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ATRAS

(16 capítulos)

PRIMERA CARTA A TIMOTEO


Introducción a 1 y 2 Timoteo


I- «A Timoteo, auténtico hijo en la fe» (1,2): Timoteo, compañero y colaborador


Las Cartas dirigidas a Timoteo y a Tito se llaman “pastorales” por estar destinadas a pastores o dirigentes de comunidades y no a una iglesia particular. Su propósito es animar a las comunidades mediante la instrucción y la exhortación para que sean fieles al modelo del apóstol Pablo, que ya ha muerto, y a su tradición. La consistencia de la fe y fraternidad de las comunidades está en estrecha relación con el celo pastoral de sus dirigentes. 

Hacia el año 49 d.C. o inicio del 50, Pablo escoge a Timoteo, joven tímido y enfermizo (1 Tim 4,12; 5,23; 2 Tim 1,8), por compañero y colaborador. Con él y Silas (o Silvano) conforma un equipo misionero (Hch 18,5; 2 Cor 1,19). Timoteo, originario de Listra, región de Licaonia, es de padre griego y madre judeocristiana (Hch 16,1-3). Cuenta con gran fama en las comunidades. Gracias a su madre y a su abuela su preparación en la Sagrada Escritura es óptima. Encargado por Pablo, se hará cargo del gobierno de la iglesia en Éfeso. Tan querido fue para Pablo que lo llama “su hijo”, enviándolo a buscar cuando percibe que su muerte está cercana (1 Tim 1,2.18; 2 Tim 1,4; 4,9-11). 

Las iglesias en tiempo de Timoteo enfrentaban desafíos distintos a los de Pablo. El más importante era el de insertarse como discípulos del Señor en la sociedad grecorromana sin desperfilar su identidad. Para ello, procuraban comprender y reinterpretar el kerigma o primer anuncio en medio del sincretismo y la idolatría del medio ambiente y acosados por conocimientos (o gnosis) que desafiaban las enseñanzas que habían heredado de Jesucristo. No existía, por lo demás, un solo modo de presentar la fe y, al igual, los grupos misioneros no se agotaban en Pablo y su equipo. La presencia de varios grupos con distintas perspectivas, incluso con falsas doctrinas, ponía en peligro la estabilidad de aquellas comunidades cuando la referencia a los apóstoles, testigos del Señor, ya no la tenían, pues la mayoría había muerto. Era necesario ofrecer indicaciones precisas a los dirigentes para que hicieran frente a quienes tanto por doctrina como por conducta representaban serios riesgos de desviación y división. Esto explica la imagen de Iglesia concebida más a partir del ministerio de algunos y de la autoridad apostólica que de carismas y servicios distribuidos a todos para el servicio del Cuerpo. Estamos a las puertas de la tercera generación de cristianos (año 100/110 d.C. en adelante).


II- «Timoteo, guarda lo que te ha sido confiado» (6,20): teología de 1 y 2 Timoteo


1- Iglesia, casa de Dios, ministerios y ministros


1.1- La Iglesia, casa de Dios


En 1 y 2 Timoteo aparece un vocabulario y temas propios, ausentes o apenas presente en las Cartas auténticas de Pablo: la sana doctrina, que tiene por centro a Jesucristo; una eclesiología con una embrionaria jerarquía ministerial y la Iglesia como institución salvífica; la autoridad apostólica que pasa a los sucesores; el ministerio como un carisma permanente; las exigencias éticas en virtud del juicio final. La principal preocupación es instruir a los dirigentes para el gobierno de las comunidades. Éstas, teniendo en cuenta modelos judíos y grecorromanos, buscan darse una organización permanente. El fervor carismático ha dado lugar a una estructura eclesial centrada en dirigentes que ya no son itinerantes, sino que, por un rito de ordenación, se los destina al gobierno estable de comunidades. Así Timoteo en Éfeso y Tito en la isla de Creta. 

La Iglesia es la «casa de Dios, puesto que es la Iglesia de Dios vivo» (1 Tim 3,15). La “casa” o “familia” fue substancial en el establecimiento y desarrollo del cristianismo primitivo. Este desarrollo alcanza en las Pastorales la última etapa de la evolución que comenzó con Cristo. Desde que los discípulos abandonaron las sinagogas y se reunían en casas domésticas, la Iglesia ha procurado ser una organización familiar con códigos domésticos. La eclesiología que sustenta a las Pastorales se desarrolla sobre esta veta.

Dios se ha edificado una casa o familia por mediación de su Hijo. Dios, pues, es su paterfamilias o jefe de hogar, institución capital en el mundo judío y grecorromano, como en otras sociedades de entonces. Como paterfamilias, conduce a los suyos y les pide practicar la religión o piedad (eusébeia) propia de su casa, teniendo en cuenta que en ella hay vasijas de oro y plata como de madera y barro, por lo que los miembros de su casa deben esforzarse por ser una vasija santificada, útil a su Dueño (2 Tim 2,20-21). Como paterfamilias, Dios regala y asegura las relaciones de fraternidad y exige una conducta tal que nadie deshonre la fe ni manche el nombre de cristiano ante los de fuera o no creyentes. De este modo, en medio de familias judías y grecorromanas se instala la familia de Dios con un proyecto alternativo de relaciones originales y transformadoras. 

De Dios depende el código doméstico, los ministerios y las personas que lo ejerzan. Los elegidos para conducir, animar y corregir a la comunidad (1 Tes 5,12) son, como Timoteo, «ministros de Cristo Jesús», «hombres de Dios» o «servidores del Señor» (1 Tim 4,6; 6,11; 2 Tim 2,24) y, como Tito, «administrador de la casa de Dios» (Tit 1,7). No son, pues, los dueños de la casa, sino los enviados a prestar un servicio en ella, del cual tienen que dar cuenta al único Dueño (Hch 20,28). En cuanto a los ministerios ordenados (obispo, presbítero, diácono), 1 y 2 Timoteo representan un estado intermedio, pues alcanzarán su plena diferenciación con Ignacio de Antioquía (el 110 d.C.).


1.2- El ministerio de la sana enseñanza


La principal tarea de los que conducen la comunidad es enseñar y testimoniar «la sana doctrina» o «enseñanza», de la que se habla en oposición a la de algunos maestros y misioneros de tradición diversa a la paulina (1 Tim 1,3-4; 2 Tim 4,3-4). Un buen dirigente es el que conserva y anuncia sin alteraciones el depósito de la fe mediante el servicio y testimonio apostólico. La fe en Jesucristo, además de la enseñanza transmitida, se recoge en breves himnos cristológicos, algunos empleados en la liturgia bautismal (1 Tim 3,16; 6,14b-16; 2 Tim 2,11-13). A causa de las falsas doctrinas y de sus maestros, se insiste en caminar hacia una fe objetiva, constituida tanto por la sincera adhesión a la enseñanza recibida, la que cada vez se define mejor, como por la práctica de obras buenas, esto es, una vida honrada según el modelo grecorromano. 

No es fácil definir con precisión el contenido de la enseñanza de los maestros y misioneros de tradición diversa a la paulina. Quizás provengan de una matriz judía por la importancia que le dan a la Ley, a su interpretación y a los maestros de la Ley (1 Tim 1,7); a las polémicas y leyendas (o mythos) acerca de genealogías y textos bíblicos, y a las normas respecto a la circuncisión, los alimentos y el matrimonio. Todo encuentra su lugar apropiado en el movimiento pre-gnóstico que, en vista de la salvación, sostendrá la superioridad del conocimiento e impondrá normas particulares relativas a la sexualidad, al matrimonio y a las comidas (notas a 1 Tim 4,1-5 y 6,2b-10). 

