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El legado del Concilio Vaticano II sesenta años después

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Este octubre de 2022 celebramos el 60.º aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, que ha sido considerado el mayor acontecimiento eclesial del siglo XX, y cuya fuerza renovadora, a pesar de tantas resistencias e involuciones, no se ha agotado, como lo ha reafirmado constantemente el magisterio de todos los pontificados posteriores.

Pablo VI afirmó que se trataba más que de un punto de llegada, de un punto de partida, de una «renovación de pensamientos, de actividad, de costumbres, y de fuerza moral y de alegría y esperanza». Juan Pablo II lo definió como «la gran gracia de la que se ha beneficiado la Iglesia en el siglo XX». Para Benedicto XVI, el Concilio fue un «nuevo Pentecostés», y, finalmente, el papa Francisco se ha referido a él como «un acontecimiento de gracia para la Iglesia y para el mundo». 

Del Concilio Vaticano II hemos recibido mucho. Hemos profundizado, por ejemplo, en la importancia del Pueblo de Dios, una categoría central en los textos conciliares, que nos ayuda a comprender que la Iglesia no es una élite privilegiada de clérigos y consagrados, y que todos los bautizados participamos de la misma dignidad y de la vocación universal a la santidad plena y a la responsabilidad evangelizadora.

El Concilio impulsó a la Iglesia a una nueva relación con el mundo y la sociedad contemporáneos. Las condenas y anatemas de los concilios anteriores fueron sustituidos por una invitación amistosa a seguir a Jesucristo. Declaró que el derecho a la libertad religiosa, cuyo fundamento está en la dignidad misma de la persona humana, debe ser reconocido por todos. Abrió las puertas al ecumenismo y al diálogo interreligioso. Otorgó centralidad a la Palabra de Dios en la vida de la Iglesia, la espiritualidad y la teología. Con la introducción de las lenguas vernáculas en la liturgia, hizo posible una auténtica participación de los laicos en ésta.

Comunión, colegialidad, participación, corresponsabilidad, fraternidad ecuménica, diálogo interreligioso y misión evangelizadora son aspectos esenciales de la doctrina conciliar, que siguen trazando líneas de acción para el presente y futuro eclesial.

Más aún, los tres términos comuniónparticipación misión que recientemente el papa Francisco ha propuesto como palabras clave del camino sinodal (que debería ser para todos más que un simple esnobismo o slogan) son palabras eminentemente conciliares.

Hace diez años, en una publicación conmemorativa del quincuagésimo aniversario del inicio del Vaticano II, los autores de ésta nos preguntábamos, ante algunos intentos de volver a un cierto tipo de eclesiología y espiritualidad contrarias a la renovación conciliar, si estábamos frente a una batalla perdida o a una esperanza renovada. Más allá de un ingenuo optimismo o de una irremediable distopía, la efeméride del LX aniversario de la inauguración del Concilio Vaticano II se presenta como una ocasión privilegiada para dar gracias a Dios por este kairós eclesial, y para retomar y poner en práctica, personal y comunitariamente, sus enseñanzas.

La Iglesia que estamos llamados a soñar y a construir es una comunidad de mujeres y hombres unidos por la única fe, abiertos a la acción del Espíritu, una Iglesia semper reformanda que quiere ser fiel a Jesús de Nazaret, que se abre al mundo para aprender de él, con la convicción de que extra mundum nulla salus.

                                                                                          Juan Carlos Casas García

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