1: Is 27,2-4 / 12,6: Jn 3,16 / 12,10-11: Is 28,16; Hch 4,11; Rom 9,31-33

 

Desafío de los dirigentes del pueblo a Jesús

 

12,13-34. Según este tercer episodio (nota 11,1-13,37), los dirigentes de Israel buscan realizar su propósito de acabar con Jesús (12,12). Para conseguirlo, no les queda otra cosa que ganarse a la muchedumbre, que está de parte de él. La forma de ganársela es sometiendo a Jesús a controversias públicas para demostrar ante la gente que él es un falso profeta y maestro y, por tanto, un embaucador. Recurren a preguntas que no dejaban indiferente a ningún judío del siglo I. La primera, de carácter teológico-político, es sobre el pago del tributo al Emperador romano (12,13-17); la segunda, teológico-moral, sobre si resucitan o no los muertos (12,18-27) y, la tercera pregunta, teológico-legal, acerca del mandamiento principal de la Ley (12,28-34). Cada pregunta refleja lo que discutía la comunidad cristiana con los grupos judíos. La sabiduría de las respuestas de Jesús aumenta su prestigio ante la muchedumbre, pues deja humillados a sus adversarios. 

 

¿Es lícito o no pagar el tributo al César?

Mt 22,15-22; Lc 20,20-26

 

13 Después enviaron a unos fariseos y partidarios de Herodes adonde estaba Jesús para atraparlo por alguna de sus afirmaciones. 14 Éstos se acercaron y le dijeron: «Maestro, sabemos que eres sincero y no te dejas influenciar por nadie, porque no te fijas en la apariencia de la gente, sino que enseñas con fidelidad el camino de Dios: ¿Es lícito o no pagar el tributo al César? ¿Hay que pagarlo o no?». 

15 Jesús, dándose cuenta de su hipocresía, les contestó: «¿Por qué me ponen a prueba? Tráiganme la moneda del tributo para que la vea». 16 Ellos se la trajeron. Él les preguntó: «¿De quién es esta imagen y esta inscripción?». «Del César», le respondieron. 17 Jesús les dijo: «¡Entonces devuelvan al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios!». Y se quedaron admirados por su respuesta. 

 

12,13-17: El tema de esta controversia (nota a 12,13-34) es candente: unos judíos le preguntan a Jesús, que también sufre la opresión de los romanos, si hay que pagar o no el impuesto que cobran. La respuesta pone en juego la soberanía de Dios sobre Israel: ¿a quién pertenece Israel?, ¿a Dios o al Emperador, quien se atribuye condición divina? La respuesta no es fácil: si Jesús responde que hay que pagarlo, los nacionalistas fariseos lo acusarán de estar a favor de los dominadores; si responde que no, los colaboracionistas herodianos lo acusarán de subversivo. La pregunta de Jesús acerca de la imagen de Tiberio César grabada en el denario, moneda con que se paga el tributo, les debió recordar de inmediato dos pasajes de la Escritura: «Hagamos a los seres humanos a nuestra imagen» (Gn 1,26-27) y «No te harás escultura, ni imagen alguna de nada de lo que hay arriba en el cielo o aquí abajo en la tierra» (Éx 20,4). Para Jesús, por tanto, si el denario lleva grabada la imagen e inscripción del César, no pertenece a Dios y hay que devolvérselo al César (Rom 13,7); pero si cada ser humano lleva grabada en sí y desde su creación la imagen de Dios, él no puede entregarse al César, pues sólo a Dios pertenece y a él debe adorar (Éx 20,3). La liberación de los explotados de la tierra viene exigida por el reconocimiento de que han sido creados a imagen de Dios y a él pertenecen, por lo que hay que favorecer las formas de vida que hagan posible su pertenencia y condición original, según el querer de Dios creador.

 

12,13: Lc 11,54 / 12,15: Lc 10,35; Jn 6,7 / 12,7: Is 61,1; Lc 4,18-19

 

Cuando resuciten, ¿de quién de ellos será esposa?

Mt 22,23-33; Lc 20,27-40

 

18 Unos saduceos se acercaron a Jesús. Como ellos niegan la resurrección de los muertos le dijeron: 19 «Maestro, Moisés nos ordenó en la Escritura que si un hombre casado muere y deja a su mujer, pero no tiene hijos, que el hermano del difunto tome por esposa a la viuda con el fin de darle descendencia a su hermano. 20 Ahora bien, había siete hermanos. El primero tomó por esposa a una mujer, pero murió sin descendencia; 21 el segundo también se casó con ella, pero murió sin tener hijos, y lo mismo ocurrió con el tercero. 22 Ninguno de los siete dejó descendencia. Después que todos murieron, murió también la mujer. 23 En la resurrección, cuando resuciten, ¿de quién de ellos será esposa? ¡Porque los siete hermanos la tuvieron por mujer!». 

24 Jesús les contestó: «¿No se dan cuenta de que están equivocados por no comprender las Escrituras ni el poder de Dios? 25 Ni hombres ni mujeres se casarán cuando resuciten de entre los muertos, sino que serán como ángeles en el cielo. 26 Y a propósito de que los muertos resucitan, ¿no han leído en el libro de Moisés, en el episodio de la zarza, lo que Dios le dijo: Yo soy el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob [Éx 3,6.15-16]? 27 ¡No es un Dios de muertos, sino de vivos! ¡Están muy equivocados!».

 

12,18-27: Continúan las controversias (nota a 12,13-34), esta vez por parte de los saduceos que no creen en la resurrección de los muertos ni en los ángeles (Hch 23,8). El argumento para demostrar que no hay resurrección de muertos se puede reducir a la siguiente pregunta: ¿de quién sería esposa una mujer que se casa con siete sucesivos maridos cuando todos resuciten? La ley del levirato (del latín levir: “cuñado”; Dt 25,5-10) exigía al hermano del difunto casarse con la viuda cuando no ha tenido descendencia y asegurar así un heredero. Los saduceos aceptan sin más la situación vigente en aquella cultura patriarcal, según la cual la mujer es propiedad del marido. Jesús les reprocha que, por no entender el querer de Dios, se equivocan al plantear la relación de varones y mujeres (Mc 12,24-25). En la vida eterna, la relación con Dios es directa y absoluta (como la de los ángeles con él) por lo que ningún ser humano domina sobre otro; la resurrección no perpetúa la continuación sin tiempo de las situaciones presentes de injusticia. Luego, Jesús afirma que los muertos resucitan porque Dios -que cumple sus promesas- hace partícipe de su vida a los justos (12,26-27), sin esclavitudes que oprimen y sin la muerte como destino final.