Frente a ello, las Pastorales enseñarán que el único camino para alcanzar a Dios y su salvación, a la que todos están llamados, es el conocimiento y la comunión con su Hijo Jesucristo mediante la fe y el bautismo; que Cristo, único mediador, nos purificó con su entrega y es «la Palabra de la verdad» (2 Tim 2,15) que los ministros o servidores de la comunidad deben conservar y anunciar como preciado depósito, protegiéndolo de las desviaciones; que al final de los tiempos, con la venida de Cristo, Dios juzgará a todos, les pedirá cuenta de sus actos y los hará participar de su herencia; así se anima a la fidelidad en tiempos de crisis y conflictos. 


1.3- Obispos, presbíteros y diáconos al servicio de la comunidad


El obispo, siempre en singular, es la figura de más relieve en las Pastorales. Es elegido de entre los presbíteros o ancianos, quienes mediante la imposición de manos lo instituyen en el oficio de enseñar, gobernar y establecer a sus sucesores. Quien es constituido jefe de la comunidad representa con autoridad a los apóstoles. El obispo para su comunidad local es quien participa con mayor propiedad del rol de paterfamilias de Dios, y a él deberá darle cuentas. Por esto la recomendación de que se elija para este servicio a los que tengan las cualidades propias de un paterfamilias (1 Tim 3,4-5) o de un funcionario civil (3,1-3), porque su principal función será administrar bien la casa de Dios (Tit 1,7). Al igual que entre judíos y grecorromanos, la honra y estima de la comunidad local dependía en gran parte de la conducta de su paterfamilias (el obispo). Cualidades como la creatividad, la espontaneidad y el entusiasmo, sin valor en aquellas sociedades, no se exigían a los dirigentes de la comunidad cristiana. Varias de las funciones del obispo son intercambiables con las del presbítero. 

Los presbíteros o ancianos aparecen en las Pastorales siempre en plural (excepto 1 Tim 5,19), lo que indica la naturaleza colegial de su función. Se trata de un grupo que cumple funciones de sustento en la fe y en la disciplina de la comunidad, principalmente mediante la predicación de la Palabra, la enseñanza y el testimonio. Forman una especie de consejo que resuelve cuestiones doctrinales y, sobre todo, disciplinares, previenen contra las desviaciones y dan buen ejemplo a los de afuera. Quizás algunos fueron remunerados (1 Tim 5,17-18). Según unos, el obispo es aquel presbítero elegido para presidir el colegio de los presbíteros; según otros, obispos y diáconos, por una parte, y presbíteros, por otra, son ministerios que se desarrollaron en forma independiente, y tiempo después ambas tradiciones se unificaron. De hecho, obispos, presbíteros y diáconos nunca aparecen juntos en las Pastorales.

Los diáconos están asociados al obispo, no a los presbíteros. Cuando se habla de ellos, no se indican sus funciones, pero como su nombre lo indica, prestan el servicio de la proclamación del Evangelio y del ejercicio de la caridad. A diferencia de obispos y presbíteros, se pide que sean sometidos a un período de prueba antes de ejercer su función (1 Tim 3,10). Es probable que este servicio lo desempeñaran también algunas mujeres (3,11; Rom 16,1-2). 

Para servir y edificar la familia de Dios y para que cada uno en ella sea un hombre o una mujer de Dios, el ministro tiene que ser un «hombre de Dios» y «servidor del Señor»; por eso se le pide que tenga las condiciones de un buen padre de familia y de oficios como el de soldado, atleta, campesino y obrero (1 Tim 6,11; 2 Tim 2,24; 2,3-6.15; 3,17). 


2- La ética cristiana


A finales del siglo I d.C., los cristianos buscan abrirse un espacio desde su propia identidad. La ética cristiana ya no se vive contra el mundo, sino en estrecha relación con las virtudes y males de la sociedad grecorromana, las primeras para cristianizarlas y los males para combatirlos. Esta perspectiva los lleva al empleo de un vocabulario moral de cuño helenista como piedad o religión, moderación, templanza, conciencia pura o buena…, sin paralelos en las Cartas auténticas de Pablo. Si antes los peligros y las persecuciones se confiaba en la inminente parusía del Señor, ahora –en cambio– se busca «que podamos llevar una vida pacífica y serena, del todo religiosa y digna» (1 Tim 2,2; Tit 2,12). Como la ética grecorromana, así también la cristiana exige la práctica de las buenas obras. Sin embargo, su motivación es radicalmente diversa: las obras buenas del cristiano son el distintivo y el fruto de que el Señor lo rescató del pecado y la maldad; se trata, pues, de dones de Dios y de su gracia, no de esfuerzos humanos (2 Tim 1,8-9; Tit 3,4-5). El de conciencia pura o buena realiza obras buenas; el de conciencia embotada, en cambio, privada de sensibilidad por su incapacidad de abrirse a Dios, se deja arrastrar por el mal, con una larga lista de vicios (2 Tim 3,1-5); si la conciencia embotada aparta del conocimiento auténtico, también aparta de la rectitud moral. Es clara la preocupación de las Cartas pastorales por las conductas y obras adecuadas que responden a la sana enseñanza, inquietud propia de fines de la segunda generación de cristianos (70-110 d.C.) y comienzo de la tercera (110-150 d.C.). 

La conducta del discípulo, de cara a su sociedad sincretista e idolátrica, no debe deshonrar el nombre ni la obra de Cristo. La honra o buena fama, una de las virtudes sociales más estimadas por entonces, se adquiría por la práctica de la religión o “piedad” (eusébeia), la que entendía como la virtud de relacionarse y comportarse con veneración, obediencia y responsabilidad con dioses, familiares y autoridades (1 Tim 2,2; 4,7-8). La religión es el misterio de la fe recibido en depósito y expuesto mediante la sana enseñanza, que exige del cristiano una relación conveniente con Dios y con el prójimo en cuanto bautizado y discípulo de Jesucristo. 

Porque la religión estructuraba la vida de entonces, un culto nuevo siempre atraía sospechas hasta que no diera muestras de auténtica piedad. El juicio social que merecían los adoradores recaía en el dios que adoraban. Por esto la importancia del testimonio cristiano si querían ganar una presencia social y religiosamente reconocida. Practicando con fidelidad su religión ganaban respetabilidad, pues el culto a su Dios producía gente con honra en la que se podía confiar: ¡merecen, pues, ser escuchados! Contribuye decididamente al reconocimiento socio-religioso el testimonio de solidaridad de las comunidades cristianas con los afligidos en tiempos de hambre, pestes y guerras. 


III- «Medita estas cosas» (4,15): organización literaria y actualidad de 1 y 2 Timoteo


1- Autor y fecha de 1 y 2 Timoteo


Respecto al autor de 1 y 2 Timoteo son dos, sobre todo, las posibilidades. La primera es que sean de Pablo y fueran escritas entre los años 64-67 d.C. Al terminar Pablo su primera cautividad en Roma y antes de ser nuevamente encarcelado, habría visitado España y varias comunidades de Oriente (Creta, Tróade…; Rom 15,24), colocando a Timoteo como dirigente de la comunidad en Éfeso y a Tito, en Creta. En Tróade, habría escrito 1 Timoteo y Tito entre los años 64-65 d.C. Luego, como habría sido encarcelado de improviso y conducido nuevamente a Roma escribió en prisión 2 Timoteo hacia el año 67 d.C. Después habría sido condenado y ejecutado. Si las Cartas a Timoteo fueran de Pablo, varios de estos datos hipotéticos hay que aceptarlos como ciertos.

