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IV DOMINGO DE PASCUA

+Adolfo Miguel Castaño Fonseca

Obispo de Azcapotzalco

Celebramos a nuestro Pastor resucitado, nosotros “su pueblo y ovejas de su rebaño”. En la Eucaristía conmemoramos y actualizamos su presencia pascual y nos ofrece su cuerpo glorioso como alimento de vida, que nos nutre para emprender y continuar nuestro camino hacia la Pascua eterna.

Igual que a Pablo y Bernabé, el Resucitado también nos envía a proclamar la Buena Nueva de la salvación, a pesar de que algunos, como los judíos de entonces, no la acepten o se opongan a su mensaje. Quienes escuchemos la voz del Pastor, sus discípulos misioneros, si somos fieles a nuestra condición bautismal y damos testimonio de su Palabra, seremos parte de aquella multitud con vestiduras blancas, la cual al final de los tiempos permanecerá en la presencia del Cordero y Pastor, como dice el libro del Apocalipsis.

El IV domingo de Pascua tiene un matiz particular: resalta la figura de Jesús como el buen Pastor. Y como el evangelio de hoy insiste en escuchar la voz y llamada del Pastor, oramos  especialmente por las vocaciones en la Iglesia, ya que el término mismo “vocación” (del latín vocare”: “llamar”), hace alusión a la voz de quien llama y también a la respuesta del que escucha.

Para quienes no vivimos en ambientes rurales, las imágenes que usa el evangelio pueden perder peso y fuerza expresiva. Por eso es necesario sintonizarnos con el mundo de la Biblia. El Pueblo Hebreo nació de un pueblo de pastores nómadas: Abraham fue un pastor que salió de su tierra, Ur de Caldea”, con su familia y sus rebaños para ir a la tierra donde el Señor indicaba, recorrió aquellas regiones, esperando la promesa; lo mismo hicieron sus descendientes, Isaac y Jacob, con sus hijos; Moisés fue llamado por Dios para liberar a su pueblo de la esclavitud de Egipto, cuando pastoreaba los rebaños de su suegro Jetró, en Madián; David fue sacado de lo apriscos para ser elegido y ungido rey de Israel; Amós reconoce que él no era profeta ni hijo de profeta”, que era pastor y recolector de higos”, pero el Señor lo tomó de detrás del rebaño” y lo mandó a profetizar…

En fin, innumerables personajes bíblicos fueron pastores o tuvieron que ver con ese mundo. Incluso si nos remontamos más atrás, a los orígenes de la humanidad, según el libro del Génesis, mientras Caín era agricultor, Abel fue pastor. Todo esto denota la gran valoración de los pastores en la Biblia. El mismo Dios se presenta como “Pastor”. Así lo invocan los salmos: “¡Pastor de Israel escucha!” (Sal 80,1); el Señor es mi Pastor, nada me falta, en verdes praderas me hace reposar y hacia fuentes tranquilas me conduce para reparar mis fuerzas!… (Sal 23). Hoy cantamos, con el Salmo 99: El Señor es Dios, Él nos hizo, somos su pueblo y ovejas de su rebaño”. Y cuando aquellos que han sido puestos al frente del pueblo, fallan, el Señor les reprocha que sean malos pastores y les advierte. Yo mismo buscaré a mis ovejas y las apacentaré…” (Ez 34,11-12).

Por eso, una imagen muy significativa con la que se designa Jesús es la del “Pastor” que conduce a su rebaño, como aparece en el capítulo 10 del evangelio de san Juan, que hoy escuchamos. La escena tiene lugar después de la curación del ciego de nacimiento, donde aparece la incredulidad de los judíos que no aceptan que Jesús y se resisten a creer, por lo que son los verdaderos ciegos. Con la imagen del pastor, entra en juego otro elemento de fuerte significado simbólico: el “escuchar”, vinculado también a la fe.

Jesús se presenta como el “Pastor bueno” (literalmente “bello”), con el sentido de “pastor ideal” o “modelo de pastor”, que cumple fielmente su misión. Su lealtad y amor hasta el extremo de entregar la vida por sus ovejas, son las características primordiales de su “pastoreo”. Fidelidad y amor constituyen la “belleza” del genuino Pastor.

Jesús dice: “conozco a mis ovejas y ellas me conocen”. El conocimiento en sentido bíblico no se reduce a tener ciertos datos sobre alguien, sino que nace de la relación interpersonal profunda y que se sintetiza en el amor. Cuando Jesús dice que “conoce al Padre” se refiere a la comunión eterna de amor que ha tenido con Aquel de quien ha salido. Así también es el conocimiento de Jesús a sus ovejas, su relación y amor hacia ellas. Por eso la respuesta de las ovejas consiste en amar al Pastor y creer en él: “escuchar su voz”.

El distintivo de quien pertenece al rebaño de Jesús es claro: Mis ovejas escuchan mi voz”. Pero, ¿qué significa escuchar la voz del Pastor? Ya el Pueblo hebreo fue invitado a escuchar a Dios: “Escucha Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno…” (Dt 6,4). Escuchar a Dios significó básicamente amarlo con todo el corazón, con toda el alma y todas las fuerzas” (Dt 6,5-6) y, en consecuencia, obedecer sus mandamientos. El amor y la escucha se vinculan de forma indisoluble, porque el amor lleva necesariamente a la escucha y ésta es expresión fehaciente de quien ama.

El que ama a Jesús escucha su voz e ignora la de los extraños. Existen muchas voces extrañas y contrarias a la de nuestro Pastor: voces falsas que invitan a buscar el placer, el poder, la fama, la riqueza a costa de lo que sea, incluso destruyendo a demás; voces seductoras que proclaman falsos valores y enarbolan estandartes de pretendidos derechos y supuestas libertades; voces que reclaman que cada quien puede hacer lo que se le antoje, así sea atentar contra la naturaleza humana, creada por el mismo Dios; voces llenas de demagogias vacías y falaces; voces lisonjeras que halagan los oídos con suaves palabras, pero que mienten y engañan… En medio de este barullo de voces que proceden de falsos pastores, necesitamos saber distinguir y escuchar la auténtica voz de nuestro único y genuino Pastor, Jesucristo.

Necesitamos también ayudar a nuestros prójimos a que escuchen la voz del buen Pastor, por eso él nos ha dado una “vocación”. Nos llama para que le prestemos nuestros labios y le ayudemos a que otros escuchen su voz. Los padres de familia han recibido la vocación para enseñar a sus hijos a escuchar la voz del Pastor y conducirlos por caminos rectos; los maestros, con su palabra y ejemplo, están llamados a enseñar los altos valores; los médicos, además de curar enfermedades, también tienen la vocación de enseñar a descubrir el valor de la vida, a respetarla y cuidarla y jamás a destruirla…

Necesitamos también personas que se consagren de manera especial a servir al Señor: sacerdotes, religiosos, religiosas, misioneros que vayan en busca de las ovejas, sobre todo de las más alejadas y necesitadas y hacer presente entre ellas la caridad del buen Pastor. No se requieren mercenarios, sino “pastores con olor a oveja” como ha dicho el Papa Francisco.

Tratemos de responder con generosidad a la vocación que hemos recibido de nuestro buen Pastor resucitado. Que las familias sean espacios propicios en los que se viva el amor, que los profesionistas y trabajadores sean generosos en sus servicios, que los ministros ordenados seamos fieles en el cumplimiento de nuestro ministerio y así hagamos presente la misericordia del Pastor, buen Samaritano, en medio de su pueblo tan herido y lastimado.

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