 

12,18: Mt 16,1 / 12,19: Gn 38,8; Dt 25,5 / 12,20-22: Tob 3,7-17; 6,14 / 12,25: 1 Cor 15,35-49 / 12,26: Éx 6,2-3

 

¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?

Mt 22,34-40; Lc 10,25-28

 

28 Uno de los maestros de la Ley que oyó la discusión y se había dado cuenta de lo bien que Jesús les había respondido, se acercó para preguntarle: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?». 29 Jesús le contestó: «El primero es:

Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor.

30 Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma,

con toda tu mente y con todas tus fuerzas [Dt 6,4-5; Jos 22,5]

31 El segundo es éste:

Amarás a tu prójimo como a ti mismo [Lv 19,18]

No hay otro mandamiento más importante que éstos».

32 Entonces el maestro de la Ley le dijo: «¡Muy bien, Maestro! Tienes razón al afirmar que Dios es el único y no hay otro fuera de él [Dt 6,4; 4,35; Is 45,21], 33 y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todas las fuerzas y amar al prójimo como a uno mismo [Dt 6,5; Jos 22,5; Lv 19,18] vale más que todos los holocaustos y sacrificios». 34 Jesús, al darse cuenta de que había respondido con acierto, le dijo: «No estás lejos del Reino de Dios». Y ya nadie se atrevió a hacerle más preguntas. 

 

12,28-34: En esta última controversia (nota 12,13-34), un maestro de la Ley, admirado por las respuestas de Jesús, se anima a preguntarle cuál es el principal mandamiento de la Ley. La cuestión no era tan obvia, pues mientras unos maestros enseñaban que el principal mandamiento era el descanso sabático, otros maestros de cultura helenista, sostenían que era la alabanza a Dios y la compasión con el prójimo. Además, los mandamientos eran muchos: llegaron a codificarse en 613 preceptos, unos catalogados como fáciles y otros como difíciles de practicar. Jesús le responde al maestro según lo que enseña la Ley. A lo dicho por Jesús, el maestro agrega que el amor a Dios y al prójimo vale más que holocaustos y sacrificios (Os 6,6). Jesús transforma el amor a Dios y al prójimo en los mandamientos más importantes e invita a vivirlos como querer de Dios que se exigen mutuamente, pues no se puede amar a Dios sin amar al prójimo ni al prójimo sin amar a Dios (1 Jn 4,20-21). En el Evangelio según Juan se le da el nombre de «mandamiento nuevo», porque tiene por fuente y modelo al mismo Jesús (Jn 13,34).

 

12,28: Éx 19-24; Lv 17-26; Dt 12-26 / 12,30: Dt 11,13-22 / 12,34: 2 Pe 1,10-11

 

Desafío de Jesús a los maestros de la Ley

 

12,35-44. Luego de las controversias públicas planteadas por los dirigentes de Israel a Jesús y las sabias respuestas de éste (12,13-34), en este cuarto episodio (nota a 11,1-13,37) Jesús los desafía a que respondan una última pregunta acerca de si el Mesías es hijo de David o no (12,35-37). Ellos, para no comprometerse, evitan la respuesta y, de este modo, siguen cerrándose al plan de Dios. Dos modelos en contraste concluyen esta parte: los maestros de la Ley con su conducta hipócrita (12,38-40), y la viuda pobre que se entrega sin límites al Señor (12,41-44), mostrando que el amor es la plenitud de la Ley (Rom 13,10; Gál 5,14). 

 

¿Cómo pueden decir que el Mesías es hijo de David?

Mt 22,41-46; Lc 20,41-44

 

35 Mientras enseñaba en el Templo, Jesús preguntó: «¿Cómo pueden decir los maestros de la Ley que el Mesías es hijo de David? 36 Porque movido por el Espíritu Santo, David mismo afirmó: 

Dijo el Señor a mi Señor:

siéntate a mi derecha

hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies [Sal 110,1].

37 Si David mismo lo llama “Señor”, entonces, ¿cómo el Mesías puede ser hijo suyo?». Y la gente, que era numerosa, lo escuchaba con agrado. 

 

12,35-37: Sin negar que sea descendiente del rey David (2 Sm 7,12-16; Rom 1,3), lo que se pensaba del Mesías por entonces, Jesús demuestra que es alguien mucho más que «hijo de David» (Mc 12,35). De otro modo no se explica por qué David, inspirado por el Espíritu de Dios, afirma de sí mismo ser siervo o esclavo del Mesías al llamarlo «mi Señor»: «Dijo el Señor (Dios) a mi Señor (al Mesías)…» (12,36). Los maestros de la Ley deben concluir que el Mesías no sólo es hijo de David, sino que debido a su origen divino es también Señor de David. La relación del Mesías con Dios no la comparte ningún hombre, ni siquiera el gran rey David (Hch 2,29-36). La enseñanza de Jesús no hace más que aumentar el agrado con que lo escucha la muchedumbre, por lo que crecía la envidia de los maestros de la Ley (Mc 15,10). 

 

12,35: Is 9,2-7; Jr 23,5-8; Ez 34,23-24 / 12,36: Heb 10,12-13

 

¡Cuídense de los maestros de la Ley!

Mt 23,1-36; Lc 11,37-54; 20,45-47

 

38 Y Jesús les enseñaba diciendo: «¡Cuídense de los maestros de la Ley! Les gusta pasearse con largas túnicas, que los saluden en las plazas, 39 que les den los primeros lugares en las sinagogas y los puestos de honor en los banquetes 40 mientras devoran los bienes de las viudas y fingen hacer largas oraciones. Éstos recibirán una condena más severa».

