Hace más de treinta años, en primavera de 1992, le escuché decir al gran arquitecto español Miguel Fisac esta frase en el programa de debate “La clave”, de una televisión privada española, Antena 3 TV: “Para mí todo el cristianismo se condensa en dos ideas: amor y libertad”. De hecho, la frase tenía una segunda parte, pero ahora la voy a obviar. La frase me pareció genial: todo el cristianismo se concentra en estas dos palabras, amor y libertad. Amor y libertad son dones de Dios. La libertad nos da autonomía, nos permite construir hoy nuestro futuro aprendiendo del pasado, nos permite decidir cómo queremos vivir, desarrollarnos como personas; por su parte, el amor nos hace entender que somos hermanos, seres sociales, personas en relación unos con otros, “religados”, diría el filósofo Xavier Zubiri. Sin duda, hay muchos tipos de amor, pero todos son amor. Hace 1.600 años, san Agustín, obispo de Hipona, ya decía lo mismo de una manera muy simple: “Ama y haz lo que quieras”.
Con expresiones diversas, la Biblia aún lo condensa todo más: amor. “El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor” (1 Jn 4,8). La frase no podía ser más densa: “Dios es amor”. Toda la Biblia está ahí. Sin duda, el amor abarca la libertad, dado que solo podemos amar si somos libres.
En su preciosa autobiografía, Esperanza (2025), publicada tres meses antes de morir, el papa Francisco condensa el cristianismo en otra palabra: misericordia. Para él, todo está ahí. La misericordia es una forma de amor, la más humana de todas, la más divina. Literalmente, “misericordia” significa “llevar la miseria (ajena) en el corazón”. Los doce años de papado de Francisco se podrían condensar en esta palabra: misericordia.
Nuestra vida podría reorientarse en torno a esta idea. La misericordia es hoy contracultural. La lógica sistémica nos lleva a la búsqueda del propio interés en muchos órdenes de nuestra vida: 1) obtener el máximo beneficio en un negocio sin atender al interés del otro; 2) llegar al acuerdo político más ventajoso para nuestro partido sin importarnos los intereses de los votantes de otros partidos; 3) ponernos por encima de otros países en el panorama internacional; 4) obtener la mejor oficina en el trabajo sin pensar en las necesidades de nuestros colegas; 5) pagar lo mínimo indispensable a nuestras empleadas del hogar, aun cuando el dinero nos salga por las orejas; 6) diseñar las mejores vacaciones posibles sin darnos cuenta de que en la esquina de nuestra calle hay una mujer viviendo sin hogar; 7) echar a una trabajadora de la empresa porque no rinde lo esperado, sin pensar que tiene hijos que alimentar; 8) acoger o rechazar a las personas por su ideología: si piensa como yo, bienvenido; si no, adiós.
El liberalismo, con misericordia, sería un sistema magnífico; los países comunistas, con misericordia, habrían constituido un excelente logro histórico; los nacionalismos, con misericordia, apuntarían a una sana vecindad; las ideologías que tratan de cautivarnos cada día, con misericordia, serían creíbles; México hoy, con misericordia, sería el paraíso en la tierra.
De ahí que la misericordia sea contracultural. Ella nos lleva a reestructurar la vida situando nuestro eje existencial en el otro, en el que es distinto de nosotros, el desconocido que nos sale al encuentro en el camino, el extranjero, el pobre, el inmigrante, el disminuido, el deprimido, el maltratado, el que no piensa como nosotros.
Misericordia. Una sola palabra, fácil de recordar. En ella está todo.
José Sols
Universidad Iberoamericana, Ciudad de México