La segunda posibilidad es que se hayan escrito en la década del 90 d.C. por un discípulo de Pablo, quien lo habría asistido hasta su muerte en su prisión en Roma. Las habría escrito en su nombre (por ello pseudónimas), interpretando la rica tradición paulina, oral y escrita. Por esto, no es Pablo quien habla en las Cartas, sino que se hace hablar a Pablo como «mensajero, apóstol y maestro» por antonomasia del Evangelio (2 Tim 1,11); así, la fidelidad al Apóstol y su herencia, es fidelidad al Evangelio de Cristo. La razón para reinterpretar la enseñanza paulina con valor normativo sería afrontar los nuevos desafíos por los que pasan pastores y comunidades, de tradición paulina, al final del siglo I. Los datos históricos sobre Pablo en 1 y 2 Timoteo es un recurso habitual de las cartas pseudoepigráficas. Timoteo, pues, personaje histórico, representaría a los dirigentes de las comunidades que compartían las mismas dificultades y esperanzas. Los estudios actuales sobre autor y datación se inclinan por esta segunda posibilidad, la que asumimos en la presente traducción. 


2- Organización literaria de 1 Timoteo


1 Timoteo, similar a la de Tito, es un escrito sobre todo exhortativo. Una posible organización literaria es la siguiente: 


Saludo inicial

1,1-2

I

Timoteo, ministro del Señor, y su noble batalla


1,3-20

II

Timoteo y el gobierno de la comunidad eclesial


2,1-3,16

III

Timoteo, buen servidor de Cristo, y los falsos maestros


4,1-6,19

Exhortación final

6,20-21


Entre el Saludo inicial y la exhortación final se distinguen tres Secciones en las que se combinan enseñanzas con normas prácticas. En la Primera, el autor se preocupa de instruir a Timoteo en la «noble batalla» a combatir en cuanto responsable de la comunidad (1 Tim 1,18). No basta sólo que haga frente a los que se apartan de la enseñanza, sino también -imitando el ejemplo de Pablo- tiene que atizar el fuego del ministerio que se le encargó; lo primero no se puede sin lo segundo. En la Segunda sección, se le instruye sobre aspectos (oración…) y funciones (episcopado y diaconado) para una sólida vida comunitaria, y se lo orienta respecto a cómo varones y mujeres deben presentarse en las asambleas o casa de Dios, normas que se alimentan del contexto socio-religioso del siglo I. En la Tercera sección se retoman temas anteriores; por un lado, se pide a todo servidor de la comunidad que sea un «buen ministro de Cristo Jesús» y un «hombre de Dios» frente a los falsos maestros y a los presbíteros indignos (1 Tim 4,6; 6,11); por otro lado, se le pide atención particular a diversos grupos que son miembros de la familia de Dios: ancianos, jóvenes y viudas; esclavos y amos; gente pudiente. 


3- Organización literaria de 2 Timoteo


2 Timoteo tiene un tono más afectivo que 1 Timoteo. Llama la atención la cita de varias frases de Cartas auténticas de Pablo, pero cambiadas de contexto.

Una posible organización literaria es la siguiente: 


Saludo inicial

1,1-5

I

Exhortación a la fidelidad


1,6-2,13

II

Firmeza ante doctrinas falsas y fortaleza ante dificultades


2,14-3,9

III

Nueva exhortación a la fidelidad


3,10-4,8

IV

Encargos y recomendaciones


4,9-18

Saludo final

4,19-22


Cuatro breves Secciones se distribuyen entre el saludo inicial y final. En la Primera, por la proliferación de falsos maestros y misioneros y la irrupción del incipiente movimiento gnóstico, el autor exhorta a Timoteo a cumplir con fidelidad y valentía, caridad y sobriedad el encargo confiado cuando le impusieron las manos; la sana enseñanza y la coherencia de vida forman parte de su ministerio. En la Segunda sección se le pide a Timoteo afrontar enseñanzas, polémicas y leyendas (o mythos) que enrarecían la vida comunitaria, desviando a muchos de la verdad y la moral; este último tiempo se caracteriza precisamente por el engaño y la maldad de muchos. La Tercera es una nueva exhortación a ser fiel, para lo cual se le pide a Timoteo que centre su vida y servicio en la Sagrada Escritura por la que Dios enseña, corrige y suscita obras buenas, y que imite a Pablo. La Cuarta sección, junto con evocar los últimos días de ministerio de Pablo, nos ofrece una preciosa radiografía de la vida de una comunidad cristiana inserta en el mundo grecorromano de fines del siglo I d.C. 


4- Actualidad de las Cartas pastorales


No es fácil la conducción de personas que debieran vivir en comunión, ya se trate de comunidades familiares, religiosas, cristianas… Aquí radica una razón de la actualidad de las Pastorales, pues ofrecen orientaciones valiosas acerca de qué es lo importante cuando se quiere que un grupo humano, por causa de Cristo, sea una comunidad de vida, de testimonio y servicio. Sin duda que es enorme la distancia histórica y socio-cultural entre nuestras comunidades y aquellas de Timoteo (Éfeso) y Tito (Creta), pero hay valores humanos y cristianos que son los mismos cuando nos fijamos en la identidad y el sentido de la vida del discípulo de Cristo en el mundo.

Para hacer este camino, las pistas de las Pastorales son abundantes y constituyen un proyecto teológico-pastoral en diálogo con las nuevas condiciones en que vivían su discipulado. Se invita a la fidelidad radical en el seguimiento del Señor, la que se expresa en la adhesión a la sana enseñanza y en la pureza de conducta, pues tanto los de adentro (los creyentes) como los de fuera (los no creyentes) necesitan modelos atrayentes de fe. Las instrucciones a Timoteo y a Tito a animar y corregir con autoridad debieran ser las disposiciones habituales en obispos, sacerdotes y diáconos, y en todos los llamados a ejercer un ministerio eclesial. 

Para una nueva evangelización es indispensable que aticemos el fuego bautismal con el contacto familiar con la Palabra de Dios que hace realidad la conversión personal, estructural y misionera que nos permita ponernos en estado de anuncio, testimonio y servicio. Las Pastorales nos recuerdan que la misión, por ser un mandato de Jesucristo, es un derecho de los cristianos de hoy. 



PRIMERA CARTA A TIMOTEO


Saludo inicial


Gracia, misericordia y paz


11 Pablo, apóstol de Cristo Jesús por mandato de Dios, nuestro salvador, y de Cristo Jesús, nuestra esperanza, 2 a Timoteo, auténtico hijo en la fe: gracia, misericordia y paz de parte de Dios Padre y de Cristo Jesús, Señor nuestro.


1,1-2: El autor de 1 Timoteo invoca la autoridad de Pablo, el «apóstol de Cristo Jesús» (1,1), presentado así en razón de su vocación de enviado a los gentiles a anunciar a Jesucristo como Buena Noticia de Dios (Rom 1,1). La Carta se dirige a Timoteo a quien se identifica como un hijo de Pablo en la fe. El título que Dios recibe es «nuestro salvador» (1 Tim 1,1), propio de las Cartas pastorales, pues por la redención de su Hijo, Dios nos regala la condición de hijos y de hermanos de los demás, haciéndose así una familia, la Iglesia (Tit 2,14). Por eso, se le desean a Timoteo los dones propios adquiridos por Cristo para la familia de Dios: gracia, misericordia y paz. 


1,1-2: Rom 1,7 / 1,2: 1 Cor 4,7; Flp 2,22


I

Timoteo, ministro del Señor, y su noble batalla


1,3-20. La presencia de falsos maestros y misioneros con «doctrinas extrañas» en la comunidad (1,3), quizás de origen judío (1,7; Tit 1,10-11), pone a prueba el liderazgo de sus dirigentes, entre ellos el del joven Timoteo. El autor invita a mirar el ejemplo de Pablo (1 Tim 1,12-17) a quien Dios, a pesar de haber perseguido con encono a la Iglesia, lo consideró digno de encomendarle el servicio de heraldo del Evangelio, de constituir comunidades y acompañarlas. Tal como Pablo, los dirigentes son invitados a confiar en la gracia sobreabundante de Dios, a conservar y transmitir lo que recibieron de sus antecesores en la fe y a renovar su fidelidad a Dios que los eligió. 