 

12,38-44: Las controversias públicas de los que se oponen a Jesús (nota a 12,13-34) terminan con dos modelos en contraste: por un lado, los maestros de la Ley (12,38-40) y, por otro, una viuda (12,41-44). Jesús no critica a los maestros de la Ley por llevar filacterias o distintivos especiales, buscar puestos de honor, ser tratados como maestros en Israel. Esto, en aquel tiempo, les corresponde. Jesús los critica por su hipocresía: se presentan como maestros en Israel y exigen ser tratados como tales, pero se dedican a robar a las viudas y fingir largas oraciones, negando a Dios quien es Padre de los huérfanos y Defensor de las viudas (Sal 68,6). Jesús, en cambio, alaba a la viuda pobre porque, en un acto de confianza radical, ofrece a Dios todo lo que tiene para vivir. Mientras los maestros de la Ley centran su vida en su propio honor y se aprovechan de él para robarle a los pobres (Ez 34), la viuda, aún explotada y marginada, entrega todo lo que tiene a Dios como signo de su fe y confianza. Este es el culto verdadero al que Jesús invita a sus discípulos (Rom 12,1; Sant 1,27). Siguiendo a Jesús, el cristiano encuentra más alegría en dar que en recibir (Hch 20,35), ya que la pobreza de corazón lo abre a las riquezas del Reino (Mt 5,3).

 

12,38: Éx 13,9.16; Nm 15,38 / 12,39: Lc 14,7 / 12,40: Is 10,1-2

 

Ella dio de lo que necesitaba para vivir

Lc 21,1-4

 

41 Frente a la sala de las ofrendas del Templo, Jesús se sentó a mirar cómo la gente echaba sus monedas. Muchos ricos daban bastante dinero. 42 En esto llegó una viuda pobre que dio dos moneditas de cobre, de muy poco valor. 43 Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: «Les aseguro que esa viuda pobre ha dado más que todos los que echan dinero en las alcancías, 44 porque todos dieron de lo que les sobraba, en cambio ella dio de lo que necesitaba para vivir, todo cuanto tenía para su sustento».

 

12,41-44: Ver comentario a 12,38-44.

 

12,41: Esd 7,15-16 / 12,43-44: 2 Cor 8,12-15

 

Venida de Jesús al fin de los tiempos: discurso escatológico

 

13,1-37. El quinto episodio (nota a 11,1-13,37) es el discurso escatológico de Jesús de estilo literario apocalíptico. El estilo apocalíptico, con visiones, símbolos y escenas que impresionan, se emplea para animar la fidelidad y esperanza de los discípulos en tiempos de conflicto, tanto interno (falsos maestros y profetas) como externo (persecución del poder de turno). La escatología se ocupa de la venida del Señor quien, según los profetas, vendrá a convocar al resto de Israel de corazón humilde y a purificarlo para que sea germen de un nuevo pueblo (Sof 1,14-2,3). Jesús, con su encarnación, inaugura este tiempo escatológico. La plenitud de la salvación, en cambio, sólo llegará cuando por segunda vez el Hijo del hombre venga con gloria entre las nubes del cielo (Mc 14,62). Marcos 13 habla de varios sucesos a la vez: la destrucción de Jerusalén y del Templo, que ocurrió el 70 d.C.; la segunda venida del Señor y el fin del mundo; la persecución de la comunidad y su fidelidad. Cuatro partes se distinguen: la introducción con dos preguntas que fijan el contenido: cuándo ocurrirá y cuál será el signo (13,1-4); Jesús responde a la pregunta sobre el signo (13,5-23), y luego sobre el tiempo (13,24-27); y la conclusión con comparaciones y sentencias que ilustran las respuestas de Jesús (13,28-37).

 

¡Aquí no quedará piedra sobre piedra!

Mt 24,1-3; Lc 21,5-7

 

131 Cuando Jesús salía del Templo, uno de sus discípulos le dijo: «Maestro, mira qué piedras y qué construcciones». 2 Jesús le replicó: «¿Ves esas grandiosas construcciones? ¡Aquí no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido!».

3 Cuando Jesús estaba sentado en el monte de los Olivos, frente al Templo, Pedro, Santiago, Juan y Andrés le preguntaron en privado: 4 «Dinos: ¿cuándo sucederá esto y cuál será el signo de que todas estas cosas están por cumplirse?». 

 

13,1-4: Todo judío admiraba la majestuosidad de su Templo, obra de Herodes el Grande. Jesús, en cambio, sorprende con un contraste: si el Templo es tan hermoso físicamente, ¿por qué no lo es también espiritualmente? (11,15-19). Por causa de la perversión de su culto no quedará piedra sobre piedra. Mientras los israelitas honran a Dios con los labios, sus corazones están muy lejos del Señor (7,6-7). En aquel tiempo, el fin de Jerusalén y del Templo (que ocurre el 70 d.C.) se asociaba al fin del mundo y éste, a la segunda venida del Mesías o parusía. Sin distinguir claramente, Marcos 13 habla de todo esto. El anuncio de estos sucesos por venir estremece a los discípulos, porque -como muchos de su tiempo- esperaban el reinado de Dios desde Jerusalén y el Templo, en donde se reunirían todas las naciones para reconocerlo como único Dios verdadero (Zac 14). 

 

13,1: Jn 2,20 / 13,2: Lc 19,43-44 / 13,3: Lc 22,39

 

Todos los odiarán a causa de mi nombre

Mt 24,4-28; Lc 21,8-24

 

5 Entonces Jesús comenzó a decirles: «¡Estén atentos, para que nadie los engañe! 6 Muchos se presentarán en mi nombre diciendo: “Soy yo”, y engañarán a mucha gente. 7 Cuando oigan hablar de guerras y rumores de guerras, no se alarmen. Esto tiene que suceder, pero todavía no es el final. 8 Se levantará nación contra nación y un reino contra otro. En diversos lugares habrá terremotos y hambre. Pero esto es sólo el comienzo de un doloroso parto». 

9 «Preocúpense por ustedes mismos, ya que los entregarán a los tribunales, los azotarán en las sinagogas y, por mi causa, comparecerán ante gobernadores y reyes para que delante de ellos den testimonio de mí. 10 Pero antes es necesario que la Buena Noticia sea proclamada a todos los pueblos. 11 Cuando los lleven para entregarlos, no se preocupen por lo que van a decir: digan en aquel momento lo que Dios les sugiera, porque no serán ustedes los que hablen, sino el Espíritu Santo. 12 El hermano entregará a su hermano a la muerte y el padre a su hijo; los hijos denunciarán a sus padres para que los maten. 13 Todos los odiarán a causa de mi nombre, pero Dios salvará a quien persevere hasta el final».

