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La Resurrección acontece hoy

Durante la Semana Santa hemos celebrado el Misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo, algo que se puede expresar en una sola palabra: Pascua. La celebración es de tal importancia que se prolonga durante cincuenta días, hasta Pentecostés (pentekoste, en griego, significa quincuagésimo, el número 50). Es cierto que conmemoramos algo que aconteció acerca casi dos mil años, pero sobre todo celebramos algo que está aconteciendo hoy en nuestras vidas. Vamos a explicarlo por pasos.

La Pascua cristiana no se entiende sin antes conocer el sentido de la Pascua judía. A mediados del siglo XIII a.C., un grupo de tribus semíticas que llevaban siglos en situación de semi-esclavitud en el impresionante Imperio de Egipto, adonde habían emigrado para sobrevivir porque en sus tierras de origen probablemente habían sufrido severas sequías, lograron liberarse del yugo egipcio y huir hacia Canaán, la región en la que hoy están Israel, Palestina, el Líbano y parte de Jordania y de Siria. Aquellas tribus sintieron que habían vivido juntas esa experiencia de liberación, y que había sido Yahvé quien había obrado esa liberación, por lo que se constituyeron en un solo pueblo, Israel, que con el tiempo sería una monarquía, y luego dos, el reino del Norte y el reino del Sur, Israel y Judá. Casi 3.300 años después, los judíos siguen celebrando su Pésaj (en hebreo), su pásja (en griego), su Pascua, es decir, el paso de la esclavitud a la libertad, de la dependencia a la independencia, del ser tribus esclavas a constituirse en un pueblo soberano. Esa es la fiesta más importante del judaísmo, que celebran los judíos de todo el mundo los primeros nueve días de abril de este año.

Hace casi dos mil años, en Jerusalén, durante la fiesta de Pascua, Jesús de Nazaret fue apresado, torturado, juzgado de manera poco formal, humillado públicamente y ejecutado extramuros en una cruz como si fuera un delincuente. Muchos creían que él era el Mesías esperado por los judíos, un nuevo rey que liberaría a Israel del yugo romano. Sin embargo, la crucifixión echó por tierra su esperanza. Si había sido crucificado, no podía ser el Mesías, puesto que el Mesías debía ser un triunfador, no un ejecutado. Fue entonces, una vez muerto y enterrado Jesús, cuando sus discípulos experimentaron que el Señor había resucitado; que Dios Padre había exaltado a ese hombre que había vivido de aquel modo y que había muerto de aquella manera; él era su Hijo, su Palabra, su modo de hablarnos a nosotros, los hombres. De hecho, ya los profetas habían anunciado que el Mesías sufriría, y que su sangre limpiaría nuestros pecados. A eso le llamaron la Pascua, el paso de la muerte a la Resurrección, de la vida que acaba en la muerte a la Vida eterna. Así como la pasión y la muerte de Cristo forman parte de la historia, algo que cualquier testigo pudo contemplar con sus ojos, la Resurrección, en cambio, está en el orden de la fe. La Resurrección no es simplemente el final feliz de una historia impresionante, la vida de Jesús, sino sobre todo el sentido de la existencia humana. La vida humana, que parece carecer de sentido porque camina inexorablemente hacia la muerte, tiene ahora sentido porque sabemos que camina hacia la Vida sin fin. La Resurrección no solo se da después de la muerte, sino que se vive como Luz de nuestra existencia presente. La Resurrección de Jesús está aconteciendo hoy, cada vez que alguien espera contra toda esperanza, ama a sus enemigos o da la vida por los demás. Todo ello son signos actuales de la Resurrección, de que la vida tiene ya sentido, aunque todavía no lo vivamos en plenitud.

Por ello, para vivir hoy la Pascua, debemos situarnos allí donde están los crucificados, que son los 132,000 desaparecidos de México y sus familias, los inmigrantes, los pobres, los enfermos, los que viven bajo las bombas de la guerra o bajo una dictadura, o los hundidos en la depresión; y precisamente allí donde están ellos debemos proclamar: «¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!»; y ese grito nos debe llevar a bajar de la cruz a los crucificados de nuestro tiempo. Vivir esto y sentirnos llamados a esta misión supone experimentar la Resurrección del Señor aquí y ahora, hic et nunc.

José Sols

Universidad Iberoamericana, Ciudad de México

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