Sabemos que la Ley es buena siempre


3 Cuando me fui a Macedonia, te rogué que permanecieras en Éfeso, para ordenarles a algunos que no enseñaran doctrinas extrañas, 4 ni dieran crédito a leyendas ni a genealogías interminables, las que provocan especulaciones inútiles en lugar de contribuir al proyecto salvador de Dios que acontece mediante la fe. 5 La finalidad de esta advertencia es el amor que procede de un corazón limpio, de una buena conciencia y de una fe sincera. 6 Ya algunos se desviaron y se perdieron en discursos estériles, 7 pretendiendo ser maestros de la Ley y, sin embargo, ni siquiera entienden lo que dicen ni lo que con tanta firmeza aseguran.

8 Ya sabemos que la Ley es buena siempre y cuando se emplee para lo que es, 9 es decir, sabiendo que ella no ha sido establecida para los justos, sino para los rebeldes y desobedientes, para los impíos y pecadores, para los sacrílegos y profanos, para los que matan a su padre o a su madre y para los asesinos, 10 para los lujuriosos y los homosexuales, para los que trafican con seres humanos, para los mentirosos y quienes juran en falso y para cualquier otro vicio que se oponga a la sana enseñanza 11 del glorioso Evangelio del Dios bienaventurado, que me ha sido confiado. 


1,3-11: Al despedirse de los dirigentes de la Iglesia en Éfeso, Pablo les aseguró que «lobos rapaces» difundirían doctrinas perniciosas y que esos lobos serían algunos de entre ellos mismos (Hch 20,29-30). Y es lo que está ocurriendo en aquellas comunidades que viven su fe entre la segunda generación de cristianos y la tercera: se suceden discusiones sobre cuestiones genealógicas, polémicas estériles sobre patriarcas y personajes bíblicos, sobre el matrimonio, los alimentos y la resurrección de los muertos que en nada contribuyen al conocimiento del designio salvador de Dios (1 Tim 6,4-5; Tit 3,9). Se trata de cuestiones relacionadas con la Ley de Moisés que, por no entender su naturaleza ni su función, no se emplea de modo conveniente. El autor pide tener en cuenta tres criterios: la Ley sólo se aplica a injustos y pecadores; ésta, con todas sus normas, alcanza su plenitud en el «glorioso Evangelio» de Dios (1 Tim 1,11); el auténtico amor a Dios y a los demás da cumplimiento a toda la Ley (1,5; Gál 5,6). Por tanto, aunque buena, la Ley no basta para acceder a la verdadera gnosis o conocimiento que lleva a Dios y a su salvación (1 Tim 6,20-21). 


1,4: Tit 1,13-14; 3,9 / 1,5: Sal 51,12 / 1,7: Sant 3,1 / 1,8: Rom 7,12-16 / 1,9-10: Éx 20,12-16 / 1,10: Éx 21,16; Dt 24,7; Tit 1,9


Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores


12 Doy gracias a aquel que me fortaleció, a Cristo Jesús, nuestro Señor, porque me consideró digno de confianza al ponerme en este ministerio, 13 a pesar de que antes fui blasfemo, perseguidor e insolente. Pero Dios tuvo misericordia de mí porque, al no creer, no sabía lo que hacía. 14 Pero la gracia de nuestro Señor sobreabundó junto con la fe y el amor que están en Cristo Jesús. 15 La afirmación segura y digna de total aceptación es ésta: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero. 16 Si encontré misericordia fue precisamente para que Cristo Jesús mostrara -¡primero en mí!- toda su paciencia, como ejemplo para los que, creyendo en él, obtendrán la vida eterna. 17 Al rey de los siglos, inmortal, invisible y único Dios, honor y gloria por los siglos de los siglos. ¡Amén!

18 Timoteo, hijo mío, te confío este mandado conforme a las profecías que fueron pronunciadas sobre ti: fundado sobre ellas entrégate a esta noble batalla, 19 conservando la fe y la buena conciencia, pues algunos, por haberla rechazado, naufragaron en la fe. 20 Entre ellos están Himeneo y Alejandro a quienes entregué a Satanás para que aprendan a no injuriar.

 

1,12-20: Como pastor de la comunidad, el joven Timoteo debe entregarse a la «noble batalla» por el auténtico Evangelio (1,18) y a la imitación de sus padres en la fe, en especial de Pablo, “su padre” por haberlo convertido en creyente (1,2.18). La gracia salvadora de Dios realiza lo imposible, al punto que Pablo, perseguidor encarnizado de los discípulos del Señor (Hch 9,1-2; 1 Cor 15,9-10), se volvió un apasionado servidor de aquél a quien él mismo perseguía. Y lo que Dios hizo con él, lo puede hacer con todos por cuanto realiza su obra de salvación mediante su Hijo Jesús que vino al mundo precisamente para salvar a los pecadores (1 Tim 1,15; Lc 19,10). Luego de una breve pero intensa alabanza a Dios (1 Tim 1,17), que finaliza la acción de gracias, se invita a Timoteo a que confíe en la gracia de la salvación que Dios reparte de modo sobreabundante y a que vuelva a su origen, esto es, a su bautismo y a aquel don espiritual que, por imposición de manos, lo constituyó responsable de la comunidad (4,14; 2 Tim 1,6). De aquí proviene su autoridad para combatir la noble batalla contra los lobos rapaces y sus doctrinas (nota a 1,3-11). 


1,13: Hch 8,3; 9,1-2.4-5 / 1,15: Lc 5,32; Tit 3,8 / 1,17: Rom 16,27 / 1,18-19: 2 Tim 4,7; Jds 3 / 1,20: 1 Cor 5,3-5; 2 Tim 2,17-18; 4,14


II

Timoteo y el gobierno de la comunidad eclesial


2,1-3,16. Siguen varias instrucciones a Timoteo acerca de cómo conducirse para gobernar adecuadamente la comunidad que se le confió. Se le recuerda, en primer lugar, la importancia de la oración, tanto personal como por todos, y el modo cómo presentarse en «la casa de Dios» (3,15), según se trate del varón o la mujer. Siguen indicaciones prácticas de cómo deben ser y ejercer su servicio los responsables de la comunidad, primero los obispos y enseguida los diáconos, al igual que las mujeres e hijos de ambos. Al final (3,16), el himno que ensalza a Cristo y lo glorifica como Dios es posible que sea anterior a 1 Timoteo.


Hay un único mediador entre Dios y los hombres


21 Ante todo, ruego que se hagan súplicas, oraciones, peticiones y acciones de gracias por toda la humanidad, 2 por los reyes y por todas las autoridades, para que podamos llevar una vida pacífica y serena, del todo religiosa y digna. 3 Esto es bello y grato ante Dios, nuestro salvador, 4 quien quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. 5 Pues hay un único Dios y un único mediador entre Dios y los hombres: Cristo Jesús, hombre también él, 6 quien se entregó a sí mismo en rescate por todos. 

Este testimonio fue dado a su debido momento 7 y de él, yo fui constituido mensajero y apóstol –¡digo la verdad, no miento!–, maestro en la fe y en la verdad de los que no son judíos. 


2,1-7: Este pasaje y el siguiente tratan de la oración comunitaria. Cuatro palabras la definen: súplica, oración, petición y acción de gracias. El discípulo tiene que orar por todos, en especial por los que están investidos de autoridad. El motivo es doble: que por su gobierno la sociedad lleve una vida que redunde en bien de la fe cristiana, y que realicen el querer de Dios que es la salvación de todos (Tit 1,1-3; 2,12). La oración del discípulo se centra en el proyecto salvador de Dios que redunda en beneficio tanto del que cree como de la sociedad en la que vive. Por tanto, es ineludible para el discípulo orar y trabajar para que los sistemas socio–políticos y económicos sean compatibles con el misterio de Dios, pues su anuncio y aceptación es causa de nueva humanidad. Desde esta certeza, el cristiano discierne el gobierno de los hombres, los valora y trabaja por ellos. El misterio ha sido revelado por un «único mediador», el Hombre Jesús (1 Tim 2,5), afirmación con trasfondo polémico: mientras el incipiente movimiento de la gnosis o conocimiento de lo divino planteaba la necesidad de varios mediadores para unir al hombre con Dios, la revelación cristiana enseña que hay un solo Mediador, el Hijo de Dios hecho carne, fuente única de conocimiento de Dios y de salvación para todos.