14 «Cuando vean instalado el ídolo abominable y devastador [Dn 11,31; 12,11] donde no debe estar -quien lea esto procure entender-, entonces los que estén en Judea huyan a las montañas, 15 quien esté en lo alto de su casa no baje ni entre a recoger nada de ella, 16 y quien esté en el campo no regrese por su manto. 17 ¡Ay de las que en aquellos días estén embarazadas o criando!». 

18 «Supliquen para que esto no ocurra en invierno, 19 porque en aquellos días habrá una tribulación tal, como nunca antes la hubo desde que Dios creó el mundo hasta ahora, ni la habrá nunca. 20 Y si el Señor no acortase aquellos días nadie se salvaría, pero ha decidido acortarlos en atención a los elegidos que él quiere salvar».

21 «Si alguno les dice: “¡Miren, está aquí el Mesías!, ¡miren, está allí!”, no lo crean, 22 porque surgirán falsos mesías y falsos profetas que harán signos y prodigios tratando de engañar, si fuera posible, aun a los elegidos. 23 ¡Ustedes estén atentos! Los he prevenido acerca de todo esto».

 

13,5-23: El trasfondo de este pasaje, y Marcos 13, es la persecución de los discípulos por parte del Imperio romano al final de la primera generación de cristianos (30-70 d.C.) y comienzos de la segunda (70-110 d.C.). Tres tipos de señales advertirán la inminencia de la venida del Señor o parusía: “se escuchará” hablar de guerra, terremotos y hambre, como lo anunciaron los profetas (Ez 6,11-12); “se experimentará” la persecución y la división de la familia por causa de Jesús (Miq 7,5-6), y “se verá” la idolatría y el desprecio del Señor por la prepotencia de muchos (Dn 9,27; 2 Tes 2,3b-4). Pero no todo es muerte. El recurso a los dolores de parto es alentador (Mc 13,8): se está gestando una nueva vida; entonces, la alegría sustituirá al dolor, y la esperanza al temor (Jn 16,21-22). Dios mismo animará con su Espíritu a los elegidos, acortando los tiempos de angustia y regalándoles discernimiento y fidelidad. Al discípulo le corresponde estar atento a los signos de los tiempos, para desentrañar cómo Dios conduce la historia a su plenitud y cómo debe responder en fidelidad creativa a la aparente victoria del mal en el tiempo presente. 

 

13,5-6: 2 Pe 2,1 / 13,8: Is 19,2; Ap 6,3-8 / 13,9-11: Mt 10,17-20; Hch 4,1-8; Col 1,23 / 13,12-13: Jn 15,18-25 / 13,14: Dn 9,27; 1 Mac 1,54; 2 Tes 2,3-4 / 13,15-16: Lc 17,31 / 13,17: Lc 23,29 / 13,19: Jl 2,1-2; Ap 7,14 / 13,21-22: Dt 13,1-3; 1 Jn 2,18

 

Verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes

Mt 24,29-31; Lc 21,25-28

 

24 «En aquellos días, después de esa tribulación,

el sol se oscurecerá,

la luna dejará de brillar [Is 13,10],

25 las estrellas caerán del cielo

y los poderes celestiales temblarán [Is 34,4]». 

26 «Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre nubes con gran poder y gloria [Dn 7,13-14]. 27 Y él enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro puntos cardinales, desde el extremo de la tierra hasta el otro extremo del cielo». 

 

13,24-27: Jesús responde al cuándo del fin del mundo (nota a 13,1-37) con signos similares a los usados por los profetas para describir el gran juicio de Dios sobre Israel (Is 13,10; Ez 32,7). El fin del mundo ocurrirá cuando los astros comiencen a apagarse, porque es entonces cuando el Hijo del hombre viene como Luz para revelar su gloria (Ap 21,23). Aquel día no será de aniquilación, sino de restauración (Hch 3,21), porque toda realidad que se abra a Dios alcanzará la plenitud de la vida por la redención de Jesús (1 Cor 3,21-23; Ef 1,9-12). El mismo Señor reunirá a sus elegidos de los cuatro extremos de la tierra, perseguidos por poderes despóticos, y rescatará para sí a los que le sean fieles. Trabajar por un mundo mejor es procurar aquellos bienes que, por abrirse al dinamismo de la redención, alcanzarán al fin de los tiempos la plenitud de la vida. Lo demás, lo que no conduzca a la plenitud del Reino, está destinado al fracaso. 

 

13,24-25: Jr 4,23-26; Jl 2,10-11; 3,4; Ap 6,12-13 / 13,26: 1 Tes 4,13-18 / 13,27: Dt 30,3-4

 

Estén atentos y despiertos

Mt 24,32-44; Lc 21,29-33

 

28 «¡Aprendan de la higuera esta comparación! Cuando sus ramas se ponen tiernas y brotan las hojas se dan cuenta de que el verano se acerca. 29 Lo mismo ustedes, cuando vean que suceden estas cosas se darán cuenta de que el fin está cerca, a las puertas». 

30 «Les aseguro que esta generación no pasará sin que todo esto suceda. 31 El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. 32 En cuanto a ese día y a la hora nadie sabe nada, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sino sólo el Padre». 

33 «Estén atentos y despiertos, porque no saben cuándo llegará ese momento. 34 Será como un hombre que se fue de viaje: dejó su casa, dio autoridad a sus sirvientes, distribuyéndoles sus tareas, y ordenó al portero que vigilara. 35 Por tanto, estén vigilantes, porque no saben cuándo regresará el dueño de casa: si al atardecer o a medianoche, al canto del gallo o de mañana. 36 No sea que regrese de repente y los encuentre dormidos. 37 Lo que les digo a ustedes, se lo digo a todos: ¡estén vigilantes!».

 

13,28-37: Jesús concluye con dos comparaciones y, entre ambas, tres sentencias que completan su respuesta sobre el cuándo del fin del mundo y cuál es el signo (nota a 13,1-37). Con la comparación de la higuera, Jesús pide discernimiento frente a los signos de la historia; con la del dueño de casa que se va de viaje, pide vigilancia y responsabilidad en las tareas encomendadas, porque no se sabe cuándo regresará. Hay, pues, que vivir atentos y en oración para no caer en la tentación del abandono y la traición (14,37-38). Con las tres sentencias, Jesús se refiere a la relativa inmediatez de la intervención de Dios, a la realización cierta de lo anunciado y al conocimiento que sólo el Padre tiene sobre el día y la hora en que todo esto ocurrirá (13,30-32). La certeza del discípulo es que su Señor, que ya venció al mundo, siempre está con los suyos, por lo que no hay cabida para la angustia y el miedo (Mt 28,20; Jn 16,33); sólo cabe la responsabilidad creativa en el trabajo por el Reino. 

