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El inicio de todo

¿Cuál es el inicio de todo? Hay dos maneras de tratar de contestar esta pregunta, que se convierten en tres porque la segunda se subdivide en dos. La primera manera es con fe religiosa, y la segunda sin ella; y esta a su vez se subdivide en científica y filosófica.

Con fe religiosa, en nuestro caso con la fe en el Dios de Israel y de Jesucristo, que ha recorrido toda la historia de Occidente desde hace dos mil años ―recordemos que la fe del pueblo de Israel tiene cerca de 3,300 años y la fe cristiana cerca de 2,000, y se ha extendido por todos los continentes―, podemos afirmar que Dios creó el universo y su energía expansiva, en la que aún estamos inmersos. No decimos solo que Dios creó el universo en el inicio y luego dejó que este se desplegara autónomamente con leyes propias, sino que de algún modo sigue creando y haciéndonos cocreadores a través de nuestra libertad y nuestra inteligencia.

Sin fe religiosa y con el actual conocimiento científico, podemos afirmar que el universo proviene del denominado big bang, esto es, el “huevo cósmico” del que habló el sacerdote científico belga Georges Lemaître (1894-1966), del que muchos científicos se burlaron hasta que los cálculos acabarían demostrando el acierto de su teoría y el ridículo de sus detractores, incapaces de asimilar el hecho de que una de las mayores verdades científicas de nuestra época viniera de un sacerdote, obviando que además era un excelente matemático, astrónomo y físico. Hubo científicos rusos que murieron en los gulags de Siberia por dar la razón a Lemaître, como muy bien explican Michel-Yves Bolloré y Olivier Bonnassies en su libro súper ventas Dios, la ciencia, las pruebas, cuya lectura es muy recomendable, en particular la primera parte del libro. El big bang aconteció hace 13,800 millones de años. Científicamente podemos saber incluso lo que pasó en el primer segundo, algo asombroso. Con la ciencia podemos llegar a tener información acerca de ese primer instante del big bang, pero no podemos contestar estas preguntas: ¿Qué hacía ahí ese huevo cósmico? ¿Quién lo había puesto ahí? ¿Había surgido de la nada? ¿Procedía de universos previos que no conocemos? Ninguna de estas preguntas tiene respuesta en el marco de la ciencia porque esta se ciñe a lo que podemos observar. El científico que se anima a contestar esas preguntas deja de serlo.

Ahora bien, también podemos tratar de contestar esa primera pregunta (“¿Cuál es el inicio de todo?”) sin fe religiosa y al margen de la ciencia. Esto es lo que trata de hacer la filosofía. A diferencia de la ciencia, la filosofía puede hacerse preguntas cuyas respuestas no sean comprobables empíricamente. Se utiliza la razón, pero no la experiencia cuantificable. Sería un error creer que el único conocimiento válido es el científico por el hecho de que sus leyes sean formulables con lenguaje matemático. El conocimiento humano es vasto y diverso, y solo una de sus formas es la científica, que sirve para un tipo de preguntas, pero no para todas, desgraciadamente no para las más importantes. Hay otros tipos de conocimiento que permiten abordar otro tipo de preguntas.

En filosofía es razonable afirmar que así como un reloj requiere un relojero, el universo requiere una inteligencia creadora superior a él, más que afirmar que de la nada pueda surgir algo, más difícil aún, todo. Claro que entonces nos preguntaríamos de dónde procede esa inteligencia creadora, qué había antes de ella. El problema reside en que con el big bang se inició la materia, el tiempo y el espacio. Nosotros, seres humanos, pensamos en categorías espaciotemporales (como bien afirmó Immanuel Kant): ese es nuestro modo de conocer; y nos cuesta entender qué hubo “antes del tiempo”, una expresión en realidad imposible porque “antes” es un adverbio temporal, que solo tiene sentido “en el tiempo”, pero no “antes de él”; “antes” también puede ser un adverbio de lugar, y ocurre lo mismo: solo tiene sentido “en el espacio”, pero no “antes de él”.

Estamos frente a tres tipos de conocimiento: el religioso, en nuestro caso de tradición judeocristiana (“Dios lo creó todo”), el científico (“el universo procede del big bang”) y el filosófico (“es razonable afirmar que hubiera una inteligencia creadora del universo”). Demasiadas veces uno ha intentado devorar a los otros dos. La respuesta a la pregunta que hemos planteado aquí saldrá del diálogo entre los tres. Eso es lo que trabajamos en el diálogo teología-ciencia, que en realidad es un diálogo trilateral teología-filosofía-ciencia.

José Sols

Universidad Iberoamericana, Ciudad de México

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