2,1-4: Rom 13,1-7; Tit 2,12 / 2,3: Tit 1,3 / 2,4: Jon 4,11; Jn 3,17 / 2,5: Dt 6,4 / 2,6: Mt 20,28; Mc 10,45 / 2,7: Rom 9,1


Que las mujeres se adornen con buenas obras


8 Quiero que los varones oren en todo lugar, alzando con piedad sus manos, sin ira ni discusión. 

9 De igual modo, que las mujeres se presenten con ropa decorosa y se adornen con decencia y sensatez, no con peinados ostentosos, con joyas de oro o perlas, ni tampoco con vestidos costosos, 10 sino más bien con buenas obras, como conviene a mujeres que veneran a Dios. 

11 Que la mujer aprenda en silencio, con toda sumisión, 12 pues no permito que la mujer enseñe ni domine al varón, sino que permanezca callada, 13 porque primero fue formado Adán, y sólo después Eva. 14 Además, Adán no fue engañado, sino la mujer, quien –una vez engañada– cometió la transgresión. 15 Sin embargo, ella se salvará por cumplir con su maternidad con tal que, con la debida sensatez, persevere en la fe, el amor y la santidad.


2,8-15: Luego de exhortar a la oración por todos (nota a 2,1-7) se indican algunas normas disciplinares relativas a la conducta de varones y mujeres en «la casa de Dios» (3,15). Sin duda que estas pautas nos llaman la atención, más aún cuando Pablo enseña la igualdad substancial de varones y mujeres (1 Cor 11,11-12; Gál 3,28-29). La virtud social de la sumisión de la mujer en el templo, la ciudad y la casa (Ef 5,21-24; Col 3,18) responde a la mentalidad patriarcal de la época, al código doméstico propio de la sociedad grecorromana y a una particular interpretación del Génesis. Se pide la aceptación de esta norma por los conflictos que hay en la comunidad, en especial en las liturgias, por el influjo negativo de maestros y misioneros de corrientes distintas a la de Pablo que impiden la participación de las mujeres (2 Tim 3,6-7). El criterio bíblico y evangélico es que ambos, varón y mujer, son iguales en su ser y comparten la misma vocación a la santidad y a la salvación. Dios a ambos escucha su oración, pero mientras la del varón debe acompañarse de “manos limpias” o de una conducta irreprochable, la de la mujer, de sus buenas obras (1 Tim 5,10). 


2,8: 1 Re 8,22; Sal 141,2; Mc 11,25 / 2,9-10: 1 Pe 3,3-4 / 2,11-12: 1 Cor 11,2-16 / 2,13: Gn 2,7.21-22 / 2,14: Gn 3,1-6


Que el obispo sea irreprochable


31 Esta doctrina es segura: quien aspira al episcopado, desea una noble tarea. 2 Pero es necesario que el obispo sea irreprochable, casado sólo una vez, sobrio, sensato, honorable, hospitalario, capaz de enseñar, 3 no dado al vino ni violento, sino amable; que no sea agresivo ni apegado al dinero, 4 que con dignidad gobierne bien su propia familia, manteniendo sumisos a los hijos. 5 Porque si uno no sabe gobernar a su propia familia, ¿cómo podrá cuidar de la Iglesia de Dios? 6 Que no sea un recién convertido, no suceda que, cegado por la arrogancia, caiga en la misma condena que el Diablo. 7 Es necesario, además, que goce de buena fama ante los de fuera, para que no caiga en descrédito ni en la trampa del Diablo. 


3,1-7: Las instrucciones a Timoteo se ocupan de dos ministerios eclesiales: el episcopado y el diaconado, servicios que se plantean a la luz de cómo un jefe de familia grecorromana debe conducir su casa y los suyos. El criterio es elegir al que sabe formar y mantener unida a su propia familia, pues también sabrá ser responsable de la familia de Dios. Por entonces, recién se abre paso la reflexión sobre el sacramento del orden y sus grados (obispo, presbítero, diácono), los que alcanzarán una clara diferenciación con Ignacio de Antioquía (siglo II). El obispo o “custodio y protector” (Hch 20,28) provenía del grupo de presbíteros o ancianos y su función era similar a la de éstos (Tit 1,5-9). Conforme al modelo del jefe de hogar y de los funcionarios públicos se constituía al obispo –por la imposición de manos– en referente y conductor de la comunidad. Tres tipos de requisitos se le piden: a)- familiares: que sea casado solo una vez y sepa gobernar a su familia; b)- fe y testimonio: que no sea un recién convertido y lleve una conducta ejemplar al interior de la comunidad: irreprochable, sensato, amable, desprendido…, además de gozar de buena fama ante los de afuera, y c)- dones apropiados: que posea las cualidades propias del oficio: hospitalario, prudente, capaz de enseñar… Sobresale una doble tarea: que proteja a la comunidad de las desviaciones internas y dé una buena imagen a los de afuera, para posesionar la fe cristiana en aquel mundo tan plural de religiones y adoradores. 


3,1: Flp 1,1; Tit 1,6-9 / 3,2: Rom 12,13; Col 4,15; 2 Tim 2,24 / 3,6: Job 1,6-12; Ap 12,10 / 3,7: 1 Cor 5,12


Que los diáconos sean respetables


8 De igual modo, que los diáconos sean respetables, de una sola palabra, moderados en beber vino, sin avidez de ganancias deshonestas 9 y conserven el misterio de la fe con una conciencia limpia. 10 Además, que primero sean examinados y luego, si resultan irreprochables, ejerzan el ministerio del diaconado. 

11 De igual manera, que las mujeres no sean chismosas, que sean respetables, sobrias y fieles en todo. 12 Que los diáconos sean maridos de una sola mujer y sepan gobernar bien a sus hijos y a sus propias familias. 

13 En efecto, los que ejercen bien su ministerio de diáconos logran buen prestigio y gran firmeza en la fe que tenemos en Cristo Jesús.


3,8-13: Luego de indicar algunos rasgos del obispo (nota a 3,1-7), el autor vuelve su mirada al diácono, título otorgado no sólo a varones, sino también a algunas mujeres (3,11; Rom 16,1-2). Las virtudes que se piden a obispos y diáconos son similares. Algunas tienen que ver con la persona y el ministerio del diácono o “servidor”: que sean íntegros y respetados, sinceros, conocedores del misterio de la salvación que se les ha confiado y que lo vivan con coherencia (Col 1,25-27; 1 Tim 3,8-10). Otras dicen relación con su familia (3,12): que sean marido «de una sola mujer» (1 Tim 3,12), norma interpretada de varias formas: no entregarse al concubinato ni a la poligamia, conductas habituales en el mundo pagano, o bien no casarse con viudas y separadas. Luego de un tiempo de prueba, no exigida para obispos y presbíteros, y si el diácono es aprobado por su comunidad, podrá ejercer el ministerio, afianzando su fe y su condición de servidor del Señor.