 

13,29: Ap 3,20 / 13,32: Hch 1,6-7 / 13,33-34: Mt 25,1-14 / 13,35: Lc 12,35-40 / 13,37: 2 Pe 3,10

 

2.2- Entrega del Mesías e Hijo de Dios a su Padre por todos

 

14,1-16,8. En esta segunda parte (nota a 11,1-16,8) se distinguen siete episodios si se tiene en cuenta cronología, lugares y acciones: a)- Jesús es ungido en Betania por una mujer, en casa de Simón, el leproso, dos días antes de la pascua judía (14,1-11); b)- celebra la cena de la nueva alianza en Jerusalén, el primer día de la fiesta de los Panes sin levadura (14,12-31); c)- al oscurecer de ese día, en Getsemaní, pone su destino en las manos del Padre, preparando su entrega en manos de sus enemigos (14,32-52); d)- es sometido al juicio judío en el palacio del Sumo Sacerdote, mientras Pedro a un interrogatorio paralelo (14,53-72); e)- ya de madrugada, en el palacio de Pilato, se celebra el juicio romano que lo sentencia a muerte (15,1-20); f)- luego, previo un doloroso via crucis, Jesús pasa de la muerte en cruz a las manos de su Padre (15,21-41); g)- y resucita en la madrugada del domingo (15,42-16,8). Si en el episodio inicial una mujer unge a Jesús en gesto profético, anticipándose a su muerte, en el final varias mujeres van a ungirlo en gesto solidario (16,1-8); en el centro, se contraponen Jesús y Pedro (14,53-72): mientras Jesús confiesa su identidad, Pedro niega a su Maestro y, con ello, su discipulado.



Unción del Mesías en Betania

 

14,1-11. En este primer episodio (nota a 14,1-16,8) se suceden tres escenas: en la del medio, una mujer unge a Jesús como signo profético (14,3-9); en la primera y tercera, dos actos desesperados para deshacerse de Jesús: el de los dirigentes de Israel, particularmente de la aristocracia sacerdotal, debido a su honor ofendido y su obstinación al plan de Dios (14,1-2), y el de Judas que lo vende por dinero (14,10-11). Mientras en éstos hay envidia y traición, la mujer que lo unge expresa amor fiel, agradecido y público. Con crudeza se hace patente la figura del Justo sufriente y del Siervo del Señor despreciado y rechazado, abrumado de dolores y habituado al sufrimiento, para sanarnos con sus heridas (Is 53,3-5).

 

Buscaban la forma de arrestar a Jesús

Mt 26,1-5; Lc 22,1-2; Jn 11,47-48

 

141 Faltaban dos días para la fiesta de la Pascua y de los Panes sin levadura. Los sumos sacerdotes y los maestros de la Ley buscaban la forma de arrestar a Jesús mediante engaño, para matarlo. 2 Sin embargo, decían: «No hay que hacerlo durante la fiesta para que el pueblo no se alborote».

 

14,1-2: Mucha gente hay en Jerusalén con motivo de la fiesta de Pascua, la más importante del calendario judío. La aristocracia sacerdotal y los maestros de la Ley, después de analizar la situación, optan por no arrestar a Jesús ya que el alboroto sería enorme, pues muchos lo admiran y tienen sus esperanzas puestas en él. Dos causas se entrecruzan para intentar arrestarlo: la envidia ante aquel Maestro que adquiere cada vez más honor e importancia (15,10), y porque desestabiliza el poder de la institución religiosa por la nueva imagen de Dios y de pueblo de Dios que Jesús revela e inaugura. 

 

14,1: Éx 12,1-27

 

Se anticipó a perfumar mi cuerpo para la sepultura

Mt 26,6-13; Jn 12,1-8

 

3 Jesús estaba en Betania en casa de Simón, el leproso. Mientras estaba sentado a la mesa, llegó una mujer con un frasco de alabastro con perfume de nardo auténtico, de mucho valor. Quebró el frasco y derramó el perfume en la cabeza de Jesús. 4 Algunos de los presentes comentaban indignados: «¿Para qué este derroche de perfume? 5 Se podría haber vendido por más de trescientos denarios y ayudar a los pobres». Y criticaban con dureza a la mujer. 

6 Jesús les replicó: «¡Déjenla! ¿Por qué la molestan? Ha hecho una obra buena conmigo. 7 A los pobres los tienen siempre con ustedes y pueden hacerles el bien cuando quieran, pero a mí no me tendrán siempre. 8 Ella hizo lo que pudo: se anticipó a perfumar mi cuerpo para la sepultura. 9 Les aseguro que para honrar su memoria, en cualquier parte del mundo donde se proclame la Buena Noticia se contará lo que ella acaba de hacer conmigo».

 

14,3-9: Entre el deseo de los dirigentes de matar a Jesús (14,1) y la traición de Judas (14,10), Marcos relata el gesto entrañable de una mujer que unge a Jesús para su sepultura, indicando así tanto su condición de Rey y Mesías como su destino trágico. La crítica por el despilfarro no se hace esperar: el dinero malgastado debería servir para los pobres. Entre los pobres de esta tierra, los que nunca faltarán (Dt 15,11), se encuentra el mismo Jesús quien, despojándose de riquezas, poder y honor, se ha hecho pobre para enriquecernos con sus bienes (Flp 2,6-8; 2 Cor 8,9). El Rostro desfigurado de Jesús, quien no tiene donde reclinar la cabeza (Lc 9,58), es hoy el de los pobres y marginados. El discípulo sirve a los pobres cuando hace brillar en ellos la vida del Rostro resucitado, vida que humaniza y dignifica. 

 

14,3: Lc 7,38 / 14,7: Jn 12,8 / 14,8: Jn 19,40

 

Para entregarles a Jesús

Mt 26,14-16; Lc 22,3-6

 

10 Judas Iscariote, uno de los Doce, fue a ver a los sumos sacerdotes para entregarles a Jesús. 11 Ellos se alegraron al oírlo y prometieron darle dinero. Judas, entonces, comenzó a buscar la oportunidad propicia para entregarlo. 

 

14,10-11: La aristocracia sacerdotal se alegra por un anhelo largamente acariciado: arrestar a Jesús, quien ya había predicho que sería entregado en sus manos (9,31; 10,33). Ahora Judas, uno de los de Jesús, lo entrega sin peligro de rebelión popular (nota a 14,1-2). Escogido para estar con él (3,14), Judas renuncia a Jesús para pactar con los que buscan su muerte. Como el destino de los profetas verdaderos, el de Jesús también será la muerte por obedecer a Dios antes que a los hombres (Lc 13,33). Si la historia recuerda a Judas como «el que lo entregó» (Mc 3,19), discípulo no es quien entrega a Jesús, sino quien se entrega a Jesús tal como él se entregó a su Padre para salvación de todos (Jn 10,17-18). De varias maneras se traiciona a Jesús…, también con el silencio y la indiferencia frente a tantos signos de opresión y violencia impuestos como forma de vida. 

 

14,10-11: Jn 6,70-71

 

La última cena en Jerusalén

 

14,12-31. En este segundo episodio (nota a 14,1-16,8) pasamos de una aldea, Betania, a la capital, Jerusalén. Después de una introducción (14,12-16) se suceden tres pasajes: Jesús anuncia la traición de Judas (14,17-21); instituye la Eucaristía (14,22-25), y anuncia la traición de Pedro (14,26-31). Así, la entrega de su Cuerpo y Sangre queda enmarcada en la traición de los que Jesús llamó para que estuvieran con él (3,14). Mientras los suyos aseguran la vida mediante el dinero (Judas), huyendo (discípulos) o negándolo (Pedro), Jesús entrega su vida para dar vida a todos. A la infidelidad de los suyos, la fidelidad de Jesús que decide quedarse con ellos para siempre mediante la Eucaristía.

 

Y prepararon la cena de Pascua

Mt 26,17-19; Lc 22,7-13

 

12 El primer día de la fiesta de los Panes sin levadura, cuando se sacrificaba el cordero pascual, los discípulos preguntaron a Jesús: «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?». 13 Él envió a dos de sus discípulos, ordenándoles: «Vayan a la ciudad y un hombre, que lleva un cántaro de agua, les saldrá al encuentro: ¡síganlo! 14 Allí donde él entre, digan al dueño de casa: “el Maestro pregunta: ¿dónde está mi sala en la que comeré la cena de Pascua con mis discípulos?”. 15 Él les mostrará en el piso superior una habitación amplia, ya arreglada y dispuesta para comer. Prepárennos allí lo necesario». 

16 Los discípulos partieron y, al llegar a la ciudad, encontraron todo como Jesús les había dicho. Y prepararon la cena de Pascua. 

 

14,12-16: Se repite la entrada de Jesús en Jerusalén, pero a diferencia de aquella vez (11,1-11), ahora ingresa en privado, sin que la gente lo aclame. El relato presenta a Jesús como dueño de su conducta, optando siempre por lo que lo lleva a hacer la voluntad del Padre: él decide lo que hay que hacer, dónde y con quién reunirse, porque así lo quiere el Padre. El dato inicial de los Panes sin levadura (14,12) nos ayuda a entender el sentido de la cena que prepara Jesús: cuando los judíos inmolan el cordero pascual, que recuerda la liberación de Egipto, Jesús se entrega como nueva celebración pascual, es decir, como el Cordero que se va a inmolar para hacer realidad de una vez para siempre el paso o éxodo de la esclavitud del pecado y la idolatría a la comunión con Dios. 

 

14,12: Lv 23,5-6 / 14,13-14: 1 Sm 10,2-8 / 14,16: Dt 16,1-8

 

Uno de ustedes me va a entregar

Mt 26,20-25; Lc 22,21-23; Jn 13,21-30

 

17 Al atardecer, llegó Jesús con los Doce. 18 Cuando estaban a la mesa comiendo, Jesús dijo: «Les aseguro que uno de ustedes me va a entregar, uno que ahora come conmigo». 19 Ellos empezaron a ponerse tristes y a preguntarle uno por uno: «¿Acaso soy yo?». 20 Jesús les contestó: «Es uno de los Doce, el que conmigo moja su alimento en la fuente. 21 El Hijo del hombre se va, como afirman de él las Escrituras, pero ¡ay de aquel que entrega al Hijo del hombre; más le valdría a ese hombre no haber nacido!».

 

14,17-21 y 14,26-31: Las comidas de Jesús son signos del Reino y, por lo mismo, expresión de amistad y comunión, comenzando con la de Leví, cobrador de impuestos (2,15), hasta la cena con Simón, el leproso (14,3). Y es aquí, en una cena y comiendo en la misma mesa con Jesús (Sal 41,10), donde Judas sella su traición. Ningún discípulo, incluyendo a Pedro que promete entregar la vida por Jesús (Mc 14,31), está seguro de su opción por él, pues cada uno pregunta si él es el traidor. El mayor peligro para Jesús no son los dirigentes de Israel, sino la falta de comprensión y compromiso de los Doce, con Pedro a la cabeza. Aún no están preparados para el escándalo del Mesías crucificado (1 Cor 1,23), porque no tienen aquella fe que les permita seguir a Jesús por el camino del dolor y la renuncia, como lo hizo Bartimeo (Mc 10,52).

 

14,18: Sal 55,13-14 / 14,20: Jn 13,18

 

Tomen, esto es mi cuerpo

Mt 26,26-29; Lc 22,14-20; 1 Cor 11,23-25

 

22 Mientras comían, Jesús tomó pan y, después de bendecir a Dios, lo partió y se lo dio a sus discípulos diciendo: «Tomen, esto es mi cuerpo». 23 Luego tomó una copa y, después de dar gracias a Dios, se la dio a sus discípulos y todos bebieron de ella. 24 Luego les dijo: «Esta es mi sangre, la de la alianza, que se derrama por todos. 25 Les aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día aquel en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios».