3,8-10: Hch 6,1-6 / 3,9: 1 Cor 2,7-10 / 3,10: Tit 2,3 / 3,12-13: Tit 1,6-9


Es grande el misterio de nuestra religión


14 Te escribo todo esto con la esperanza de visitarte pronto 15 para que, si tardo, sepas cómo debes comportarte en la casa de Dios, puesto que es la Iglesia de Dios vivo, columna y fundamento de la verdad. 16 Sin duda alguna que es grande el misterio de nuestra religión:

Cristo fue manifestado en la condición humana

y reconocido justo por el Espíritu;

fue visto por los ángeles

y proclamado entre las naciones; 

fue creído en el mundo

y exaltado en la gloria.


3,14-16: Antes del pequeño himno cristológico (3,16), dos hermosas imágenes describen la Iglesia: es «casa de Dios», esto es, asamblea o pueblo de discípulos en el que el Dios vivo habita, haciéndolos su familia (2 Cor 6,16; Tit 2,14), y es «columna y fundamento de la verdad», capacitada para anunciar el Evangelio o el «misterio de nuestra religión» acerca de Jesucristo manifestado como hombre para salvación de todos (1 Tim 2,4). Mientras la manifestación o epifanía de Cristo es la categoría central de la cristología en las Cartas pastorales, la Iglesia como familia o institución de salvación es la categoría central de la eclesiología. El himno cristológico, anterior a 1 Timoteo, nada dice de la teología de la cruz, tan propia del pensamiento paulino. Se centra en la encarnación y la exaltación de Cristo en la gloria. Su manifestación como Salvador es don divino gratuito, universal y actual, encargado a la Iglesia para que lo proclame en cuanto familia de Dios y columna de la verdad. Una vez unido a su Salvador por la fe y el bautismo, el discípulo, heredero de Dios, camina con sus hermanos hacia la plenitud de la comunión con su Señor glorioso (Tit 3,7).


3,15: Nm 12,7; Dt 5,26; Heb 3,6 / 3,16: Jn 1,14; Hch 1,9; Rom 1,3-4; Ef 5,32


III

Timoteo, buen servidor de Cristo, y los falsos maestros


4,1-6,19. Las recomendaciones que siguen van dirigidas al joven y temeroso Timoteo para que sea «un buen ministro de Cristo Jesús» para su comunidad (4,6). Ellas se refieren a cómo tratar con los falsos maestros y misioneros de corriente distinta a la paulina que perturban el rebaño que se le confió (4,1-5), a cómo conducirse para ser modelo en su comunidad (4,6-16), y a cómo ayudar a forjar la vida comunitaria según el Evangelio y las necesidades de algunos grupos representativos: viudas (5,3-16), presbíteros (5,17-25), esclavos (6,1-2a) y ricos (6,17-19). No faltan las instrucciones respecto a qué tiene que enseñar y a cómo vivir la religión (6,2b-16).


En los últimos tiempos algunos renegarán de la fe


41 El Espíritu afirma con claridad que en los últimos tiempos algunos renegarán de la fe y harán caso a espíritus engañadores y a enseñanzas diabólicas, 2 inducidos por la hipocresía de gente embaucadora cuya conciencia está embotada. 3 Ellos prohíben casarse y mandan a los creyentes, que ya han conocido la verdad, abstenerse de alimentos que Dios creó para que, agradeciéndole, los consuman. 4 Porque todo lo creado por Dios es bueno y nada hay despreciable si se recibe agradeciéndole, 5 pues la Palabra de Dios y la oración lo santifican.


4,1-5: En los últimos tiempos aparecerán maestros y misioneros, «espíritus engañadores», que no sólo predicarán un Evangelio diverso al de Pablo y a su equipo de misioneros, sino contrario a él (4,1; 2 Tim 4,3-4). Se trata, según parece, de misioneros judeocristianos, representantes de la incipiente gnosis, que imponen normas de la Ley judía sobre el matrimonio y los alimentos, sin entender mucho de lo que hablan (1 Tim 1,7; Col 2,16.20-23). Por entonces cobraba fuerza un movimiento filosófico–religioso llamado gnosis que se presentaba como el único que ofrecía conocimientos válidos, en etapas sucesivas, para alcanzar a Dios y su salvación. Quien se deje engañar es porque tiene su conciencia embotada por la acción de Satanás, por eso lo malo lo considera bueno y reniega del auténtico Evangelio (Is 5,20-21; Jn 8,44). En cambio, quien no se deje seducir y conserve con fidelidad «el misterio de la fe» o de «nuestra religión» (1 Tim 3,9.16) es quien, gracias a la acción del Espíritu, tiene un corazón limpio, una buena conciencia y una fe sincera (1,5.19). Este discípulo sabe que todo lo creado por Dios es bueno (Gn 1,31; Tit 1,15) y, por lo mismo, el matrimonio y los alimentos.


4,1: Sant 3,15; 1 Jn 4,1; 2 Jn 7 / 4,3: Gn 9,3 / 4,4: Eclo 39,16 / 4,4-5: Sal 24,1; Mc 7,15-19; Rom 14,6.14


Procura ser modelo para los creyentes


6 Si propones estas cosas a los hermanos serás un buen ministro de Cristo Jesús, alimentado por las palabras de la fe y por la buena enseñanza que has seguido con diligencia. 7 En cambio, rechaza las leyendas profanas, cuentos de viejas chismosas. 

Ejercítate en una vida según la religión, 8 porque el ejercicio corporal en poco beneficia, mientras que la religión es provechosa para todo, pues cuenta con la promesa de la vida, tanto presente como futura. 9 Esta afirmación es segura y digna de toda aceptación. 10 Por esto nosotros trabajamos y luchamos, pues hemos puesto la esperanza en Dios vivo, que es el salvador de todos los hombres, en especial de los creyentes. 

11 Manda cumplir estas cosas y enséñalas. 12 Que nadie te desprecie por ser joven. Procura, más bien, ser modelo para los creyentes en el hablar, en la conducta, en el amor, en la fe y en la pureza. 13 Mientras llego, dedícate a la lectura, a la exhortación, a la enseñanza. 14 No descuides el don que hay en ti y que te fue conferido cuando, por una intervención profética, el grupo de los presbíteros te impuso las manos. 15 Medita estas cosas, dedícate a ellas, para que todos puedan ver tu progreso. 16 Preocúpate por ti mismo y por la enseñanza. Persevera en estas disposiciones, pues si haces esto, te salvarás a ti mismo y a los que te escuchan.


4,6-16: El ideal propuesto al joven Timoteo es ser «un buen ministro de Cristo Jesús» (4,6). El camino para ello abarca varios ámbitos de preparación y misión: leer y explicar la Sagrada Escritura en las asambleas litúrgicas, lo que se hacía al estilo de la sinagoga (Lc 4,16-21; Hch 13,14-15); exhortar y enseñar sustentado en la sana doctrina, la que recibió de su abuela Loida y su madre Eunice y, luego, de Pablo (1 Tim 5,17; 2 Tim 1,13; 3,14-15); ejercitarse en las cosas de Dios, lo que le reportará más beneficios que el ejercicio corporal, tan estimado en el mundo grecorromano (1 Cor 9,24-27); dar testimonio, siendo modelo de vida en lo personal (hablar…) y en la vida cristiana (amor, fe…); llevar una vida disciplinada, lo que requiere una sana preocupación por sí mismo; reavivar el don de su consagración a la obra de Dios, don que recibió cuando se invocó al Espíritu Santo y los presbíteros le impusieron las manos (2 Tim 1,6). Ser un buen ministro de Cristo es, como Pablo, disponer toda la vida en bien de la salvación de los demás y, por lo mismo, de la propia (1 Cor 3,5.9). 


4,7: Tit 1,13-14 / 4,8: Col 2,23 / 4,10-11: Tit 2,11 / 4,12: 2 Tes 3,7 / 4,13: Gál 5,22 / 4,14: Dt 34,9; Nm 27,18; Hch 6,6


Honra a las viudas que realmente estén desamparadas


51 No reprendas con dureza al anciano, sino exhórtalo como a un padre, y lo mismo a los jóvenes, como a hermanos; 2 a las ancianas, como a madres; a las jóvenes, como a hermanas, con toda pureza. 