 

14,22-25: Cuando los judíos celebran su Pascua (14,12), Jesús adelanta su propia pascua (muerte y resurrección) en la cena que celebra con los suyos. Se ofrece como sacrificio de la nueva alianza (Éx 24,8 y Jr 31,31) que reconcilia a la humanidad con el Padre y a los hombres entre sí. La pascua de Jesús, a diferencia de la pascua judía, no es para recordar lo que pasó en Egipto, sino para ofrecerse como Cordero de Dios que quita los pecados del mundo, haciendo real la plena comunión con Dios. La Eucaristía es el alimento imprescindible de los discípulos que comen y beben a su Mesías, para hacer posible que la humanidad sea familia de Dios y que todos, al fin de los tiempos, se sienten en la mesa festiva del Reino con el Cordero inmolado (Mc 14,25).

 

14,22: Jn 6,51-58 / 14,24: Zac 9,11 / 14,25: Is 25,6; Mt 8,11

 

Antes de que el gallo cante dos veces

Mt 26,30-35; Lc 22,31-34; Jn 13,36-38

 

26 Después de cantar los Salmos, salieron al monte de los Olivos. 27 Jesús les advirtió: «Todos ustedes me van a fallar, como afirman las Escrituras:

Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas [Zac 13,7]

28 Pero una vez que resucite iré delante de ustedes a Galilea». 29 Pedro le dijo: «¡Aunque todos te fallen, yo no!». 30 Jesús le contestó: «Te aseguro que hoy, esta misma noche, antes de que el gallo cante dos veces, tú me habrás negado tres». 31 Pero él insistía: «Aunque tenga que morir contigo, yo jamás te negaré». Y todos afirmaban lo mismo. 

 

14,26-31: Ver comentario a 14,17-21.

 

14,26: Sal 115-118 / 14,27: Jn 16,32 / 14,28: Jn 21,1 / 14,30: Mt 26,75

 

La entrega al Padre en el huerto de Getsemaní

 

14,32-52. El tercer episodio (nota a 14,1-16,8) se inicia con el traslado de Jesús al huerto de Getsemaní. Una vez allí, se destacan dos momentos: el Mesías se entrega en las manos de su Padre (14,32-42), y luego, sin resistencia alguna, se pone en las manos de los hombres para hacer la voluntad del Padre (14,43-52). Estas entregas han sido ya significadas en la ofrenda de su Cuerpo y Sangre en la Eucaristía (14,22-24). El abandono de los discípulos es absoluto: se duermen varias veces, uno lo traiciona y todos huyen, incluso uno, para salvar su vida, lo hace desnudo… mientras el Maestro la entrega por ellos y la humanidad. 

 

No se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú

Mt 26,36-46; Lc 22,39-46

 

32 Cuando llegaron a un lugar llamado Getsemaní, Jesús dijo a sus discípulos: «Siéntense aquí, mientras voy a orar». 33 Se llevó consigo a Pedro, Santiago y Juan, y comenzó a sentir temor y angustia. 34 Entonces les dijo: «¡Me muero de tristeza! [Sal 42,6.12; 43,5]. Quédense aquí y vigilen». 35 Y, alejándose un poco, se postró en tierra y oraba pidiendo que, si fuera posible, no tuviera que pasar por aquella hora. 36 Decía: «¡Abbá, Padre, tú lo puedes todo! Aparta de mí esta copa, pero que no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú». 37 Cuando Jesús regresó y encontró dormidos a sus discípulos, dijo a Pedro: «Simón, ¿duermes? ¿No fuiste capaz de permanecer en vela siquiera una hora? 38 Vigilen y oren para que puedan afrontar la prueba, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil». 

39 Se alejó otra vez y oró suplicando lo mismo. 40 Al regresar de nuevo, los encontró otra vez dormidos, porque sus ojos se les cerraban de sueño. Ellos no sabían qué responderle. 

41 Regresó por tercera vez y les dijo: «Ahora ya pueden dormir y descansar. ¡Esto se acabó! Llegó la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. 42 ¡Levántense, vamos, el que me entrega ya está cerca!». 

 

14,32-42: Jesús inició su ministerio en Galilea dialogando con su Padre, muy de mañana (1,35-37), y lo termina en Judea con una oración de súplica y abandono en sus manos, ya entrada la noche. Allá, en Cafarnaún, todos lo buscaban, con Pedro y sus compañeros a la cabeza; aquí, en Jerusalén, todos lo abandonan, empezando por Pedro, Santiago y Juan, testigos de la transfiguración (9,2). En ambos casos, Jesús tiene la certeza de contar con su Padre. El sueño y la apatía domina a los suyos, porque tienen el corazón endurecido, como los dirigentes de Israel, pero a diferencia de éstos que no dejan de vigilar a Jesús para capturarlo, los discípulos no han sabido vigilar ni orar para acompañarlo en su trágico momento. En esta hora, sumido en una experiencia límite de abandono y sufrimiento (14,34), es cuando mejor Jesús revela su condición de Hijo obediente al Padre (Heb 10,5-7). Cuando cae la noche y domina la tiniebla, resplandece el amor del Padre por su Hijo y la humanidad.

 

14,32: Jn 18,1 / 14,34: Jn 12,27 / 14,35-36: Rom 8,15; Heb 5,7-8 / 14,38: Mt 6,13; Lc 11,4 / 14,41: Rom 4,22-25

 

Al que le dé un beso, ése es Jesús

Mt 26,47-56; Lc 22,47-53; Jn 18,2-12

 

43 Mientras Jesús estaba hablando se presentó Judas, uno de los Doce, acompañado por una multitud armada de espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes, los maestros de la Ley y los ancianos. 44 Quien lo iba a entregar, les había dado esta contraseña: «Al que yo le dé un beso, ése es Jesús: ¡arréstenlo y llévenselo bien seguro!». 45 Apenas llegó Judas, se acercó a Jesús y le dijo: «¡Maestro!», y le dio un beso. 46 Ellos se abalanzaron sobre él y lo arrestaron. 47 Pero uno de los que estaban allí sacó la espada y, de un golpe, le cortó la oreja al sirviente del Sumo Sacerdote. 

48 Jesús les dijo: «¿Han venido a detenerme armados de espadas y palos como si fuera un ladrón? 49 Estaba todos los días con ustedes enseñando en el Templo y nunca me arrestaron. ¡Que entonces así suceda, para que se cumplan las Escrituras!». 

50 Entonces todos lo abandonaron y huyeron. 51 Lo seguía un joven envuelto solamente con una sábana. Cuando lo atraparon, 52 él soltó la sábana y huyó desnudo. 

 

14,43-52: Tras vivir el paso o pascua al Padre (nota a 14,32-42), Jesús, el justo sufriente, se entrega a los que buscan su muerte. Tres momentos se suceden: Judas, mediante una contraseña, identifica a Jesús a quien arrestan; de inmediato uno de los suyos responde con violencia, pero Jesús le pide que acepte el plan del Padre contenido en las Escrituras y, al final, todos huyen, incluso un joven que, por hacerlo, queda desnudo. Los contrastes son evidentes: la contraseña es un beso, y este gesto de cariño indica a quien hay que matar; arrestan de noche al que predicó a la luz del día; es voluntad de Dios porque está en las Escrituras la «hora del poder de las tinieblas» (Lc 22,53), cuando detienen al Pastor y todos huyen (Mc 14,27); al joven que huye desnudo y representa un discipulado de entusiasmo y esfuerzo personal, le sucede un joven vestido con una túnica blanca que representa un discipulado de martirio y testimonio, obra del Resucitado (16,5). Jesús, una vez más, revela su condición de Hijo obediente: a él no le quitan la vida, sino que la entrega en sumisión filial al querer del Padre. 

 

14,43: Is 53,8 / 14,47: Heb 5,1-4 / 14,49: Lc 19,47

 

El juicio judío en el palacio del Sumo Sacerdote

 

14,53-72. El en cuarto episodio (nota a 14,1-16,8), Jesús pasa del huerto de Getsemaní al palacio del Sumo Sacerdote. Se suceden dos juicios en notorio contraste: el de Jesús por parte de las autoridades religiosas de Israel (14,53-65), y el de Pedro por parte de una sierva del Sumo Sacerdote (14,66-72). En el juicio a Jesús tiene lugar la revelación cristológica más importante del segundo evangelio, preparada desde su bautismo: él es el Mesías, el Hijo de Dios y el Hijo del hombre que vendrá al fin de los tiempos a juzgar a todos. Jesús, que ha callado en el juicio injusto, confiesa ahora su identidad; Pedro, en cambio, niega la suya: no es discípulo de «ese hombre del que me hablan» (14,71). 

 

¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios bendito?

Mt 26,57-68; Lc 22,54-55.63-71; Jn 18,19-24

 

53 Llevaron a Jesús ante el Sumo Sacerdote, y se reunieron todos los sumos sacerdotes, los ancianos y los maestros de la Ley. 54 Pedro lo siguió de lejos, hasta el patio interior del palacio del Sumo Sacerdote. Se quedó allí sentado con los guardias, calentándose junto al fuego.

55 Los sumos sacerdotes y el Sanedrín en pleno buscaban algún testimonio contra Jesús que permitiera condenarlo a muerte, pero no lo encontraban, 56 pues, a pesar de que muchos daban falso testimonio, no coincidían sus afirmaciones.

57 Unos se presentaron dando este falso testimonio contra Jesús: 58 «Nosotros le oímos decir: “Yo destruiré este santuario edificado por hombres y en tres días construiré otro no edificado por hombres”». 59 Sin embargo, ni siquiera en esto sus testimonios coincidían.

60 Luego, poniéndose de pie ante la asamblea, el Sumo Sacerdote interrogó a Jesús: «¿No respondes nada a lo que éstos declaran contra ti?». 61 Jesús permanecía en silencio, sin contestar nada. El Sumo Sacerdote de nuevo lo interrogó: «¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios bendito?». 62 «Yo soy -contestó Jesús- y verán venir al Hijo del hombre sentado a la derecha del Todopoderoso entre las nubes del cielo [Dn 7,13]». 63 El Sumo Sacerdote, rasgando su túnica, exclamó: «¿Qué necesidad tenemos de testigos? 64 ¡Ustedes han oído la blasfemia! ¿Qué les parece?». Y todos juzgaron que merecía la muerte. 

65 Entonces algunos se pusieron a escupirlo y, tapándole la cara, lo golpeaban y le decían: «¡Adivina quién fue!». También los guardias le daban bofetadas.

 

14,53-65: La aristocracia sacerdotal y el Sanedrín buscan matar a Jesús (11,18), pero quieren hacerlo ajustándose a la Ley (14,55-56), transformando así lo que ha sido dado para alcanzar la vida en instrumento de muerte. Al interrogar a Jesús sobre su procedencia y misión se responden ellos mismos (14,61) y, de este modo, dan respuesta a la pregunta hecha por Jesús: “¿Quién dicen que soy yo?” (8,27.29). Él es el Mesías, el Hijo amado, a quien Dios envía para reunir y liberar a Israel. Y cuando precisamente Jesús se encuentra humillado y a punto de morir, responde con textos de la Sagrada Escritura (Dn 7,13; Sal 110,1) que es el Hijo del hombre que vendrá al fin del tiempo como Juez escatológico (Mc 14,62). El Sumo Sacerdote rasga su túnica en gesto de escándalo y rechazo por la ofensa del que dice ser Hijo de Dios bendito, enviado a renovar y juzgar a Israel. Los motivos de la condena son religiosos y políticos: Jesús revela una imagen de Dios y de pueblo de Dios que pone en crisis los pilares en que los dirigentes sustentan su poder, la religión y la sociedad. Frente a la identidad de Jesús sólo cabe la contemplación agradecida, pues el discípulo sabe que lo catalogado como blasfemia es precisamente la causa de nuestra redención (14,64).

 

14,56: Nm 35,30; Dt 19,15 / 14,58: Jn 2,19-22 / 14,60-61: Is 53,7 / 14,62: Sal 110,1; Ap 11,15 / 14,64: Lv 24,15-16 / 14,65: Is 50,6

 

¡Yo no conozco a ese hombre!

Mt 26,69-75; Lc 22,54-62; Jn 18,15-18.25-27

 

66 Mientras Pedro estaba abajo, en el patio interior, llegó una de las criadas del Sumo Sacerdote. 67 Al ver a Pedro calentándose junto al fuego, lo reconoció y le dijo: «¡Tú también estabas con Jesús de Nazaret!». 68 Pero él lo negó diciendo: «¡No sé ni entiendo de qué hablas!». Y salió afuera, a la entrada del palacio, y cantó un gallo. 

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