3 Honra a las viudas que realmente estén desamparadas. 4 Pero si alguna viuda tiene hijos o nietos, que éstos aprendan a cumplir primero con sus deberes para con su propia familia y a retribuirle a sus padres, porque esto agrada a Dios. 5 Ahora bien, la viuda que realmente es viuda y se ha quedado sola tiene puesta su esperanza en Dios y persevera en las plegarias y oraciones día y noche. 6 En cambio, la que se entrega a los placeres, aunque viva, ya está muerta. 7 Manda cumplir estas cosas, para que sean irreprochables. 8 Pues si alguno no cuida a los suyos, en especial a los de su familia, ha renegado de la fe y es peor que quien no cree. 

9 Que una viuda sea inscrita en la lista de las viudas con no menos de sesenta años, que haya sido esposa de un solo marido 10 y sus buenas obras den testimonio de ella: que haya educado bien a los hijos, practicado la hospitalidad, lavado los pies a los santos, ayudado a los afligidos y procurado toda clase de obras buenas. 11 En cambio, no admitas a las viudas jóvenes porque, cuando se dejan llevar por placeres que las alejan de Cristo, buscan casarse de nuevo, 12 y se hacen culpables por romper con su compromiso anterior. 13 Y como están ociosas, se acostumbran a ir de casa en casa con lo cual, además de ociosas, son también chismosas y se entrometen en todo, hablando de lo que no deben. 

14 Quiero, por tanto, que las viudas jóvenes se casen, tengan hijos y se ocupen de su hogar, para no dar al adversario ninguna ocasión de crítica, 15 pues ya hay algunas que se han descarriado siguiendo a Satanás. 16 Si alguna mujer creyente tiene consigo viudas, que las ayude ella misma, para que no se transformen en carga para la comunidad, de modo que ésta pueda ayudar a las que realmente están desamparadas.


5,1-16: Las viudas (nota a 4,1-6,19) constituían uno de los grupos más numerosos e indefenso en un sistema social que, como aquel, adolecía de asistencia pública. De aquí la ayuda que les deben prestar las comunidades (Hch 6,1). Sin embargo, en la práctica pastoral con ellas hay deficiencias que corregir. Es necesario discernir quién es realmente viuda, es decir, quién está desamparada de la que no lo está. Algunas pueden ser atendidas por sus familias, y no tienen por qué dejarlas al cuidado de la comunidad; de no atenderlas, esas familias reniegan de Dios y de Cristo, que entregó su vida por los desvalidos (Dt 5,16). Entre las viudas jóvenes hay varias que se dejan llevar por su sensualidad y son un mal ejemplo ante los paganos: ¡que mejor se casen! (1 Cor 7,8-9); además, como viven sin hacer nada, el ocio las lleva al chisme y a meterse en todo, causando divisiones. Finalmente, están las viudas inscritas en un catálogo oficial a las que se les pide cualidades similares a las de un líder de comunidad: recato en la conducta, perseverancia en la oración y dedicación a las obras de caridad. Se trata de una especie de “orden de viudas” consagradas a Dios, al que pueden ingresar las mayores de sesenta años que estén avaladas por sus buenas obras y hayan sido fieles a sus maridos. 


5,1: Lv 19,32 / 5,3: Lc 18,1-8 / 5,5: Jdt 8,4-5; Lc 2,36-37 / 5,6: Ap 3,1 / 5,10: Jn 13,5.14 / 5,13: 2 Tes 3,11; Tit 1,11 / 5,14: 1 Cor 7,8-9; Tit 2,8


Los presbíteros que gobiernan bien son dignos de doble honor


17 Los presbíteros que gobiernan bien son dignos de doble honor, sobre todo los que se dedican a la predicación y a la enseñanza. 18 Porque la Escritura dice: No pondrás bozal al buey que trilla [Dt 25,4], y también: «Digno es el obrero de su salario». 19 No admitas ninguna acusación contra un presbítero a no ser que esté avalada por dos o tres testigos [Dt 19,15]. 20 A quienes viven en pecado, corrígelos en público, para que los demás escarmienten. 

21 Te advierto en presencia de Dios, ante Cristo Jesús y los ángeles elegidos, que observes estas normas con imparcialidad y sin dejarte llevar por favoritismos. 22 No te apresures en imponer las manos, para no hacerte partícipe de pecados ajenos. ¡Consérvate puro!

23 Ya no bebas solo agua, también toma un poco de vino a causa de tu estómago y de tus frecuentes dolencias. 24 Los pecados de algunos son tan notorios, que preceden al juicio, pero los de otros sólo se descubren después. 25 De igual modo, también las obras buenas son notorias, y aquellas que no lo son, no permanecerán ocultas. 


5,17-25: La instrucción a obispos y diáconos (notas a 3,1-7 y 3,8-13) se completa con la dirigida a los presbíteros o “ancianos” de la comunidad. Timoteo, sin ningún favoritismo, debe imponer las manos. Según algunos, puede ser que esta imposición no se refiere a la ordenación de un ministro, sino a un rito penitencial precedido de la conversión, puesto que se habla de pecados (5,20.24). Dos aspectos son de especial atención. Que aquellos presbíteros que realizan bien su servicio, porque guían a la comunidad y la nutren con el Evangelio, no sólo tengan la remuneración que requieren para una vida digna (Gál 6,6), según lo pide la Escritura y el mismo Jesús (1 Tim 5,18; 1 Cor 9,9; Lc 10,7), sino también la estima de su comunidad. Y el segundo aspecto es que los presbíteros de mala conducta, conforme al testimonio coincidente de varios testigos, como lo exige la Escritura (1 Tim 5,19; 2 Cor 13,1), sean reprendidos con el conocimiento de la comunidad. Luego, se le pide a Timoteo que cuide su salud y, a todos, que no olviden que así como las obras buenas son siempre conocidas, así las malas se descubren antes del juicio o a propósito de su realización, por lo que ninguna obra permanecerá en secreto. 


5,17: Tit 1,5 / 5,18: Lc 10,7; 1 Cor 9,14 / 5,19: Mt 18,15-16 / 5,22: 2 Tim 1,6 / 5,23: Prov 23,29-35; Jn 2,1-10 / 5,25: Mt 5,16


Consideren a sus propios amos dignos de todo honor


61 Cuantos están bajo el yugo de la esclavitud consideren a sus propios amos dignos de todo honor, para que nadie injurie el nombre de Dios ni la enseñanza. 2 Quienes tienen amos creyentes, no los desprecien, porque también son hermanos. Por el contrario, sírvanlos mejor, porque quienes se benefician de sus servicios son creyentes y amados. 


6,1-2a: Si la Iglesia es «la casa» o familia de Dios (3,15), los que pertenecen a ella tienen que vivir y cultivar relaciones apropiadas a su condición de familiares de Dios. Los esclavos eran parte esencial del engranaje socio–económico de la sociedad grecorromana. Aunque su abolición está en el horizonte teológico y ético del cristianismo, gracias a la redención de Cristo (1 Cor 7,21-24; 12,13), no se pudo concretar aún en tiempo de las Cartas pastorales. Sin embargo, al tener en cuenta la radical diferencia entre amos y esclavos, se da un paso gigante al pedir una conducta fraterna entre ellos, puesto que son hermanos en la fe y todos son amados por el mismo Dios y Padre (Ef 6,5-9; Fil). 


6,1: 1 Pe 2,18 / 6,2a: Flm 16


Esto es lo que tienes que enseñar y exhortar


Esto es lo que tienes que enseñar y exhortar. 3 Si alguno enseña otra cosa y no se atiene a las sanas doctrinas de nuestro Señor Jesucristo y a la enseñanza conforme a la religión 4 es porque lo ciega la arrogancia y no entiende nada, antes bien, vive obsesionado por controversias y discusiones. De aquí surgen envidias, pleitos, injurias, sospechas maliciosas, 5 disputas interminables, propias de hombres de mente corrompida y privados de la verdad, que piensan que la religión es fuente de ganancia.

6 Y por cierto, la religión para quien sabe contentarse con lo que tiene es fuente de gran ganancia. 7 Porque nada trajimos a este mundo y nada podemos llevarnos de él; 8 teniendo, pues, alimento y vestido, contentémonos con ello. 9 Pero quienes se afanan por enriquecerse caen en la trampa de la tentación y en un sinfín de deseos desordenados, insensatos y funestos que hunden al ser humano en la ruina y en la perdición. 10 En efecto, la raíz de todos los males es el amor al dinero y algunos, arrastrados por él, se desviaron de la fe y se ocasionaron a sí mismos muchos sufrimientos.


6,2b-10: Las Cartas pastorales insisten en la fidelidad a la enseñanza transmitida por los apóstoles. A su luz, la comunidad debe discernir la bondad o maldad de maestros y misioneros, los primeros para escucharlos, los otros para alejarse de ellos. Un movimiento filosófico–religioso llamado gnosis (nota a 4,1-5) se infiltraba en las comunidades cristianas de finales del siglo I d.C. Se escuchaban, pues, voces que representaban tendencias diversas y hasta contrarias a «la enseñanza conforme a la religión» (6,3), provocando discusiones y divisiones comunitarias (1,4). Además, la religión era para ellos una fuente de lucro (Tit 1,11; 2 Pe 2,15-16), pero su mismo amor al dinero los destruirá. En cambio, quien sabe contentarse con lo que tiene, virtud apreciada por grupos de entonces como los filósofos estoicos, vive confiado en la providencia del Padre celestial y libre de las redes de la codicia y la corrupción (Mt 6,24-34). La razón es que la práctica auténtica de la religión trae consigo la mayor de todas las ganancias: ¡Jesucristo y la vida eterna! (1 Tim 4,8; 6,12).


6,4: 2 Jn 9 / 6,5: Tit 3,10-11 / 6,6: Flp 4,11-12 / 6,7: Job 1,21; Sal 49,17 / 6,8: Prov 30,8; Eclo 29,23 / 6,9: Prov 23,4-5 / 6,10: Mt 6,24


Combate el buen combate de la fe


11 Tú, en cambio, hombre de Dios, huye de estas cosas y persigue la rectitud, la religión, la fe, el amor, la paciencia y la bondad. 12 Combate el buen combate de la fe, alcanza la vida eterna a la que fuiste llamado y de la cual hiciste tan magnífica profesión de fe en presencia de muchos testigos. 

13 Delante de Dios que da vida a todo y de Cristo Jesús quien dio testimonio ante Poncio Pilato de tan magnífica profesión de fe, te ordeno 14 que conserves el mandato sin tacha ni reproche hasta 

la manifestación de nuestro Señor Jesucristo 

15 que, en su debido momento, 

llevará a cabo el dichoso y único Soberano, 

el Rey de reyes y Señor de señores, 

16 el único que es inmortal, que habita una luz inaccesible 

y a quien nadie ha visto ni puede ver. 

A él, honor y dominio eterno. ¡Amén!


6,11-16: Al igual que Moisés y profetas como Elías y Eliseo y al igual que todo creyente, Timoteo es calificado de «hombre de Dios» (6,11; 2 Tim 3,17). Como tal, su ministerio o servicio consiste en testimoniar la fe y los mandatos que recibió de Jesucristo por los apóstoles, pero su testimonio requiere de virtudes y métodos que no se confundan con los de maestros y misioneros falsos (1 Tim 6,4-5 y 6,11; 2 Tim 2,22-26). El testimonio o martyría (en griego) conforma una cadena de testigos que se remontan al mismo Jesucristo, «Testigo fiel y veraz» (Ap 3,14), quien ante Pilato dio testimonio de entrega y obediencia al Padre celestial (1 Tim 2,6). La Iglesia y nosotros en ella, hemos recibido el encargo de dar testimonio de Cristo hasta que él se manifieste como «Rey de reyes y Señor de señores» (6,15). Cuando esto ocurra al fin de los tiempos, serán derribados por siempre dioses y reyezuelos de este mundo con sus pretensiones y dominios. Así se afirma en el himno de gloria a Cristo (6,14b-16) cuyo trasfondo es una fuerte polémica contra los dioses y el Emperador de Roma a quien se le daba culto como a un dios. Dar testimonio no es un combate fácil (1,18), por lo que el servidor de Cristo no puede abandonar la lucha contra todo lo que lo aparta de su Señor y le impida ser modelo del misterio de fe que aceptó. 


6,11: Dt 33,1; 1 Re 13,31 / 6,12-13: Jn 18,36-37 / 6,14: 2 Tim 4,7 / 6,15-16: Dt 10,17; Ap 17,14; 19,16 / 6,16: Éx 33,20; Sal 104,2


A los ricos mándales que no sean altaneros


17 A los ricos de este mundo mándales que no sean altaneros ni pongan su esperanza en algo tan inestable como la riqueza, sino en Dios, quien nos provee con gran riqueza de todo para que lo disfrutemos. 18 Mándales que hagan el bien, que sean ricos en buenas obras, que sean generosos y sepan compartir, 19 pues así atesoran para el porvenir un excelente fondo a fin de alcanzar aquello que realmente es la vida verdadera.


6,17-19: Los encargos para una buena conducción de la comunidad, que han considerado ministerios eclesiales (episcopado, presbiterado y diaconado) y grupos de personas (varones, mujeres, viudas, amos y esclavos), tienen ahora en cuenta a «los ricos de este mundo» (6,17). Así se completa lo que se dijo sobre la sobriedad y el amor al dinero (nota a 6,2b-10). El pasaje no sólo se refiere a todos los ricos del mundo, sino también a los más solventes de la comunidad cristiana a quienes Timoteo debe pedirles que «sean ricos en buenas obras», para que alcancen la vida eterna (6,18). Un juego de palabras y el vocabulario comercial estructuran la recomendación. Sin demonizarla, se invita a no poner la esperanza en las riquezas, pues son causa de insensibilidad y altanería. El creyente tiene que poner su esperanza solo en Dios quien, con total riqueza, provee de lo necesario; la vocación del discípulo es otra riqueza, la de las buenas obras, entre las que se cuenta la gratuidad, solidaridad y compasión (Lc 14,12-14; Hch 2,44-45). De este modo, la inversión se convierte en «un excelente fondo» para la vida eterna (1 Tim 6,19; Mt 6,19-21). 


6,17-19: Sal 62,10; Mc 10,21; Lc 12,20-21


Exhortación final


Guarda lo que te ha sido confiado


20 Timoteo, guarda lo que te ha sido confiado, evita conversaciones contrarias a la fe y las objeciones que provienen del mal llamado “conocimiento”, 21 cuyas promesas han desviado a algunos de la fe. 

¡La gracia sea con ustedes!


6,20-21: Al final de la Carta, una vez más se le recuerda a Timoteo la doble tarea de custodiar el depósito de la fe o «las palabras de la fe» que le han sido confiadas (4,6) y, como buen pastor, defender a su comunidad de los maestros y misioneros que enseñan el «mal llamado “conocimiento”» o gnosis (6,20; notas a 4,1-5). Éstos no han hecho más que desviar a varios de la fe (1,6; 2 Tim 2,18). La gracia, deseada para Timoteo en el saludo inicial (1 Tim 1,2), se extiende ahora a toda su comunidad que vive en Éfeso y Timoteo pastorea. 


6,20: 2 Tim 2,14; Col 4,17 / 6,21: Tit 2,1

Nombramientos

Mensajes